LIBROS ROMANTICOS
domingo, 30 de diciembre de 2012
El Deseo Del Demonio
Laurie McBain
El Deseo Del Demonio
1
Lágrimas, no sé qué significan las perezosas lágrimas, lágrimas desde la profundidad de la desesperación divina, surgen del corazón, se amontonan en los ojos, al mirar los dichosos campos otoñales, pensando en días que ya no son.
Tennyson
Alta en el cielo de una tarde cargada de tormenta, una libre y animada alondra planeaba graciosamente; su sombra, con las alas extendidas, atravesaba con rapidez la colorida campiña otoñal. Su canto atravesó el silencio primaveral del bosque, mientras el alegre grito cruzaba el aire frío; las claras notas penetraban bajo la tupida techumbre de ramas y, al llegar al blando suelo del bosque, cubierto de marga, el sonido era absorbido por la brillante alfombra de hojas caídas.
Los bosques parecieron cobrar vida, con el zumbido, el piar y el parloteo de las ocupadas criaturas de la espesura, que satisfechas reunían alimento para el próximo invierno, hasta que otro sonido se introdujo en la charla sin sentido y provocó un sofocado silencio en el calor. Una inquieta espera pendió sobre el bosque cuando el amenazador ruido de los perros de caza y el retumbar de los cascos de los caballos lanzaron su eco desde la distancia.
Los parloteadores pájaros volaron y las ardillas de tupidas colas se escabulleron hacia nidos seguros, cuando una figura emergió entre los árboles, quebrando ramas a medida que avanzaba hacia el claro.
—¡Adelante! —La risa de Ribald siguió al grito de caza—. ¿Dónde se ha metido esa muchacha? ¡Maldición! ¡No la pierdas de vista ahora, hombre!
Las voces excitadas se dirigieron hacia una figura inmóvil, que la galvanizó para la acción, y los gritos se hicieron más fuertes a medida que los jinetes se acercaban. Después las voces se fundieron en un sonido amenazador, al mezclarse con el jadear de los caballos.
Cuando se acercaban, Elysia pudo casi sentir el aliento caliente contra su nuca, en el momento en que recogió sus faldas y saltó rápidamente por encima de un árbol caído. Se detuvo, hizo una pausa para cobrar aliento, resoplando pesadamente, al apoyarse contra otro árbol. Podía oír el vocerío de los hombres cuando buscaban entre las matas, no muy lejos, golpeando para ver si descubrían su escondite. Se estremeció al oír el gruñido y el jadeo de los perros, y vio movimiento entre los árboles cuando los jinetes marchaban hacia ella: cada segundo se acercaban más.
Permaneció quieta, petrificada de terror, moviendo los ojos como un animal acorralado que busca escapar. De pronto vio el tronco hueco del árbol caído, la abertura oculta en parte por los densos heléchos y matas salvajes que crecían alrededor de ella. Se metió con rapidez en la fresca oscuridad que la protegía. Arrastrándose sobre los heléchos, los acomodó, y después se tendió a lo largo en el fondo podrido y húmedo. Se estremeció al sentir a su alrededor el movimiento de los diminutos habitantes del árbol. El aliento de Elysia quedó detenido dolorosamente en su garganta, al oír el retumbar de los cascos de los caballos que venían directamente hacia ella haciendo temblar el suelo bajo su cuerpo, al punto que llegó a creer que iba a morir allí, pisoteada.
—¡Maldito imbécil! ¡La has dejado escapar! —dijo una voz petulante, sobresaltando a Elysia por su proximidad.
—¡Maldición, eres tú quien me ha retrasado... creías verla en varios lugares a la vez! —se quejó otra voz.
—El primer trozo decente de muselina que veo en esta maldita comarca, y ¿que pasa? —preguntó la primera voz, llena de compasión por sí mismo—. Se me escapa. ¿Viste ese pelo maravilloso? Una verdadera zorrita... ¡y esas largas piernas! ¡Dios, no me quitarán el premio después de haberme tomado el trabajo de cazarla!
Elysia oyó el crujir de la montura cuando el jinete se agitó impaciente, y el ruido tajante de una fusta que golpeaba furiosa las manos enguantadas.
—¿Dónde están esos malditos sabuesos? ¡Ya la habríamos atrapado si los perros la hubieran
olido! ¡Juraría que había visto algo aquí!
—Parece que han olfateado otra cosa por ese lado —contestó el otro hombre, cuando el distante sonido de las voces y los ladridos llegó hasta ellos.
—¡Diablos! Preferiría que fuera la muchacha! ¡Los azotaré hasta arrancarles la piel si han acorralado a una maldita liebre! Esta noche quiero que esa doncella me caliente la cama. Hace demasiado frío en este atroz lugar para dormir solo —suspiró exasperado—. Más vale que la encontremos pronto, porque estoy en las últimas; tan cansado que ni respirar puedo, y mucho menos disfrutar de la muchacha. Ojalá estuviera de vuelta en Londres... allí no tengo que salir de caza para encontrar placeres. Hay muchas encumbradas que suplican mis favores —se alabó.
—Te estás ablandando, amigo. La cacería añade pimienta a la victoria, pero es mejor que volvamos, o sólo te quedará tu vieja ama de llaves para calentarte los huesos esta noche —se burló el amigo.
—Me calentaré contra esa rapaza pelirroja. Tú puedes quedarte con el ama de llaves o con alguno de los pinches de cocina... son más de tu estilo —dijo el otro, riendo a carcajadas.
—Aún no la tienes, y ¿quién sabe? tal vez me prefiera a mí tras echarte un vistazo a ti.
—¡Maldita si va a hacerlo! —dijo el otro, tragando el anzuelo—. Apuesto mi yunta de caballos negros a que me suplicará que la lleve a Londres antes de que haya terminado la noche.
Elysia oyó las risas y después tembló al sentir las frágiles paredes de su santuario sacudirse, cuando los jinetes espolearon los caballos para que pasaran sobre el tronco caído y se perdieron entre los árboles, hacia donde estaba el excitado ladrido de los sabuesos.
Elysia esperó, casi sin respirar, mientras oía los cascos que se alejaban. Sin aliento, espió entre el encaje entretejido de la fronda y no vio nada en el claro. Al menos se habían ido.
Lentamente, como un animal perseguido, se arrastró fuera de la seguridad de su agujero e hizo una pausa, como olfateando el aire para percibir al enemigo, lista para huir ante la primera señal de peligro. Mientras se abría camino entre los árboles, sintió las lágrimas de rabia y miedo que llenaban sus ojos.
Sus labios temblaron al pensar en sí misma como en un animal perseguido por placer. No era de extrañar que las aldeanas tuvieran las hijas menores prendidas de sus faldas cuando los salvajes, los fantasiosos caballeros de Londres realizaban irregulares visitas a sus propiedades en la comarca. Ataviados con sus casacas finamente cortadas y sus corbatas de encaje, las joyas brillando en sus largos dedos blancos, exigían y esperaban cualquier cosa que se les ocurriera, causando estragos los pocos días que residían en sus casas solariegas. Abusaban de sus derechos de señores castigando a los arrendatarios y seduciendo a sus hijas. Desde la doncella de calidad hasta la lechera; ninguna cara bonita estaba a salvo de su lujuria.
Y ahora ella, Elysia Demarice, hija de padres aristócratas, se veía humillada y reducida a esconderse como una bestia asustada que teme por su vida. Tenía que sufrir la indignidad de ser perseguida por jóvenes arrogantes de Londres, que buscaban satisfacer sus deseos carnales. Si aún estuviera bajo la protección de la casa de su padre, no se atreverían a acercársele: ella era su igual, en nombre y posición. Tener belleza es un inconveniente cuando no se cuenta con la protección de la familia.
Pero un ultraje mucho mayor, pensó Elysia, había sido la perfidia de su tía. La había mandado aquí, al extremo norte de la propiedad, sabiendo perfectamente que el joven lord Tanner estaba de visita con un grupo de mal afamados amigos. La posibilidad de que sus senderos se cruzaran, cuando Elysia inocentemente buscaba bellotas, probablemente se había agitado en el fondo de la mente de la tía Agatha, como un gusano en una manzana podrida.
La tía Agatha parecía experimentar un placer sádico en verla reducida al nivel más bajo de existencia. ¿Qué pecado había cometido ella? ¿A qué dioses había disgustado para merecer tal destino?, se preguntaba Elysia desalentada. ¡Si pudiera atrasar el reloj y volver a los días felices! Los días dichosos, la inocencia de la infancia... estas eran las cosas con las que soñaba.
Elysia aminoró la marcha, sintiéndose segura al bordear un campo donde un rebaño de perezosas ovejas estaba pastando, sin advertir las pajas y el barro que se pegaban al borde de su vestido. Avanzó por el sendero de piedra, con la mente demasiado preocupada por otras cosas para ver las oscuras nubes de tormenta que se juntaban hacia el norte, o para sentir que el viento iba adquiriendo fuerza y agitando las hojas coloridas del otoño que pendían de los árboles.
El viento enredó el pelo que enmarcaba su cara poniendo un salvaje desorden en sus rizos, y dio color a sus pálidas y blancas mejillas. Elysia se arrebujó más en el chal que le cubría los hombros, a
medida que el frío aumentaba y penetraba en su ligero vestido de lana.
Saltando ágilmente, como una gata, sobre las piedras mojadas y resbaladizas que servían de puente al burbujeante arroyuelo, Elysia aterrizó con pie firme en el lado opuesto. Miró hacia la enorme casa a lo lejos. Un bosquecillo de toscos robles la ocultaba en parte a la vista, pero conocía de memoria cada línea de su amenazadora silueta. Recordaba cada piedra gris y fea de los muros, cada ventana cerrada y puerta trancada... todo estaba indeleblemente grabado en su mente.
Elysia hubiera deseado pasar de largo frente a la vieja casa, dejarla atrás sin una mirada de reconocimiento: pero no podía hacerlo. Vivía en Graystone Manor, la casa de su tía, desde la muerte de sus padres.
¡Cuan distinta había sido su vida antes de aquel día aciago! Nunca olvidaría la imagen del nuevo faetón de su padre, al volcarse en una aguda curva del camino, cerca de su hogar. Los caballos, llenos de pánico, corrieron enloquecidos por el camino, arrastrando el coche dado vuelta, con sus desvalidos padres atrapados dentro.
Su muerte había dejado a Elysia sola en el mundo. Sin tutor, no había podido ocuparse de los asuntos de su propiedad, cuando el ejército de abogados y comerciantes cayó sobre ella, como cuervos que huelen la muerte.
Su padre. Charles Demarice, dichosamente ignorante de su destino, no había hecho testamento. Con su muerte desapareció lo último de la renta de la que habían vivido día a día: dinero ganado en el juego. Esto, añadido a la herencia dejada a su padre por su abuela, les había permitido vivir cómoda, aunque no ostentosamente. Y Elysia había descubierto, con desesperación, que todo lo que quedaba de aquella herencia gradualmente reducida eran las deudas que debía pagar.
Su hogar tenía que ser vendido, junto con los muebles y el establo de caballos. Iba a ser difícil dejar Rose Arbor, la casa solariega que había conocido desde que nació: pero la idea de separarse de su querido potrillo Ariel era más de lo que podía soportar.
Ella y su hermano, lan, habían aprendido a montar a caballo a edad temprana, y Elysia sabía montar y jinetear su caballo con una habilidad que pocos hombres igualaban. Su propio padre y el "Amable" Jims, caballerizo de la familia, que parecía capaz de leer en la mente de un caballo, y tenía una mano tan suave como la de un niño para manejar las riendas, le había enseñado. Montar a caballo era toda la existencia de Elysia, el aliento de la vida para ella, y galopaba como un espíritu libre y salvaje de los médanos. Ariel era un pura sangre árabe, lustroso y blanco, y sus esbeltas patas apenas tocaban el suelo cuando corría en la niebla de la mañana, montado dichosamente a horcajadas por Elysia.
Elysia sabía que había provocado muchos comentarios entre los aldeanos con sus escapadas. Había oído los chismorreos a su alrededor, pero le habían importando poco: de hecho le había divertido oír lo que decían, especialmente la matriarca de la aldea, la viuda MacPherson.
—No es natural la forma en que monta ese caballo. ¡No me creeréis, pero debéis saber que habla con la bestia, ay, y por todo lo sagrado, el animal la entiende! —había delirado—. Veo oscuras nubes en el horizonte. Esa muchacha es una pagana —pero Elysia se había limitado a reír al oír los discursos de la viuda ante un auditorio de gente ávida y atenta, con los ojos muy abiertos.
La viuda MacPherson había prevenido a los aldeanos con sus oscuros presagios durante los años que los Demarice habían vivido en la casa solariega cerca de la aldea. Y los aldeanos empezaron a creer en las profecías cuando el hermano de Elysia, oficial de la Marina británica, se perdió en el mar un día después de la trágica muerte de sus padres. Los aldeanos se acurrucaron tras las puertas cerradas cuando Elysia salió a galopar enloquecida a través de la aldea, la medianoche del día en que se enteró de las noticias, con el largo cabello flameante tras ella, Ariel como un relámpago blanco de luz contra la oscuridad de la noche.
Había sido la última vez que Elysia había montado a Ariel. Durante la semana, una parienta a la que no conocía llegó a Rose Arbor, presentándose como media hermana de su madre. Elysia recordaba vagamente haber oído decir a su madre que había vivido con una hermanastra cuando era adolescente. Era todo lo que le había dicho. Es mejor olvidar el pasado, había dicho su madre tristemente; una expresión de dolor había oscurecido sus ojos azules, y era la única vez que Elysia la había visto tan desdichada.
Agatha Penwick, una mujer alta y flaca, en la cincuentena, se había ocupado de Rose Arbor y de todos los asuntos económicos con autoritaria eficiencia. Su cara fea, consumida, con su nariz larga y estrecha y unos ojos pequeños y descoloridos, tenía una apariencia especulativa y calculadora al inspeccionar la casa; había calculado el valor de todo, hasta el último penique.
—Soy la única parienta viva de tu madre, y creo que tu padre no tenía a nadie que pudiera tomar la responsabilidad de educarte ahora —había dicho fríamente, sin calidez o conmiseración en la voz por las pérdidas sufridas por Elysia Demarice—. El dinero, si queda algo después de pagar las deudas de tus padres, servirá para pagarme por darte un hogar como Dios manda.
Agatha había procedido después a subastar las posesiones de la familia, complaciendo a los deudores y abogados de los Demarice. Todos habían quedado satisfechos con el resultado, excepto Elysia, cuyos deseos habían sido rudamente rechazados como tonterías sentimentales.
A Elysia se le había destrozado el corazón cuando Agatha, fríamente, despidió a todos los fieles de los Demarice, algunos de los cuales hacía treinta años que servían en la familia.
—Tendrán que encontrar otro trabajo. No tengo sitio para ellos. Y, además, ya no son jóvenes. No me sirven —contestó tajante ante el ruego de Elysia de que los llevara a Graystone Manor.
Elysia había procurado tranquilizarlos; prometió encontrarles nuevos contratos en cuanto pudiera. Pero dudaba que los criados más viejos pudieran encontrar nuevos patrones... o que quisieran hacerlo. Estaban dispuestos a retirarse... sólo se habían quedado con los Demarice por lealtad y amor.
La noche antes de dejar Rose Arbor, Bridget, la vieja niñera, había estado cepillando el largo y sedoso pelo de Elysia, como lo había hecho todas las noches desde que ella era una niña pequeña, con una llorosa sonrisa en la cara arrugada mientras trataba de consolar a su joven ama.
—Cuídese, señorita Elysia, y no agite esa linda cabecita por mí. Si me necesita... bueno, ya sabe donde encontrarme, y aunque la casa de mi sobrina no es muy grande, y está lejos, en Gales, usted será siempre bienvenida. Esperemos, y verá que volveremos a estar juntos, chiquita, como antes, y algún día cuidaré a sus pequeños como lo hice con usted y con lan; Dios lo tenga en su gloria.
Elysia había sonreído, había estado de acuerdo, pero de alguna manera sabía que nada volvería ya a ser como antes.
Sus ojos aún se llenaban de lágrimas al recordar a Ariel. La tía lo había mandado a Londres para que fuera vendido a buen precio, cosa que no se hubiera conseguido en los condados del norte. Elysia había suplicado con lágrimas a su tía que le permitiera conservarlo, pero esta había rechazado con desprecio sus súplicas, diciendo que tendría escaso tiempo para montar a caballo o jugar en el lugar adonde iba.
El único consuelo de Elysia había sido que el "Amable" Jims se había ido a Londres, en busca de un nuevo empleo, y se iba a ocupar personalmente de Ariel hasta que lo vendieran. Sabía que Jims iba a cuidar a Ariel, que, con excepción de ella y de Jims, no dejaba que nadie se le acercara. Elysia había estado preocupada por esto, temiendo que, como caballo de un solo amo, no sirviera para nadie más, y sólo anhelaba que quien lo comprara fuera cariñoso con él y le diera la oportunidad de adaptarse a un nuevo amo. Era esperar demasiado suponer que Jims pudiera quedarse con él como entrenador. Pero Elysia sabía que nunca dejaría de preocuparse por Ariel; y jamás iba a olvidarlo.
Graystone Manor era tan sombría y gris como su nombre, pensó Elysia, cuando marchaban por el sendero circular de la austera entrada a la casa. Se sentía deprimida tras el día de viaje, en silencio, junto a su tía.
Eso había sucedido dos años atrás. Los pensamientos de Elysia volvieron al presente al verse nuevamente de pie, mirando aquella casa gris que nunca iba a cambiar.
Con un profundo suspiro caminó firmemente subiendo la cuesta, atravesó el bosquecillo de robles, fuerte e invencible frente a los vientos y las lluvias que lo habían castigado año tras año, sólo para que pareciera más inquebrantable cada primavera. ¡Si ella tuviera un poco de aquella fuerza y perdurabilidad!, pensó, con creciente desesperación, mientras bordeaba un lado de la casa. Elysia se dirigió a la entrada de servicio y empujó con cuidado la pesada puerta de madera, para no llamar la atención. Subió lentamente por las escaleras de atrás hacia el primer rellano, después cruzó una estrecha puerta hacia otras escaleras ocultas tras la puerta: los peldaños sin alfombra llevaban a los departamentos de los criados, donde ella tenía un cuarto, separado por otra escalera más estrecha, cuyos peldaños llevaban a la buhardilla. Allí Elysia disponía de una cama, un sillón desechado de cretona borrosa, una alfombrilla gastada y una pequeña cómoda para guardar sus escasas pertenencias. Sus pocos y pobres vestidos colgaban de una vara fijada en el rincón, y parecían reprenderla por su triste apariencia.
Elysia miró fijamente sus ropas, con disgusto. Colgaban flojas, como los harapos que eran; los codos estaban recomendados una y otra vez, los puños gastados y descoloridos. La angustiaba
recordar el perfumado y pequeño armario lleno de vestidos de brillantes colores de raso y de terciopelo que había usado en otro tiempo; los zapatos haciendo juego asomaban con picardía bajo la hilera de vestidos. Elysia se volvió y sus pies, pesadamente calzados con zuecos de madera, golpearon ruidosamente el suelo; eran unos zapatos prácticos, que la habían llevado por los campos empapados y los prados llenos de barro, rechazando la humedad como las chinelas de delgadas suelas de raso y cuero no habrían podido hacerlo.
Elysia se estremeció con su vestido mojado, que ahora se pegaba a su piel helada. Había empezado a desabotonar el corpiño cuando oyó un golpe en la puerta. Miró en silencio cómo desde afuera hacían girar hábilmente el picaporte, pero el cerrojo que ella había puesto mantenía alejado al inesperado visitante. Volvieron a golpear con más impaciencia esta vez.
—¡Eh, contesta! ¡Sabemos que estás ahí! ¡Hay un mensaje de la patrona!
Elysia abrió la puerta de mala gana, temerosa de la escena que iba a seguir, y se enfrentó al tosco criado plantado con insolencia ante ella, una sonrisa de burla en sus gruesos labios.
—Bueno, esto está mejor —dijo el hombre, mientras sus ojos se clavaban en las sonrosadas mejillas y los despeinados bucles rojo-dorados.
—¿Cuál es el mensaje? —preguntó Elysia fríamente.
—Eh, vamos, eso no es portarse como una amiga. Sabes que las cosas podrían ser mucho más fáciles si fueras amable conmigo —extendió su gran mano callosa, con las uñas sucias y quebradas, para tocar un botón que Elysia en su prisa no había podido volver a abrochar.
Ella le dio un golpe para apartar la mano, y le lanzó una mirada furiosa:
—¡No se atreva a tocarme!
El se limitó a reír, pero sus ojos eran tan fríos y mortíferos como los dé una serpiente que ve alejarse la presa sin darle tiempo a saltar.
—La delicada dama, ¿eh? Creía que ya habías perdido los aires... pero no, sigues creyendo que eres demasiado para la gente como yo. Bueno, ya veremos, preciosa—hizo una mueca desagradable, mirando con suspicacia la cara de Elysia—. Todavía te tendré, linda, y puedes preguntar a cualquiera de las doncellas si no las trato bien... bien de verdad.
Movió el cerrojo de la puerta con un dedo desdeñoso.
—Y no creas que va a alejarme un poquito de metal.
—Debería usted ser azotado, y si continúa con estos insultos yo...
—Tú... ¿qué? —dijo él con voz desagradable—. Vete a contárselo a tu tía. ¡ Ja, eso tendría gracia! Si ella se interesa tanto por tu bienestar, ¿por qué estás aquí trabajando más que una fregona? No, no me asusta la patrona en ese sentido —sonrió triunfante, sabiendo que Elysia no podía negar sus acusaciones.
—No, es probable que no interviniera —asintió Elysia con suavidad— pero yo haré un agujero en esa dura piel que usted tiene, si alguna vez se atreve a tocarme
—Elysia entrecerró los ojos y sonrió levemente al proseguir, con tranquilidad—. Soy hábil tiradora... la verdad es que rara vez fallo cuando apunto entre los ojos de algún gusano.
Su amenaza no era vana, porque tenía la pistola de su padre limpiamente guardada bajo el colchón; originariamente conservada como recuerdo, servía ahora para un propósito muy diferente.
La mueca sonriente del criado se desvaneció, y miró a la muchacha que estaba ante él —amenazándolo— con una nueva y cuidadosa expresión en sus escurridizos ojos.
—Me parece que podrías hacerlo. He oído que la gente de calidad hace cosas raras. ¿Por qué quieres pegarme un tiro, cuando lo único que te ofrezco es divertirte un poquito? —gimoteó para aplacarla, encogiendo los pesados hombros, mirándola siempre con una expresión astuta, furtiva.
—¿Cuál es el mensaje de mi tía? —preguntó una vez más Elysia, sintiéndose segura.
—Quiere que bajes al salón —dijo él torvamente. Después descendió los peldaños de madera, con ira mal contenida.
Elysia lo siguió preguntándose qué querría de ella esta vez su tía: ¿quejarse de que los suelos no estaban bastante limpios; o que era necesario lavar las ventanas, o que la ropa blanca debía ser aireada? Inevitablemente habría algún pequeño detalle que Elysia no había visto, pero que no había escapado al ojo crítico de su tía.
Atravesó el vestíbulo de entrada, siempre en sombras, porque los paneles de madera oscura absorbían toda la luz que se colaba por las dos estrechas ventanas. Elysia llamo a la puerta, después entró al salón, y se plantó en un silencio aparentemente respetuoso ante la fría mirada de su tía.
—Veo que has estado fuera —miró a Elysia de manera desagradable—. Supongo que te habrás
olvidado de las bellotas. Te pedí que recogieras algunas, pero siempre piensas primero en darte los gustos. Fuiste al campo del norte a echar una mirada, ¿verdad? —los ojos sin brillo de la tía Agatha se iluminaron al anticipar la respuesta.
Elysia se mordió el labio, procurando contener su rabia y el odio que sentía crecer en su interior contra aquella mujer cruel.
—Lamento haber olvidado las bellotas —contestó al fin, brevemente. Sabía que su tía esperaba oír otra cosa, pero no iba a decir nada que pudiera satisfacer aquella curiosidad retorcida.
—¡Te has olvidado, ah! ¡Se diría al verte que pensabas en todo menos en eso! —silbó Agatha, notando la suciedad y las manchas en el vestido de Elysia—. Me parece que te has deslizado en mi casa como una fregona cualquiera tras una noche de revolcarse en el heno. Bueno, señorita, tal vez no haya estado usted todo el tiempo "recogiendo flores" —dijo Agatha con avieso sentido, mirando las últimas flores silvestres que habían brotado y que Elysia había metido en el bolsillo de su corto delantal—. Tal vez te hayan desflorado a tí. ¿Acaso algún muchacho del establo te ha robado algunos dulces besos bajo los árboles? —añadió crudamente con una expresión de malignidad en los ojos.
Sus crueles frases hicieron estremecerse a Elysia, y sus hombros se agobiaron casi inconscientemente, derrotados. Había padecido humillación e indignidad, estaba helada hasta los huesos, y tan cansada de todo eso, que ya no sabía cuánto tiempo podría soportarlo. Supuso que su tía había terminado con ella, que la había llamado sólo para cerciorarse del daño que podía haber causado su maligno encargo. Lo único que Elysia deseaba ahora era calentarse ante el fuego en la gran cocina, y beber una taza de té fuerte y caliente. Pero Agatha puso la mano en la muñeca de Elysia cuando esta se volvió para alejarse.
—Quiero hablar contigo.
—Sí, tía Agatha, pero antes quisiera cambiarme de ropa y beber una taza de...
—Después —interrumpió Agatha, con rudeza—. Puedes quedarte con esa ropa húmeda hasta que yo haya terminado. Es lo que mereces por mofarte de mis deseos.
Y castigarme por haber vuelto intacta, pensó Elysia secamente mientras miraba el pardusco salón con su papel gris y verde, el sofá de raso a rayas color oliva, los sillones y la alfombra de un verde pardusco. Las heladas mesas de mármol y los severos retratos de familia se reflejaban una y otra vez en el espejo con marco dorado y muy ornamentado de la chimenea, donde ardía un pequeño fuego que enviaba un aura de calor que atrajo de inmediato a Elysia, haciéndola acercarse sin proponérselo.
—Siéntate ahí —dijo imperiosa la tía, señalando una de las sillas de duro respaldo cerca de la ventana. Elysia se sentó lentamente, procurando acomodarse en el duro asiento. Se estremeció al sentir una ráfaga helada que se deslizaba por el marco de la ventana.
La tía Agatha se acomodó con cuidado sobre los cojines de raso del sofá que estaba situado ante el fuego, aprovechando todo el calor de las agitadas llamas. Agatha echó hacia atrás una mecha imaginaria. Elysia nunca había visto que una mecha escapara del apretado rodete en la nuca de su tía. Tampoco había visto nunca la cara de su tía iluminada por la alegría, el humor o el amor. Toda su apariencia era severa.
Durante los dos años que Elysia había pasado en Graystone Manor, la tía Agatha nunca había dicho una palabra amable —ni a ella ni a nadie—, pero ella parecía el blanco de la enemistad de su tía, más que los otros. Agatha no había adquirido una sobrina al llevar a Elysia a su casa, sino una doncella para todo trabajo, con la ventaja de no tener que pagarle un salario por sus tareas.
Elysia había entrado al salón confundida y sorprendida. La habían educado como a un ama: la protegida y bien guardada hija de padres aristocráticos que habían satisfecho todas sus necesidades, y había sido enseñada por sus profesores para usar su intelecto. Verse reducida a los más bajos menesteres y en la casa de su propia tía había sido un golpe severo. No era que fuera perezosa, porque siempre había estado ansiosa por ayudar y era atlética, aunque no fuera este un comportamiento apropiado para una muchacha de su clase.
En caso de haber sido de familia pobre, habría ayudado con alegría a sus padres de cualquier manera posible; aunque ello hubiera representado ponerse de rodillas para fregar suelos. Hubiera sido un sacrificio que habría soportado orgullosamente, para ayudar a su familia. Nunca habría sen-tido degradación o humillación.
Pero aquí, en Graystone Manor, Agatha no tenía necesidad de someterla a aquella situación. Su propia tía la había obligado a convertirse en una fregona, no disfrutaba siquiera de la libertad de los
criados menores, no tenía ninguna posición en la casa, existía en una árida tierra de nadie, separada de todos y de todo. Los otros criados, sabiendo que era de calidad, y sobrina de la patrona, se mostraban reservados, aislándola de su círculo. Sabían que Agatha no iba a levantar un dedo para ayudar a Elysia y por esto delegaban en ella más trabajo del que podían hacer tres doncellas. Elysia sentía que estaba en una especie de taller penitenciario: nunca podía tener un momento libre, ni pensamiento o tiempo que le perteneciera. Estaba siempre ocupada limpiando la casa, lustrando la antigua madera con cera, frotando suelos hasta que quedaban inmaculados, aireando los dormitorios, remendando la ropa blanca, hasta que gotas de transpiración caían de su frente y el sudor empapaba su vestido.
Y Agatha estaba siempre tras ella vigilando, dirigiendo, ordenando, aunque personalmente jamás levantaba un dedo. A veces imaginaba que a Agatha le habría gustado tener un látigo para hacerlo chasquear sobre su cabeza, cuando estaba agachada haciendo algún trabajo interminable.
Elysia recordaba amargamente que había detestado la idea de convertirse en un peso y una molestia para su tía, y ahora sabía hasta qué punto esta suposición había sido incorrecta. La casa de tía Agatha era dirigida con austeridad, sin excesos de ningún tipo, y la pequeña cantidad de comida de Elysia, comparada con el abrumador trabajo que ejecutaba, compensaba sobradamente cualquier esfuerzo que representara ella en el presupuesto familiar... o para la deuda que tenía con la tía Agatha.
Y todo esto sucedía en un momento de la vida de Elysia en el que necesitaba amor y comprensión como nunca antes, cuando había quedado huérfana, separada de todo lo que había amado y conocido. ¡Hambrienta, con sólo recuerdos para calmar el dolor dentro de sí, cuando sólo ansiaba ávidamente una sonrisa amistosa o una palabra amable. Y en cambio recibía odio e insultos de los que la rodeaban.
Elysia sentía constantemente los ojos descoloridos de Agatha vigilándola. Provocaba a Elysia, la acorralaba para que hiciera alguna tontería, y después parecía sentir satisfacción personal en castigarla por esto. Sabía que la tía Agatha esperaba con paciencia que ella cediera... pero no iba a hacerlo. Lucharía... ya que no exteriormente, en una batalla verbal, sí en el silencio de su mente y de su corazón. Todavía le quedaba cierto vestigio de orgullo.
Al final del día, cuando las provocaciones de Agatha se volvían insoportables, y tenía el cuerpo dolorido de cansancio, Elysia subía las escaleras que llevaban a su cuartito en la buhardilla... un cuarto frío y desnudo bajo los aleros. ¡Cuántas veces había mirado por las ventanas hacia el distante horizonte, deseando tantas cosas que nunca podrían ser, recordando tiempos lejanos en los que había sido inocente de la existencia de la crueldad y la malignidad, de la desolación y del pesar!
Sus sueños eran su único consuelo cuando se acostaba por la noche. Se ponía un delgado camisón y se deslizaba entre las frías sábanas de la cama, temblando. Después se quedaba dormida oyendo a los ratones que se deslizaban a lo largo de las paredes.
De vez en cuando podía escapar fuera de la casa cuando Agatha la mandaba con algún encargo a la aldea o a las granjas vecinas en busca de numerosas cosas que su tía había descubierto de pronto que necesitaba. Elysia tenía que ocultar la excitación y el placer de sus ojos y fingir que cansadamente aceptaba otra tarea. Si Agatha llegaba a darse cuenta cuan ansiosamente esperaba esas excursiones, le hubiera prohibido poner los pies fuera de la casa: tan decidida estaba a negarle a Elysia cualquier placer.
Elysia se precipitaba fuera, más allá de los sofocantes muros de Graystone Manor, y coma entre los árboles hacia el arroyito murmurador de agua clara y chispeante. Se echaba allí y disfrutaba de los perezosos días del verano bajo los árboles, mirando a través de las tupidas ramas verdes hacia los trozos de curiosa forma del cielo, a veces salpicado de vaporosas nubes blancas. Pero incluso en los fríos días de invierno disfrutaba de su pequeña escapada hacia la libertad; olvidaba las circunstancias que la habían puesto a merced de la tía Agatha, y recordaba las caras sonrientes, que eran ahora insustanciales, como fantasmas.
¿Cómo era posible no comparar la silenciosa y sombría Graystone Manor con la casa más pequeña de sus padres resonante de risas, alegría, amor? ¡Sus padres habían estado tan llenos de amor y del aliento de la vida...! ¡ Charles Demarice, alto y erguido, esbelto como un hombre de veinte años, las canas asomando ya en su pelo que una vez había sido negro como el cuervo; sus extraños ojos verdes, siempre tan brillantes y profundos, pese a sus cincuenta años... el dulce recuerdo de la graciosa figura de su madre, coronada por su espléndido pelo rubio rojizo, que brillaba con la luz del sol sobre sus vivaces ojos azules, cuando recogía flores en el jardín!
Si al menos estuvieran aún con ella, pensaba Elysia desanimada; pero se habían ido, al igual que lan.
Elysia miró por la ventana del salón, sin escuchar las palabras de Agatha, preguntándose cómo se las había arreglado para soportar aquellos últimos dos años de su vida... no, no era vida, lo que hacía era existir bajo el techo de la tía Agatha. El porqué de la animosidad de Agatha hacia ella era una pregunta que seguía sin respuesta. Sentía que la tía Agatha la había detestado antes de conocerla, de manera que no podía tratarse de algo personal. La única explicación posible era que había sucedido algo que había provocado una ruptura entre Agatha y su propia familia, ocurrida en la época en que su madre había vivido en Graystone Manor con Agatha. El rechazo de su madre de discutir aquella época de su vida, y el silencio similar de su padre, le hacían suponer que había ocurrido algo desagradable; pero no tema idea de qué, y probablemente nunca iba a saberlo.
Los pensamientos perdidos de Elysia volvieron al presente, al helado salón y a la voz chimante de Agatha, tan fría como la ráfaga que se colaba por la ventana.
—...y entonces, naturalmente, quedé sorprendida esta tarde al encontrar al caballero Masters, cuando iba a la aldea, y por lo que tuvo que contarme —estaba diciendo su tía.
¡El caballero Masters! La mera idea de él hizo estremecer a Elysia. Nunca había conocido un hombre más repulsivo que aquel hidalgo, y esperaba ardientemente no tener que volver a verlo. Había sido presentada a aquel viudo de edad madura y a sus tres hijas hacía unos quince días, cuando los Masters habían sido invitados a cenar una noche en Graystone Manor.
Había sido más que una sorpresa cuando Agatha le dijo que había invitados a cenar aquella noche y que ella, Elysia, iba a estar en la fiesta.
Elysia generalmente comía sola en un rincón de la cocina, o, como prefería, en una bandeja en la intimidad de su cuarto, lejos de los ojos curiosos y de los chismes de los criados. Y no era que la hora de las comidas fuera de anhelar, con deliciosos platos calientes para despertar el apetito; sólo servían para mantener el cuerpo activo otro día interminable. Agatha la había reprendido una noche cuando se había demorado unos minutos, previniéndola que, si continuaba llegando tarde para las comidas, tendría que pasarse sin ellas. Elysia se contuvo de decir a su tía que perder una comida no era una verdadera desdicha, al pensar en la comida poco apetitosa y mal preparada, y la pequeña cantidad que representaba su porción: Una delgada rebanada de tosco pan moreno —la harina blanca era costosa para darla a los criados— y unas verduras aguadas recocidas, con un pedazo de carne o pescado ocasionales, que terminaban una y otra vez en pasteles hasta que desaparecían del todo. El desayuno era aún más escaso: té y un amasijo de avena sin sabor, generalmente grumoso y frió. El almuerzo consistía en pan y queso. Pero en verano, cuando la fruta de la huerta estaba madura y dulce, Elysia recogía en secreto cantidades de frutos madurados al sol y los escondía en su cuarto. Cuando el hambre rumoreaba en su estómago en medio de la noche, impidiéndole dormir, se regalaba con aquella deliciosa fruta robada.
Agatha parecía desusadamente excitada con la visita de los Masters. Ordenó a la cocinera que preparara variedad de bocadillos y pasteles. Cerdo, cordero y carne vacuna fueron enviados desde una granja vecina, junto con raras verduras y frutas que sobrepasaban de lejos los magros productos de la huerta de Agatha.
La mejor porcelana y la platería fueron lustradas y frotadas hasta que adquirieron brillo y reflejos entre la bella cristalería. Fragantes aromas que llenaban de agua la boca se deslizaban por la casa, trayendo recuerdos de platos sabrosos que Elysia hacía años que no probaba.
Pero había una sensación de intranquilidad en toda la casa, como si algo no anduviera del todo bien.
Elysia estaba intrigada con la invitación, mientras se bañaba en una tina de agua caliente, lavándose la mugre y el polvo de un día de trabajo. Ella misma había calentado y traído el agua para su baño por las largas escaleras; pero valía la pena el esfuerzo realizado y descansar ahora en agua jabonosa, con los tensos músculos aplacados por el calor.
Su sorpresa por estar incluida en la fiesta sólo fue excedida al encontrar un vestido de noche hermosamente confeccionado, nuevo, colgado en la vara en un rincón del cuarto. Los otros vestidos, en contraste, parecían parientes pobres.
Sólo Agatha podía haber comprado aquel vestido. ¿Por qué? ¿Qué motivo tenía su tía para actuar de esta manera? Agatha no era el tipo de persona que hace algo sin un propósito. ¿Por qué había decidido súbitamente incluir a Elysia en una comida con invitados? ¿Sería acaso otro plan sádico, para ponerla en ridículo?
Todas estas preguntas se repetían en la mente de Elysia, cuando bajaba las escaleras, consciente de las curiosas miradas de los criados. Podía comprender la curiosidad de estos. ¿Acaso no había sido una de ellos hasta esa tarde?
El recuerdo que tenía Elysia de la velada era vivo, persistía en su mente como la prolongación diurna de una horrible pesadilla. Las imágenes se distorsionaban, se volvían grotescas, las escenas se movían en su mente como si estuviera hipnotizada.
¿Cómo olvidar la imagen de su tía con un vestido de noche color mostaza, que convertía su cara en una máscara mortuoria? Sus largos brazos se habían tendido para dar la bienvenida al caballero Masters y a sus hijas:
Hope, Delight y Charmian. Elysia había procurado conversar cortésmente con ellas, pero ellas habían formado un grupo aparte y habían charlado entre sí, excluyéndola: o bien le habían hecho preguntas personales, ridiculizando sus respuestas con risas y burlas cuando se había aventurado a dar una opinión. Hubiera deseado que el padre fuera igualmente desdeñoso, pero él había actuado de otro modo. Elysia había sentido sus ojos saltones y bovinos observando sus menores gestos.
Se sentía incómoda con el ligero vestido de muselina que le había comprado Agatha. Era en verdad hermoso, pero el escote parecía indecente en una muchacha soltera, con los hombros desnudos sobre el delicado encaje que apenas cubría la suave curva de sus senos. Era uno de los nuevos vestidos Imperio que se habían convertido en el furor de la moda londinense: un estilo popularizado por la mujer de Napoleón, la emperatriz Josefina.
Las hermanas Masters iban también ataviadas con este nuevo estilo Imperio, que ajustaba levemente los senos antes de caer en líneas rectas y suaves hasta el suelo. Pero mientras el vestido de Elysia parecía flotar a su alrededor, sugiriendo las curvas que tapaba, las Masters daban la sensación de salchichas rellenas. Las hermanas habían tenido la desgracia de heredar la figura del caballero, que era grande y robusto, y tenían los mismos ojos pardos y redondos del padre.
Cada vez que respiraba, Elysia sentía los ojos del caballero clavados en sus pechos cuando estos se levantaban y caían bajo la muselina verde pálido del vestido. Había sentido que los ojos de él recorrían lenta y apreciativamente su cuerpo cuando los presentaron, y cuando ella lo miró, percibió un resplandor ávido y lujurioso. Elysia apartó los ojos turbada, y vio entonces una expresión satisfecha y contenta en la cara de su tía al ver la obvia admiración del caballero.
Después de la comida pasaron al salón para oír a Delight, que cantaba con una voz mal estudiada y nasal, acompañada por su inexperiencia en el pianoforte. Hope y Charmian sofocaban risitas y cuchicheos mientras escuchaban el canto de su hermana y su ejecución, pero esta terminó por fin de cantar, tras desafinar todas las notas posibles.
Elysia estaba sentada al lado del caballero Masters, en un sofá: su tía, al entrar en el salón, había elegido el sillón junto a la ventana. El caballero estaba demasiado cerca para que Elysia se sintiera cómoda, su rodilla y su muslo oprimían íntimamente los de ella, y continuamente se acercaba más para murmurar algún comentario tonto en su oído, mientras aspiraba la fragancia de ella y regodeaba sus ojos en la blanca piel de alabastro que revelaba el pronunciado escote.
Pero seguía intrigada acerca de los motivos de haber sido invitada a la fiesta; no veía ninguno. A menos que su tía quisiera recordarle que ella ya no formaba parte de aquel mundo; que, como criada, ya no tenía lugar en una sociedad elegante. Era muy propio de su tía ofrecerle una velada de placer, un vestido nuevo, y al día siguiente volver a reducirla a su situación de criada.
Dio unas tranquilas buenas noches a su tía y se apresuró a llegar al refugio de su cuarto. Al día siguiente fue como si la noche anterior no hubiera existido, y los días de Elysia transcurrieron como siempre. El vestido nuevo desapareció tan misteriosamente como había venido.
—¡Estoy hablando, señorita! —la voz de la tía Agatha interrumpió los recuerdos que tenía Elysia de la velada con los Masters—. ¡Siempre soñando cosas que no debe pensar una chica decente, lo juraría! Bueno, ahora puedes escucharme y alegrarte de que me haya interesado por tu bienestar; no es que lo merezcas, pero eres hija de mi querida hermanastra, y tengo que cumplir con ella estableciéndote como se debe.
El tono de Agatha parecía saborear algo y había una atenta expresión en sus ojos mientras una manchita de vivo color asomaba en cada pómulo.
—No entiendo. —Elysia habló entrecortadamente, intrigada por la extraña afirmación de su tía—. ¿Me ha encontrado usted algún trabajo?
—Oh, sí, en realidad así es. Uno que te parecerá muy interesante... y beneficioso —graznó la tía—. ¿Recuerdas que dije que me había encontrado con el caballero Masters cuando iba a la aldea?
—¿Y qué tiene él que ver con eso? —preguntó Elysia, pensando que tal vez había juzgado mal a la tía Agatha, después de todo. Tuvo una idea súbita y preguntó ansiosamente—. No será un trabajo con ese caballero, ¿verdad?
—Oh, no, mi querida Elysia —la tía emitió unas alegres y sofocadas risitas, mostrando la única sugerencia de buen humor que Elysia había visto en su cara—. No se trata de una situación baja entre los domésticos del caballero lo que he aceptado por cuenta tuya, sino... —hizo una dramática pausa, y algo así como un brillo iluminó sus ojos— ...la envidiada posición de esposa del caballero Masters.
2
¿Podré olvidar la desastrosa noche que para siempre entregó a la tumba la mejor parte de mi alma?
Gray
—¿Bueno, no puedes hablar? ¿No vas a dar las gracias a tu querida tía Agatha por asegurarte un futuro respetable? —Observó que las encendidas mejillas de Elysia palidecían, dejando su cara lívida y tensa; sus ojos se convirtieron en dos oscuros pozos de desesperación y sus labios empezaron a temblar.
Elysia permaneció sentada y muda, mientras la cara de Agatha se contraía y su áspera risa resonaba en la habitación. La cabeza de Agatha cayó hacia atrás sacudida por unas carcajadas sin control, y su delgado pecho se agitaba sin cesar.
—Lo decidimos esta tarde, el caballero y yo, cuando íbamos camino a la aldea —dijo Agatha sin aliento—. El estaba deseoso por llegar a un acuerdo. Ya verás que es un novio muy atento, querida. Y como eres una chica muy sana sin duda darás al caballero Masters los hijos varones que desea.
Agatha clavó los ojos en Elysia mientras su mano acariciaba el pelo hasta el apretado rodete, y añadió casi como hablando sola:
—Eres también una muchacha tan bonita... como lo era tu madre. Recuerdo el primer día en que la vi, era sólo una niña, pero incluso entonces era hermosa.
Elysia miró con horror a la tía Agatha. Finalmente logró dominarse, pero su voz estaba tensa; las palabras brotaron entrecortadas de sus finos labios.
—No puedo casarme con ese caballero —dijo Elysia claramente, pese a los latidos de su corazón. No podía sucederle aquello, pensó desesperada. ¡El caballero Masters! ¡Nunca! Preferiría morir antes que casarse con él.
—No tienes elección, mi querida Elysia. Todo ha sido ya arreglado.
—¡No me casaré con él, y no puede usted obligarme! ¿No entiende que no lo soporto? Me asquea... ¡casarme con él sería una tortura!
Elysia se levantó del asiento y las palabras emocionadas se precipitaron mientras suplicaba a su tía. Pero la tía no cedió.
—Tus sentimientos no cuentan en esto. Deberías estar agradecida de tener esta oportunidad de casarte. Tus perspectivas no son buenas, pero el caballero Masters ha accedido a no tomar en cuenta tu pobreza, y a olvidar la dote que se espera habitualmente —dijo Agatha con impaciencia, olvidando el buen humor anterior ante el desafío de Elysia.
—Temo que tendrá usted que presentar mis disculpas al caballero, porque está fuera de la cuestión que pueda o quiera jamás casarme con él. Ni siquiera se han consultado mis deseos... ¡vamos, ese caballero tiene edad para ser mi padre!
Elysia miró con curiosidad a su tía.
—Esto es lo que ha querido usted todo el tiempo... humillarme. Bueno, no lo logrará esta vez, tía Agatha, del mismo modo que no logró nada esta tarde cuando de manera deliberada me mandó al campo del norte.
Agatha se levantó y se enfrentó a Elysia, clavó los duros dedos en los hombros de esta y le lanzó una maligna mirada furiosa.
—¿Crees que voy a permitir que alguien como tú estropee todos mis planes? —chilló Agatha—. Al fin he realizado mi mayor deseo... y tú no vas a interferir. ¿Me oyes? —sacudió a Elysia hasta que el pelo rubio rojizo cayó en pesadas hondas sobre los hombros.
—¡No me casare con él, no lo haré! ¡Prefiero morir antes! —gritó Elysia.
Agatha soltó los hombros de su férreo apretón y, levantando la mano, abofeteó con fuerza a Elysia. Esta logró apartarse, se llevó las temblorosas manos a las mejillas y miró a su tía con expresión dolorida e intrigada en los ojos.
—No, no morirás... todavía. Tal vez al cabo de un año de estar casada con ese idiota licencioso; pero te casarás con él... la semana próxima. El apenas puede esperar para tenerte en la cama, querida —añadió Agatha provocativa. Volvió a reír a carcajadas; fue otra risa salvaje, incontrolada...
triunfal esta vez.
—¡Oh, dulce, dulce venganza! Sabía que, si esperaba lo bastante, iba a saborearla algún día. ¡La hermosa Elysia, como tu madre y tu abuela! ¿Te he dicho que tu madre era bella? Bueno, también lo era tu abuela... mi madrastra. Mi padre quedó hechizado con ella, la hizo su esposa y la trajo a casa. ¡Aquí! A mi casa... para que fuera la nueva patrona de Graystone Manor. Fue un idiota al suponer que alguien podía ocupar mi lugar.
Siempre habíamos sido felices, mi padre y yo, aquí, en Graystone Manor, aunque mi madre había muerto unos años antes. Después vino ella. No tenía derecho de venir aquí y traer consigo a aquella muchachita. Las recuerdo, de pie en el vestíbulo —Agatha clavó los ojos en el vestíbulo; sus ojos ardían mientras su mente vagaba por los años transcurridos.
—Llevaban fino encaje y terciopelo y sombreritos con plumas. El sol brillaba sobre aquel extraño pelo rubio rojizo, convirtiéndolo en vivas llamaradas de fuego. Sus sonrisas eran tan falsas como sus corazones. Vinieron aquí; se apoderaron de mi casa, de mi padre, esperando que fuéramos amigas. Bueno, yo fingí al igual que ellas, pero en cuanto podía hacía saber a tu madre, la querida y pequeña Elizabeth, cuál era su lugar.
Cuando finalmente murió tu abuela, me encargué de la dirección de la casa... como debí haberlo hecho desde el principio. Mi padre no sirvió para nada después de la muerte de ella. ¡Ella lo echó a perder!
Agatha se interrumpió, momentáneamente perpleja ante sus pensamientos, y una arruga cruzó su fruncida frente. Tenía las manos apretadas con fuerza, y su respiración era entrecortada mientras miraba a su alrededor salvajemente. Gotas de sudor surgieron en sus labios cuando tendió la mano nerviosa hacia la sien, y la oprimió, como ante un dolor intolerable.
—Creo que yo tenía diecinueve o veinte años; tu madre sólo tenía once. Pero yo era lo bastante crecida como para asumir la responsabilidad de dirigir la casa... y me las arreglé mejor que tu abuela.
"Dije a tu madre, la adorable Elizabeth, las cosas que se esperaban de ella, del mismo modo que te he dicho cuáles son tus deberes. Nuestro padre no se metía mucho en las cosas, y cuando lo hacía estaba tan borracho que no reconocía a nada ni a nadie. Elizabeth descubrió pronto el lugar que le correspondía en mi casa. ¡La pequeña advenediza... procurando abrirse camino como un gusano en Graystone, con aquella sonrisa dulce y ladina que tenía! Bueno, tuvo lo que se merecía.
Una sonrisa surgió en la cara de Agatha, pero sus ojos chispearon malignos.
—Nuestro padre murió poco después... de hecho fue un milagro que viviera tanto. No lo eché de menos... sólo interfería; y, además, gastaba demasiado dinero en whisky.
"¿Sabes cómo murió? Es más bien divertido —dijo Agatha mirando directamente a Elysia, como si viera su cara por primera vez—. Creyó haber visto a tu abuela al pie de la escalera. Se precipitó a zancadas y se enredó en el lazo suelto de su salto de cama. Cayó duramente... al pie de la escalera... y se rompió la nuca. No se me ocurrió que pudiera haberme confundido con ella. Yo sólo llevaba su salto de cama para limpiar un poco el polvo... naturalmente, no quena estropear mi vestido —añadió con indiferencia.
—Mi padre era un borracho débil, y su mente no sólo estaba entorpecida por su propia causa sino también a causa del alcohol. Al morir él la propiedad fue mía. Al fin fui dueña legal de Graystone, por ley. Los tribunales también me concedieron la tutoría legal sobre tu madre, una tutoría que estoy segura le pareció detestable. Nunca me agradeció siquiera que le proporcionara un hogar, cuando hubiera podido echarla, que es lo que debería haber hecho. El día en que dejé a ese marimacho mezquino, mentiroso bajo mi techo...
—¡Eso no es verdad! Ella no era... —interrumpió Elysia, con la lengua suelta al fin por la ira, tras haber quedado petrificada por las enloquecidas revelaciones de Agatha.
—Cállate y escucha la verdad acerca de tu preciosa madre, no las mentiras que debe de haberte dicho —rugió Agatha—. Tu madre vivía bajo mi techo, había aceptado mi caridad y no hacía ni la mitad del trabajo que yo le ordenaba para mantenerse, era una haragana al igual que tú. ¿Y cómo me recompensó? ¡Intrigó a mis espaldas y me robó lo que en justicia era mío!
Agatha empezó a hablar rápidamente, casi sin aliento, al recordar el pasado; sus palabras se precipitaron en un torrente de odio.
—Iba a haber un gran baile en una propiedad vecina, y recibí la invitación. Era el acontecimiento del año. Tuve que mandar decir que tu madre lamentaba no poder ir. No tenía nada adecuado que ponerse, y además era demasiado joven; ni siquiera había pasado una temporada en Londres. Pero hubiera sido demasiado caro y, además, yo ya había tenido la mía, y una temporada en Londres es
bastante para una familia, ¿no estás de acuerdo?
"¡Aquella noche está todavía viva en mi imaginación! Fue un baile más lujoso que algunos de los que asistí en Londres. Había más de mil velas encendidas en el salón de baile, donde las damas, muy elegantes con sus joyas y plumas, bailaban y giraban. Había champán, caras sonrientes, música... y el capitán Demarice. ¡Era tan buen mozo, tan espontáneo.... como un príncipe! Era oficial de caballería y un brillante jinete... uno de los mejores del país... ¡tan lleno de aventuras y audacia! Era el hijo menor de un lord, y no tenía fortuna, ni esperanzas de heredar una propiedad. Pero era tan extraordinario que no importaba que no fuera rico. Era alto, con pelo negro y abundante y unos extraños ojos verdes un poco oblicuos en los extremos.
La mirada de Agatha se detuvo momentáneamente en el rostro levantado de Elysia. Palideció visiblemente al contemplar los ojos de la muchacha.
—¡Tienes sus ojos! ¡Maldita seas! Cada vez que te miro lo veo a él de pie, mirándome con desdén, la sonrisa que yo amaba borrada de su cara. Me dijo cosas que nunca olvidaré; su voz me persigue por la noche en mis sueños. No puedo huir de ella, ni siquiera en sueños... siempre está allí.
Los delgados dedos de Agatha tironearon nerviosos del pelo pulcramente peinado, hasta que algunas mechas grises colgaron sueltas alrededor de su cara.
—Volví a casa del baile sintiendo algo que nunca había sentido antes. Lo cierto es que de verdad me sentía frívola y alegre, como una persona distinta. Sabía que el capitán Demarice vendría a visitarme; lo sabía. Pero esperé, esperé y esperé. Y mientras yo esperaba, Elizabeth encontró al capitán Demarice en el bosque, junto al arroyo. Un encuentro casual, dijeron, ¡ja! Yo conocía las mañas engañosas de ella. Sabía que yo lo quería; y ella siempre había anhelado lo que era mío... desde que éramos niñas. El me hubiera pedido que me casara con él si ella no se hubiera entrometido y conquistado su afecto, del mismo modo que lo había hecho su madre con mi padre. Se hacía la doncella inocente, y se reunía con él secretamente, a mis espaldas, en cuanto podía.
Finalmente él aceptó mi invitación para venir a tomar el té; pero lo hizo con un motivo ulterior que pronto descubrí. ¿Cómo podía yo saber que ya conocía a Elizabeth? Yo la había dejado que saliera con más frecuencia, para tenerla afuera cuando viniera el capitán Demarice; pero él nunca había venido, hasta aquel día. Estábamos sentados en el salón, apenas empezábamos a conocernos, cuando me preguntó por Elizabeth. Yo le había dicho que tenía una hermanastra. "Es una muchachita joven y perezosa", le dije. El levantó levemente una ceja y con una mirada mi invitó a proseguir, alentándome a las confidencias. Comprendí que tenía que oscurecer un poco su imagen antes de que él la viera y quedara deslumbrado con su falsa belleza. Era capaz de engatusarlo, porque había heredado las mañas de su madre; por eso le hablé diciéndole que era una especie de marimacho, y conté algunos hechos mentirosos que demostraban que era una pequeña ramera.
El dijo antes que yo terminara de hablar que había tenido el placer de conocer a la señorita Elizabeth, y que le había parecido una muchacha dulce, gentil y honesta. No pude creer lo que oía. ¿Ya conocía a Elizabeth? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cómo había podido suceder? Ella no tenía acceso a los lugares que él podía visitar.
Fue sordo a mis palabras. Ya había sido cegado por la traición de Elizabeth. Permaneció allí de pie, alto y erguido, y me dijo con voz fría, que me cortó como un cuchillo, que yo estaba hablando de la mujer con quien esperaba casarse. Dijo que había hecho averiguaciones y que había descubierto cómo trataba yo a Elizabeth.
—¡Mentira, mentira! —le grité—. ¿Qué le ha dicho esa diablesa? —exigí—. Nada es verdad. ¡Tuerce todo para sacar ventaja... le ha mentido! —Le dije que yo sena mejor esposa que Elizabeth. Recuerdo la expresión asombrada de su cara cuando le declaré mi amor; era evidente que nunca había comprendido mis sentimientos, y que no podía corresponder a aquel amor y deseo. Le dije que podía ofrecerle todo: dinero, Graystone Manor, tierras. ¡Elizabeth no tenía nada que darle... nada!
—"Para su información le diré que Elizabeth nunca ha dicho una palabra en contra de usted, aunque nunca entenderé cómo ha podido callar respecto a su persona. Es inocente de la maldad que hay en esta casa. Ella me ofrece su amor; y eso es todo lo que deseo, ni dinero ni propiedades. Dudo que usted sea capaz de entender esto, porque, en su mezquindad, no puede usted ver nada decente en nadie. Es usted una mujer cruel y egoísta, que será destruida por su propio resentimiento y odio. Usted es lo único malo en esta casa".
—¡Me dijo esas cosas! Recuerdo cada palabra como si fuera ayer. Me clavaba los ojos con tal odio y desprecio que no pude soportarlo. Y entonces llegó Elizabeth y se plantó tímidamente en la puerta, fingiendo que no sabía que estábamos allí. Nos miró a ambos, ¡y parecía tan angustiada y
preocupada que me enfurecí ante la sola vista de aquella cara angelical que ocultaba tanta maldad y engaño, y me precipité sobre ella para arañarla, arrancarle la cara, para que él viera la verdad! Pero él fue rápido como un gato y la protegió de mí. Grité contra ambos. Les dije que no quería volver a verlos mientras viviera, y le dije a él que se fuera con su pequeña ramera.
Se fueron y nunca volví a ver a Charles. Elizabeth se fue con él aquel mismo día, y se alojaron en casa de unos amigos hasta que pudieron casarse. Me enteré de que, después de casarse, se habían trasladado al norte, donde él había heredado una pequeña propiedad.
Todos estos años he soñado con verlos de nuevo, quería mostrarles que estaba mejor que ambos y vengarme de este modo. Graystone Manor era mía. Elizabeth siempre había ambicionado lo que era mío... mi padre, mi casa, Charles. Bueno, nunca consiguió Graystone... ¡es mío, todo mío!
Elysia clavó aterrada los ojos en Agatha, y empezó a retroceder lentamente hacia la puerta al ver la expresión de locura que contorsionaba las facciones de su tía.
—No te vayas, Elysia —dijo Agatha bruscamente—. Tengo mucho más que decirte. ¿No quieres saber acaso cuan dichosa me sentí al tenerte en mis manos? Le dije a tu abogado que la hija de mi adorada hermanastra sena bienvenida en este hogar, como lo había sido su madre. El se sintió más que aliviado, ya que tus parientes de alcurnia no querían saber nada de ti.
Y ha sido una dicha tenerte aquí... haciéndote perdí algo de la arrogancia de los Demarice, humillándote teniéndote bajo mi ala y atenta a mis llamadas... ¡tú, la gran dama, convertida en una fregona!
"Oh, si Charles y Elizabeth pudieran verme ahora —suspiró Agatha, con una especie de éxtasis— con su preciosa, adorada hija Elysia, en mi casa, la casa que habían desdeñado, esperando su próximo matrimonio con... ¿puedo decir "con anhelo".
Elysia contuvo el aliento, sintiendo náuseas dentro d sí. Los ojos de Agatha enfocaron a Elysia con imbatible intensidad.
—¡ Vamos, estás muy pálida, querida! Vete a descansar un rato a tu cuarto. Creo que la noticia ha sido demasiad para ti; ¡y tan gran honor! ¡Pocas veces recibimos lo que merecemos en la vida, pero tú lo tendrás, Elysia... lo tendrás.
Elysia lanzó un sollozo y se precipitó fuera del cuarto y las lágrimas corrían por sus mejillas mientras subía las escaleras en dirección a la buhardilla; oía la risa de loca de Agatha como un eco detrás de ella.
Elysia caminó de arriba abajo en el estrecho espacio de la buhardilla, rozando con la cabeza el techo bajo cuando sus pasos la llevaban de aquí para allá. Su tía debía de estar loca, pensó Elysia. Nadie podía conservar tanto tiempo ese sentimientos de odio sin quedar trastornado. Oh, Dios mío ¿qué iba a hacer? ¿Dónde podía ir? No tenía nadie en el mundo a quien recurrir. Prefería trabajar en un talle penitenciario antes que hacer lo que le ordenaba Ágata, casarse e ingresar en la familia Masters.
No podía quedarse más tiempo en aquella casa opresiva. La agobiaba —procuraba quebrar su voluntad, de despojarla de toda dignidad y libertad. Se acercó a la venían desde donde podía ver el bosque y las colinas en el sur, a 1 lejos. Una súbita ráfaga hizo flotar una hoja en el aire, 1 sostuvo un momento, provocando a Elysia con su libertad antes de alejarse flotando en la luz que se atenuaba.
Elysia se decidió de pronto; dejaría Graystone y viajan a Londres, donde buscaría algún trabajo. No quedaba otra alternativa. No podía soñar en casarse con el hidalgo Masters, ni podía seguir bajo el techo de Agatha cuando aquella mujer la odiaba y seguiría queriendo obligarla a casarse con el caballero. No le quedaba más remedio que huir.
Elysia se sintió de pronto exhausta. Estaba despojada de toda emoción cuando se dirigió pesadamente hacia la cama. Se dejó caer allí, y reclinó la cabeza en la almohada. No podía hacer nada hasta que hubiera oscuridad total, de modo que... Lentamente sus ojos se cerraron y el sueño se apoderó de ella.
Elysia despertó en un cuarto ya oscurecido, iluminado sólo por una pálida media luna, cuyos rayos se deslizaban desde la ventana hasta su cama, depositándose sobre su rostro.
Se sentó de golpe, con latidos en el corazón. ¿Qué hora era? Miró por la ventana hacia la plateada luna, que asomaba detrás de rápidas nubes. Todavía no estaba muy alta en el cielo, de modo que no podía ser muy tarde. Se sintió aliviada al comprobar que la tormenta había disminuido por el momento. Ello facilitaría la travesía de los campos y en medio de los bosques el no tener que luchar contra la tormenta bajo una capa empapada.
Se puso de pie de un salto, el plan de acción estaba casi hecho en su mente, borrando la
modorra del sueño. Recorrió el cuarto recogiendo sus escasas pertenencias: sus vestidos, un camisón, un chal abrigado, el juego de cepillo y peine de plata de su madre, que había conservado a escondidas de Agatha. Hurgó en el rincón más lejano de la cómoda y sacó un frasquito de perfume: los jazmines y rosas que su madre había amado tanto, y después volvió a colocar la pistola que guardaba en un rincón del gran bolso de paja trenzada.
Arrodillándose y buscando bajo la cama, Elysia extrajo con cuidado un bulto. Desató un viejo chal azul descolorido y sacó su posesión más preciosa: una delicada muñeca de porcelana. La carita puntiaguda, con los ojos pintados de color azul brillante y la boquita rosada y diminuta, como un capullo, la miraron. Las manos de Elysia acomodaron con amor las arrugas del delicado vestido de encaje, adornado con hileras de lazos de terciopelo azul. Sus manos se perdieron en los redondos rizos de oro mientras recordaba el día en que su padre había vuelto tras pasar un mes en Londres, con los brazos llenos de paquetes y regalos. Mientras la divertía contando sus historias de aventuras, había colocado la muñequita en las gordas manitas de ella, y la había observado dichoso mientras ella canturreaba de placer, como una madre, con los ojos brillantes como estrellas.
Elysia sonrió con dulzura al envolver de nuevo la muñequita, que colocó encima de los vestidos, bajo el grueso chai en el bolso de paja. Había conservado aquellas preciosas posesiones de su vida pasada cuidadosamente ocultas, protegiéndolas de los atentos ojos de Agatha, porque sabía que esta las hubiera tirado... como había hecho con otros recuerdos que Elysia no había podido esconder.
Elysia lanzó una rápida mirada alrededor del cuarto mientras se ponía la pesada capa sobre los hombros. Era feo este cuarto de servicio, y se sentía contenta de dejarlo. Recogió el bolso, se dirigió a la puerta e hizo girar el picaporte.
¡No se abría! Elysia giró hacia el otro lado, pero el picaporte no se movió. La puerta estaba cerrada con llave. Agatha no había confiado en ella, la había encerrado. ¡Estaba atrapada!
El corazón de Elysia latía tan fuerte que estaba segura de que toda la casa podía oírlo. No debía sentir pánico, se dijo. Tenía que mantener la cabeza clara, aunque sentía que esta le daba vueltas al ritmo de su enloquecido corazón. Se dirigió hacia la ventana y miró el terreno de abajo. La tierra firme parecía estar a millas de distancia. Elysia abrió con lentitud la ventana, rogando que esta no crujiera. Tendría que deslizarse por el tejado hasta el borde, y la ventana de la buhardilla le proporcionaría una plataforma para sentarse al salir.
Había una recia hiedra que trepaba desde hacía años por el costado de la casa. Las ramas eran gruesas y duras, y, si tenía cuidado, podía ayudarse a llegar sana y salva hasta el suelo.
Recogió el bolso de paja, y arrancando la cuerda de las cortinas que colgaba junto a la ventana, la ató al manubrio y pasó el bolso sobre el alféizar, deslizándolo hasta más allá del borde del tejado inclinado; luego, lentamente, lo hizo descender por el costado de la casa hasta que la cuerda ya no dio más. De mala gana la soltó y la dejó caer en la oscuridad; el bulto produjo un sonido hueco al golpear la tierra húmeda.
Elysia trepó por el marco de la ventana y se sentó en el alféizar mirando hacia abajo, cuando una idea inesperada e insidiosa se apoderó de ella... si se resbalaba y caía... Bueno, había que arriesgarse, y además no estaba demasiado preocupada, se tranquilizó tercamente, mientras seguía mirando el suelo. Después de todo había subido a muchos árboles y muros con Ian, cuando era niña. Siempre había tenido un equilibrio perfecto... ¿qué podía temer?
Dejó la ventana y se deslizó por el tejado hasta el borde, haciendo el menor ruido posible. Se agarró a una gran rama de hiedra, buscando apoyo mientras se inclinaba sobre el borde y, con un rápido movimiento, se balanceó, sosteniendo todo su peso de la rama. Era firme. Dio un suspiro de alivio y cuidadosamente buscó otros lugares seguros para apoyar los pies a medida que descendía hacia el suelo.
Con un sentimiento de exaltación al sentir la tierra firme bajo los pies, Elysia rápidamente desató la cuerda de su bolso y corrió hacia la parte de atrás de la casa. Contuvo el aliento al hacer girar el picaporte de la puerta de la cocina, sabiendo que la cocinera con frecuencia olvidaba cerrarla con llave.
Elysia sintió que la puerta se abría un poco, crujiendo suavemente. Mirando por la rendija, avanzó con sigilo por la gran cocina; tomó un pan, queso, unas tajadas de carne fría y de jamón y dos pasteles recién hechos, con relleno de frutas. Ella pocas veces probaba los dulces, y aquellos pasteles eran para el desayuno de Agatha. Sonrió al pensar en la cara de Agatha cuando descubriera el robo de li pasteles. Pero la sonrisa pronto se desvaneció ante la idea de ser atrapada por su tía, y sintió un frió hasta los hueso
Envolvió las vituallas en un gran mantel a cuadros las metió en el bolso de paja. Después se dirigió a un están donde guardaban el dinero de la cocina, para pagar li encargos ordenados por la cocinera. No había mucho, penso; Elysia desilusionada, pero sí lo suficiente para llevarla hasta Londres.
La luna se había elevado en el cielo, proyectando una luz plateada sobre los campos y los bosques cuando Elysia dejó la cocina, tan silenciosamente como unos momentos antes, cuando había entrado. Se deslizó como un duende por la ancha franja de terreno no protegido entre la casa y los bosques.
Elysia no lanzó una última mirada sobre el hombro hacia Graystone Manor al llegar al bosque, sino que siguió avanzando a buen paso hasta encontrarse entre los árbol Aspirando profundamente, mentalmente rechazó los grillos que parecían retenerla. Debía seguir marchando y poner mayor distancia posible entre ella y Agatha. No queria oir la ira de ella cuando descubriera que la presa se había escapado de la trampa.
Nunca podría volver allí, ni lo deseaba. Ya que estaba sin hogar, no le quedaba más recurso que ir a Londres Probablemente Agatha supondría que Elysia había vuelto a su casa, a los lugares conocidos, y no quería arriesgarse a que la encontrara. Podía buscar trabajo como gobernanta o dama de compañía; después de todo era instruida y ha sido educada como una dama. No iba a permitir que ninguna duda o nerviosidad la disuadiera del camino que ha decidido seguir.
Caminaba lo más rápido que podía a la luz de la luna, tropezando con espinosas matas, cuyas agudas espinas clavaban en su capa, sujetándola, hasta que ella tironeaba y se desgarraba para soltarse, con las manos arañadas y sangrantes. Siguió andando, poniendo mayor distancia entre ella y Graystone Manor. Esperaba llegar a la lindera del bosque antes del alba, atravesar el camino y las praderas abiertas hasta la protección de otro cinturón boscoso antes de que los granjeros empezaran a viajar camino del mercado. No quería ser vista, porque los rumores corrían en el mercado, de granjero a criado, de criado a amo, en el espacio de un par de horas.
Elysia llegó a la ultima parte del bosque y sintió el duro suelo terroso del campo bajo sus pies cuando la primera luz del alba se insinuaba por el este. Detrás de ella el dulce y melodioso canto de un ruiseñor se elevó en el fresco aire de la mañana, el ensueño nocturno sofocado por los dorados rayos del sol.
Elysia calculaba que Graystone Manor estaba horas y millas detrás de ella cuando corría por el campo, tocando apenas el suelo con los pies; luego lanzó miradas alrededor al deslizarse dentro de la tupida franja que bordeaba el extremo del campo.
Tenía que darse prisa si quena alcanzar la protección de los árboles, antes de que se levantara el sol, trayendo consigo su luz reveladora.
Abriéndose camino entre las gruesas ramas, Elysia estaba a punto de erguirse y echar a correr para atravesar el campo cuando quedó petrificada. A lo lejos oyó el ruido de las ruedas de una carreta, y el continuo clop, clop, clop, clop de los cascos de los caballos. El corazón le golpeteaba dolorosamente cuando se detuvo, indecisa. En cualquier momento habría luz, y tenía que atravesar aquel campo, pero no podía arriesgarse a ser vista corriendo como loca por algún granjero que pudiera reconocerla.
Elysia se irguió un poco y espió entre unas tupidas ramas de matorral. A unas escasas yardas, avanzando por el claro, venía un viejo caballo tirando de un carro lleno de cerdos que gruñían. Un muchacho picaba inútilmente a la vieja yegua. Ella mantenía su paso lento, sin prestar atención a la impaciencia del carretero. Elysia reconoció a Tom, hijo de un granjero arrendatario del hidalgo Masters. No podía dejar que la viera. ¡Pero marchaba tan lentamente! El tiempo corría. Un débil resplandor rosado había empezado a aparecer en el cielo cuando el carro cargado pasó junto al escondite de ella, en el cercado. Dejó que el carro se adelantara en e camino, después salió corriendo de detrás del cercado y huy< como loca hacia los bosques, esperando que Tom no mirara hacia atrás.
Sentía que iban a estallarle los pulmones y le dolía un costado cuando llegó a los primeros árboles del bosque Elysia se apoyó agradecida contra el tronco de un gran roble y miró hacia atrás para contemplar la belleza del glorioso amanecer. La luz inundó los campos, convirtiéndolos di grises en verdes, y el cielo fue un prisma de cambiante rosados y anaranjados, que se desvanecían en un vivo azul ¡Estaba a salvo!
Sonrió torvamente al pensar en su loca carrera a través del campo. De niña había corrido alegre por lo campos, sin soñar que un día iba a correr en serio, en busca de la libertad.
A media mañana Elysia tenía las piernas doloridas de cansancio, y sentía la cabeza vacía a causa del hambre. Oia gorgotear un arroyuelo cercano, y siguiendo un sendero que llevaba hasta la orilla se arrodilló en el borde y bebió ávidamente el agua clara y chispeante, mientras con su manos dejaba caer el agua por su brazos, mojando las larga mangas del vestido.
Trepando hasta un musgoso banco sobre el arroyo, sacó el mantel a cuadros blancos y rojos que envolvía la escás comida y, desenvolviéndolo, lo extendió sobre su regazo Cortó un pedazo de pan, puso dentro un trozo de queso mordió con avidez. Añadió un poco de jamón dulce después probó el fragante pastel, saboreando cada bocado del relleno de fruta fresca. Su hambriento estómago empezaba a calmarse cuando terminó el pastel, mientras se decía que jamás había comido nada más sabroso.
Elysia empezó a canturrear bajito, y fragmentos de una antigua canción olvidada llenaron su mente. Lo versos de una vieja balada gitana resonaban en sus oídos desbordando su estado de ánimo cuando se echó descansar en el declive de la cañada, mirando 1a efervescencia cristalina del agua.
Vagabundo soy, sin lazos que me aten, encima la plata de la luna, el suelo bajo los pies, Vagabundo soy, vagabundo soy, entre valles y colinas, doncellas miles he visto, y me apodan el Gitano...
Elysia cantaba en voz baja, demorándose en las palabras de la canción. Libre para vagar. Sí; ella era libre. Libre para seguir cualquier sendero que eligiera; no una dirección escogida, quizá, pero sacaría partido de ella... ahora que ya no tenía que volver.
Se permitió unos minutos más de descanso, después se levantó pesadamente y caminó bordeando el arroyo, en busca de un sitio fácil de vadear antes de meterse más profundamente en el bosque. Surgió el sol, desapareció, y después reapareció tras las nubes que habían ido formándose gradualmente a medida que avanzaba el día. Un viento frío se elevó desde el norte, agitando la capa que envolvía a Elysia, que avanzaba bajo el toldo de ramas. Al fin de la tarde calculó que había logrado bastante distancia como para detenerse esa noche.
La última tibieza se desvaneció cuando se atenuaron los débiles rayos del sol y se alargaron las sombras, trayendo una fría crispación en el aire. Elysia vio la luz que se desvanecía, un gran árbol y corrió hacia él, tanteando el suelo que era blando, con una capa de heléchos. Se sentó, sacó la comida, y comió escasamente porque ignoraba cuánto tiempo debía hacerla durar. No creía tener que andar mucho más: en algún momento de la mañana siguiente llegaría al camino principal.
Elysia sacó su abrigador chal y, quitándose la capa, se envolvió en el chal los hombros y la cabeza; después se cubrió con la capa, sintiéndose cómoda a pesar del frió que iba a envolverla al llegar la noche. Sólo esperaba que la tormenta que se había estado preparando a lo largo del día no estallara en medio de la noche.
Se acurrucó con las rodillas casi hasta el pecho, y apoyó la mejilla en un brazo. Quedó dormida instantáneamente, olvidada del frío que aumentaba, sin prestar atención a los ruidos de los animalitos del bosque que buscaban comida entre los árboles.
Elysia despertó cuando un leve aguacero cayó de el cargado cielo y, temblando de frío y mojada, se puso pie. Su cuerpo estaba rígido y dolorido por la carrera del anterior, y por el frío suelo en las largas horas de la noche.
Comió el resto de lo que le quedaba, cuando una luz se extendía sobre los nubosos cielos, convirtiéndolos negros en gris oscuro, y el trueno redoblaba amenazado lo lejos. Volvió a cargar con el bolso y empezó a camina lentamente entre los árboles hasta llegar al camino, uno entre los árboles, en línea recta hacia Londres. Pudo ver a lo lejos un cruce de caminos, y corrió presurosa hacia él cuando la lluvia empezaba a caer en heladas ráfagas contra su cara.
3
¡Querida, maldita, aturrullada ciudad, adiós! ¡De tus locos ya no me burlaré, Que este año en paz moren tus críticos, Oh, rameras, dormid en paz!
Pope
El sol lanzaba sus rayos por la larga ventana hacia la mesa de felpa verde donde había sido depositada la última carta, y el ganador juntaba sus ganancias.
—Bueno, esto me deja fuera. Soy un mendigo total después de esta mano —declaró uno de los jóvenes caballeros riendo miserablemente, procurando no mostrar su remordimiento por haber perdido más de lo que podía soportar de manera conveniente. Alisó el terciopelo suave de su casaca nueva y se preguntó cómo iba a pagar aquello. Charles detestaba tener que pedir a su padre otro adelanto de su asignación, y además dudaba seriamente que el severo caballero asintiera a otra demanda de fondos.
—Ha tenido usted una racha de suerte esta noche, Trevegne, pero siempre la tiene —afirmó lord Danvers en voz alta, tomando un buen vaso de coñac y tragándolo de golpe—. Hay rumores de que tiene usted acuerdos con el diablo y ahora empiezo a creerlo —gruñó, mientras hacía una cuenta mental de sus pérdidas.
Se echó hacia atrás en el silloncito dorado mientras examinaba a los otros, con la corbata arrugada y torcida, la casaca de brocado azul desabotonada para permitir que su gran estómago escapara y descansara al colgar sobre los ajustados calzones.
—¿Qué le parece otra mano? —preguntó ansioso, porque la pasión del juego sobrepasaba sus bolsillos vacíos.
—Estoy más que dispuesto a permitir que recobren ustedes lo perdido, caballeros —replicó lord Trevegne con voz cansada, arreglando los puños de encaje de su manga con un movimiento experimentado de la muñeca. Miró lentamente a cada jugador en un silencio meditativo, y un guiño brilló en sus ojos leonados.
El caballero más joven miró nervioso alrededor de la mesa, y se movió un poco en su asiento, procurando reunir coraje para reconocer que estaba sin un penique. Terminó murmurando suavemente, hacia nadie en particular.
—Demasiado cansado —y volvió a reclinarse en la silla, aliviado de haber tomado una decisión tan difícil.
—¿De verdad, querido Charles? Es una lástima—dijo lord Trevegne comprensivo, con un gesto cínico en sus labios sensuales.
Charles Lackton se puso colorado hasta su roja cabellera, y volvió los resentidos ojos azules hacia la alargada figura de su Señoría, sintiendo a la vez rabia y admiración hacia aquel hombre. Había admirado a lord Trevegne desde que podía recordar, las historias de las escapadas de Trevegne habían encendido su imaginación, hasta que Trevegne se había convertido para él en una leyenda.
Charles volvió de sus pensamientos al oír que mezclaban las cartas, ya que los caballeros habían optado
por una última mano. Contempló fascinado cómo las cartas pasaban rápida y expertamente por los largos y finos dedos de lord Trevegne, y el extraño anillo de oro que este usaba en el meñique brilló místicamente ante los atónitos y parpadeantes ojos azules de Charles, unos ojos tan ingenuos como los de un niño. Seguía mirando a su Señoría, que con expresión despreocupada jugaba la mano, aparentemente sin que le importara ganar o perder, aunque las apuestas hicieron que Charles contuviera el aliento, agradecido de no participar en aquella última mano. Todo aquel juego era demasiado rico para su sangre. Había jugado por apuestas menores en la mayoría de los clubes, y si había recibido una invitación para jugar en privado con lord Trevegne, esto se debía a su amistad con el hermano menor de su Señoría, Peter. Había disfrutado ampliamente de la velada, aunque tuviera los bolsillos vacíos.
La habitación estaba en silencio, excepto por la respiración de dos hombres cómodamente sentados en dos sillones de cuero junto a la chimenea. El fuego se había extinguido, las cartas yacían desparramadas con descuido sobre la mesa, y había vasos vacíos con cenizas y colillas en toda la habitación, como único signo de la juerga nocturna.
—Tiene usted la suerte del diablo, Alex —dijo el mayor de los dos hombres enfáticamente, con buen humor—. ¿Está seguro de no haber hecho un pacto con él? Ha vaciado usted los bolsillos de
Danvers esta noche, y a él no le agrada perder —y tuvo una risita al recordar la roja cara de Danvers, chorreando sudor.
—Simplemente no era su noche, George. La próxima vez procure no tener ese brillo en los ojos, cuando crea que va a ganar una mano —dijo lord Trevegne riendo, mientras se levantaba, erguía su cuerpo largo y esbelto y se pasaba una mano negligente por el pelo negro como ala de cuervo.
—Siempre he creído que es usted en parte un halcón, con esos ojos tan penetrantes. Ve usted demasiado para ser un hombre mortal —se quejó George.
—No me diga usted que ha escuchado esas historias que corren por los alrededores de St. James. Había pensado bien de usted, George —dijo con naturalidad sirviendo dos coñacs. Tendió uno a lord Denet y volvió a acomodarse en el gran sillón.
—Ya sé que no es usted Lucifer o un diablo encarnado, como les gusta decir a algunos, su hermano entre otros, pero a veces su suerte parece cosa de magia —replicó el hombre de más edad.
—Tal vez tenga una estrella de la suerte, pero prefiero creer que es mi habilidad la que me permite ganar, no la Señora Suerte. Como la mayoría de las mujeres, es inconstante, y no se puede confiar en ella. No, gracias. Seguiré creyendo en mi propia habilidad, y no me confiaré a las preciosas manos de la Señora Suerte, escurridizas como el mercurio —tomó un sorbo de coñac y, sonriendo, añadió—:
En cuanto a Peter, es un cachorro joven, que sigue a la jauría, como el joven Lackton. Pronto tocará tierra firme. Está enfadado porque no he querido adelantarle dinero de su asignación. La gastaría antes de que yo la hubiera sacado del bolsillo —aflojó la corbata y se acomodó más profundamente en el sillón.
—Veo que está usted cansado, Alex, y sugiere que debo partir, pero hay una cosa que quiero discutir antes —dijo lord Denet, poniéndose de pie, y plantándose con firmeza, como listo para enfrentarse a un ataque contra su persona.
—No he sugerido que debiera usted irse. Vamos, George, ¿cómo puede usted pensar que soy un anfitrión tan malo como para poner a un invitado en la puerta? De todos modos es más bien tarde... o temprano... como usted prefiera. Simplemente quería ponerme más cómodo —sonrió a su viejo amigo.
—Bueno, no lo he tomado a mal, pero diré lo que debo decir y después me iré. No insistiré sobre el asunto, se lo prometo, pero... —vaciló, sin ganas de hablar ahora que había atraído la atención de su anfitrión.
—Prosiga, George, esto empieza a interesarme. ¿Supongo que quiere darme usted un consejo? —preguntó lord Trevegne con voz tranquila.
Lord Denet conocía a Alexander Trevegne desde que este usaba pantalones cortos, y sabía que su voz tranquila y lánguida engañaba a aquellos que no sabían que servía de máscara a una voluntad de hierro y un temperamento feroz. Los tranquilos tonos de lord Trevegne eran suaves y ominosos, más mortales que los de un hombre que se enfurece como un toro. Alex, cuando estaba enfadado, golpeaba de inmediato y en silencio. Había visto cómo Alex había destrozado a un hombre con su lengua sarcástica, convirtiéndolo en un animal estremecido, dispuesto a presentar el rabo y huir. Pocos hombres se interesaban —o se atrevían— a cruzar palabras o espadas con lord Trevegne, marqués de St. Fleur. Tenía una mortífera puntería con las pistolas, y era aún más mortífero para convertir en tonto a algún conocido molesto, con sus notorios desdenes y esnobismos.
Mentalmente George reunió coraje y se zambulló en el asunto.
—Creo que debería usted pensar en casarse, Alex. Sólo se lo digo porque creo que se lo debo a sus padres muertos, que, como usted sabe, eran íntimos amigos míos.
Lord Trevegne rompió en una dura carcajada.
—Es usted bueno para dar sermones, George. Usted está todavía soltero, ¿o piensa acaso unirse a otros amigos en la dicha marital?
—No se trata de eso, y, de todos modos, tengo cuatro hermanos capaces de mantener lleno el cuarto de los niños, además ya estoy demasiado viejo para ponerme a vivir con una mujer —frunció el entrecejo como si la idea fuera demasiado dolorosa para tomarla en cuenta—. Pero he actuado de manera responsable y discreta con mis queridas, cosa que, puedo añadir, usted no ha hecho. Creo que se divierte usted provocando chismorreos. No se contenta usted con un solo pájaro. No: necesita usted media docena que se disputen sus favores; regala sus dones en todas las salas de juego, desde Londres hasta París. Pero eso no lo satisface, porque también tiene usted historias con damas de calidad, a las que trata tan casualmente como a otras adoradoras. Se ha rumoreado, después de su última aventura con lady Mariana, que podrían expulsarlo del Almack. ¡Y usted no puede permitir eso! —exclamó George, con calor.
—Me importan un comino esas gallinas cacareantes del Almack —dijo lord Trevegne con disgusto.
—¿Y qué me dice usted de Peter? ¿Qué clase de ejemplo le está usted dando?
—George, si no fuese usted un amigo tan antiguo le pediría cuenta de las libertades que se ha tomado esta mañana. Nadie se ha atrevido nunca a hablarme de este modo —su voz se endureció, cargada de sentido, sus ojos dorados se oscurecieron.
—Sólo he hecho lo que considero mi deber —dijo George con un poco de vivacidad y después lanzó una mirada examinando al marqués y añadió—: Y tal vez ya sea hora de que alguien empiece
a responderle. Le haría a usted bastante bien que alguien le echara una buena reprimenda.
El marqués rió, divertido de verdad.
—¿Usted cree, George? Ese hombre no existe.
—Tal vez no sea un hombre... —sugirió George de manera torva—. Tal vez encuentre usted su parangón en un diablo con faldas, que lo humillará con una mirada de sus provocativos ojos, que sólo tendrán desdén para usted. Y, si no tiene usted cuidado, la perderá... la única vez en su vida en la que deseará algo que no podrá comprar o ganar —terminó George, ruborizándose mientras lanzaba a lord Trevegne una mirada turbada, sorprendido por su propia vehemencia.
—Bueno, bueno, no sabía que se hubiera usted convertido en un adivino que mira una bola de cristal, George. ¡De modo que cree usted que encontraré un parangón... —lord Trevegne hizo una pausa, con un gesto de burla en los labios— una diablesa, ya que debe ser mi compañera... que me dará un vapuleo en regla! —rió de nuevo, la cabeza oscura echada hacia atrás—. Espero no tener esa confrontación. Pero si lo que usted predice es verdad, entonces la esperaré ansiosamente. Promete ser una feroz aventura... tenga cuidado de mantenerse a distancia, George, porque las chispas que se producirán podrían incendiario a usted.
George resopló con fuerza, incapaz de reprimir la sonrisa que vagó por sus labios, y levantó las manos, derrotado.
—Es usted el diablo, Alex. Se burla usted de todo... nada es sagrado para usted. Pero escuche: si estuviera usted casado y establecido, la gente se tranquilizaría. Una esposa añadiría respetabilidad hasta al más curtido de los sinvergüenzas.
—Si alguna vez me caso, seguramente no será para satisfacer a un grupo de chismosos que meten la nariz en los asuntos de otros —contestó lord Trevegne, con una sonrisa torcida en los labios mientras proseguía con provocación burlona—. ¡Y pensar que me estima usted tan poco! ¡Un curtido sinvergüenza, en verdad! ¿Quiere usted que haga penitencia vestido de arpillera y cubierto de ceniza, y que me prosterne en un lecho matrimonial para pagar por haberme zambullido en la disipación?
—¡Claro que no! —exclamó George, conmovido—. Por cierto que no lo estimo a usted poco, Alex. Vamos, es usted un caballero de primera clase. Su nombre no puede ser tomado a burla por nadie... lo cierto es que jamás he oído que haya la menor mancha que ensombrezca el nombre de Trevegne. No hay nadie más honorable que usted, Alex, pero... bueno, tiene usted una maldita reputación de libertino; de buscar divertirse con exclusión de todo lo demás. No es que haya nada malo en eso, pero... ¿tendrá usted siempre suerte? La envidia y los celos de otros juerguistas menos afortunados, que han estado protestando acerca de sus extraordinarios éxitos, han provocado los comentarios en el Almack.
—No puedo controlar lo que digan otros, ni permitir que los chismes dirijan mi vida. ¡Dios, tendría que quedarme en casa con un libro de oraciones si lo hiciera!
—Bueno, si no quiere usted casarse, procure al menos no ser tan conspicuo en la exhibición de sus queridas, especialmente cuando son damas de calidad. Todos se han enterado de lo de lady Mariana, incluso cuando usted la dejó. Debo confesar que creí que iba a lograr convertirse en la marquesa de Trevegne, y eso me preocupaba. Lady Mariana nunca ha sido una de mis favoritas. Admito que es una belleza, pero demasiado altanera para mi gusto. He oído que anda ahora tras apuestas más altas: El duque de Linville. Pero no conseguirá mucho de Su Gracia, se lo aseguro. El risueño Lin no tiene mucho que lo recomiende, fuera del título y los bien provistos bolsillos. Nunca he encontrado un personaje más molesto, aunque sea un duque. Lo conocí de niño, ya me desagradó entonces y me desagrada ahora. Tiene la risa más maldita que jamás he oído —dijo lord Denet con desagrado—. Usted era demasiado joven, claro está, pero...
—Basta de recuerdos, George, por favor—suplicó lord Trevegne, extendiendo las manos para aplacarlo—. Creo que he expresado claramente mi posición respecto al matrimonio, y para tranquilizar su activa imaginación, le diré que jamás pensé en casarme con lady Mariana, por hermosa que sea, y ella tampoco esperaba casarse conmigo. Nunca he jugado con muchachas inocentes incapaces de entender mis intenciones... o la falta de ellas, y nunca he engañado a ninguna mujer haciéndole pensar que he buscado algo más que una aventura casual —la voz de lord Trevegne se endureció mientras proseguía, fríamente—. Y sólo ocasionalmente alguna dama ha intentado convertir lo que era un encuentro agradable en algo más permanente. Pero nunca dio resultado... —el marqués bebió un sorbo de coñac y, mirando al silencioso George, añadió, con cínica diversión—. Creo que esto aclara cualquier duda que pueda usted tener referente a mi bienestar, y a propósito: pronto dejaré Londres. —Cubrió graciosamente con la mano un bostezo.
—¡Dejar Londres! —exclamó George, como si dejar Londres fuera algo impensable—. No entiendo... ¿dejar Londres?
—Sí, dejar Londres. Por favor, George, hace usted que hablemos como loros —rió el marqués cuando George repitió de nuevo sus palabras—. Tengo asuntos de los que debo ocuparme, y estoy ansioso por cazar un poco. ¿Está ahora satisfecho? Dejemos el tema, porque todo esto me ha aburrido en extremo. Todas estas preguntas y respuestas... tendré que buscar consejo en un catecismo. —Alex fingió otro bostezo, mirando a George, con una expresión inocente en su hermosa cara.
—¡Dios, de verdad creo que lo he aburrido hasta darle sueño! Es usted un demonio Alex. Nada parece afectarlo, si no es para aburrirlo. Si está tan aburrido: ¿por qué va a dejar la ciudad? Hay aquí
muchas cosas para mantenerlo ocupado. Su administrador puede ocuparse de todo lo que atañe a sus propiedades, de modo que no es necesario andar vagando por el campo, ¿no le parece? Malditamente incómodo, si quiere usted mi opinión.
—Ya se ha contestado usted mismo, George.
—Eh, ¿cómo? —George lanzó una mirada confundida al relajado marqués.
—Aburrimiento, George —Alex devolvió la mirada con sus ojos de jade dorado— simple y llanamente eso. Prefiero estar junto al mar, el aire libre, cazando, a seguir encerrado entre bailes y reuniones. Puede ser un viaje con dos propósitos: el descanso y los negocios, que podré hacer a mi total conveniencia. Y le aseguro que no tengo una séptima querida escondida en mis propiedades, ni tampoco he puesto los ojos en la mujer de mi administrador. Sin embargo... —añadió con malicia— tal vez tenga alguna novia bien encerrada, que espera ávidamente darme placer, en el dormitorio principal.
El marqués rió y, levantándose como si se dispusiera a partir, terminó con éxito la conversación:
—Oiga, George, venga a Westeriy cuando se canse de Londres. Será usted bienvenido en cualquier momento.
—Bueno, gracias, Alex, Me alegra ver que no me guarda rencor por lo dicho, aunque en verdad deseo que tenga usted una novia oculta en alguna parte —contestó el otro con un gruñido, porque sentía verdadero afecto por el marqués, a quien consideraba como a un hijo—. Iré entonces a verlo pronto, sospecho. Aquí todo será muy aburrido sin su lengua diabólica, Alex.
Lord Denet salió de la habitación, y sus pasos resonaron en la escalera hasta que finalmente lord Trevegne oyó voces y que cerraban la puerta. Se sirvió otro coñac y miró perezoso el diseño de flores de la alfombra de Aubousson bajo sus pies. Su boca se torció en una mueca, su cuerpo estaba tenso como un apretado resorte. Saldría a la mañana siguiente para la costa, y viajaría lenta y cómodamente. No tenía ninguna prisa... como no fuera la de dejar Londres.
Había dicho a George casi toda la verdad. Estaba harto de Londres y del interminable ir y venir entre los clubes, las reuniones y los bailes, de las mismas caras sin expresión y la misma charla tonta noche tras noche. Necesitaba aclarar su mente de las brumas provocadas por noches en vela tras beber y jugar pesadamente, sentirse libre de los pegadizos y destructores tentáculos de la sociedad londinense. Se sentía inquieto, como si en su vida faltara algo. Sentía que estaba en busca de algo, pero no estaba muy seguro de qué podía ser eso. Diablos, lo único que necesitaba era aclararse la cabeza... estaba embriagado con la alegre vida de la ciudad. Lo que necesitaba era un agua clara y fresca de manantial para lavar la amargura.
Podía encontrar esto en el campo, donde tal vez ocurriera lo inesperado, provocando al máximo sus capacidades. Necesitaba algo para saciar su apetito tras la monótona rutina de la vida de la ciudad.
Alex sintió que su sangre hervía a medida que pensaba en el campo abierto, los prados y la acantilada costa de Cornwall y en Sheik, su potro árabe negro, cuando galopaba como el viento a través de la campiña.
—Te has levantado sorprendentemente temprano, viejo —dio una voz lenta en la puerta.
—Lo mismo podría decir yo de ti, Peter —contestó lord Trevegne, lanzando una mirada de desaprobación hacia su hermano menor, que había entrado silenciosamente en el cuarto—. ¿Dónde diablos has estado para llegar tan temprano, con aire de ser el mismo infierno? —preguntó Alex, mientras contemplaba a su hermano servirse una buena cantidad de coñac del frasco que disminuía rápidamente.
Peter se acomodó descuidadamente en un sillón, procurando parecer tranquilo, pero sin lograr ocultar su excitación a los dorados ojos que lo miraban desde el otro lado de la habitación.
—Es mejor que me lo digas, Peter, porque probablemente me enteraré muy pronto —suspiró resignado.
—Nunca lo adivinarás, Alex, pero he batido la marca de Teddie en tres minutos! —exclamó Peter, incapaz de contener su excitación.
—¿De veras? —dijo Alex, arrastrando la voz—. Explica eso, no soy un adivino gitano.
—¡El tiempo que se tarda desde Vauxhall Gardens hasta Regent Park... y durante el tumulto además! ¡Sus caballos negros no pudieron ante mis tordillos! Sólo pudo ver el polvo a la distancia. Nunca he visto una expresión más furiosa en la cara de un tipo —afirmó con complacencia, sonriendo para sí, mientras tomaba un gran trago de coñac, se ahogaba como si hubiera tragado mal, y tosía mientras las lágrimas brotaban de sus ojos.
Lord Trevegne golpeó con fuerza a su hermano en la espalda y contuvo una sonrisa mientras Peter se erguía, secándose furtivamente los ojos.
—¡No tienes que batir ningún récord para terminar ese coñac, muchacho! Y sucede que es uno de los mejores que tengo, de manera que no tomes de más, si no por tí, al menos para no herir mi sensibilidad de caballero, que deplora ver un buen coñac tragado como un balón de cerveza.
—Perdona, Alex, pero tengo que apagar una sed de todos los diablos y ni siquiera lo había pensado —dijo Peter contrito, tomando un sorbito de la copa, mientras procuraba recobrar la compostura. Se puso de pie, se acercó a la ventana y miró hacia el parque del otro lado de la calle. El sol que se filtraba jugueteaba entre su pelo oscuro, poniendo notas rojizas en la negrura como de ala de cuervo. Se volvió y sonrió travieso, antes de decir con naturalidad:
—Quisiera que me prestaras tu yunta de caballos negros. Nada puede vencerlos —sus ojos azules chispearon incontenidos al ver que su hermano fruncía el rostro, después los ojos dorados percibieron el toque de travesura en los ojos azules.
Los labios de Alex se abrieron en una sonrisa de respuesta.
—De creer que hablabas en serio hubiera supuesto que conducías tu yunta cabeza abajo. Pero me alegro que hayas decidido hacerme una visita. Creí tener que cruzar el Canal para ir a buscarte en una de esas locas buhardillas. Pero, como Napoleón desea ganar la guerra, creo que no perdería tiempo en mandarte de vuelta a Inglaterra.
—Oh, vamos, Alex, no soy tan malo. No he hecho más que divertirme un poco —se quejó el menor, alegremente.
—Bueno, no hagas que te expulsen del Almack—previno Alex, olvidando que él mismo corría peligro de que le ocurriera esto, y su propia actitud burlona.
—Tú has estado muy cerca, y si los rumores son ciertos, entonces...
—... entonces debes tener cuidado y recordar que te he prevenido —dijo Alex, cortando la respuesta de su hermano.
—Bueno, ¿para qué quenas verme? Apuesto que no es a causa de eso —replicó Peter, un poco sosegado.
—Mañana salgo para Westerly —anunció brevemente Alex.
—¡Dejar Londres! ¡No puedes hablar en serio, Alex! ¿Qué diablos vas a hacer allí? —preguntó Peter, incrédulo.
—¡Esto empieza a parecerse a una comedia de Shakespeare! ¿Acaso nadie deja Londres hoy en día? —suspiró, y después, clavando en Peter una dura mirada de sus ojos dorados, dijo—: Puedo añadir que me ocuparé de la propiedad que mantiene bien repletos tus bolsillos.
Peter tuvo la gracia de parecer levemente avergonzado ante aquella frase, pero la intriga seguía en sus ojos en tanto que Alex proseguía:
—Londres está lleno de chismosos petimetres, sucios novatos y madres con penetrante ingenio, que exhiben sus hijas para meterlas en la cama del mejor postor. Estoy harto de todos ellos —afirmó, y había desprecio en su voz.
—¿Es acaso Mariana la que te hace tirar la toalla?
—Creo que no he oído bien, Peter. Te ruego que repitas esa frase —dijo lord Trevegne con tono tan tranquilo y amenazador que Peter sintió que se le helaba la sangre. Temió haber provocado demasiado la cólera de su hermano, y se sintió mal al recordar a otros hombres que habían aprendido demasiado tarde que lord Trevegne tenía cóleras mortales; hombres que yacían ahora en las entrañas de la tierra.
Y ahora él ya no esperaba más. El otro tipo de amor era algo que ya no existía para él.
Señor de la casa solariega a los quince años, había sido un heredero demasiado joven e inexperto de las enormes posesiones y propiedades de los Trevegne. Lord Denet había sido su tutor, y se había convertido en un buen amigo mientras lo ayudaba con la nueva y pesada responsabilidad. Con la ayuda de administradores y abogados de confianza, había aprendido a manejar West-eriy, y demostrado ser un buen señor de la casa solariega, pese a su escasa edad.
Pero la victoria no había sido fácil, y había muchas batallas en el camino. Un marqués joven e inexperto había sido considerado como presa fácil por torvos administradores, a quienes sólo les importaba llenarse los bolsillos, y por los supuestos íntimos amigos de su padre, que afirmaban que el muerto les debía dinero; nada escrito, naturalmente, las cosas se habían arreglado con un apretón de manos. Y después vino el amistoso consejo de los amigos de su padre, la mayoría de los cuales tenían hijas jóvenes y propiedades empobrecidas, que sugirieron un secreto acuerdo de matrimonio realizado años atrás; las ventajas del joven marqués lo convertían en un excelente yerno.
Pero lord Denet no era ningún tonto y, armado con su estado mayor de abogados, logró mantener alejados a los cuervos hasta que el nuevo marqués estuvo en edad de manejarse solo.
Así había crecido el joven marqués, y se había endurecido hasta convertirse en un hombre de hierro. El hecho de que nunca hubiera tenido oportunidad para ser descuidado y alegre, y que arrugas de preocupación marcaran su cara antes de los veinte años, era algo que no lo preocupaba. Compensó los primeros años de la juventud, que no había disfrutado, viviendo totalmente cada minuto los años siguientes, tanto en Londres como en el continente.
Nadie hubiera podido adivinar hasta qué punto iba a tener consecuencias la muerte de su padre. Había muerto en un duelo poco después del nacimiento de su segundo hijo... asesinado por un adversario que había disparado antes de tiempo. Alex recordaba a su padre como a un hombre de acción, a quien le gustaban las fiestas, la caza menor y, más aún, la caza mayor. Disfrutaba ampliamente de la vida, pero tenía poco cabeza para los negocios. Había dejado que las propiedades y las tierras marcharan sin control, por sí mismas, durante años. Westerly de todos modos había sido mantenido, en parte debido a los esfuerzos de su madre, y seguía siendo una magnífica casa solariega.
Pero lady Trevegne no había vivido para disfrutar de ella, ni lo bastante como para ver a su segundo hijo; un nacimiento y una muerte... la naturaleza se equilibraba.
Alex lamentaba amargamente que Peter no la hubiera conocido. Nunca existiría una mujer como ella. Era la única mujer en la que había confiado. Recordaba los brillantes ojos azules de su madre —
los ojos de Peter— rientes, bromeando, mientras dejaba que él tironeara de sus rizos de oro y la despeinara tras estrecharlo con fuerza antes de acostarlo. Ella había convertido cada día en una alegre fiesta;
cada noche ante el hogar, un mundo de fantasía con hadas y elfos, piratas sedientos de sangre y valerosos caballeros, había llenado el mundo de él con un cariño y una seguridad que se habían perdido para siempre el día de su muerte. Se había sentido frustrado, pero al menos le quedaban los recuerdos. Peter no tenía nada.
Gradualmente se había acostumbrado a su estilo de vida y lo había aceptado. Rara vez iba a Londres y, cuando lo hacía, era por asuntos de negocios que tenían que ver con la propiedad. Cuando fue algo mayor echó de menos la intimidad de los amigos y los placeres de la vida que Lon-dres podía proporcionar a un joven. Pero con el correr del tiempo maduró con más rapidez que sus amigos, y empezó a llevar en Londres una vida fácil y frivola. La sana vida del campo lo había convertido en un hombre viril, de manos fuertes, esbelto y moreno, no poseía las manos de lirio blanco de los caballeros de la ciudad. Incluso al volver a Londres tras años de exilio, no había podido olvidar del todo su otro estilo de vida. Sus músculos seguían siendo firmes y duros como la roca, y era capaz de gran resistencia y fuerza: le gustaba el boxeo y la esgrima, las largas cabalgatas, y no fingía fatiga, como les gustaba hacerlo a muchos de sus amigos, después de un ligero trote.
Se hizo miembro del grupo Corintio y del club Cuatro en Mano, debido a su habilidad sin igual para manejar las riendas. Lo invitaban a muchas parrandas, fiestas y salidas de fin de semana, y su naturaleza desconfiada se afirmó a medida que participaba en el torbellino de la vida social de Londres. Con los años, los rumores empezaron a rodear su hermosa y altanera figura. a medida que se cerraba más en sí mismo con su cinismo —presentando un rostro inescrutable al mundo— las historias acerca de él aumentaban. Era una entidad desconocida. Sus locas escapadas, algunas verdaderas, otras no, empezaron a ganarle fama en Londres y, unidas a cierta aura misteriosa que lo rodeaba, esto exaltó la imaginación de la gente. No hay nada que intrigue tanto como un misterio, un acertijo, y el marqués de St. Fleur presentaba uno. Su suerte en el juego, derrotando todas las apuestas, tenía algo de fantástico. Parecía no perder nunca; ya fuera en las cartas o con las mujeres.
Cuando entraba en una habitación, totalmente vestido de negro, como le agradaba hacerlo, bastaba una simple mirada de sus ojos dorados para que palpitaran los corazones femeninos. Era indiferente, arrogante, a veces insultantemente rudo, incluso con las mujeres más bellas, pero esto sólo añadía más prestigio a su figura de galán. Y la idea de sus propiedades, su fortuna y las famosas alhajas de los Trevegne lo volvían aún más codiciable.
—No te molesta que me quede un tiempo en Londres, ¿verdad? —preguntó Peter esperanzado.
—No, quédate todo lo que quieras, pero procura actuar con un poco de decoro para cambiar un poco.
—No te preocupes. No haré nada que tú no seas capaz de hacer—prometió precipitadamente Peter, con un chispeo en los ojos.
—Eso es precisamente lo que me preocupa —replicó lord Trevegne gravemente mientras caminaba con su hermano hacia la puerta, tironeándole con cariño la oreja;
después lo previno.
—Ten cuidado, Peter. Recuerda que no estaré aquí para sacarte de alguna dificultad.
—No te preocupes, viejo —dijo Peter con una mueca, pero sus ojos fueron graves por una vez—. Seré un modelo de la sociedad y te enorgullecerás de mí —dijo como despedida, saltando los escalones de dos en dos, porque ya había olvidado la promesa.
Alex quedó de pie meneando la cabeza, con un pliegue de preocupación en la frente, y después se dirigió a su cuarto al sueño largo tiempo esperado. Quería que Peter tuviera lo que él había echado de menos en su juventud, pero quizá fuera demasiado blando con su hermano. No quena que Peter se sintiera privado de nada. Merecía todo lo que él podía darle; y esto era en verdad un pequeño consuelo por no haber conocido a ninguno de sus padres.
—Muy bien. Señoría —contestó Dawson, el secretario de lord Trevegne, retirando del gran escritorio de caoba las cuentas y pedidos que acababan de examinar en la última hora. ¿Algo más, milord?
—No; siga como hasta ahora y nada de adelantos a Peter, a menos que yo lo apruebe. Y si surge algo urgente mándeme en seguida una misiva —contestó Alex arreglándose ante el espejo su corbata de encaje blanco—. Aparte de eso queda usted encargado de todo, Dawson. Confío totalmente en su capacidad.
—Gracias, Señoría —contestó Dawson, halagado por el cumplimiento—. Me hace usted un gran honor y le deseo un viaje agradable... aunque promete lluvia antes de la noche. Mañana será un día húmedo y sombrío para su viaje. ¿Está usted seguro de que desea galopar precediendo al carruaje, Señoría? —inquirió preocupado.
Lord Trevegne miró al hombrecillo de pelo gris, con sus hombros agobiados y sus ojos que bizqueaban. Confiaba implícitamente en Dawson, como confiaba en muy pocos hombres. Dawson se ocupaba del manejo de las tierras desde hacía años, y Dawson sabía tanto o más que él acerca de
los asuntos económicos. Había dicho la verdad al afirmar que tenía en él una confianza total.
—No se preocupe, Dawson, yo... —empezó a contestar lord Trevegne, cuando se oyó un golpe en la puerta. Un criado abrió y anunció muy tieso:
—Lady Mariana Woodley, Señoría.
Se hizo a un lado y Mariana avanzó como una reina entrando en la habitación con su vestido de paseo de terciopelo rojo, capa y bonete bordeados de piel, las manos metidas en un oscuro manguito también de piel; su exótico perfume llegó hasta los dos hombres de pie en el centro de la habitación cuando avanzó hacia ellos.
Dawson se dirigió sin ser notado hacia la puerta. Nunca le había gustado lady Mariana y, personalmente hablando, se alegraba de que su Señoría hubiera terminado con ella; hubiera deseado sólo que fuera posible apartarla con un saludo. De hecho, su Señoría se habría sorprendido mucho de enterarse que esta era la opinión de casi todos los criados.
—Alex, querido —murmuró ella suavemente— has sido muy descortés en no venir a verme desde que volví del campo —hizo un bonito mohín con los labios.
Lord Trevegne la miró entornando los ojos mientras ella avanzaba hacia él, extendiendo con gracia sus largas y estrechas manos. Era ciertamente una mujer hermosa, su pelo castaño oscuro soberbiamente peinado revelaba un cuello largo y esbelto, arqueado hermosamente, como un cisne.
El miró los líquidos ojos pardos de ella, sus largas pestañas oscurecidas artificialmente, los labios levantados invitando al beso, un beso que él sabía iba a ser largo y profundo; un beso que ella devolvería enteramente. Ya no la deseaba como la había deseado antes, pero aún experimentaba admiración, y algo más, mientras seguía clavándole la mirada. Los ojos de él vagaron lentamente sobre los redondos pechos blancos, apenas ocultos por el escotado vestido de terciopelo rojo, y su memoria hizo el resto con aquel sensual cuerpo... la sensación de ella, cálida y desnuda, apretada contra su propia carne.
Se apartó bruscamente.
—¿Qué quieres, Mariana? —preguntó con impaciencia, mientras se dirigía a su escritorio y elegía un delgado cigarro de una caja de madera tallada. Lo encendió y, volviéndose, exhaló humo ocultando la expresión de su cara, mientras el aroma del fino tabaco cubría el penetrante perfume de ella—. No es apropiado, querida, que una dama sola visite el hogar de un caballero durante el día.
—¿Cuándo tú o yo hemos tenido en cuenta lo que es apropiado? —replicó ella.
—En realidad no creía que tuviéramos ya nada que decimos. Ambos hemos tomado nuestra decisión, y yo pienso cumplir con la mía. He oído que tú estás haciendo lo mismo... a menos, naturalmente, que se trate sólo de rumores —añadió provocador.
—¡No son rumores! —contestó enfadada lady Mariana, sus ojos pardos llamearon.
—Bueno, entonces, ¿qué tenemos ya que decimos? —preguntó con frialdad lord Trevegne.
—Tenemos que decimos todo, Alex —avanzó y se plantó directamente ante él, y sus ojos se clavaron suplicantes en los duros ojos dorados de él—. ¿Puedes estar aquí de pie ante mí, y afirmar que no me deseas? ¿Que no te gustaría que estuviéramos arriba...?
—Basta, Mariana —dijo él con dureza, agarrando los suaves brazos de ella con unos dedos duros, que mordían—. Te estás abaratando al proseguir con esto.
—¡Abaratándome! —chilló agudamente Mariana—. No digo más que la verdad, establezco los hechos. Estamos enamorados. ¡Al menos yo lo reconozco!
—No, Mariana. Nos deseamos: eso es todo y nada más. Ambos sabíamos que la cosa iba a terminar un día, y tú la terminaste antes con tus amenazas. A mí nadie puede amenazarme o chantajearme, querida— la hizo a un lado, asqueado, apartando la vista de su cara pálida y furiosa, y de sus agitados senos.
—Sólo amenacé dejarte por el duque... a menos que te casaras conmigo... para forzarte a que reconocieras que me amabas y que quenas casarte conmigo. No puedes soportar la idea de que yo haga el amor con otro hombre, ¿verdad?
—Mi querida Mariana, me importa un comino qué cama vayas a calentar. Lo nuestro ha terminado. Tú misma lo terminaste, aunque reconozco que hubiera terminado pronto a medida que el calor del deseo se convertía en frías cenizas —dijo él con indiferencia.
—No te creo. Estás loco por mí. Me tienes en la sangre, como tú estás en la mía —dijo ella con pasión—. Hubiera podido conquistar a Linville hace ya más de un año, pero no: dejé que el hecho de convertirme en duquesa fuera menos importante que mi amor por ti.
—Ah, sí, el duque. En verdad ha sido tu meta suprema en la vida: lady Mariana, la duquesa. No te ciegues acerca del verdadero motivo que te acercó a mí, querida. Es posible que me hayas deseado, pero también deseabas todo lo que yo poseo, incluso los diamantes y esmeraldas y otras alhajas fabulosas que adornarán a la próxima lady Trevegne, marquesa de St. Fleur.
"Sabías que no pensaba en casarme cuando empezó nuestra historia, y no pareció importarte entonces. Incluso afirmaste una vez que te gustaba tu viudez: estar libre para escoger todos los deleites sin tener un celoso marido a quien dar cuenta, creo que dijiste. ¿Por qué este súbito cambio, querida, o hemos representado todo el tiempo una charada? ¿La de meterme contigo en la cama, enamorarme y después atarme a ti legalmente?
—¡Bestia! —dijo lady Mariana, procurando conservar la compostura, la nariz palpitante, las
pupilas dilatadas de furor ante aquella revelación de la verdad, que no podía negar. Había amenazado con dejarlo y prometido casarse con el duque si él no se casaba con ella. Estaba tan segura del dominio que ejercía sobre Alex que creyó que él iba a suplicarle que no lo dejara y se iba a casar con ella enseguida;
pero él le había dicho que hiciera lo que le diera la gana, que no le importaba. Ella había creído que el orgullo de él se había sentido herido y que pronto volvería a buscarla, pero él no lo había hecho. La había ignorado e incluso evitado delante de gente en el Almack, lanzándole una de aquellas miradas despectivas que ella le había visto para los intrusos que lo halagaban y procuraban conquistar sus favores. Todo el plan se le había escapado de entre las manos, y estaba desesperada por volver a poner las cosas en orden.
—¿No puedes olvidar lo pasado, Alex? Podríamos volver a como eran las cosas antes de esta pequeña disputa. Estoy ahora aquí, ofreciéndote...
—No, Mariana, es inútil. Ninguno de los dos ha cambiado, y creo conocerte lo bastante como para saber que eres incapaz de cambiar. Además, el fuego se ha apagado;
ya no te deseo. No quería ser tan brutal, pero estas conversaciones no son buenas para ninguno de los dos.
Lady Mariana permaneció en silencio; una expresión confundida en su bello rostro. Siempre se había salido con la suya, siempre había obtenido lo que quería. Era hi¿ a única de padres de edad avanzada; había sido mimada y halagada, y esperaba atención constante y cuidados de parte de sus admiradores. Criada en una propiedad de campo, había crecido anhelando la excitación y la alegría que ocasionalmente obtenía en Londres. Elogiada como sin par en su primera temporada londinense, pronto hizo un ventajoso casamiento con lord Woodley, para no tener que volver al campo junto a sus viejos padres, que no podían soportar el rigor del ajetreado Londres y las fiestas continuas. Era ahora un miembro de los nobles, y no sólo la señorita Mariana Greene: era lady Mariana Woodley. Ella y su marido se habían divertido los primeros años en Londres, viviendo loca y fastuosamente; habían vivido para la diversión más que para sí mismos, y el corazón de ella no quedó destrozado cuando él murió al caer borracho bajo las ruedas de un carruaje, porque ahora ella estaba sola para gastar el dinero, y podía proseguir adelante con sus propios deseos.
En Londres la llamaban la Loca Viuda Woodley, y de todo corazón se divertía viviendo para hacer honor al nombre. Luego, tras años de aventuras ligeras, de paso, había conocido a lord Trevegne y se había enamorado por primera vez en su vida. El había estado en Londres cuando ella fue presentada por primera vez, y recordaba cómo las facciones morenas y viriles de él 1a habían excitado. Después él había desaparecido. Oyó que estaba viajando alrededor del mundo. Lo olvidó hasta una noche en que volvieron a encontrarse supo entonces que no había olvidado, y el deseo estalló entre ambos.
A partir de ese momento ella trazó con cuidado sus planes, porque aquel era el hombre que deseaba. Sólo lamentaba que él fuera sólo marqués, y no duque. Pero dejó que la ambición fuera sofocada por la marea del deseo, y pensó que tendría que conformarse con ser una simple marquesa. Además tenía el consuelo de las joyas de los Trevegne, que valían un rescate de rey, para compensarla por esto. Sabía que él no tenía ganas de casarse, circulaban rumores de que ella iba a durarle sólo un mes, pero estaba tan segura del amor y del deseo de él y de su poder sobre los hombres, que nunca le pasó por la cabeza que Alex no iba a pedirle que se convirtiera en su esposa. Fingía que la horrorizaba la idea de un segundo matrimonio y que estaba tan ansiosa como él de conservar la libertad. No quería asustarlo, después de todo tenía tiempo por delante, y no pensaba hacer algo que tuviera que lamentar después.
Sabía que él tenía otras queridas, pero no estorbaban sus planes de una vinculación más permanente; de todos modos, como pasaba el tiempo y él no mencionaba el casamiento, decidió darle un susto diciendo que iba a dejarlo por otro. Pero él no había reaccionado como ella había
calculado.
Sin duda era el terco orgullo de él lo que impedía que e sometiera a sus deseos. Había olvidado hasta qué punto era orgulloso. Contempló la hermosa cara de él, los labios firmes y sensuales, y sintió pánico ante la idea de perderlo. Simplemente no podía perder a Alex, el único hombre que había amado. Había tenido docenas de amantes —tan hermosos como Alex— pero en él había algo distinto. Tal vez fuera algunas veces su indiferencia, o su arrogancia, que nunca la dejaban olvidar que él era un hombre. Nunca la buscaba, nunca la dejaba salirse con la suya; y sin embargo ella creía tenerlo dominado. Era un amante ardiente, que embriagaba sus sentidos, haciéndola sentirse una mujer total. Se sentía perdida cuando estaba con él, muerta si estaba sin él; sentir alrededor de su esbelto cuerpo los brazos de él, sentir sus labios contra los de ella...
—Estoy seguro que debe de tener una cita que la espera, lady Mariana, no quiero detenerla más. No conviene que vean su coche parado en la puerta—dijo cortésmente lord Trevegne, con voz fría e impersonal, mientras contemplaba el conflicto de emociones en el rostro de ella—. No querrá usted ver manchada su reputación.
Lady Mariana le lanzó una mirada indecisa, se mordió nerviosa el labio inferior y finalmente encontró una solución y una sonrisa seductora curvó sus labios.
—La verdad es que Linny me espera en este momento, de manera que debo irme, pero, ¿no
podríamos vernos mañana si tengo un momento? Ya sabes hasta qué punto es posesivo Linny, de modo que veré si puedo disponer de unos minutos —añadió con ligereza, procurando siempre ponerlo celoso con el duque.
—Me temo, lady Mariana, que no estaré aquí mañana.
—Oh, ¿dónde estarás? —preguntó ella curiosamente, tironeando de sus guantes de cabritilla roja, mientras su mente tramaba ya la manera de llevarlo a su alcoba.
—No estaré en Londres.
—¡Pero no puedes dejar Londres... no puedes dejarme aquí! —exclamó ella, y había sorpresa en sus ojos—. ¡Estás huyendo —añadió Mariana dramáticamente— y es tan innecesario! Si olvidaras tu estúpido orgullo y...
—Lady Woodley lo que usted pueda hacer ya no me interesa, y nunca he tenido que explicar a nadie mis acciones... cosa que parece tengo que hacer desde el momento en que he decidido dejar Londres —dijo él exasperado.
—¡No dejaré que te vayas! —exclamó Mariana, con miedo en la voz. Sabía que, si él se iba, lo perdería para siempre. No iba a estar celoso de lo que no pudiera ver u oír, y tal vez, al irse tropezara con alguna otra mujer.
Le echó los brazos al cuello, apretó su cuerpo contra el cuerpo de él, lo besó ávidamente, su boca procuró separar los firmes labios de él y no recibió otra respuesta que él le arrancara los brazos de su cuello y se apartara del ardiente cuerpo que se pegaba al suyo. Quería convencerla, de una vez por todas, de que ya nada sentía, y dijo la primera cosa que le pasó por la cabeza para destrozar las esperanzas de ella:
—Probablemente estaré casado la próxima vez que nos veamos, y dudo que a mi mujer le guste enterarse de nuestra pequeña aventura —dijo, ocultando su ocurrencia ante la expresión atónita de la bonita cara de ella. No sentía piedad por una mujer que era capaz de usar su cuerpo para chantajear a un hombre. Después de todo, era probable que se casara. Sin duda eso arreglaría muchos problemas que se habían acumulado últimamente. Pensó en la joven hija del hidalgo Blackmore, su vecino más cercano en Westerly. Es verdad que hacía tiempo que no la veía, ni siquiera recordaba como era, pero pensó que debía de tener la edad apropiada, y el hidalgo siempre hacía insinuaciones sobre tal alianza. Sí: una muchacha corriente, alguien que no le trajera molestias y que no exigiera afecto.
—¿Casarte? ¿Tú? —Mañana no secamente, creyendo que era una broma—. ¿Con quién, si puede saberse? ¡No con algunas de esas boquitas ávidas que te lanzan sus enloquecidas madres! Podrías probar con la hija de Bradshaw, déjame pensar... —hizo una pausa como si meditara—. ¿Cómo se llama? Mary, sí, creo que Mary, pero la verdad es que tiene cara de caballo. Y está también Caroline no sé cuánto que tiene una fortuna estupenda, pero, querido mío, tartamudea y bizquea atrozmente... de todos modos, si estás dispuesto a tragar el anzuelo... —terminó con voz especulativa, mordiéndose la punta de su delgado índice, como si procurara recordar otras muchachas entre las que pudiera elegir, cuando él la sorprendió diciendo con voz fría y seca:
—Temo que no haya tenido usted el placer de conocer a la futura lady Trevegne, lady Mariana, ya que ella no vive en Londres.
—No puedes hablar en serio —dijo ella sin aliento—. ¿Estás pensando casarte? —miró la cara de él, sombria y austera, que no revelaba nada—. ¿Qué ha sucedido, me pregunto, con tu juramento de seguir soltero? —demandó con acidez—. ¡Esto es tan súbito tras tantos años de soltería confirmada que me perdonarás que tenga mis dudas! —Sonrió de manera desagradable—. Creeré en ese cuento para niños cuando tenga el placer... de conocer al parangón que finalmente ha logrado que le pongas un anillo en el dedo ¡Hasta entonces no lo creeré!
Alex se dirigió lentamente al escritorio y abrió un cajón, sacó varios papeles y los acomodó mientras Mariana lo contemplaba, intrigada.
—Mi licencia especial para casarme, querida —le dijo sencillamente, mirando su cara sorprendida. Ella se precipitó hacia el escritorio, arrancó el pedazo de papel de sus manos y lo miró brevemente antes de volver a tirarlo, como si le quemara los dedos.
Lady Woodley se precipitó hacia la puerta dejando una estela de pesado perfume. En la puerta se volvió y previno a lord Trevegne, que se apoyaba con descuido en el escritorio, aspirando profundamente su cigarro, y dejando salir con lentitud el humo, con una sonrisa cínica en los labios:
—No hagas nada que ambos podamos lamentar más tarde. Y no he tomado en serio ese tonto papelucho; ¡no vale un comino! —dijo confiada antes de volver con altanería los hombros, haciendo que sus rizos se agitaran provocativos.
Alex quedó mirando la puerta cerrada durante unos minutos después de la partida de Mariana, y suspiró cuando oyó que el coche arrancaba del frente de la casa. No sabía muy bien cómo había recordado la existencia de la licencia de matrimonio, pero probablemente la cosa se le había ocurrido como una inspiración para convencerla de que hablaba en serio. Se la había quitado a Peter el día anterior, cuando este había amenazado con huir y casarse con la actriz de la que estaba por el momento enamorado, a menos que le dieran un adelanto sobre su asignación... era algo que Mariana no necesitaba saber.
Rápida e impulsivamente llamó a su criado e hizo preparativos para partir de inmediato, sin esperar hasta mañana, como había planeado antes. Hizo que Dawson cancelara sus compromisos
para esa noche y a toda prisa se cambió de ropa.
Dio instrucciones a un criado agitado y trastornado para que lo esperara en el "Descanso del Peregrino" por la mañana, con el coche, y una hora después salía galopando de Londres.
Miró a su alrededor hacia los prados del campo abierto y las oscuras nubes que se juntaban sobre su cabeza. Aspiró profundamente el aire fresco, con olor a pinos, mientras Sheik avanzaba en la tarde, lanzando una nube de polvo detrás de sus cascos.
—Despacio ahora, muchacho —dijo Alex con suavidad, tirando levemente las riendas— no queremos asustar al mismo diablo.
Rió a carcajadas, con una profunda alegría y con un aire de abandono. No tenía ninguna preocupación en el mundo, nada que lo detuviera. Dejando que Sheik hiciera lo que quisiera, corrieron locamente por el camino, al paso del viento y las nubes, la amplia casaca recamada de Alex flotando tras él.
4
¡Oh, villanía! Oh, dejad cerrada la puerta:
¡Traición! Buscad.
Shakespeare
El viento había soplado desde el amanecer, desparramando las hojas de los árboles contra las paredes que rodeaban la posada, amontonándolas después y haciéndolas desaparecer en las oscuras y distantes colinas, siniestras a la luz moribunda del crepúsculo. La llovizna iniciada a mediodía se había convertido gradualmente en una pesada lluvia.
Para Tibbitts, propietario y gerente de la posada "Descanso del Peregrino", simplemente era una molestia. El mal tiempo no era bueno para su negocio; significaba un trabajo extra. Con la lluvia aparecían muchas grietas y agujeros en el tejado, y el agua lograba abrirse paso hasta el suelo o, Dios no lo permitiera, hasta alguno de los clientes. La posada estaba situada en el cruce de caminos que llevaban desde el norte y desde la costa hacia Londres, y recibía todo el tráfico de ambas direcciones, incluidos los coches del correo, que se detenían regularmente para dejar pasajeros que cambiaban de vehículo, o para descansar o cambiar los cansados caballos antes de proseguir.
—¡ Ven para acá, mocoso! —rugió Tibbitts, cuando un muchacho pequeño y delgado pasó ante él en el vestíbulo. Extendió su larga mano peluda y asió al muchacho por la nuca—. En qué andas, ¿eh? ¿No te he dicho que limpies el cuarto del caballero? —rugió Tibbitts, mientras daba una fuerte sacudida al muchacho.
—Lo hice, pero el caballero dice que me ocupe de mis cosas, y tiene mala cara, en verdad. Por eso me dije que tenía que irme y lo hice —dijo el muchacho tercamente, procurando soltarse.
—¿Me dices la verdad, mocoso? Si me mientes te arranco la cabeza. No quiero mocosos chismosos que me pongan a mal con la nobleza. Los he visto cuando se enfadan y no quiero volver a verlos. No es muy agradable lo que pueden hacer cuando les da la loca. Recuerdo una vez que una dama, dienta mía, se puso allí de pie, donde tú estás, rechinando los dientes como si estuviera loca, y todo porque yo no había querido dar mi mejor carne al perrito de su Señoría. Siempre lo llevaba con ella, nunca lo perdía de vista. Incluso me golpeó con los nudillos por aquel cascajo labrador. De modo que no quiero, por nada, que me metas en otra, ¿oyes? —rugió Tibbitts al atribulado muchacho.
—¡Yo no digo mentiras! —gritó a Tibbitts, que lo apretaba dolorosamente.
—Bien, mocoso, vete, y no quiero oír una palabra más o... —dijo el dueño, empujando al muchacho por el vestíbulo antes de volverse y dirigirse a la sala principal de la posada.
Observó allí con ojo critico cómo la doncella preparaba la mesa para la comida nocturna. La preparaban para varios clientes, porque el comedor privado estaba ocupado en el momento por una duquesa viuda de apariencia formidable. Los dos caballeros londinenses, de aspecto próspero, que ya ocupaban dos de los mejores cuartos, tendrían que soportar esta noche su mutua compañía, y quizá con la llegada del coche correo vinieran más clientes, pero, con este tiempo, el coche podía retrasarse horas. Ya había hecho preparar varios cuartos para los pasajeros que cambiaran de coche y —por necesidad— tuvieran que quedarse esa noche antes de que llegara el relevo. Sonrió para sí, frotándose mentalmente las manos, pensando en las grandes propinas que esperaba recibir.
No era una noche tan mala para el trabajo, pensó Tibbitts, mientras añadía más lefia al fuego que ardía brillante en el hogar. Estallaron las llamas, iluminando las sombras del cuarto, destacando el techo bajo, con vigas de roble, unas vigas ennegrecidas por los innumerables fuegos que habían ardido en la chimenea. Los variados vasos y vasijas brillaron en los estantes, y grandes velas dejaron caer un cebo que salpicaba al tocar el frío metal de los candelabros de bronce.
Una amplia sonrisa dientuda llenó la cara de Tibbitts al pensar en nuevas guineas de oro que iban a colmar sus bolsillos; pero, por el momento, iba a contentarse con una comida caliente para llenar el estómago.
Sir Jason Beckingham, por el contrario, no sonreía mientras miraba de mal humor por la ventana, oscurecida por la lluvia, del cuarto que quedaba directamente encima del de Tibbitts.
Estaba furioso. Aquí, bajo el mismo techo, en una habitación en el extremo del corredor, estaba su más encarnizado y devastador enemigo, lord Alex Trevegne. ¡Detestaba hasta oír mentar el nombre de aquel demonio! No había podido creer a sus ojos al ver a Trevegne entrar a caballo en el patio de la posada hacía un rato; el gran caballo negro había raspado con impaciencia el suelo cuando Trevegne desmontó y caminó luego rápidamente para escapar de la lluvia mientras los muchachos del establo se llevaban el caballo.
Lord Trevegne... el nombre le parecía más ominoso que el ensordecedor tronar de afuera. A partir del momento en que aquel demonio había entrado en su vida, la suerte había cambiado. Antes de esto podía felicitarse de haber ganado una suma bastante elevada en una serie de apuestas afortunadas. Y también las ganancias de numerosas noches en vela frente al tapete le habían permitido, por primera vez en mucho tiempo, esperar cómodamente sentado, sin que los acreedores vinieran a llamar a su puerta exigiendo el pago,
Pero había estado demasiado tiempo con los bolsillos vacíos para sentirse satisfecho con este temporal enriquecimiento. Sabía muy bien cuan rápidamente los gastos abren un agujero en el bolso, y no tenía intenciones de volver a su anterior estado de pobreza y cercana degradación. Las estrechas circunstancias del pasado le habían causado más de una molestia, convirtiéndolo a veces en un mantenido, un comedesperdicios, no sólo despreciado por aquellos que se regodeaban con sus falsas admiraciones, sino, lo que era peor, por sí mismo: perder el respeto hacia uno mismo era la peor traición que podía cometer un caballero.
Después de todo, él sólo deseaba lo que creía merecer, lo que le correspondía por herencia. Había nacido caballero y como tal, por Dios, debía vivir. Pero había tenido que recurrir a las artimañas, convertirse en un astuto picaro. Se había hecho muy hábil para maniobrar a la gente y para eludir cualquier desagrado posterior que pudiera sobrevenir. Lo cierto es que se creía con labia suficiente como para poder librarse de cualquier situación, tan versado estaba en el arte que había llegado a dominar a causa de la necesidad y para preservarse. Se defendía:
en verdad no era culpa suya que hubiera tenido que recurrir a tales prácticas.
Sus amantes padres se habían jugado entre los dos su herencia, y a él sólo le quedaron graves deudas cuando ellos murieron.
Supo desde muy pronto que debería luchar mucho y si quena mantenerse a flote entre la élite de Londres y ocupar el lugar que le correspondía en la sociedad. Sus padres eran conocidos como "la pareja regia", el rey y la reina de carreaux. Siempre se los podía encontrar ante los juegos de azar, provocando a las cartas, más que a sus contrincantes, con su habilidad.
Sir Jason no había heredado la fanática obsesión de sus padres por el juego, sino la habilidad, que lo ayudaba a aprovechar las desdichas de otros... y no consideraba que estuviera por debajo de su dignidad manipular a veces las apuestas para que estuvieran a su favor. Y también había adquirido un apodo gracias a las cartas: el Comodín.
Siempre se podía contar con Beckingham, el Comodín, para alegrar una fiesta. Nadie sabía muy bien qué podía esperarse de él, o si iba a aparecer en el lugar más inesperado, cuando las cosas estaban aburridas y se necesitaba una nueva cara que trajera algunos jugosos chismes.
Pero la cara verdadera de el Comodín estaba oculta para todos los que lo veían, y que aceptaban alegremente el rostro que él deseaba mostrar: jugador, burlón, ingenioso, chispeante... un verdadero payaso loco que provocaba la hilaridad de todos. El verdadero sir Jason quería poder y dinero a toda costa. Nunca volvería a degradarse adulando a alguna duquesa rica y ya madura, o escoltando a alguna mujer con cara de vaca y marcada de viruela a causa de su rica dote.
Rara vez había tropezado con una excepción en la que coincidieran sus deseos y su necesidad, pero Catherine Bellington era esa excepción. Que la belleza y el dinero estuvieran unidos tan limpiamente en un solo paquete era demasiado bueno para que pareciera verdad.
Debería haber recordado que la suerte pasa, que el azar se vuelve contra uno, pero se había sentido muy seguro de que nada podía interponerse en su meta: casarse con Catherine y adquirir fortuna. No se echaba la culpa por haber perdido la ocasión; ni todos los dioses del antiguo Egipto hubieran podido evitar su fracaso. Las cartas estaban contra él, y no por casualidad: el diablo había intervenido en sus planes, el diablo, disfrazado de tutor de Catherine: lord Trevegne.
Todo lo que hubiera podido conseguir casándose con Catherine estaba ahora fuera de su alcance. Todavía joven, en su primera temporada en Londres, ella había sido muy ingenua y fácil de halagar.
En realidad nunca había amado a Catherine, pero le parecía atractiva y a veces lo había divertido. Se habrían entendido muy bien, pensaba, de no haber aparecido cierto demonio que todo lo veía, con ojos color ámbar —que se presentó mágicamente— para hacer caer a Catherine y su fortuna en el regazo de otro caballero.
Catherine, su oportunidad dorada, se había casado con un hidalgo campesino. Sin duda un tipo pomposo, florido, un globo de viento, de piernas arqueadas, barrigón y bulboso, con la nariz colorada por abusar demasiado con sir John Barleycom, pensó con malicia, contemplando en espejo de la pared su hermosa e impecable figura. Catherine habría estado mucho mejor con un Beckingham que con un gañán campesino, pensó vanidosamente.
Pero Trevegne se había presentado para estropearlo todo y convertirlo en el hazmerreír de Londres. Le habían dicho que Catherine Bellington era la pupila de lord Trevegne, que él tenía
autoridad total sobre ella y sus propiedades hasta que ella se casara —y sólo podía hacerlo con la aprobación de él. Otros amigos cazadores de fortunas predijeron que serviría de muy poco, o de nada, gastar preciosos fondos en aquella tarea hercúlea; y el coste sena diabólicamente alto si uno enfurecía a Trevegne durante el proceso.
Tenían buenos motivos para tener miedo, porque la reputación de lord Trevegne no se basaba en la exageración o en rumores; sir Jason lo había visto conducir su alto faetón negro y oro, tirado por una perfecta yunta de caballos árabes, con habilidad sin igual, y de hecho se decía que lord Trevegne había de tener un poco de sangre árabe, lo que explicaba la afinidad con los caballos... como si fueran compañeros del alma.
Los amigos íntimos de lord Trevegne lo apodaban Lucifer en su cara, y él reía y estaba de acuerdo. Sir Jason había oído decir a otros que lord Trevegne no era humano, y se le llamaba el Príncipe de los Demonios porque había derrotado fuerzas superiores increíbles. Sir Jason sabía que pocos hombres apostaban o jugaban contra él, porque Trevegne nunca perdía. Los que contemplaban la partida juraban que su Señoría había hechizado las cartas, que el extraño anillo de oro retorcido en su dedo meñique era un anillo mágico, que lo investía de poderes místicos.
Sir Jason creía que Trevegne había logrado que su suerte cayera bajo una mala estrella; y ahora sentía que el suelo se desmoronaba bajo sus pies, y nada de lo que hacía podía cambiar esa suerte. Las cosas no debían haber sucedido de este modo. Incluso había ido a consultar a una gitana cuando la suerte estaba en su favor, para confirmar su estrella ascendente. Una caravana de gitanos había acampado fuera de la ciudad, y él se había dirigido a caballo, para que le dijera la suerte, a una vieja pestilente y sin dientes. La ladrona gitana le había costado bastante cara, pero le había dicho que tenía un futuro brillante: que la Señora Suerte cabalgaba a su lado. Había predecido que una mujer como el reflejo del fuego antes de su triunfo, y después murmuró algo acerca de una amenazadora nube negra y un próximo desastre. El no había creído aquella sombría historia de muerte y desgracia porque estaba en una racha de suerte y todavía no había encontrado la mujer que era como un reflejo de fuego. Pero tampoco hubo triunfos, sólo desventuras y desde luego nada que se acercara a la magnitud de la muerte, aunque tenía que reconocer que, a veces, en épocas como la presente, casi le habría dado la bienvenida.
Lord Trevegne. Siempre con las mejores cartas, siempre triunfante. Sir Jason no recordaba una sola vez en la que Trevegne no hubiera tenido suerte y ganado, ya fuera con las cartas o con las mujeres. Había hecho que muchas mujeres perdieran inútilmente el corazón por él. Sir Jason conocía a muchas damas de calidad que habrían corrido a compartir el lecho con Trevegne, si la ocasión se presentara.
Cautivaba a las mujeres jóvenes más buscadas de Londres y Europa, pero cuando comprendía que iban a capitular, perdía interés, y pronto se hartaba de sus protestas de amor. Seguía soltero y les daba su ancha espalda, dejándolas más enamoradas que nunca. Por qué Trevegne no sucumbía ante la belleza y la riqueza de algunas de esas mujeres, era algo que sir Jason no entendía. Si él hubiera estado en el lugar de Trevegne, ya tendría a su cargo una fortuna, junto con algún castillo o palacio, por casarse con alguna princesa o baronesa extranjera.
Dios, no era humano que Trevegne diera la espalda a todo esto. Si hubiera una manera de derrotarle... sin hacerse daño, claro, porque no quería ser retado a duelo por Trevegne, que tenía una puntería atroz con las pistolas. No, no quería que él supiera que tenía una enemigo mortal en sir Jason Beckingham; era mejor que el noble marqués creyera que el Comodín no tenía nada contra él. ¡Ah, la venganza sería dulce como la miel en sus labios si lograba castigar de algún modo al poderoso lord Trevegne!
Un golpe en la puerta interrumpió los pensamientos de sir Jason, mientras miraba sin ver por la ventana.
—Sí, sí, adelante —ordenó sir Jason, volviéndose ante la interrupción.
—Si sir Jason Beckingham tiene la amabilidad de bajar, la cena está lista y aguardándolo —anunció animadamente Tibbitts.
—Bueno, bajaré pronto. A propósito: ¿ha cenado ya lord Trevegne? —preguntó a Tibbitts, con tono estudiadamente aburrido.
—No, acaba de bajar —replicó Tibbitts. Tibbitts bajó con alegría las estrechas y desvencijadas escaleras, pensando que el mocoso tenía razón, que aquel tipo tenía una expresión mezquina en los ojos, sin duda alguna. Seguramente sería un cliente malo si había que enfrentarse a él. Se estremeció al recordar la expresión helada de los ojos de sir Jason. Su mirada recorrió la gran mesa redonda de tablones preparada para la cena, y se detuvo en su otro huésped, de pie y meditabundo ante el gran fuego, aprovechando el calor.
Había otro caballero a quien no le gustaría desagradar:
lord Trevegne, que con frecuencia se detenía en su posada cuando tenía que recorrer la gran distancia que mediaba hasta sus propiedades en Comwail... ¡Ay, en verdad había oído algunas cosas acerca de su Señoría, y no presagiaban nada bueno para quien lo hiciera enfadar! Pero, ¿qué podía esperarse de esos extranjeros de la inhospitalaria costa de Comwail? Una verdadera tierra de nadie, por lo que había oído.
—Malditas comentes de aire —gruñó Tibbitts mientras procuraba que encajaran mejor las
ventanas, intentando sin éxito evitar las heladas ráfagas que molestaban a los clientes.
—Por aquí, sir Jason —Tibbitts sacó rápidamente una silla para sir Jason, que acababa de entrar en el cuarto, resplandeciente con una casaca de terciopelo rosa y calzones amarillos, un chaleco de rayas amarillas y anaranjadas y una corbata de encaje blanco, muy almidonada para que se mantuviera tiesa.
Lord Trevegne se volvió lentamente de su contemplación del fuego y miró entrar al otro huésped, arqueando levemente una oscura ceja al reconocerlo.
—Buenas, Beckingham —dijo con lentitud lord Trevegne, mientras ocupaba el asiento frente a sir Jason en la mesa—. ¿Tendré... el placer de su compañía para esta cordial cena que aguardamos?
—Lord Trevegne —dijo sir Jason suavemente, dominando el pánico que había sentido al atravesar la puerta y comprender que iba a estar frente a frente con el marqués—. Será un placer participar de su compañía, milord —añadió amable, mientras anhelaba clavar un cuchillo en el negro corazón de Trevegne.
Lanzó una curiosa mirada a lord Trevegne y dijo a modo de conversación:
—Está usted muy lejos de Londres en una noche infame —se puso limpiamente una pequeña patata en la boca y empezó a cortar un grueso trozo de carne, apetitoso y jugoso, que llenaba el plato.
—La verdad es que estoy camino a St. Fleur. Pero usted también está afuera.
St. Fleur, la Santa Flor. Un mal nombre para el hogar de lord Trevegne, pensó divertido sir Jason. ¿Por qué no llamarlo San Demonio en honor de su dueño?
—Estoy aquí para las peleas de gallos de Brown's Mili. Parece que va a haber algunos buenos peleadores... he oído que Rawley tiene un verdadero matón que le han mandado de York... —explicó, mientras contemplaba como Trevegne se servía una gruesa tajada de jamón del plato traído por la doncella. La escotada blusa revelaba unos hombros y pechos redondos, mientras lanzaba a Trevegne una mirada incitante con su carita llena de hoyuelos, antes de recoger el vaso vacío de cerveza para volver a llenarlo.
—No he visto su coche en el patio —dijo sir Jason—. Supongo que no irá usted a hacer todo el viaje hasta la costa a caballo con un tiempo semejante —preguntó, y su cara reñejaba incredulidad.
Sir Jason se movió incómodo, preguntándose qué habría dicho para provocar aquella chispa de diversión en la cara del marqués.
—Me he adelantado viniendo a caballo desde Londres, mi coche y mi criado me siguen. Llegarán a la posada mañana por la mañana —contestó de manera poco comunicativa lord Trevegne, mientras terminaba su comida con un plato de cremoso postre, salpicado de canela.
Siguieron hablando a medida que avanzaba la noche. Tibbitts sirvió dos copas de su mejor coñac de contrabando y las ofreció a los caballeros sentados ante el fuego. Luego, antes de dejar la habitación, puso otro tronco en el hogar.
Durante una hora hablaron de trivialidades, discutiendo los méritos de las peleas de gallos, quién era el mejor pugilista en Londres y si Napoleón iba a invadir las sagradas costas de Inglaterra, hasta que sir Jason dijo de pronto, harto de vanalidades:
—Creí que iba usted al norte con su pupila, Catherine Bellington... —hizo una pausa como si recordara—. No, ya no se llama Bellington, ¿verdad? Creo haber oído en alguna parte que se ha casado, pero temo no haber entendido bien el nombre del afortunado novio.
—Sí, Catherine está ahora casada, y si no estoy con ella es porque dudo que el afortunado novio disfrute con mi presencia en su luna de miel.
—No tenía idea de que estuviera comprometida cuando estaba en Londres. Después de todo es muy joven. Estábamos citados para ir al teatro cuando me informaron bruscamente de que ella no podría venir porque iba a dejar Londres. No se me dieron explicaciones ni motivos. Se fue de manera brusca, como si la raptaran, podría decirse —prosiguió con persistencia sir Jason, impulsado por algún demonio a decir algo que sabía que iba a lamentar después.
—Estaba en peligro, no del mundo de los espíritus, sino de los buscadores de fortunas que se deslizan en la sociedad —dijo secamente Trevegne, tomando un trago de coñac, y sus ojos dorados se entornaron y se pusieron atentos mientras observaban a sir Jason—. Simplemente aparté una tentación de su camino. En realidad fue innecesario, porque nadie que se hubiera casado con Catherine sin mi consentimiento habría visto nada de su fortuna... y esto habría hecho fracasar su proyecto... y también habría tenido que vérselas conmigo... un custodio que se toma en serio este título.
—¿Y qué habría sido de Catherine si se le hubiera permitido elegir a su marido? ¿Qué habría sido de ella en caso de enamorarse de algún hombre en Londres y que él la hubiera amado? No es sólo su fortuna lo que puede atraer a un hombre. Sucede que es también una muchacha encantadora.
—¿Y qué le hace a usted pensar que Catherine no eligió al hombre con quien quería casarse? —preguntó lord Trevegne, sorprendiendo una mirada atónita en la cara de sir Jason—. Está enamorada de su marido desde que ambos eran colegiales, y estaban ansiosos por casarse. Catherine simplemente quiso probar un poco la vida de Londres antes de establecerse en el campo y convertirse en "una seria matrona", para citar sus propias palabras. Sin duda es atractiva. Pero creo que todos conocemos los nombres de aquéllos a quienes hubiera convenido esta alianza, y de sus
pasadas hazañas y reputación de querer atrapar a cualquier heredera disponible. De todos modos, no entiendo de qué estamos hablando, ya que Catherine nunca estuvo libre, y mucho menos ahora, que tiene marido.
—Como usted quiera. Pero hipotéticamente hablando:
¿Qué habría pasado de no haber ella querido casarse con ese hombre, en caso de haber estado enamorada de otro? ¿La hubiera obligado usted al matrimonio, aunque el hombre le hubiese parecido repugnante?
—Si Catherine no hubiera querido casarse, yo no la hubiera forzado a hacerlo. Pero el joven, Beardsley, era aceptable para ella y para mí, y vive en una propiedad vecina, lo que permite que ambas propiedades puedan unirse y formar una. Fue una suerte que estuvieran enamorados, porque con el tiempo yo habría elegido algún joven conveniente, en caso de no haber puesto ella su atención en otra parte, y con mi aprobación. Pero, ¿por qué insiste usted en el amor en el matrimonio? Pocas personas que yo conozca... e imagino que a usted le pasa lo mismo... se han casado por amor; de hecho dudo que lo hayan tomado en cuenta o que sepan qué significa —dijo con soma lord Trevegne.
—¿Quiere decir que usted nunca se casaría por amor? —acusó sir Jason al marqués.
—Lo que quiero decir es que dudo que exista eso que llaman amor. Cuando me case será para tener un heredero, no por estar enamorado de una mujer.
—¡Entonces se casará usted con una mujer por lo que ella pueda darle! —dijo triunfante Beckingham, defendiendo sus propios motivos para el matrimonio.
—No, no en el sentido que estoy seguro está usted insinuando, Beckingham. Me casaría con una mujer porque pueda proporcionarme la única cosa que no puedo obtener solo... un heredero para mi nombre y propiedades. Todo lo demás puedo conseguirlo. En verdad ella podría presentarse ante mí tan desnuda como el día en que nació. Pero no la engañaría haciéndole creer que estoy enamorado de ella... y creo que diferimos en esto. El engaño no es mi fuerte.
El marqués levantó la copa en un brindis silencioso hacia la rubicunda cara de sir Jason, que estaba sentado frente a él, muy incómodo, y después volvió a concentrarse en el fuego, mientras una mueca marcaba sus facciones de halcón.
Sir Jason siguió con la vista fija en el perfil del marqués, y el odio ardió en sus pálidos ojos. Está de mal humor, calculó sir Jason, tamborileando nervioso con sus dedos cargados de anillos mientras buscaba mentalmente un fin apropiado para el marqués... siempre quedaba el asesinato...
Elysia sintió la ráfaga de aire helado a través de su capa de lana, al empujar la pesada puerta de roble de la posada. La lluvia se coló por la pequeña rendija de la puerta abierta, como buscando también refugiarse de la maligna tormenta de afuera.
—Cierre esa maldita puerta, ¿oes que quiere ahogarnos a todos? —gritó una voz amenazadora desde una silla de respaldo alto, frente a un amplio y brillante fuego.
Elysia rápidamente luchó por cerrar la pesada puerta contra el vendaval, pero sus esfuerzos fueron inútiles ante la tempestad que rugía fuera de la posada. La puerta se escapó de sus manos y golpeó ferozmente contra la pared, dejando que otra cortina de lluvia helada penetrara en la habitación.
—¡Infierno y condenación! ¿Es usted tonta o siente un placer sádico en congelamos a todos? ¿Y dónde está el posadero? —amenazó de nuevo la voz.
Una alta figura se levantó de uno de los sillones junto al fuego y avanzó amenazadora hacia Elysia, que seguía luchando con la puerta. Sintió que sus fuerzas la abandonaban. Había viajado en el pequeño coche del correo desde que lo había encontrado, temprano por la mañana, y estaba exhausta.
El viaje había sido interminable por el sombrío campo, en aquel coche que se bamboleaba. El avance se había visto demorado por los caminos llenos de barro y la lluvia torrencial. Había estado apretujada entre la gorda mujer de un granjero, con olor a corral en las ropas, y un alegre vicario que cumplía con los sacramentos en el altar de Baco. Entre sus constantes eructos, seguidos de risitas apologéticas, y los ronquidos de la mujer del granjero, Elysia había sentido que su resistencia llegaba a su fin, pero ahora tenía que enfrentarse a un caballero furioso.
—Mi querida señorita: ¿Quiere usted tener la amabilidad de apartarse para que yo pueda cerrar la puerta, o prefiere seguir ahí, en esa maldita corriente de aire hasta que ambos muramos?
Elysia sintió que dos fuertes manos se apoderaban de sus codos, la hacían a un lado, y la condenada puerta fue cerrada de golpe.
No queriendo provocar nuevos desagrados, Elysia avanzó en la habitación hacia la zona de donde había emergido la desagradable figura, y se plantó frente al crepitante fuego, extendiendo sus manos frías y delgadas para calentarlas. La caperuza de su capa ocultaba su rostro a la vista del caballero vistosamente ataviado que ocupaba el otro sillón, y que ella había observado al entrar. Un dandy de Londres, sin duda, pensó al pasar. Oyó que el otro caballero regresaba a su asiento, y sin volver la cabeza para verlo siguió calentándose agradecida ante el fuego.
Tibbitts entró ruidosamente; se había entretenido en el sótano en busca del mejor ron, y en tanto había llegado el coche. Vio la figura solitaria, oculta en una capa azul oscura, plantada ante el fuego
—un vaho surgía de la tela mojada al secarse— y corrió hacia ella.
—¡Bienvenida a "El Descanso del Peregrino"! —dijo con alegría, cuando la figura de la capa se dio la vuelta—. ¿En qué puedo servirla, señorita? —preguntó con su mejor voz de posadero, pensando que la capa estaba algo gastada y que no iba a obtener muchas propinas.
—Quisiera alojamiento por esta noche, porque mañana tomaré el coche para Londres —contestó Elysia, retirando la capucha de su cabeza y la capa que la ocultaba de sus hombros.
Tanto sir Jason como lord Trevegne habían estado mirando las llamas, ignorando la figura de la muchacha, hasta que el tono bajo y un poco ronco de una voz muy femenina los sacó a ambos de sus pensamientos. La muchacha hablaba con voz culta, y había en ella una inconsciente seducción. Ambos miraron cuando se quitó la capa y reveló un perfil perfecto, con una nariz recta y estrecha, y una boca bien
proporcionada. Pero los ojos de ambos se sintieron atraídos, como la polilla ante la llama, por los brillantes rizos rubio rojizo que brillaban ardientes a la luz del fuego.
Sir Jason se puso de pie con rapidez, se inclinó levemente, y dijo con su voz más encantadora:
—Si es que puede usted perdonar mi grosería por haberla dejado estar de pie, le ofrezco con alegría mi sillón, y permítame presentarme: Sir Jason Beckingham, a sus órdenes.
—Gracias —contestó Elysia fríamente, sentándose junto al fuego— estoy muy cansada y aterida hasta los huesos —se estremeció un poco, lanzó una mirada interrogativa hacia sir Jason con sus brillantes ojos verdes, mientras él seguía de pie junto al sillón, mirándola confundido.
—Tibbitts —ordenó sir Jason— traiga algo caliente para que beba esta señorita, y después la comida. ¡Dése prisa hombre! —hizo un gesto despidiendo a Tibbitts, que había seguido de pie en silencio, mientras su idea acerca de la nueva dienta cambiaba rápidamente al verle la cara. Tal vez no tuviera mucho dinero en el bolsillo a juzgar por sus ropas, pero era de la nobleza, de esto estaba seguro, y debía esperar más comodidad de la que él había pensado darle en un primer momento. Especialmente si era el caballero quien pagaba. Además, bien podía tratarse de una de esas aristócratas excéntricas que se visten como criadas para divertirse. ¿Acaso un par de jóvenes de sociedad, vestidos como cocheros, y conduciendo un cochecito de correspondencia, no se habían presentado en su posada la semana anterior? Habían bebido toda la noche y al día siguiente casi hicieron volcar al coche, con todos los pasajeros, a mitad de camino. No había que arriesgarse con esta muchacha. La trataría como era debido.
Sir Jason acercó otro asiento para él, y estaba a punto de sentarse cuando se detuvo, sorprendido.
—Esto me recuerda... —rugió, como lleno de remordimiento—. ¿Qué pensará usted de mis modales? Permítame que le presente... —se disculpó, señalando al hombre que se había portado de manera tan abominable con Elysia, y que había permanecido sentado, mirándolos tranquilamente mientras ellos hablaban—. Lord Trevegne, marqués de St. Fleur. ¿Y usted es...?
—Elysia Demarice —y tendió la mano con sus largos y sensibles dedos a sir Jason, y después a lord Trevegne, que se había levantado perezosamente al ser presentado.
—Señorita Demarice —dijo con su voz lenta, tomando la mano de la joven e inclinándose elegantemente ante ella. Elysia retiró bruscamente la mano, al sentir un estremecimiento en todo su cuerpo ante el contacto de los fuertes dedos. Podían ser manos crueles, pensó, mientras miraba hipnotizada el extraño anillo de oro en el dedo meñique, que reflejaba el oro de los ojos de él —ojos de pesados párpados— que parecían penetrar en su mente, leyendo sus más ocultos pensamientos.
—Aquí tiene, señorita, un buen ponche para entrar en calor —interrumpió Tibbitts rompiendo el encantamiento que parecía haberse apoderado de Elysia. Puso el humeante vaso en manos de Elysia y miró alrededor, una mueca en su cara florida—. ¿No tiene usted equipaje, señorita?
—No, no tengo nada aparte de ese bolso de paja
—contestó Elysia, señalando el bulto que había quedado abandonado cerca de la puerta—. Viajo poco cargada —añadió, mientras una sonrisita tironeaba de los extremos de su boca al pensar que todos sus bienes terrenales estaban amontonados en aquel bolso. Tibbitts se encogió de hombros y fue a recoger el bolso.
—Viaja usted muy poco cargada y con un tiempo atroz, señorita Demarice —dijo con suavidad el marqués— y uno se siente tentado a preguntar por qué. ¿No será usted una de esas aburridas mujeres que huyen de su casa para reunirse con un raptor, perseguida por una jauría de parientes histéricos? Me estremezco ante la idea de verme acostado en la posada y ser acusado de complicidad... o incluso de ser el posible novio, ¡Dios no lo permita! —dijo burlonamente, aspirando un poco de rapé.
—Eso, milord, es un asunto privado y que sólo me concierne a mí —contestó Elysia brevemente— pero, para tranquilizarlo, le diré que no huyo de mi casa para reunirme con ningún raptor. Detestaría que usted se inquietara por esa causa, y tampoco puedo imaginar un candidato menos apropiado como novio en perspectiva —añadió Elysia, con acidez. Se sentía angustiada al comprobar hasta qué punto él había estado cerca de la verdad, y dos manchitas de color vivo aparecieron en sus pronunciados pómulos.
Lord Trevegne la miró con ojos entornados y hubo en ellos un resplandor, que Elysia afrontó, desafiante. Finalmente una sonrisa torcida apareció en la dura cara de él.
—¿Demarice? Ese nombre me suena conocido —sir Jason miraba a Elysia como procurando
reconocer en la cara de ella algo que lo aludía, cuando una expresión la iluminó—. ¡Charles Demarice! ¡Eso es! —exclamó—. Es su padre, ¿verdad? ¡Tiene que serlo, con esos ojos suyos! Lo llamaban el Gato Demarice porque sus ojos se levantaban un poco en los extremos, como los de los gatos... al igual que los suyos. ¡Es como mirar a un gato!
Elysia se ruborizó turbada cuando los dos hombres la miraron abiertamente a la cara, y después sintió que los ojos del marqués apreciaban lentamente el resto de su apariencia, haciéndola sentirse fea y desaliñada al lado de la elegante casaca de raso y terciopelo, y de la ropa blanca inmaculada. Vio la intriga en los ojos de ellos: debían de estarse preguntando qué hacía la hija de Charles Demarice, vestida con harapos.
—¿Dónde está Demarice? Hace años que no lo he visto en Londres. Hace tanto tiempo que en realidad casi he olvidado todo lo referente a él —preguntó sir Jason, con curiosidad.
—Mi padre murió hace dos años, al igual que mi madre. Ambos murieron al volcar su coche —dijo Elysia suavemente, y una sombra de dolor cruzó por sus ojos, oscureciéndolos, al recordar la agonía experimentada al recibir la noticia.
—Caramba, lo lamento mucho —se disculpó contrito sir Jason—. Ignoraba totalmente la pérdida. Le doy mi sentido pésame por tanta desventura.
—A veces pienso que fue mejor que murieran juntos, como ocurrió, porque dudo que hubieran podido sobrevivir el uno al otro, a tal punto se amaban.
—¡Qué extraordinario! Rara vez tropieza uno con un afecto semejante entre marido y mujer; de hecho, lord Trevegne, aquí presente, ni siquiera cree en el amor... especialmente en el matrimonio. ¿No es verdad, milord? —preguntó sir Jason agudamente al marqués, que parecía aburrido.
—Exacto. El amor sólo existe en la mente de poetas empobrecidos, que halagan las fantasías de los adolescentes y de las solteronas —contestó lord Trevegne sarcástico, con una mueca burlona en los labios.
—Demuestra usted su ignorancia de las cosas más bellas con una afirmación como esa, milord... pero no esperaba otra cosa de un caballero de Londres —refutó con rabia Elysia.
—¿De verdad? ¿Y supongo que habrá usted experimentado ese estado de dicha envidiado por igual por los dioses y los mortales? —provocó.
—No, no lo he experimentado, pero...
—Entonces no sabe usted nada de eso, y, si no me equivoco, tampoco conoce la pasión. Sólo sabe usted lo que ha visto o leído. Creo que la mayoría de las mujeres encajan dentro de dos categorías: o bien son románticas sentimentales dispuestas a derramar lágrimas en cualquier ocasión, o mercenarias oportunistas, en busca de lo que puedan conseguir —lord Trevegne lanzó a Elysia una mirada interrogativa—. ¿A qué clase pertenece usted? me pregunto... —y sus labios se curvaron levemente al añadir al insulto—. Con su físico no debe de tener dificultades para lograr que hasta su más mínimo deseo le sea concedido por algún tonto embelesado.
—No soy ninguna de las dos cosas, milord —replicó Elysia, rápidamente y con frialdad, mirando directamente los dorados ojos del marqués—. Soy realista. Sé que la mayoría de los hombres son bestias inhumanas, concentrados en sus deseos egoístas, sin pensar un instante en los sentimientos de los que los rodean... especialmente si una mujer tiene la desdicha de ser la esposa de uno de esos colegiales que no terminan de crecer —dijo Elysia con desdén, animándose a medida que proseguía, con su pequeño mentón redondo lanzado provocativamente hacia adelante—. De verdad compadezco a su esposa, milord, si esa es la opinión que tiene usted del sexo femenino. Pero, como ya he dicho, espero poco de la gente de su clase. Un caballero londinense... ¡ja! ¡Caballero en verdad! ¡Sus bribonadas sólo son sobrepasadas por su narcisismo, y yo creo que las mujeres están mucho mejor sin la presencia egoísta de ustedes, y que harían bien en despreciar a todo el sexo masculino!
Elysia se interrumpió sin aliento, escandalizada ante su propio comportamiento, y un poco confundida por su diatriba hacia el atónito marqués, que parecía casi desconcertado, cosa que a ella le parecía dudoso pudiera ocurrirle nunca. Pero se negó a disculparse: después de todo sólo se había defendido de los insultos de él.
—Touché —dijo sir Jason divertido, porque había disfrutado enormemente de aquel cambio de palabras. Aplaudió apreciativamente, haciendo inundar de rubor las mejillas de la mortificada Elysia—. Bueno, bueno, de verdad se las ha cantado usted al marqués, y creo que esto es algo que nadie ha hecho jamás, ¿eh, milord? —sonrió sir Jason—. ¿Me perdonará usted, señorita Demarice, por ser miembro del sexo odiado que usted tanto desprecia, y me permitirá seguir disfrutando de su encantadora compañía? —suplicó sir Jason, mientras un chisporroteo dulcificaba sus ojos azules—. ¿Conoció usted alguna vez a los padres de la señorita Demarice, Trevegne? —preguntó amable, volviéndose hacia el marqués a medida que se aflojaba la tensión.
—He tenido el placer de verme con sus padres una o dos veces, si la memoria no me falla. Creo que rara vez venían a Londres —lord Trevegne hizo una pausa—. Pero recuerdo vivamente a su madre. Tiene usted el mismo color de pelo.
El marqués la miró rudamente, haciendo que Elysia sintiera que era un crimen tener aquel color de pelo. Se acarició con placer un brillante rizo y pensó que nada podía importarle menos que el hecho de que aquel hombre odioso aprobara o desaprobara su pelo.
Se excusó amablemente cuando Tibbitts trajo comida para ella y la depositó sobre la gran mesa.
Elysia se sentó y empezó a comer ávidamente el sabroso pastel de pichón, el trozo de carne y algarrobas, dulces y sabrosas, que le habían puesto delante. Le parecía una fiesta, a tal punto estaba acostumbrada a las comidas malas y sin gusto de la tía Agatha.
La tía Agatha. Se preguntó qué estaña haciendo ahora. Probablemente maldiciéndola con cada resuello de su cuerpo delgado y huesudo, pensó Elysia con placer. Pero su placer se esfumó al recordar la fuerza de aquellos largos y delgados dedos cuando habían sacudido su hombro en un apretón despiadado, y en el castigo que recibiría de Agatha si alguna vez la encontraba.
Miró el humeante pastel caliente, mordiéndose los labios mientras se preguntaba si había hecho lo que más le convenía. Si en verdad podía encontrar trabajo en Londres,
—¿No le gusta? —preguntó una voz divertida, y Elysia miró hacia la sonriente cara de sir Jason. Pensó que de verdad era un hombre agradable, pese a sus aires y sus ropas de vivos colores. Detestaba al arrogante marqués, pero tenía que reconocer sin embargo que estaba vestido más a su gusto, con una casaca de montar color ciervo y pálidos pantalones que acentuaban sus muslos musculosos por encima de las lustradas botas negras. Nadie podía confundirlo con un dandy, pensó. Sus ropas y sus maneras rudas desmentían eso.
—Hum... es delicioso —dijo Elysia aspirando profundamente— y sé que no me comporto como una dama al comerlo todo, pero estoy hambrienta.
Sir Jason se sentó y clavó la mirada en Elysia como si viera un fantasma, una visión realmente extraordinaria, con una expresión meditabunda en sus ojos azul claro.
—Supongo que no habrá usted quedado sola en el mundo al morir sus padres —dijo sir Jason—. Sin duda tiene usted otros parientes con los que vive y que deben estar preocupados porque viaja usted sola.
—Sí, tengo parientes —contestó Elysia evasiva, mientras terminaba el pastel; deseaba que sir Jason no se mostrara tan amistoso y curioso, porque cuanto menos se dijera acerca de la tía Agatha, tanto mejor sería. Pero sir Jason pareció satisfecho con su respuesta, se puso de pie, se excusó y dijo misteriosamente:
—Mi querida señorita Demarice: esta noche se ha realizado la profecía que me hizo una gitana, y le estoy a usted muy agradecido.
Elysia sonrió ante aquella frase un poco críptica, sin entenderla y demasiado cansada para interrogar. Tras terminar la cena se levantó en silencio de la mesa y dejó la habitación, sin molestar a los dos caballeros que se habían sentado ante una mesa más pequeña para jugar a las cartas. Cuando Elysia subía por la tosca escalera, oyó que abrían la puerta principal de la posada. Mirando por encima del hombro vio entrar a un caballero rotundo, que arrojó la capa empapada sobre un estrecho banco que había contra la pared y gritó llamando al posadero; después se dirigió hacia donde estaban sentados los dos caballeros.
Elysia atravesó el oscuro corredor, pasó varias puertas hasta llegar a la de su cuarto, donde Tibbitts le había dicho que había dejado el bolso, entró y cerró con suavidad la puerta. ¡Estaba tan cansada, tan desprovista de toda emoción cuando se quitó el vestido, se puso el camisón y se dejó caer agradecida en la cama!
No había pensado pasar la noche en una posada, creyendo que el coche correo iba a seguir directamente hasta Londres. Sacó su precioso saquito de dinero, que rápidamente disminuía de tamaño. Había tenido que pagar casi cinco peniques por milla, además de las propinas para el cochero y el guardia, que galopaba al lado para custodiar el correo de los salteadores. Tenía que pagar el cuarto, la comida y el resto del viaje. Había esperado que el dinero le alcanzara hasta llegar a Londres, pero dudaba ahora que sobrara lo bastante para alquilar una habitación hasta conseguir trabajo. Bueno, ya se preocuparía de eso cuando llegara.
Elysia estaba a punto de meterse en la cama cuando llamaron a la puerta, y, al abrir una rendija, vio a Tibbitts, que traía entre las manos una vasija con un líquido humeante.
—Saludos del caballero sir Jason, señorita —dijo tendiéndosela—. Dijo que era para ayudarla a dormir bien y a entrar en calor.
—Gracias —dijo Elysia aceptando agradecida la bebida caliente— y le ruego que dé usted las gracias a sir Jason.
Cerró la puerta y, calentándose las manos en la vasija, pensó que quizás había actuado de manera apresurada. Quizá no todos los caballeros londinenses eran unos picaros a los que había que temer. Elysia bebió todo el delicioso brebaje con sabor a ron, sintiendo que recorría su cuerpo helado. Al acostarse y deslizarse bajo las mantas se sintió un poco mareada. Debe de ser el ron, pensó en medio de una niebla. No estaba acostumbrada al alcohol fuerte, pero lo cierto es que ahora se sentía bien entrando en calor. Se acomodó mejor en la cama y cayó en un profundo sueño.
5
Encontré una dama en los Prados, bella era, hija de las hadas, largo era su pelo, su pie ligero y salvajes eran sus ojos.
Keats
Elysia se sentía totalmente trastornada. Nieblas confusas giraban en su mente en perezoso torbellino.
¿Ricitos, Ricitos, cuándo serás mía?
No lavarás platos
no alimentarás cerdos.
Sentada en un cojín,
lindamente coserás
y comerás fresas, azúcar y nata...
¿Fresas? No era ahora la estación, pero de verdad le gustaban con nata y azúcar. Tuvo una risita.
La pequeña Polly Flinders
sentada en la ceniza
calentaba los deditos de sus pies.
Su madre la descubrió,
su madre la castigó,
por estropear su lindo vestidito...
¿Qué lindo vestido? Hacía tiempo que no tenía ningún vestido nuevo. Sería maravilloso comer fresas con nata y tener un lindo vestido nuevo. ¡Uff... cómo le dolía la cabeza! ¿Qué le pasaba? Ya era demasiado mayor para aquellas canciones infantiles, de colegio. Oía la lluvia golpeando contra los cristales; no podría salir a jugar:
Lluvia, lluvia, vete de una vez, otro día deberás venir...
La lluvia que golpeaba contra los cristales se hizo más fuerte y Elysia abrió los ojos soñolienta, mirando las gotas de agua cristalina que corrían por el cristal, como diminutos duendes. Elysia cerró los ojos y procuró recobrar su sueño, pero era demasiado elusivo, no recordaba, y se sintió vagando sola, como en una nube, mientras sonreía complacida. Tenía que abrir los ojos y despertar, pero se sentía tan a gusto y descansada, los párpados tan pesados y caídos, que verdaderamente dudaba de poder volver a abrirlos. De todos modos era una mañana siniestra y fría para salir de la cama.
Se volvió hacia un costado, abrazada a la almohada, y oyó el continuo latido de su corazón. Resonaba como dentro de su oído. Y ahora oía latir dos corazones. ¿Qué tontería era esta? No tenía dos corazones, pensó amodorrada, la mente envuelta en una extraña nebulosidad.
Elysia luchó para volver a abrir los ojos, y los párpados se agitaron un poco al intentar mirar. Todo parecía indistinto.
Miró confusa la almohada bajo su mejilla. Parecía el pecho de un hombre.
Elysia contuvo el aliento y miró la cara dormida del hombre. ¡El marqués! Sus ojos se dilataron al comprender que yacía acurrucada junto a él, con una pierna íntimamente entrelazada con las de él; el marqués estaba echado de espaldas y el brazo de ella se extendía sobre el pecho desnudo y musculoso.
Se apartó con cuidado, procuró sentarse, pero sintió que su cabeza no tenía peso al mirar alrededor del cuarto. ¿Qué hacía él en el cuarto de ella? No, no era el cuarto de ella. ¡Estaba en un cuarto que no conocía! Elysia sintió que el pánico se apoderaba de ella... ¿cómo era esto posible? Anoche había estado en su habitación... de esto estaba segura... ¿qué hacía pues aquí, en la cama de un desconocido? Oh, Dios, ¿qué había pasado? ¿Cómo era posible que ella y el marqués
compartieran un lecho?
Elysia arrojó a un lado la parte de la manta que la cubría, ¡estiró las piernas para saltar de la cama y se dio cuenta que estaban desnudas! Miró sus muslos largos y esbeltos, y volvió a meterlos bajo la manta, temblorosa ante la realidad.
¡Estaba desnuda! ¿Dónde estaba su camisón? Miró enloquecida alrededor, mientras se acurrucaba bajo las mantas, pero no lo vio en ninguna parte. Se mordió nerviosa un dedo, lanzando una mirada desconfiada al durmiente marqués. ¿Era posible que hubiera hecho eso? No: ella le había sido profundamente antipática desde que se vieron. Por algún motivo supo instintivamente que él no era hombre que se prestara a aquel tipo de juego, o lo que fuera. Pero supo que tenía que salir del cuarto antes que él se despertara y... ¿y después qué? Porque, si él era inocente, seguramente iba a creer lo peor: que ella había venido a su habitación... y se le había metido en la cama. ¡ Oh, Dios! ¿Qué podía hacer?
Elysia lo oyó lanzar un profundo suspiro y estirarse, sintiendo un creciente terror ante la idea de que él despertara y la encontrara allí. En su pánico saltó y corrió hacia la puerta, después lanzó un grito aterrado cuando sintió que unas manos fuertes la sujetaban y volvían a arrojarla sobre la cama antes de haber podido dar un paso. Luchó como un gato salvaje, con las manos y las piernas, procurando arañar y patear, pero él era demasiado rápido y fuerte para ella, y Elysia se encontró oprimida bajo su duro cuerpo, los brazos tendidos sobre la cabeza en un apretón como de tuerca, sus piernas contenidas por las de él... el desnudo cuerpo de ella íntimamente apretado contra el cuerpo de él. Ambos respiraban con fuerza, los atónitos ojos verdes de ella dilatados se clavaban en los sorprendidos ojos ambarinos de él... y ninguno de los dos habló: sólo sus ojos se unieron.
Ella vio que una sonrisa torcida empezaba a asomar en la cara de él, y que los ojos vagaban por su rostro asustado; tenía los labios temblorosos y separados. Las aletas de la nariz le palpitaban. Después los ojos se fijaron en su pelo, suelto y flotante a su alrededor como un velo rojo oro, y finalmente los vio estrecharse y oscurecerse mientras le miraban sus senos, que se agitaban incontrolados bajo el cuerpo de él.
—Bueno, bueno —dijo él con lentitud— reconozco que hace años que no tenía una sorpresa tan agradable. ¡Despertar y encontrar que Afrodita ha venido a mi lecho durante la noche, y tan convenientemente ataviada! —Hizo una pausa y su mano se movió insultante por el desnudo cuerpo de ella—. ¿O debería decir tan convenientemente desvestida? Es verdaderamente inesperado. Pero que no me haya despertado... ¡eso es imperdonable!
—Por favor, por favor, escuche —suplicó Elysia, mientras los labios de él recorrían lentamente su cuello y los dientes tironeaban el delicado lóbulo de su oreja, haciendo estremecer su espina dorsal.
Aparentemente él estaba tan sorprendido como ella de que estuvieran juntos en la cama. No se había equivocado al pensar que el marqués no era hombre que hiciera una cosa semejante, pero ahora se trataba de convencerlo de que tampoco ella era capaz de hacerla.
—No sé cómo he venido a parar a su cama... Yo... estoy tan sorprendida como usted de encontrarme aquí, pero por favor, usted... —procuró decir, pero la boca de él descendió cruel sobre la de ella, cortando cualquier explicación. Sintió que los duros labios de él separaban los suaves de ella, que su lengua buscaba la de ella, sacudiéndola con el contacto y la íntima búsqueda de su boca.
Elysia estaba sin aliento cuando los labios de él se apartaron, tras explorar y sumergirse en su dulzura. Los labios de él se movían por su garganta en besos rápidos, breves, y sintió que la mano hurgaba en las curvas de su cuerpo, explorándolas con persuasivas caricias. Luchó desesperada contra la mano que todavía la sujetaba, mientras la boca de él jugaba con el pezón rosado de su seno hasta que se puso erecto.
¿Qué le estaba haciendo? Nunca había sentido antes nada semejante, nunca había experimentado los besos de un hombre o las caricias de un amante. Estaba asustada. Pero un fuego líquido corría por su sangre, una rara excitación ardía en lo profundo de ella... a la par de su miedo.
—Me has hechizado —murmuró él pesadamente, entre los besos— me has mareado de deseo. ¡Siento que me va a estallar la cabeza!
Sus labios recorrieron las sienes de ella y sus ojos enloquecidos, cerrándolos con besos, hasta que al fin la boca se detuvo posesiva sobre sus labios enrojecidos.
—¡Mi bruja helada, de ojos verdes, tan desdeñosa con su pelo de fuego! Te haré vibrar de pasión, Elysia —murmuró lord Trevegne, casi incoherente, y el nombre de ella sonó como una caricia en sus labios.
Su boca se apretó contra la de ella, hiriéndola a medida que sofocaba sus protestas y gemidos con ávidos besos que se volvían más profundos y rudos a medida que transcurrían los interminables minutos. Elysia sintió que él tanteaba, después la sensación de algo duro y extraño a su cuerpo femenino la tocó íntimamente. Se sintió aterrada, y volvió a la lucha con fuerza, aunque sabía que era una batalla perdida. Después oyó el ruido.
La puerta del cuarto se abrió de golpe, unas voces parecieron llenar los oídos de Elysia, y sintió que el duro peso del musculoso cuerpo de lord Trevegne se levantaba.
—Aquí estamos, Terry —dijo una voz conocida, que se interrumpió bruscamente—. ¡Caramba, mil perdones! ¡Creí que este era mi cuarto!
La voz de sir Jason sonaba sorprendida y apologética. Lord Trevegne, que se había separado de Elysia al oír las voces, estaba ahora sentado, mirando con una expresión mortífera la cara de los dos confundidos caballeros, que permanecían nerviosamente de pie en la puerta.
—Si nos disculpa usted, Trevegne... —Sir Jason hizo una delicada pausa, y sus ojos vagaron sobre el cabello despeinado de Elysia y sus hombros desnudos, mientras ella se acurrucaba bajo la sábana— ...y le ruego, señorita Demarice, que acepte usted nuestras más profundas disculpas.
La cara del otro caballero era de un intenso tono rojo cuando miró nervioso a lord Trevegne, que tenía una expresión asesina en sus ojos dorados, y después, incapaz de controlarse, miró la deliciosa criatura con el salvaje pelo rojo y los grandes ojos verdes, que estaba acostada en la cama del marqués.
—Hum, sí, sí, les pido disculpas —murmuró, dando un rápido paso para alejarse de aquellos turbadores ojos y del creciente y oscuro mal humor del marqués... un hombre a quien no convenía ofender.
Sir Jason se apartó un poco más lentamente, mirando por encima del hombro al cerrar la puerta, y una mueca amplia de triunfo se pintó con malicia en su cara, una mueca que ni lord Trevegne ni Elysia pudieron dejar de ver.
Lord Trevegne se cubrió la cara con las manos y se sacudió, como procurando ahuyentar sus pensamientos. Después volvió la cabeza y lanzó una mirada diabólica a Elysia, con ojos penetrantes y firmes, siempre oscurecidos, pero ahora por la furia, no por la pasión.
—Lamento no haber estado antes de ánimo para oír explicaciones, pero ahora quiero la verdad, sin inventos —añadió amenazador— porque creo que hemos sido testigos de una comedia preparada por sir Jason, y si esa entrada ha sido accidental, ¡venderé mis caballos al primer zafio campesino que encuentre por un mero chelín!
—Usted, milord, tiene el coraje, tras intentar violarme, de quedarse aquí e insultarme furioso, pidiendo que sea yo quien dé las explicaciones, cuando en realidad soy yo quien se las debo pedir —empezó Elysia indignada, habiendo recobrado al fin el habla, sólo para ser interrumpida por un burlón juramento.
—Cielos e infiernos, ¿no querrás ahora que haga una cortesía y me incline como un caballero, pidiendo perdón?
—preguntó él haciendo un movimiento amenazador de dejar la cama—. Creo que hemos ido más allá de las maneras cortesanas.
Elysia quedó sin aliento.
—¡Naturalmente! —concedió con rapidez, no sin ver la desnudez de él.
—Vamos, ¿cómo es que viniste a mi cama, querida?
—dijo él, los ojos dorados alerta, esperando la respuesta de ella.
—De verdad no lo sé. Después de que me despedí de usted y de sir Jason fui directamente a mi cuarto, que es el último en el extremo del corredor. ¡Ni siquiera sé dónde queda este! —Elysia miró con sus grandes ojos los pensativos ojos del marqués, que se clavaban en ella.
—Está en el extremo opuesto del corredor, frente a la escalera. Anoche vi a sir Jason entrar en su habitación en el otro lado... probablemente en el cuarto que queda frente al tuyo... por eso dudo seriamente que haya entrado ahora en mi cuarto creyendo que era el de él —contestó lord Trevegne y sus ojos se entornaron—. Prosigue. Fuiste a tu habitación y...
—Estaba cansada por el día de viaje, y ya iba a acostarme cuando el posadero me trajo una bebida caliente, ron, creo, porque recuerdo que era muy fuerte y me sentí mareada. Me la había mandado sir Jason, y es todo lo que recuerdo antes de quedarme dormida. Créame, milord. Es la verdad, se lo juro —añadió Elysia al ver que la expresión feroz volvía a la cara de él.
—De modo que sir Jason te mandó un ponche caliente
—dijo él con lentitud pensando—. Y sucede que también insistió en que yo tomara uno antes de acostarme. Empiezo a adivinar, mi querida señorita Demarice, que ambos fuimos drogados anoche hasta quedar insensibles con esos famosos ponches de ron... una travesura de sir Jason.
—Pero si lo que usted dice es verdad, ¿por qué lo hizo? Sir Jason no tiene motivo para tenerme mala voluntad —dijo Elysia, intrigada.
—Ah, pero cree tener una deuda legítima contra mí, y sospecho, mi querida amiga, que involuntariamente te has convertido en el peón de la venganza.
—No entiendo cómo esto puede ser una venganza contra usted. Ha sido un insulto, una indignidad para mí... pero una venganza contra usted...
—Sí, venganza. Sir Jason ha querido atraparme en una situación de la que me resultara difícil librarme... la de ser descubierto comprometiendo a una muchacha de calidad. Uno no seduce y abandona después a la hija de los pares... si uno es un caballero —la miró burlón— y si la muchacha en cuestión tiene parientes vengativos, que sin duda se enterarán de la escapada. No cabe duda de que mañana por la noche será la comidilla de Londres cómo Trevegne y una mujer preciosa fueron encontrados abrazados y... ¿Me entiendes? ¡No necesito decir más!
—Bueno, no dará resultado porque ha fallado el plan de sir Jason —dijo Elysia con firmeza—. No tengo parientes que vengan a pedir explicaciones y que lo obliguen a casarse conmigo para salvar mi buen nombre. Dios ¿no está usted casado?
—Mi querida señorita Demarice —dijo con suavidad lord Trevegne, inclinándose sobre ella, forzando a Elysia a echarse sobre las almohadas, y colocándole las manos sobre los hombros —nadie me obliga a hacer nada que no deseo hacer. No respondo a nadie, ¿me entiendes?... Y no estoy casado.
—Sí, entiendo, ¿pero acaso no lo sabe también sir Jason? Si es usted tan intocable, ¿por qué le preocupa tanto la traición de sir Jason? No puede hacerle daño: su plan ha fracasado.
—¡Nadie se burla de Trevegne! —dijo el marqués furioso, mirando la cara de Elysia, como meditando algo que le interesaba.
—Entonces es sólo el orgullo herido lo que provoca su indignación —dijo ella burlona, lanzando un gemido de dolor cuando los duros dedos se cerraron sobre sus suaves hombros, como previniéndola.
—¡Bueno, a mí tampoco me pueden obligar a casarme! Usted, milord, no es el único que no será chantajeado para que haga algo desagradable.
—Oh, casarse conmigo te parece algo desagradable, ¿no?
—Sí, pero como la cuestión de matrimonio no se plantea entre nosotros, no tiene importancia lo que yo sienta.
—Hum —dijo él sin comprometerse—. Sin duda debe de haber alguien que se ocupe de ti, ¿no?
—No, lord Trevegne, no hay nadie a quien le importe si me encuentran ahogada, flotando en el Támesis;
simplemente sería la molestia de tener que mandar buscar mi cuerpo a Londres —Elysia habló amargamente—. Dice usted que se me ha utilizado como un peón, bueno, puedo decirle, milord, que no es la primera vez que me han usado para una venganza. Mi tía quería casarme con un hidalgo viejo, gordo y libidinoso, contra mi voluntad, porque sentía rencor contra mis padres, un rencor que alimentó durante treinta años.
—¿Y esa tía tuya seguramente se preocuparía en caso de estar enterada de lo que ha ocurrido? —preguntó él, curioso.
—Mi tía se sentiría más que contenta al enterarse de mis desventuras, y detesta el mero hecho de verme. Y si me permite usted levantarme, me iré y no le complicaré más la vida, milord —dijo Elysia, procurando apartarlo, pero él resistió los esfuerzos de ella, y siguió mirándola fijamente, mientras un resplandor divertido iluminaba sus ojos.
—Temo que no puedo permitir que usted se vaya, señorita Demarice —dijo con decisión, porque ya había tomado una.
Elysia lo miró con los ojos muy abiertos.
—¡No puede retenerme usted aquí contra mi voluntad! —exclamó, temiendo que él quisiera proseguir en el punto en que había sido tan oportunamente interrumpido por sir Jason y su amigo.
—¿Me provoca usted, señorita Demarice? —preguntó lord Trevegne, lleno de sentido, mientras sus duros dedos se clavaban en los hombros de ella.
—Sabe usted muy bien que no tengo ni la mitad de su fuerza, sería tonto intentar rebelarme.
Pero no veo motivo para que me retenga usted aquí. El daño está hecho y, como caballero, sé que usted no... —Elysia hizo una pausa, turbada, procurando elegir con cuidado las palabras.
—No seguiré haciéndote el amor, por placentero que haya sido... si es eso lo que quieres decir... —contempló divertido la confusión de ella, y sus labios se curvaron un poco.— ¿Te has escapado de tu casa, Elysia? —preguntó, sacudiéndola un poquito al ver la expresión rebelde de la cara de ella, forzándola a que lo mirara a los ojos—. ¿Es por eso por lo que viajas sin doncella, sin nadie que te acompañe? ¿Y sin exceso de equipaje? Viajar sin peso, creo que dijiste.
—Sí, es verdad —dijo Elysia, y había desafío en su voz—. Ya no era posible seguir viviendo con mi tía. Tenía que irme. Creo que ella está totalmente loca —murmuró con voz entrecortada, recordando las facciones contorsionadas de su tía cuando se precipitó furiosa contra ella.
—¿Entonces no tienes hogar ni donde ir?
—No tengo hogar, pero voy a Londres.
—¿Y qué piensas hacer en Londres? ¿Buscar trabajo? —preguntó él, dudoso.
—Sí, buscaré trabajo como institutriz o dama de compañía.
—No lo harás, ¿sabes? —afirmó con audacia lord Trevegne—. Vas a casarte conmigo.
Elysia sintió como si le hubieran dado un golpe cortándole el aliento. Lo miró como si estuviera loco.
—¡Pero eso es absurdo! —exclamó—. Acaba usted de decirme que nadie podrá forzarlo a casarse, y yo no quiero casarme con usted.
—Nadie me obliga a casarme —dijo con suavidad lord Trevegne— había estado pensando en tomar una esposa, y sucede que tú estás aquí, disponible. Simplemente aprovecho la situación. Tienes varios puntos a tu favor, y el más atractivo es la falta de parientes, porque detestaría tener una suegra dominante entrometida, que me molestara todo el tiempo. También tienes aspecto de poder darme varios hermosos hijos —rió ante la expresión ultrajada de Elysia— y eres además una mujer terriblemente bonita —le dio un ligero beso en la nariz, muy divertido.
—¡No me casaré con usted! —dijo Elysia furiosa, y sus ojos brillaron, verdosos—. No tengo intención de aceptar su propuesta. Seguiré a Londres como lo había pensado, y buscaré trabajo —dijo con firmeza, mirándolo a los ojos—. Me insulta usted, milord. Me propone casamiento como si se tratara de comprar una yegua... ¡hablar de los puntos a mi favor!
—¿De verdad crees que alguna mujer te contratará para que seas institutriz de sus hijos o como dama de compañía? ¿No eres consciente de ti como mujer? —preguntó él incrédulo—. Nunca he conocido una mujer que no fuera vanidosa acerca de su apariencia, y tú eres sin duda una belleza, destinada a distraer a cualquier hombre... especialmente si duermes bajo su techo. Dudo que una esposa te ponga de buena gana ante los ojos de su marido. Y tampoco será un placer para una viuda verte todos los días... senas un recuerdo constante de la juventud perdida y de la belleza, cosas que nunca podrá recobrar.
Elysia lo miró fijamente, y la desesperación se retrató en su rostro al oír las palabras de él, llenas de evidente verdad.
—Además —prosiguió implacable— tu reputación te precederá a Londres. ¿Crees de verdad que una mujer decente podrá contratarte para que te ocupes de sus hijos? —preguntó incrédulo—. Y no dudes ni por un instante de que sir Jason no perderá tiempo para ir con el chisme, sin tomar en cuenta su duplicidad, claro está y, si no lo hace Beckingham, lo hará ese imbécil de amigo suyo, Twillington. Llegó anoche tarde. No creo que hayas tenido el placer de conocerlo hasta esta mañana. De todos los hombres que conozco él es el más charlatán de Londres. Su lengua corre sobre ruedas, de modo que puedes estar segura de que los clubes de St. James se harán eco de la historia. Sin duda la adornará y exagerará, de modo que ambos, querida, seremos pintados en negro. En caso que sea posible ennegrecer mi reputación —rió profundamente—. Pero tú, querida, serás famosa por haber sido encontrada conmigo en la cama, y no tendrás más posibilidad de conseguir trabajo... un trabajo decente, quiero decir... que los que pueda tener una bola de nieve en el infierno.
—No siente usted remordimiento ni está turbado ante la dificultad en la que me encuentro —dijo Elysia, con creciente indignación—. No creo que tenga usted un ápice de decencia.
—Así es, dudo tenerla, pero ¿quieres hacerme creer que prefieres trabajar en alguna tarea desagradable y degradante antes que casarte con un rico caballero con título, y lograr que se te concedan todos tus deseos?
—¡Si ese caballero es usted, de verdad lo prefiero! ¡Prefiero emplearme como fregona antes de aceptar su nombre! Usted no es un caballero, milord —afirmó Elysia con calor.
—Por nacimiento, sí. Por reputación... —se encogió de hombros, dudoso—. Pero hablas como una hembra ofendida y burlada... y si es así como te sientes... —soltó los hombros de ella, saltó ágilmente de la cama y arrancó las mantas que cubrían el cuerpo desnudo de Elysia. La agarró con un rápido movimiento y la plantó en el frío suelo de madera, en medio de la habitación, después retrocedió y dejó que sus ojos recorrieran con placer el cuerpo de ella. Elysia quedó de pie, rígida, con el largo pelo cayendo hasta más abajo de las caderas. Sus senos eran firmes y redondos sobre una cintura pequeña y esbeltas caderas, su piel blanca y suave como el alabastro. Sintió que el rubor de la vergüenza hacía hervir su cuerpo, mientras procuraba inútilmente cubrirse con las manos.
—Es innecesario, querida, porque ya he visto tus encantos... y probado algunos —dijo él cruelmente, sin ahorrarle el ridículo. Ella apartaba los ojos del cuerpo desnudo de él, mientras él seguía allí, desvergonzadamente de pie, con su ancho pecho musculoso, el vello negro y rizado hasta las estrechas caderas y los largos y musculosos muslos, su evidente masculinidad desafiante ante los ojos de ella. Nunca había visto antes a un hombre desnudo, y él la hacía sentirse incómoda, muy consciente de sí misma como mujer... y de la diferencia entre ambos.
—Ahora, si realmente eres la doncella bien educada que quieres hacerme creer, ¿por qué no haces planes para ahogarte en algún estanque barroso y profundo, con el honor a salvo? Claro que puedes esperar hasta llegar a Londres, y después tirarte desde uno de los puentes del Támesis. Mu-cho más dramático, querida, y a la sociedad le encantará. Tú, naturalmente, serás compadecida, serás la mártir joven traicionada. Después de todo, has pasado la noche con el canalla famoso de la sociedad londinense... lord Trevegne, y has elegido el único camino posible y honorable para salir
del paso.
Elysia sintió que las lágrimas desbordaban sus ojos al oír las burlas que la ridiculizaban, y sus ojos parecieron grandes y luminosos bajo las arqueadas cejas; dejó caer la cabeza, vencida, y lágrimas de desesperación rodaron por sus pálidas mejillas. Procuró valientemente, pero en vano, sofocar los sollozos, a medida que sentía que el ánimo la
abandonaba.
Algo cálido y suave fue colocado por encima de sus hombros, y en medio de las lágrimas vio que era la casaca de lord Trevegne. El la llevó hasta la cama, la ayudó a acostarse y la tapó con una manta abrigada. Quedó de pie mirándola, mientras ella lo miraba a su vez con sus ojos
verdes y líquidos.
—¿Comprendes, querida? De verdad no tienes elección —dijo él, amablemente por una vez— y debo añadir que sería criminal de mi parte permitir que una criatura tan preciosa se arrojara en los helados brazos de la muerte, cuando los míos son tanto más cálidos.
Con esta última broma se volvió y empezó a vestirse rápidamente. Mientras tiraba de las altas botas, dijo con
brevedad:
—Quédate donde estás, yo iré a buscar tus cosas.
Puedes vestirte aquí. Mi coche llegará en un momento y partiremos. Pero primero haré que te traigan el desayuno.
Elysia le lanzó una mirada cuando él salió del cuarto, su silueta alta y ancha cubrió un momento el camino y después desapareció, al cerrar la puerta tras de sí. Ella clavó los ojos en el techo. Tal vez intentara ahogarse a colgarse de las vigas, pero aquello daría mala reputación a la posada, y no sería justo para el amistoso posadero, pensó prácticamente. Debería tener ganas de matarse... pero lo tremendo era que no sentía el menor deseo de quitarse la vida. Era verdad que no le quedaba en el mundo nadie a quien amar, pero alguna chispa, alguna voluntad de vida era demasiado fuerte en ella para sucumbir al deseo de la muerte. Pero: ¿cómo sería la vida casada con lord Trevegne, un canalla, un corrompido, que reconocía tener una negra reputación?
Tal vez fuera posible huir. Debía escapar del marqués. Pensaba en varias posibilidades cuando el marqués abrió la puerta y entró, colocando el bolso de paja, el vestido y la capa sobre la cama.
—Dame ahora mi casaca —dijo, acercándose a ella. De mala gana, ella se despojó de la casaca y se la tendió, tirando las mantas hasta cubrir sus hombros mientras lo miraba indecisa.
—Mi coche ha llegado, de modo que debes apresurarte y vestirte. Partiremos en menos de media hora. Y no procures escabullirte por atrás, porque estoy decidido a casarme contigo, y lo haré; y te encontraría, Elysia —amenazó él fríamente—. También he confiscado esa peligrosa amia tuya que encontré oculta entre tus ropas —dijo, manteniendo flojamente el arma en sus grandes manos.
Elysia, humillada, se mordió el labio. No había olvidado el arma, y había planeado usarla para
ayudarse a escapar.
—Una linda pistola de duelo —añadió él, acariciando el mango suavemente tallado de la pistola, el largo cañón con su brillo de plata incrustada. Miró a Elysia meditando:
—No te habrás sentido tentada de usarla contra mí, ¿verdad?
Elysia se encogió de hombros con indiferencia, ocultando su miedo con un aire de ligereza:
—No lamentaría hacer un agujero en su arrogante pecho, pero la bala rebotaría al chocar contra la roca que tiene usted en lugar de corazón.
El rió, aparentemente divertido por la venenosa
respuesta.
—Es una suerte que no lo hayas intentado, querida, porque soy duro con los que me atacan.
Se fue sin volverse para mirar, y Elysia salió lentamente de la cama y se acercó a su bolso, para ver si todo estaba en su sitio. Encontró el camisón arrugado y metido en un rincón, y se ruborizó de vergüenza al pensar que sir Jason debía de haberle quitado el camisón para llevarla desnuda a la cama del marqués.
Su mortificación fue reemplazada por la rabia y el odio cuando pensó en la indignidad y la humillación que le había causado sir Jason. De todos modos, pensó, sin duda lord Trevegne merecía aquello.
Elysia estaba ya vestida y acomodaba las cosas en su bolso cuando la doncella de la taberna se presentó trayendo una bandeja con chocolate, un grueso trozo de jamón, bollos calientes y de sabroso aroma, cubiertos de manteca derretida, y un frasquito de dorada miel. Dejó la bandeja en la mesita junto a la ventana y salió de prisa, haciendo a Elysia un guiño amistoso; y hubo una expresión comprensiva en su cara pecosa al cerrar la puerta con una risita.
Qué osadía, pensó Elysia, apenada por lo que podía pensar la doncella, mientras mordía ávidamente el bollo caliente, que chorreaba miel.
Acababa de comer cuando entró el marqués, resplandeciente, vestido de negro, con excepción de un chaleco de brocado dorado y una llamativa corbata blanca.
—Podría usted tener la cortesía de llamar antes de entrar —dijo Elysia con tono desagradable, sintiéndose como una mendiga con su viejo vesüdo de lana gastada—. Todavía no somos marido y mujer.
—No... aún no lo somos —respondió él burlón— pero se supone que las novias tampoco duermen ni se visten en las habitaciones de sus futuros maridos —y rió mientras ella se ruborizaba de un rosa intenso, furiosa consigo misma por haberle dado ocasión para burlarse de ella.
—Vamos, querida, tenemos que partir —recogió el bolso de ella y la envolvió tiernamente con la capa que le echó sobre los hombros, sonriendo de lado mientras le decía dulcemente en el oído, que su aliento cosquilleó íntimamente—: Sonríe, vas a ser una novia, no una viuda.
Cuando bajaron las escaleras, Elysia miró temerosa alrededor, alarmada ante la idea de encontrar los divertidos ojos azules de sir Jason y verse obligada una vez más a tolerar su grosería.
—No, querida, hace rato que sir Jason se ha ido de aquí, probablemente está ahora a medio camino de Londres —dijo con suavidad lord Trevegne, interpretando las nerviosas miradas de ella—. Y ya estaría muerto si hubiera tenido la audacia de ponérseme a tiro de pistola —continuó con tono mortífero— pero es un cobarde que realiza sus hazañas como los ladrones en la noche, y después da la espalda y huye durante el día.
Salieron de la posada y llegaron al patio, donde un gran coche negro y dorado los esperaba, tirado por cuatro grandes caballos negros; los arneses negros y plateados tintineaban expectantes. El cochero de librea estaba sentado en un pescante alto, las riendas flojas en las manos enguantadas, y a su lado había otro hombre envuelto en un amplio abrigo; un tercero sostenía las vivaces cabezas de los caballos, y un cuarto abrió la puerta del coche. Todos estaban vestidos de negro con botones y medias dorados, hebillas doradas brillaban en los zapatos y grandes abrigos bordeados de rojo los protegían del frío.
Elysia fue ayudada a subir al coche, pasó la puerta donde figuraba el escudo del marqués, y se acomodó en los suaves almohadones de terciopelo. La puerta se cerró cómodamente tras ella, miró por la ventanilla y vio con alivio que lord Trevegne estaba montado en un gran potro negro y que por lo tanto no la acompañaría en el coche. Miró hacia las amenazadoras nubes que parecía que iban a lanzar otro aguacero sobre los infortunados viajeros, y se preguntó cuánto tiempo podría disfrutar sola del coche antes de que el tiempo obligara a lord Trevegne a refugiarse en él.
El cielo se oscureció mientras marchaban por el polvoriento y desigual camino, y los fuertes y
vigorosos caballos devoraban la distancia como una bolsa de avena, los cascos resonando sin esfuerzo en medio de los charcos. Recordaba el constante ajetreo y balanceo del coche correo, que sólo el día anterior la había traído camino de Londres. Cuan diferente era el viaje en el coche de buenos muelles de su Señoría, pensó Elysia, mientras avanzaban milla tras milla por el terreno lleno de baches, apoyándose agradecida contra los blandos cojines del asiento.
Debió de adormecerse un rato, porque de pronto el coche quedó quieto y oyó la lluvia golpear contra la ventanilla. Abrieron la puerta de golpe y una figura encapuchada entró de un salto en el coche, que se puso de nuevo en movimiento.
Lord Trevegne secó las gotas de lluvia de su casaca y se acomodó en el asiento mirando sardónicamente a Elysia.
—Estoy seguro de que habrías preferido que siguiera afuera, pero la necesidad me ha obligado a acompañarte. Supongo que no querrás que pesque un enfriamiento, ¿verdad, querida?
—¿Cuánto falta para llegar a su casa, milord? —preguntó Elysia, ignorando la broma de él, y su voz pareció insignificante e infantil debido a los nervios.
—Llegaremos en algún momento, al amanecer, supongo. Tendremos que cambiar de caballos. Vivo en Comwail, y creo que ya es hora de que me llames por mi nombre y me tutees, Elysia. Me llamó Alex.
—¡Tan lejos! —Elysia contuvo el aliento sorprendida, una náusea en el estómago, ante la idea de estar alejada de todo lo que había conocido antes. Sus planes de escapar a Londres eran fútiles si se encontraba en las lejanas costas de Comwail. Pero no debía sorprenderse; parecía apropiado que el marqués viviera en aquella costa rocosa—. No tenía idea que usted viviera allí... —dijo al fin Elysia, débilmente.
—No hay motivo para que lo supieras, querida. ¿Habrías pensado en escapar en caso de saber que vamos a estar tan lejos, en una comarca desierta? —se inclinó hacia adelante para mirarla a los ojos—. ¡Oh, comprendo, ya habías planeado alguna manera de escaparte! Hubieras entrado mansamente en mi casa, como mi invitada y prometida, y te habrías escabullido en la noche mientras todos duermen, creyéndote cerca de Londres. ¡Caramba, caramba, eres un diablillo decidido!
Sacó un delgado cigarro de una cigarrera de oro y plata, lo encendió, y el suave aroma flotó ante las narices de Elysia.
—Bueno, me temo que tu plan ha fracasado. Porque, ¿sabes, querida? Nos detendremos un breve rato... muy breve... el necesario para casarnos.
Elysia lo miró, los ojos enloquecidos de desesperación, los labios entreabiertos de sorpresa.
—¿Casarnos? ¿Esta noche? ¿Cómo puede ser eso? No ha tenido usted tiempo de publicar los bandos, o de conseguir una licencia. Y... no podemos casarnos tan pronto... —terminó torpemente, con la voz un poco temblorosa, cuando una sensación de temor la embargó. Sentía que daba un paso irreparable hacia algo que no controlaba. Elysia miró al marqués, suplicando inconscientemente con la mirada para que le diera más tiempo, pero él miraba por la ventana en ese momento.
—Tengo una licencia especial para casarnos, nos detendremos un momento para ver a un conocido mío que es obispo, y él oficiará la ceremonia. Probablemente será el triunfo de su vida, ya larga, el verme casado, y por su mano. Eso te asegurará la validez, mi querida. De modo que no se te ocurra dejarme con la idea de que no estamos legalmente casados, porque lo estaremos y para siempre... o hasta que muera uno de los dos —dijo con indiferencia.
—Lo ha preparado usted todo —dijo Elysia resentida—. Cree usted tenerme bien atada, ¿eh? Bueno, ya veremos.
—Aprenderás, Elysia, que soy un hombre total, y muy cuidadoso y atento con las cosas que me pertenecen —dijo él tranquilamente, con un hilo de frialdad en la voz.
El coche se detuvo bruscamente, lord Trevegne bajó de un salto y extendió los brazos para ayudar a bajar a Elysia.
Los ojos de ella se volvieron hacia la pálida luz amarilla que provenía de la casa, en resignación y sometimiento a su destino.
6
... Un halcón asió con sus garfios un ruiseñor de colores vivos y lo llevó a las nubes y el ruiseñor gimió, atravesado por las torcidas garras y dijo con arrogancia el halcón:
¿Desdichado, por qué gritas? Alguien más fuerte te tiene y deberás ir donde te lleve, aunque seas un cantor.
Hesiod
Sir Jason castigó a los caballos para que apresuraran el paso a medida que atravesaban las resbaladizas calles de Londres, mojadas por la lluvia. La lluvia se había detenido por el momento, y por una abertura en las nubes podía ver la luna que brillaba nebulosa en lo alto.
Se preguntó qué estaría haciendo en aquel momento lord Trevegne, e hizo una amplia mueca, malignamente divertido al pensar en las posibilidades. Se sentía muy exaltado por su triunfo contra el invencible lord Trevegne... ¡si por lo menos pudiera contar a todo Londres cómo había logrado tener en su poder al gran marqués! Pero naturalmente no podía contar aquella parte de la historia y seguir siendo aceptado en el Almack y en otros clubes.
No era tonto, y sabía que, si lord Trevegne sospechaba alguna vez, o llegaba a tener pruebas de lo que él había hecho, su vida no valdría un penique. Se estremeció al recordar la mortal puntería de Trevegne con las pistolas. Oh, no, él nunca iba a reconocer su crimen... o realización como prefería llamarlo. Al menos no a Trevegne, aunque pensaba en alguien a quien ibas a deleitarlo contar la historia. Todavía no había terminado con el todopoderoso marqués.
Sir Jason pensó que gracias a él y a Twillington, en el White y el Watier todos habían oído el cuento. Twillington había sido una pieza inesperada o milagrosa de la suerte. ¡Tener a aquel charlatán chismoso en la posada, en el momento oportuno! No podría haberlo planeado mejor.
Vagamente se le había presentado la idea de usar a la señorita Demarice mientras hablaba con ella durante la cena, pero no se le había ocurrido de qué manera. No iba bien vestida, de modo que tal vez aceptara dinero si él le proponía que hiciera una trampa a lord Trevegne, pero desgraciadamente no tenía aspecto de hacerlo. Había pensado en matarla y echar después la culpa a su Señoría, pero la cosa podía complicarse. Estaba sentado meditando en todo esto cuando Twillington empezó a parlotear acerca de la familia de un general, que exigía una reparación directa y urgente de un caballero de la ciudad, que había seducido a su hija.
Fue entonces cuando la idea se cristalizó en su mente. De alguna manera debía enredar a lord Trevegne con la virtuosa señorita Demarice. Era una lástima que ella fuera tan bella, porque le habría gustado ver al irresistible lord Trevegne atrapado por alguna solterona con cara de mona.
Drogar los ponches de ron no había sido un problema. Simplemente había tomado el frasquito de láudano que usaba cuando tenía dificultad para dormir, y tras pedir unos ponches
de ron para todos interceptó a Tibbitts con la bandeja. Lo mandó a buscar otro ponche para él, y rápidamente echó la droga en dos tazas. Después tendió una a Tibbitts para que la llevara a la señorita Demarice, con sus saludos, y él llevó el resto de las bebidas.
Fue casi demasiado fácil. Lord Trevegne se había retirado con los párpados pesados. Sir Jason siguió abajo, sentado ante el fuego, hasta que comprendió que lord Trevegne debía de estar profundamente dormido. Entonces sir Jason entró en el cuarto a oscuras de la señorita Demarice y se deslizó con sigilo hacia la cama donde la oyó respirar profundamente, porque la droga había actuado a la perfección. Encendió una vela y desnudó con cuidado a la figura dormida, haciendo una breve pausa para contemplar con admiración el cuerpo de ella. Levantó el cuerpo inerte y lo llevó rápida y silenciosamente por el corredor, hacia el cuarto de lord Trevegne, donde lo depositó en la cama, junto al marqués. Después desvistió al hombre dormido, sintiéndose momentáneamente alarmado por el éxito logrado, pero se encogió de hombros, pensando que era otra prueba de su inteligencia e ingenio.
Nunca olvidaría la excitación que sintió cuando él y Twillington entraron en el cuarto y vieron los
dos cuerpos abrazados. No había esperado esto especialmente después de la manera en que la señorita Demarice y el marqués habían reaccionado mutuamente la noche antes. De todos modos, el marqués era un hombre, y encontrar una mujer hermosa y desnuda en la cama era una oportunidad demasiado buena para que la desaprovechara. La señorita Demarice tendría mucho que explicar, y no la envidiaba en lo más mínimo.
Sir Jason se preguntó de pronto qué pensaría ella. En verdad había parecido agitada y confundida esta mañana, y muy conmovedora. Era irónico para la pobre señorita Demarice encontrarse a merced de un hombre al que había despreciado, y probablemente también era muy incómodo.
No le sorprendería que el marqués la abandonara, rehusando casarse con ella, pese a todos los chismes. No: el marqués sabía apreciar la belleza: era probable que la tomara como querida, especialmente después de haber visto el deseo de su Señoría, esta mañana, por la desdeñosa señorita Demarice.
Bueno, en realidad no importaba que lord Trevegne se casara o no con ella, su reputación quedaría tan manchada que hasta las madres cazadoras de maridos lo pensarían dos veces antes de querer convertirse en sus suegras. Y sir Jason dudaba que lord Trevegne pudiera encontrar ahora una esposa adecuada y aceptable. Especialmente si lo expulsaban del Almack, como corría el rumor.
Pero su triunfo supremo había sido poner una trampa a lord Trevegne, tenerlo a su merced, bajo su poder. Le habría podido clavar un cuchillo en el corazón mientras dormía. Pero era mejor verlo retorcerse... verlo forzado a casarse contra su voluntad o a enfrentarse al ostracismo. Podía tener ya una reputación negra, pero ni siquiera el marqués podía ir tan lejos sin afrontar las consecuencias.
Sir Jason casi deseaba que Trevegne echara a la señorita Demarice. Entonces él la buscaría y le ofrecería su protección... la haría su querida. Era preciosa, pensó, recordando el fantástico aspecto de su cuerpo a la luz de la vela. Sí; debía ver qué podía hacerse con ella, y después emitió una risita mientras se preguntaba nuevamente qué estaría haciendo Trevegne.
Elysia extendió sus manos en la oscuridad, sin poder ver el anillo de oro, quitado del meñique de lord Trevegne y colocado en su dedo mayor, pero, al tocarlo, palpó la forma retorcida. Era pesado y raro en su dedo, y la marcaba como a una pertenencia, porque hacía menos de una hora se había comprometido a amar y obedecer a aquel desconocido que estaba sentado en silencio al otro lado del carruaje.
Se preguntó qué clase de hombre era aquel, el hombre con quien se había casado, mientras osaba lanzar una mirada furtiva a su tajante perfil, claramente visible por un instante cuando un relámpago iluminó el interior del coche. El estaba descuidadamente reclinado contra los almohadones, las largas piernas tendidas y colocadas sobre el asiento vacío de enfrente.
Ella era ahora su mujer—lady Trevegne— y ni siquiera podía llamarlo por su nombre de pila. Siempre había soñado enamorarse algún día, y casarse para tener una familia a la que iba a mimar y amar... una suposición temeraria e ingenua. No podía creer hasta qué punto se había permitido ser vulnerable.
Elysia pensó con nostalgia en sus padres y se preguntó qué pensarían ahora. Se habían diferenciado del resto de la sociedad al condenar los matrimonios arreglados. El de ellos había sido un matrimonio por amor, un éxito sin igual, y en consecuencia sólo creían en los matrimonios por amor. Nunca la habrían dejado sacrificarse en un matrimonio sin amor para asentar su posición o la de ellos, y sin embargo aquí estaba ella, casada con un desprestigiado miembro de la sociedad; rico, hermoso y completamente despiadado cuando se trataba de sus propios deseos, sin importarle un comino ella.
¿Por qué había insistido en casarse con ella? Había reconocido, brevemente, que nadie podía forzarlo a hacer algo que no deseara, y aparentemente su reputación ya era negra, y un nuevo acto de libertinaje no podía dañarle mucho. Había dicho que quería un heredero. Bueno, había cantidad de mujeres que sin duda considerarían un privilegio el darle hijos. Pero ella no pertenecía a aquel grupo escogido, y si creía que ella iba a darle hijos estaba muy equivocado. El no la amaba ni ella a él, pero ella sabía que la deseaba. Y juró no tener nada que ver con él.
Pero seguía sin entender. Si simplemente la deseaba, habría podido obtener lo que buscaba aquella mañana, cuando ella estaba indefensa, sin poder hacer nada contra la gran fuerza de él. No tenía motivos para casarse con ella... no era el tipo de hombre que fuera a preocuparse por haberle manchado la reputación.
Elysia se estremeció al recordar lo que casi había ocurrido aquella mañana, helada por lo
cercano de la escapada.
—¿Tienes frío? —preguntó lord Trevegne desde la oscuridad del coche. Sin esperar respuesta, se inclinó, echó a Elysia sobre sus rodillas y envolvió con su capa el estremecido cuerpo de ella, mientras la estrechaba entre sus brazos.
—¿Estás mejor? —murmuró y el aliento de él fue cálido contra su cuello.
—Sí, gracias, pero estaba muy cómoda donde estaba —Elysia habló sin aliento, procurando soltarse, pero los brazos de él la estrecharon más.
—Quieta —gruñó él suavemente, mientras sus labios se movían acariciantes en las orejas de ella.
—Por favor —suplicó Elysia, sintiendo que un nuevo estremecimiento recorría su cuerpo al contacto con aquellos labios.
—¿Por favor qué... mi querida esposa? —el marqués rió en silencio, y sus labios se apoyaron en los de ella totalmente. La besó larga y profundamente, separando con su boca la boca de ella, mientras sin cesar apretaba sus labios en un vigoroso beso contra los suaves labios de ella, que ya no resistían. Sintió que los dedos de él se movían, buscando, hasta dar con los botoncitos del corpino, los desabotonaba con suavidad y su mano se deslizaba para acariciar la piel suave y cálida. Sus labios se apartaron de la boca de ella para recorrer su cuello, y sus brazos se apretaron cuando oprimió el rostro contra sus senos, aspirando profundamente el perfume de ella.
—Hueles como un jardín de jazmines y rosas —murmuró con voz ronca lord Trevegne, y sus labios volvieron nuevamente a la boca de ella, y la besó salvaje y apasionadamente, hasta que Elysia creyó que iba a asfixiarse al no poder respirar.
Finalmente su boca se apartó de la temblorosa de ella y hubo una lluvia de ligeros y suaves besos en su cara, estrechándola más cuando su dura mano se apoderó posesivamente de uno de los pechos. Cerró los ojos con una sonrisa de triunfo en sus firmes labios masculinos.
Después de un rato Elysia sintió su respiración acompasada bajo el oído, allí donde la cabeza de ella descansaba en el pecho de él. El es un demonio, pensó llorosa, confundida por las emociones que había despertado en ella. Debía despreciarlo, sí, lo despreciaba, pero la hacía sentirse tan débil y ardiente, tan distinta a sí misma. Era malo este extraño sentimiento en ella... cuando en realidad lo detestaba. Elysia cerró los ojos, pensando en los besos, y se quedó dormida con la mejilla apoyada contra el corazón de él.
Elysia despertó cuando el coche se sacudió y se detuvo. Miró alrededor adormecida, después se sentó sorprendida: estaba otra vez en el lado del coche que le correspondía. Se llevó con rapidez las manos al corpiño abierto: estaba bien abotonado. ¿Acaso aquellos exigentes besos habían sido un sueño? Nerviosamente se pasó la lengua por los labios, sintiéndolos blandos. Elysia lanzó una mirada interrogativa a lord Trevegne que estaba sentado observándola, con una expresión divertida en los ojos dorados que brillaban intensos a la luz que se colaba por la puerta abierta del coche. No, no había sido un sueño, lo vio avergonzada en los ojos de él, mientras el rubor se extendía de su cuello a su cara.
—Ven, querida esposa —dijo el marqués, bajando de un salto y extendiendo los brazos— al fin hemos llegado a casa.
La lluvia continuaba cayendo cuando Elysia y lord Trevegne pasaron presurosos por el arco de la entrada hacia el vestíbulo, tras las enormes puertas de madera con sus paneles elaboradamente tallados, entre bandas de metal dorado.
Elysia sintió que las grandes puertas se cerraban tras ella a medida que avanzaban por el largo y amplio vestíbulo, cuyo techo se prolongaba hacia arriba para formar una pendiente, y las ventanas con vitrales de colores reflejaban los relámpagos en radiantes azules, verdes y rojos. Una galería con barandilla de hierro forjado recorría los lados del gran vestíbulo, sostenida por gruesas y estriadas columnas que partían del fuerte pedestal en el suelo de mosaicos españoles.
Elysia permaneció de pie, en silencio, mientras lord Trevegne mandaba llamar al mayordomo, con la cara ensombrecida por el parpadeo de la luz de los candelabros que habían sido rápidamente encendidos en las paredes. Casi todo el vestíbulo estaba sumido en la oscuridad, las mesas y los armarios adquiere formas contorsionadas, como criaturas de otro mundo.
Una puerta se abrió en un rincón del vestíbulo, bajo la galena, y apareció un rayo de luz, que flotó cercano hasta que una cara arrugada con ojos chispeantes se vio por encima de la llama del candelabro que sostenía una mano sarmentosa.
—Lord Alex —dijo el viejo, y la sorpresa hizo temblar su voz—. No sabíamos que podríamos
esperarlo hasta hace unos momentos, cuando llegó con la noticia el jinete que lo precedía —lanzó una curiosa mirada a Elysia, envuelta en su capa, mientras daba órdenes a los criados, que habían aparecido rápidamente, para que bajaran el equipaje, algunos todavía a medio vestir en medio de su prisa.
—Queremos la suite principal —corrigió Trevegne al mayordomo, que había dado orden de llevar el bolso de Elysia al cuarto de huéspedes. La sorpresa fue evidente en la cara apergaminada al oír las palabras del marqués. Hizo que los criados cumplieran con lo ordenado, una mirada de desaprobación en los ojos.
—No te escandalices tanto, Browne —dijo lord Trevegne riendo—. Te presento a mi mujer, lady Trevegne —hizo avanzar a Elysia, y la plantó a su lado apoyando pesadamente un brazo sobre los hombros de ella.
—¡Su mujer! —graznó Browne. Pero la expresión de sorpresa de su cara se convirtió en placer al inclinarse y, recobrándose dijo—: Es un honor, lady Trevegne, y sea usted bienvenida a Westerly.
—Gracias, Browne —dijo lord Trevegne, sonriendo con afecto al viejo, y haciendo que Elysia le clavara los ojos sorprendida, ya que había pensado que era incapaz de sentir afecto o bondad.
—Browne lleva medio siglo con la familia, prácticamente nos dirige a todos... o al menos procura hacerlo
—añadió él, lanzando al hombre una larga mirada.
—¿Y cuándo me ha escuchado usted, lord Alex? —replicó este, con la audacia de un antiguo criado de confianza.
—Ya tengo una mujer, ¿no? Me acordé de tí y... —fue interrumpido por un grito que provenía de alguna parte arriba, y después se vio a una figurita que corría por el centro de la gran escalera en el extremo del vestíbulo.
—Lord Alex —exigió—, ¿qué es esto de presentarse de este modo en medio de la noche? Siempre ha trastornado usted a toda la casa, desde que era niño —rió, encantada de verlo a cualquier hora.
—Elysia, querida, quiero presentarte a la señora Danfield, mi antigua niñera y ama de llaves en Westerly desde que ya no necesité su devoción en el cuarto de los niños. Dany: esta es mi mujer, lady Elysia Trevegne.
Elysia miró aquellos ojos bondadosos de color pardo, y sonrió con una sonrisa tímida, pidiendo inconscientemente seguridad, sintiéndose perdida y cansada en el nuevo ambiente.
—Lady Trevegne —dijo la señor Danfield haciendo una reverencia y lanzando una mirada llena de reproche a su Señoría. —¡Se ha ido usted y se ha casado sin decirme nada! ¿Qué pensará su novia, en esta casa oscura y fría, sin fiesta ni saludos del personal? —sus ojos recoman la figura de Elysia, contemplando la vieja capa y los guantes remendados, y el esfuerzo evidente en su joven rostro.
—No esperábamos una frivolidad semejante —dijo brevemente lord Trevegne—. Mi esposa y yo queremos que las cosas sigan siendo como siempre —ordenó con seriedad.
—Bueno, caramba —dijo la señora Danfield vivazmente, lanzándoles una mirada intrigada—. No todos los días se trae una esposa a casa, y yo ya empezaba a dudar que lo hiciera usted alguna vez. ¿Cómo se las ha arreglado para encontrar a esta niña preciosa y no estropeada? —preguntó, lanzando a Elysia una mirada amistosa que esta devolvió. Esta no es una falsa y sucia damisela de la ciudad, pensó la señora Danfield, aliviada—. No creía que ninguna madre decente lo dejara acercarse a usted a una milla de sus hijas —frunció el entrecejo en desaprobación, porque estaba bien enterada de la mala reputación de él.
—Oh, no había nada en el mundo que pudiera separamos, Dany —explicó lord Trevegne, vacilando antes de continuar brevemente—. Puede decirse que ambos abrimos los ojos una mañana y vimos la luz de nuestro mutuo amor. Fue una revelación, como si despertáramos de un sueño drogado —hizo una mueca maligna ante la sorprendida expresión de Elysia, provocándola para que añadiera algo—. Y ahora, Dany, lleva a lady Trevegne a su habitación. Estoy seguro de que está cansada de permanecer aquí de pie, mientras vosotros satisfacéis vuestra curiosidad... —se volvió y desapareció por una de las muchas puertas que daban al vestíbulo, mientras Browne, que había escuchado ávidamente la explicación de lord Trevegne, coma a todo lo que le permitían sus piernas reumáticas detrás de su Señoría.
La señora Danfield condujo a Elysia por la ancha escalera de mármol, dando órdenes por encima del hombro a las doncellas que quedaban abajo, mientras Elysia seguía su figurita
apresurada. Caminaron por la galería hasta otra ala de la gran casa, y avanzaron por un amplio corredor. Rostros ancestrales las miraban a la temblorosa luz del candelabro de la señora Danfield, cuando pasaron bajo ellos.
En el extremo del corredor abrió unas dobles puertas, delicadamente talladas. Precediendo a Elysia en el cuarto, encendió todas las velas, y toda la habitación surgió a la luz.
Elysia miró a su alrededor, atónita. Todo en el cuarto era rojo, dorado o negro. Había un sofá de raso rojo y oro, sillas pintadas de negro y oro, con almohadones de terciopelo dorado, cómodas de laca negra y estanterías enanas para libros y, dominando la habitación, un gran biombo de seda roja y negra, pintado con hermosos motivos chinos, mientras una gran alfombra oriental cubría el suelo en un ascua de color.
—Es hermoso —logró murmurar al fin Elysia, con voz reverente.
—Sí, es un cuarto precioso —dijo la señora Danfield, encantada con la reacción de Elysia y el hecho de que le gustara la habitación.
—Son los colores de los Trevegne; negros por la venganza, rojos por la sangre, oro por la gloria. Los primeros Trevegne eran unos hombres feroces.
Elysia se estremeció, pensando que lo seguían siendo.
—Aquella es su alcoba, milady —indicó la mujer, señalando una puerta con paneles de oro— y allí está el cuarto de su Señoría.
Las dos puertas estaban separadas por una cómoda alargada que mostraba delicados jarrones de porcelana y exquisitas figuras de jade. La señora Danfield abrió la puerta del nuevo cuarto de Elysia y procedió a encender más velas cuando Elysia la siguió a la habitación. Sus ojos se deleitaron ahora ante el gran lecho con dosel, las cortinas rojas, y recordó su cama pequeña y dura en casa de la tía Agatha, con su colcha azul descolorida. En comparación, aquella era la cama de una reina.
—Ahora, querida: ¿no desea usted un buen baño caliente para descansar y aliviar todos los dolores y molestias del viaje? —preguntó la señora Danfield, quitando la capa de los hombros de Elysia y colgándola en un enorme armario con muchas puertas y estantes corredizos, para guardar todas las posesiones de una dama.
—¿Vendrá después su doncella? —preguntó, frunciendo un poco el entrecejo ante el poco convencional hecho de que lady Trevegne viajara sin la compañía de una doncella, y con sólo un pequeño bolso de paja.
—No tengo doncella, señora Danfield —dijo Elysia secamente, esperando una expresión horrorizada del ama de llaves, pero quedó sorprendida cuando la mujercita asintió, satisfecha.
—Tanto mejor, porque tengo aquí muchas chicas inteligentes que serán buenas doncellas para su Señoría, mucho mejores que esos baúles londinenses —dijo con disgusto—. No se puede confiar en ellas, se van cuando menos se piensa, sin decir una palabra. De modo que no se preocupe, ya le conseguiremos una. ¿Y sus ropas? —preguntó, mirando dudosa el bolso de paja de Elysia, y el vestido descolorido y gastado que llevaba—. ¿Llegarán pronto?
—No. Temo que tiene usted delante todo lo que poseo en el mundo —contestó con suavidad Elysia, aunque con orgullo, y mantuvo alto el mentón—. Soy huérfana, y nadie puede acusar a lord Trevegne de haberse casado conmigo por mi fortuna; al contrario, porque mucho me temo que me supongan una aventurera.
—¡Vamos, vamos, nadie en su sano juicio creería eso de usted, se ve que es usted toda una dama, y muy bonita! ¡Cualquiera puede darse cuenta de por qué se ha casado con usted lord Trevegne! —dijo comprensiva, con una sonrisa maternal, mientras su corazón se conmovía ante aquella valerosa muchacha que se plantaba tan orgullosamente ante ella—. Y no preocupe ahora con tonterías su preciosa cabecita.
—Gracias, señora Danfield —dijo Elysia humildemente, los ojos brillantes de lágrimas provocadas por las primeras palabras bondadosas que había oído en años.
—Y debe usted llamarme Dany, como lord Alex; nada de señora Danfield —vaciló insegura—. Eso me daría mucho gusto. Señoría.
—Gracias otra vez, Dany. Será para mí un honor. ¿Y quiere usted llamarme Elysia? —preguntó con timidez.
Dany se ruborizó de placer ante el cumplido y corrió hacia la puerta, pero allí se volvió y dijo, sacudiendo la plateada cabeza:
—En verdad no sé cómo se las arregla él siempre para ganar el gran premio. A pesar de lo mucho que quiero a lord Alex, me parece que ha conseguido una esposa que es demasiado buena
para él. Estoy pensando que será usted el ángel de este diablo, y que Dios nos ayude —añadió profética al salir del cuarto para ocuparse de las necesidades de Elysia.
Elysia sonrió para sí mientras recorría la habitación. Había estado muy nerviosa pensando en que iba a ser presentada a los criados de lord Trevegne. Había imaginado el resentimiento de estos al tener que aceptar una nueva patrona, y supuso que iban a tomarle antipatía; en lugar de esto había encontrado una amiga a la que podía amar, y confiar en ella. De pronto sintió como si le quitaran un peso de los hombros.
Elysia miró alrededor del cuarto rojo y oro, donde no había huellas de negro. Un tocador dorado estaba contra una pared, y un diván con raso dorado con una conchilla detrás, estaba frente a una ventana con cortinajes rojos. Un escritorio de delicadas patas, varias sillas pintadas de oro y rojo y algunas mesitas ocasionales, componían el resto del mobiliario, además de una hermosa chimenea de oro y
mármol blanco.
Había otra puerta entreabierta y, al abrirla del todo, Elysia vio que era otro dormitorio, pero decorado sólo en negro y oro y muy masculino. Sus ojos recorrieron los largos drapeados dorados y una gran cama de cuatro postes, la cómoda de laca negra y, cubriendo el suelo, una gran alfombra negra con flores doradas: gemela de la suya en rojo y oro. Un diván egipcio con tapizado de cuero negro estaba ante una chimenea de mármol negro bordeado de oro. Por las puertas abiertas del armario, Elysia pudo ver hileras de casacas de terciopelo y raso, y la chaqueta con alamares de montar que lord Trevegne había usado antes. Rápidamente cerró la puerta de comunicación entre los dos cuartos, notando que no había cerrojo en esa puerta.
Una bañera ornamentada apareció misteriosamente ante la chimenea, y dos jóvenes doncellas trayendo humeantes baldes para llenarla. Miraron con timidez a Elysia antes de salir del cuarto. Elysia se sumergió agradecida en el baño. Se frotó con una barrita de fragante jabón francés. Extendió una esbelta pierna y se frotó el muslo, después tomó agua en las manos y la dejó caer en cascadas a lo largo de la pierna, arrastrando las burbujas. Se sentó, y se estaba pasando las enjabonadas manos por los hombros y los senos cuando percibió el aroma del tabaco, el mismo que lord Trevegne había fumado en el coche. Las aletas de su nariz palpitaron, alarmadas. Se volvió y quedó sorprendida al ver que la puerta de comunicación se cerraba de golpe. ¿Cuánto tiempo había estado él allí, viéndola bañarse en silencio? Elysia se sintió turbada y agitada al salir de la bañera, envolvió su cuerpo mojado en una gran toalla caliente y se secó rápidamente. Se puso el camisón de encaje que Dany le había traído; la fina tela era blanda y suave contra su piel, y se preguntó con curiosidad quién sería la dueña.
Elysia se metió nerviosa de un salto en la cama cuando oyó que se acercaban pasos, pero se abrió la puerta principal del dormitorio y entró Dany trayendo una bandeja con una tetera de porcelana y un plato con finas rodajas de pan, mantequilla y unas delicadas pastas. Elysia suspiró aliviada, y empezó a levantarse de la cama, pero Dany le ordenó sin ceremonia que no lo hiciera.
—Una taza de té es todo lo que necesita para dormir, querida, así que no se mueva de la cama caliente —dijo colocando la bandeja sobre el regazo de Elysia mientras la miraba en la cama.
—Es un camisón precioso, Dany —dijo Elysia bebiendo su té, contenta al ver que no era un ponche de ron—. Supongo que a nadie le molestará que lo use...
—Ay, le queda a usted precioso, y no molestará a nadie que lo use. Era de la madre de lord Alex, siempre le gustaban las cosas bonitas —replicó Dany, empezando a vaciar el bolso de Elysia. Sacó la muñeca cuidadosamente envuelta, y la colocó sobre una mesita cerca de la cama.
—Es la mufiequita de porcelana más bonita que he visto —exclamó con admiración, estirando con cuidado la amplia falda larga.
—Me la dio mi padre cuando era una niña y siempre la he querido, hasta cuando no la podía agarrar con mis manilas gordezuelas. Creo que sabía ya entonces que iba a quererla siempre. Y esto era de mi madre —dijo Elysia, cuando Dany sacó el cepillo y el peine de plata y los puso sobre la cómoda, donde parecieron hechos a propósito.
—No tiene usted muchas cosas para recordarlos, querida, ¿verdad? —preguntó Dany con piedad en sus ojos bondadosos.
—No tengo cosas materiales, pero me quedan mis recuerdos, Dany, y son preciosos para mí, nadie me los quitará nunca, como hicieron con las otras cosas... la casa, los establos... mi caballo, prácticamente todo tuvo que ser vendido. Hay un viejo baúl con cosas de mi padre y otros artículos de la familia, que conservas mi vieja niñera. Están a salvo con ella, y sólo los poseo porque hubiera
representado escasa ganancia venderlos. Hubieran sido para mi hermano, lan, pero él murió en el mar, en algún punto del Mediterráneo, en una batalla contra las fuerzas de Napoleón. Recibí una nota del Departamento Naval al día siguiente de la muerte de mis padres —Elysia apartó la vista, y se mordió el tembloroso labio.
—Oh, pobrecita —exclamó Dany con suavidad, rodeando a Elysia con sus brazos—. Lo ha pasado mal, ¿verdad? Bueno, ya no tiene que preocuparse. Ahora está en casa y Dany la cuidará. Recuerde todos los buenos y dichosos momentos con su familia y no piense en los malos. Trate de pensar que están visitando a alguien y que volverán pronto.
—Lo procuraré, Dany... he sido tan tonta... creo que simplemente estoy cansada —sonrió Elysia.
—Y tiene motivos, tras viajar toda la noche sin descanso... yo nunca... —dijo Dany, con desaprobación—. Ahora échese, cierre los ojos y duerma—ordenó, arropando a Elysia como si fuera una nifiita— y pórtese bien. —Es lo que acostumbraba a decir a los chicos.
Apagó las velas, recogió la bandeja y, dando las buenas noches a Elysia, salió del cuarto. Elysia se dio vuelta y miró la oscuridad, oyendo el tic tac de un reloj en una de las mesas.
¿Vendría lord Trevegne? Ahora él tenía derecho a dormir en su cama, y de hacer con ella lo que le diera la gana. Esperaba que no viniera, pero podía hacer muy poco para impedírselo si lo deseaba.
Y ahora se había puesto en manos de él, un hombre que le había desagradado a primera vista, y a quien apenas hacía un día que conocía. Sabía muy poco de él o de su familia, aparte de las pocas cosas que había dicho Dany. Sabía que sus padres habían muerto, y Dany había dicho "los chicos" cuando habló de acostarlos, de manera que era posible que lord Trevegne tuviera hermanos y hermanas, pensó esperanzada Elysia. ¡Tal vez una hermana que fuera de la edad de ella y que pudiera ser una amiga! Pero era probable que fuera como lord Trevegne, alta, morena y amenazadora. Eso sería peor, pensó Elysia adormilada, cerrando los ojos mientras el sueño se apoderaba de su cuerpo cansado.
Lord Trevegne estaba sentado de mal humor contemplando las llamas en la gran chimenea de su estudio. Hacía girar el coñac en el vaso, calentándolo en la palma mientras pensaba en la muchacha que estaba arriba, en la suite principal... ¡su mujer!
Lanzó una carcajada cruel y dura, que resonó en la habitación. El matrimonio, pensó con sorna, recordando los casamientos de sus amigos. Un contrato firmado para acostarse con una mujer y plantar nuestra semilla con el beneplácito de la sociedad y de la iglesia, y si en el proceso se adquiría una fortuna, tanto mejor, y felicitaciones añadidas por ser un tipo tan emprendedor, especialmente si se las arreglaba para mantener también a varias queridas.
¿Y la novia? No había que olvidar a la encantadora novia que conquistaba una casa que dirigir y más dinero para gastar; un hombre a quien manejar y que, si era virgen, se libraba de ser solterona; y que conseguía respetabilidad si ya había sido la querida de algún hombre. Sí, todas las partes se beneficiaban mutuamente.
Bueno, ahora él era un hombre casado, y nadie podía acusarlo de haberse casado con su mujer por la dote. Ella había venido a él con lo puesto, ni siquiera eso, si llegaba a conocerse la verdad. De pronto recordó que había dicho a Beckingham que su mujer vendría a él tan desnuda como el día en que había nacido, y, Dios santo, ¡así había sido! Si no detestara tanto a Beckingham, tendría que elogiarlo por su toque maestro de tomarle la palabra y ponerla desnuda en la cama con él. Tenía que reconocer que Beckingham se había sobrepasado esta vez.
Sus pensamientos corrieron hacia Beckingham, que los había drogado y desvestido como un ladrón de tumbas que saquea a los muertos, y sintió una súbita ira que crecía en él. Sí, tendría que encontrar una manera adecuada de castigar a sir Jason Beckingham, pensó sombríamente.
El marqués contempló su vaso de coñac, y vio unas piernas largas y esbeltas, una extendida y llena de jabón, un pelo rubio rojizo sujeto en lo alto de la cabeza, rizándose en rebeldía con el vapor del baño, unos blancos hombros y unos firmes y redondos pechos enrojecidos un poco por el calor del agua y el resplandor del fuego.
Ella era una belleza, pensó, al recordar el contacto del suave cuerpo bajo el suyo y su dulce boca. Al menos sir Jason no lo había acostado con una bobalicona de cara larga, que gimoteaba llamando a su mamá. Si quería realmente castigar a Beckingham, lo mejor era agradecerle que lo hubiera ayudado a encontrar una esposa tan perfecta.
De pronto sintió una rabia ardiente e incontrolable que lo atravesaba al pensar que Beckingham había visto a Elysia desnuda, y la había tocado para desvestirla. No podía explicarlo, pero tenía ganas de asesinar a Beckingham. Elysia le pertenecía ahora, y sólo él tenía derecho a tocarla.
Elysia. Sí, era suya ahora, y él la deseaba. Se había sentido atraído por ella desde que la había visto, cuando se calentaba ante la chimenea de la posada. Era la primera mujer que no había simpatizado con él de entrada, lo que representaba una novedad. La mayoría de las mujeres pensó sin vanidad, hubieran deseado una aventura con él, pero no había pasado esto con la preciosa señorita Demarice, que lo había mirado con desdén y frialdad, una nota de censura en su voz grave... y que después había luchado como una criatura salvaje en su cama. El no había pensado en seducirla á ella, ni a ninguna otra mujer, desde aquella escena con Mariana. De hecho se había sentido claramente enemigo de todas las mujeres, lanzando su disgusto y cinismo contra la primera que encontraba. Una bruja de pelo color fuego y ojos verdes, que lo había cautivado contra su voluntad y destrozado sus intenciones misóginas con el movimiento de sus caderas.
Tal vez habría que dominar aquel feroz temperamento de ella, pero habría detestado verse unido a una mujer remilgada. Era preferible una víbora, pensó con un resplandor en sus ojos dorados, a eso.
Terminó el coñac y salió del cuarto; subió las escaleras de dos en dos, y se dirigió por el largo corredor hacia la suite principal, y sus zancadas recorrieron la distancia en menos de un minuto.
Entró en el cuarto de Elysia y se acercó al lecho, donde quedó inmóvil, de pie. Miró la figura dormida en la gran cama, mientras el candelabro que sostenía en la mano lanzaba un resplandor de oro sobre la cara de ella.
El pelo de Elysia estaba suelto sobre las almohadas, y era rojo bajo aquella luz. Su delgada mano yacía sobre la colcha, y el anillo de oro parecía extraño contra su piel blanca... una marca visible de su dominio y de que ella le pertenecía.
Se inclinó, con cuidado de no volcar la cera caliente, que se derretía, sobre la mano, y miró ávidamente los labios de ella, el carnoso labio inferior entreabierto, las oscuras y tupidas pestañas cerrando unos ojos a los que quena mirar, perderse en ellos. El hueco de la base de la garganta atrajo su mirada, y bajando la cabeza depositó un breve beso en aquel espacio que parecía hecho para sus labios, mientras retorcía entre los dedos una larga mecha, suave y sedosa al tacto.
Ella murmuraba dulcemente en sueños, y él vio una lágrima que se deslizaba por el extremo del ojo y coma por la mejilla. La tocó, la atrapó, sintiendo curiosamente su humedad en la punta de los dedos.
Sintió que se desvanecía el ardor de su cuerpo, y apartándose bruscamente de la cama dejó la habitación. No era mejor que un perro tras una perra en celo. Y desde luego no iba a actuar como un animal con aquella muchacha de pelo rojo que estaba en el otro cuarto. Que se fuera al diablo, pensó salvajemente, mientras se desnudaba y se metía solo en la cama.
7
Su falda era de seda verde hierba su manto de terciopelo fino, de las tremadas crines de su jaca pendían cincuenta y nueve cascabeles.
Balada del Siglo XV
Elysia estaba sentada mirando por las grandes ventanas empotradas el agitado y gris mar allá abajo, las furiosas olas golpeando pesadamente contra las rocas en la base del acantilado. La espuma blanca saltaba en el aire como una fuente gigantesca. La lluvia, que había sido continua desde la noche de su llegada, hacía una semana, había cesado finalmente, dejando paso a oscuros cielos amenazadores.
Elysia se estremeció y se puso de pie, cerrando el chai sobre sus hombros, y fue a sentarse en un sillón de raso a rayas verdes y azules, ante el chisporroteante fuego. Los leños lanzaban chispas anaranjadas cuando ardían brillantes en el hogar.
Había visto poco a lord Trevegne, como no fuera durante las comidas, cuando le concedía el privilegio de su compañía... un privilegio del que hubiera podido prescindir de buena gana. Aquellas escasas horas con él se volvían intolerables con sus mordientes sarcasmos y frases crueles, o la ponían nerviosa con las miradas frías y penetrantes que le lanzaba... y ciertamente no sabía cuál de las dos cosas era peor.
Desgraciadamente, siempre estaban solos, no había una hermana u otros miembros de la familia de quien hacerse amiga, sólo había un hermano menor en Londres, que probablemente era como lord Trevegne... y si ella apenas podía tolerar a uno, mucho menos a uno igual. ¿Por qué no tenía una familia grande y cariñosa? Ella hubiera podido perderse en medio de la charla de ellos, sentirse protegida del constante desagrado de él. Difícilmente hubiera podido elegirla para sus burlas en medio de una reunión de familia, como hacía cuando los dos comían en la gran mesa de banquetes, con el cristal y la plata brillando bajo los chispeantes candelabros.
¿Qué había hecho ella para desagradarle? Nunca lo veía lo bastante como para hacer algo que pudiera enfadarlo. El recorría la casa como un oso enjaulado, gruñendo ante cualquiera que cometiera el error de dirigirle la palabra. Incluso Dany no estaba inmune de su asqueroso mal humor.
Elysia suspiraba desanimada y miraba su viejo vestido de lana. Detestaba verlo, pero sus otros dos vestidos estaban en muy malas condiciones... o peores que este... y desesperadamente pasados de moda. No era de extrañar que lord Trevegne apenas soportara verla, que volviera los ojos tras lanzarle una mirada, como si el sólo verla lo enfermara. De todos modos había percibido varias veces aquellos ojos dorados clavados en ella, con un brillo de interés, hasta que él se daba cuenta de que ella lo veía, y rezongando malamente la provocaba para que hablara.
Elysia retrocedía ante la idea de pedirle ropas nuevas o dinero para comprar telas y poder hacerse algo, pero incluso mientras reunía coraje recordaba el imprevisible humor de él, y seguía en silencio.
Dany era bondadosa, con tacto ignoraba la pobre apariencia de ella, sintiendo que Elysia no iba a aceptar ni la piedad ni la caridad, pero notaba las curiosas miradas fijas de los criados, y sabía que murmuraban y chismeaban en las habitaciones de servicio. Muchas criadas iban mejor vestidas que la señora de Westerly, de modo que podían pensar de ella cualquier cosa. La despojada esposa de lord Trevegne.
Elysia se puso de pie y recorrió la gran habitación en medio de su aburrimiento. No podía menos de recordar los largos y casi interminables días de tedioso trabajo en casa de tía Agatha, pero tenía que reconocer que nunca había estado entonces aburrida... siempre había estado demasiada ocupada o demasiado cansada. Era como si nunca pudiera ser feliz. ¿Qué andaba mal en ella? ¿Acaso nunca iba a encontrar un estado de ánimo intermedio? O bien trabajaba hasta matarse o bien se aburría hasta morir. Debía ser capaz de disfrutar el descanso... pero le faltaba algo... ¿la
compañía?
Elysia descubrió que Westerly estaba bien dirigido y marchaba tan suavemente como el intrincado mecanismo de un reloj... eficientemente y con orden... y siempre había sido así durante siglos. Como marquesa, sólo se esperaba que eligiera flores para adornos y que aprobara los menúes —menúes impecables, preparados por el cheff francés de lord Trevegne. Y ella nunca había podido sentarse durante horas a disfrutar de las tan femeninas artes del bordado y la bastilla; su mente parecía siempre vagar en distintas direcciones, como las puntadas. En verdad que no había ningún trabajo agotador que hacer en Westerly, pero ella vegetaba en tierra de nadie, no formaba parte de algo, no pertenecía a nada. Dany era su amiga, pero estaba ocupada en las innumerables tareas que debía hacer en la gran mansión que dirigía desde hacía más de veinte años. Y en una casa tan grande como Westerly, con su ejército de criados, Elysia se sentía satisfecha de dejar las cosas en manos de Dany, aunque Dany la respetaba como nueva patrona, y la consultaba sobre los problemas y decisiones más importantes. Elysia comprendía por qué lord Trevegne quería a aquella mujercita: era, de verdad, una joya.
Pero no, no iba a dejarse venir abajo. Era feliz aquí. ¿Quién no lo sena en esta hermosa mansión? ¡Y el mar... el extrañamente atrayente y brutal mar que la acunaba cada noche antes de dormirse, con su recurrente canción de cuna! Cuando estaba despierta por las noches, oía a su marido moviéndose en el otro cuarto, y se preguntaba si esa era la noche en la que él vendría a reclamar sus derechos. Esto era en realidad lo que la molestaba, la preocupaba. De no ser
por ese miedo constante... de verdad hubiera sido feliz en Westerly.
Elysia recogió un pequeño jarrón de delicada forma, donde había un ramillete de flores y pimpollos formados por pétalos rosados y blancos. De hecho todo el salón parecía una extensión del mar, con sus dominantes verdes y azules de distintos matices, mezclados con los muebles dorados. En un brillante día de verano la habitación debía ser hermosa y aireada, con la luz penetrando por las grandes ventanas que llegaban al suelo y que daban sobre el mar. Casi podía imaginar el cuarto bañado con los rayos del sol poniente, las alfombras orientales enriquecidas de profundos rojos, azules y oros, las tapicerías que colgaban de las paredes cobrando vida y ganando profundidad y la ilusión del movimiento. Pero hoy, con las oscuras sombras del cercano invierno y su mente desanimada, parecía fria y austera.
Todas las habitaciones de Westerly estaban magníficamente amuebladas. Construidas sobre las ruinas de un antiguo fuerte normando, que una vez había protegido la tierra contra futuros invasores, Elysia había hecho un recorrido de inspección con Dany, y había quedado sorprendida por el tamaño y el esplendor de este antiguo hogar. No tenía idea de que lord Trevegne fuera tan rico. Había sospechado que no vivía en la miseria, a juzgar por las finas ropas que llevaba, el elegante coche y el caballo que montaba, y el hecho de que viajara con un grupo de criados de librea. También era una figura demasiado imponente para no tener riquezas: su aire de altivez y arrogancia mostraban el lujo.
Elysia había visto el Salón Dorado con sus elegancias de oro y sus muebles Reina Ana, la Sala Roja, como una seductora dama adornada con rubíes... el oscuro granate brillando regiamente contra la antigua caoba pulida. Estaba el comedor, color champán y rosa; la mesa, bastante larga como para cien personas, y que parecía insignificante ante el salón de banquetes que, sin duda, podía recibir a quinientos invitados hambrientos... pero que rara vez o nunca se usaba ahora.
Uno de sus cuartos favoritos era el de mañana que estaba orientado al este para disfrutar del sol que surgía y calentaba la habitación en los días claros, los almohadones y cortinajes de raso amarillo crema se convertían en un reflejo de los rayos del sol cuando estos penetraban en el recinto, dando a Elysia la sensación de que de las paredes manaban mantequilla y miel.
Había perdido la cuenta de las muchas salitas y dormitorios de las distintas alas de la casa. Cada cuarto estaba amueblado con cuidado y elegancia, de modo tal que todo huésped debía de sentirse privilegiado al dormir bajo el dosel de seda de una cama, o bajo un techo delicadamente pintado.
Incluso las habitaciones de servicio estaban bien cuidadas, adecuadamente calentadas y ventiladas en invierno y verano, muy lejos de las habitaciones de servicio abarrotadas y sucias de Graystone Manor.
Pero de todas las exploraciones desde las bodegas hasta las buhardillas, desde el ala este al ala oeste, viendo cada magnífica habitación y subiendo innumerables escaleras en aquella enorme casa que databa de antes del reinado de Isabel I, nada podía compararse con la bien provista biblioteca de lord Trevegne, con estanterías de pared a pared y una escalera en espiral que se retorcía para subir
a un pequeño altillo, con grandes y cómodos sillones. Una amplia ventana se extendía hasta el suelo y proporcionaba bastante luz para leer. Elysia había descubierto este tesoro unos días antes, y ahora pasaba la mayor parte del tiempo leyendo los volúmenes bellamente encuadernados que sacaba de los estantes. Leía en la cama en las primeras horas de la mañana, hasta que le traían el desayuno, porque seguía levantándose temprano, ya que no estaba acostumbrada, tras los años de vivir con Agatha, a quedarse perezosamente en la cama. A veces, más avanzado el día, se sentaba en el saloncito del altillo... cuidadosamente oculta de los ojos de cualquier observador... especialmente si esos ojos eran dorados.
Elysia había echado de menos el lujo de la lectura casi tanto como el de montar a caballo. Leer era el único pasatiempo inactivo que de verdad le gustaba, algo que, en caso de tener oportunidad de hacerlo en casa de Agatha, le habría sido prohibido. Agatha afirmaba que los libros eran el mal, y también una pérdida de tiempo, y que daban a la gente ideas malsanas acerca de su situación en la vida.
Y ahora podía disfrutar todos los libros que quisiera. Nunca había visto una selección tan grande de libros, que trataran tantos temas diversos, muchos de los cuales sin duda no serían considerados lectura adecuada para una muchacha. Pero Elysia había sido educada mucho más allá de los conceptos académicos aprobados por las mujeres, ya que había compartido el mismo profesor con su hermano lan;
no sólo había leído los clásicos griegos, sino muchas novelas populares del siglo XVin, como Robinson Crusoe y Los viajes de Gulliver, o el Tom Jones de Fielding.
En la biblioteca de lord Trevegne estaban todos sus autores favoritos, incluidas las obras completas de Shakespeare, y los nuevos románticos jóvenes: Byron, Coleridge, Keats y Shelley, que estaban probando el primer sabor de la aprobación del público. Había quedado sorprendida al encontrar aquellos románticos en la biblioteca de lord Trevegne, que era un desengañado reconocido hasta por sí mismo, pero Elysia supuso que hasta él era capaz de hacer algunos sacrificios para tener una biblioteca completa. También estos poetas eran todos conocidos por él, y era lo menos que podía hacer en nombre de la amistad... especialmente porque los volúmenes tenían dedicatorias de los autores para el marqués.
Elysia apoyó la frente contra el frío cristal, preguntándose dónde estaría esta mañana lord Trevegne. Encogiéndose de hombros recogió un delgado volumen de sonetos de amor de Shakespeare, se sentó ante el fuego, y había empezado a leer cuando Dany abrió la puerta y entró con las llaves de la casa tintineando en su robusta cintura.
—Bueno, aquí está usted, lady Elysia —dijo con tono desaprobador—. ¡No ha tocado usted su desayuno esta mañana, y justamente cuando yo creía que estaba poniendo al fin un poco de carne en esos huesos!
—No tenía hambre esta mañana, Dany —contestó Elysia, cerrando el libro sin echar una mirada a las palabras impresas.
—Bueno, tendremos que prepararle un apetitoso almuerzo, ¿eh? —dijo Dany, mimándola, mientras examinaba, preocupada, la pálida cara de su patrona.
¿Ha visto usted a lord Trevegne? —preguntó Elysia, fingiendo desinterés, mientras alisaba un pliegue de su vestido, sin percibir la mirada de alivio que apareció en los ojos de Dany cuando comprendió lo que preocupaba a Elysia:
al menos no era nada físico.
—Oh, sí, temprano esta mañana y rugiendo como un oso que quiere escapar —dijo chasqueando la lengua fastidiada, mientras pasaba el dedo por la repisa, en busca de polvo—. Y mucho me alegré al ver que se iba.
—¿Dónde ha ido? —preguntó Elysia, sorprendida.
—Ha salido de la propiedad en ese gran caballo negro que tiene.
—¿Ha salido a montar a caballo? —preguntó Elysia, envidiosa, deseando poder cabalgar en el aire frío sobre un caballo tan poderoso como el negro de lord Trevegne.
—¡Ay, y nunca he visto un animal más resabiado! ¡El Señor ha tenido piedad de nosotros y no ha dejado que lo mate ese diablo de cabello! —dijo Dany, furiosa contra el corcel.
—Oh, Dany —dijo Elysia con una risita— es un hermoso animal. Y, por una vez, me gustaría estar con lord Trevegne, que monta ahora mismo ese caballo —añadió alegremente, ruborizándose al comprender la indiscreción de sus palabras al ver la extraña expresión en la cara de Dany.
Se abrió la puerta del salón y un lacayo anunció la llegada de los baúles y el equipaje de lady
Trevegne, provenientes de Londres. Elysia quedó atónita ante la noticia, y miró a Dany perpleja.
—Pero yo no tengo baúles, Dany. Sin duda se trata de un error.
—Bueno, creo que lo mejor es ir a ver —dijo la vieja, muy directamente, empujando a Elysia, que protestaba, hacia su cuarto.
Había tres grandes baúles y muchas cajas y bolsos amontonados en la habitación en el momento en que entraron.
—¡Oh, Dany, tiene que ser un error! Deben de haberlos mandados para lord Trevegne, no para lady Trevegne —dijo Elysia nerviosamente, procurando calmar la temblorosa excitación que sentía ante la vista de los femeninos baúles, color celeste, y las cajas de sombreros bordeadas de encaje. Tal vez fueran para ella... pero, ¿cómo era esto posible ya que no le habían tomado las medidas, y ninguna costurera había venido a probarle nuevos vestidos?
Lucy, la doncella que Dany había encontrado para Elysia, estaba ya abriendo los grandes baúles, y lanzó un grito excitado cuando levantó la tapa de uno de estos y se vio una cantidad de hermosos y vaporosos vestidos de los colores del arco iris.
—¡Oh, Señora! —exclamó Lucy maravillada, mientras sacaba un vestido de encaje blanco, tenue como una tela de araña, cuyo vuelo flotó alrededor como una nube al sacarlo del baúl.
—Es exquisito —balbuceó sin aliento Elysia, rozando levemente la sutil tela— ¿pero realmente puede ser para mí? —se volvió y miró casi suplicante a Dany.
—Sí, son para usted, querida —dijo Dany abriendo otro baúl, que reveló una cantidad de rasos y terciopelos. Sacó un manto color verde botella, de talle alto y bordeado de piel de zorro salvaje, ¿unto con un bonete y manguito haciendo juego, la amplia ala del bonete adornada también con piel.
—Pero, ¿cómo es posible que estas ropas sean para mí? Nunca me han tomado las medidas, no creo que me queden bien —dijo Elysia preocupada, quitándose las chinelas prestadas que de alguna manera le había conseguido Dany. Sus viejos zuecos habían chocado a Dany cuando vio a Elysia usándolos en el salón. Elysia deslizó su delgado pie en un zapato de cuero verde jade, perfectamente a su medida. Lucy empezó a colgar los vestidos en el armario. Sus otros dos vestidos, apelotonados y abandonados en el suelo, fueron retirados por Lucy con un desdeñoso gesto de su bonita nariz.
—Todo le quedará perfectamente —comentó Dany
mientras observaba a Elysia contemplando el zapato verde— porque yo tomé las medidas de uno de sus viejos vestidos y de sus zapatos.
—Dany, ¿usted hizo eso? ¿Usted ha conseguido todas estas cosas para mí? —Elysia corrió hacia la mujercita y la abrazó en un impulso, estrujando el vestido de terciopelo azul polvo que Dany estaba sacudiendo.
—Bueno, no, yo sólo tomé las medidas. Fue su esposo, lord Alex, quien los mandó hacer... y fue muy explícito en lo que quería que le mandaran de Londres. "Colores vivos" dijo, "verdes y oros. Todo lo que se necesita para un guardarropa completo". Oh, sí, lord Alex sabía lo que quería. Y lo mejor para su esposa —y Dany sonrió orgullosa ante la cara atónita de Elysia radiante como un mago encantado con sus tretas.
—¡Lord Trevegne ordenó estas cosas para mí en Londres ! —exclamó Elysia, dejando caer un leve camisón, como si le quemara los dedos. ¡Había conseguido todas estas cosas para ella, y en tan poco tiempo! Debía de haber tenido cosiendo hasta la medianoche a todas las costureras de Londres para completar su guardarropa... y todo debía de haber resultado muy caro, pensó Elysia, al ver los vestidos desparramados por la habitación. Vestidos de mañana, vestidos de tarde, vestidos de paseo, todos con zapatos y bonetes haciendo juego, capas y mantos, y la mejor ropa interior y camisones de fina batista. Dany abrió otro baúl que reveló, en gloriosos colores, un vestido de baile de raso turquesa, y una túnica verde mar, literalmente salpicada de estrellas. Pudo ver las faldas de otros vestidos asomando por debajo, en un caleidoscopio de colores y telas.
Elysia contempló todos los hermosos vestidos extendidos sobre la cama, incapaz de decidir, ahora que podía hacerlo, cuál era el que iba a ponerse. De pronto vio un vestido de terciopelo verde oscuro. Lo tomó rápidamente, y lo apoyó excitada contra su cuerpo.
—Vamos, ¿que piensa usted ponerse, lady Elysia? —preguntó Dany eligiendo un precioso vestido de mañana violeta, de muselina floreada, con largas mangas estrechas y cantidad de volados en el borde—. Este es un vestido precioso.
—No, me pondré este —dijo Elysia decidida, mientras elegía el traje de montar—. ¡Saldré a montar a caballo!
—¡Lady Elysia! —Dany quedó momentáneamente cortada—. No puede usted salir con uno de los caballos de lord Alex. Sólo permite que los monte Peter, o alguno de sus amigos más íntimos —dijo escandalizada ante la idea.
—Puedo montar igual o mejor que cualquier hombre, y soy lady Trevegne. Tengo derecho —dijo Elysia con terquedad, agradecida por primera vez de ser lady Trevegne y poder darse un placer—. ¿Y qué podrá hacerme lord Trevegne? ¿Acaso no soy su mujer? —preguntó con arrogancia, buscando la confirmación de las dos mujeres silenciosas que la miraban aterradas, con una sombra de preocupación.
—Ayúdeme a vestirme, Dany —pidió Elysia, empezando a desabotonar su vestido—, por favor —añadió suplicante, y un hoyito se formó en el extremo de su boca.
—Está bien, lady Elysia. No puedo negarle nada cuando me mira de esa manera. Es usted capaz de hechizar al mismo diablo... y quizá lo está haciendo ahora —añadió extrañamente la otra, ayudando a Elysia a ponerse un traje de amazona soberbiamente cortado, que se ajustaba a su cuerpo a la perfección, desde los hombros. Elysia lanzó un chillido de placer cuando Dany extrajo un par de botas de montar de la profundidad de uno de los baúles—. ¿Cree que me quedarán bien? —preguntó, dejándose caer sobre la cama, en postura poco digna. Tironeó para ponerse las botas, y después lanzó triunfantes exclamaciones al recorrer la habitación, con una sonrisa traviesa en la cara—. ¡Perfecto!
—Y aquí está el sombrero —una sonrisa curvó la comisura de la boca de Dany al colocar un sombrerito ridiculamente pequeño, con una pluma color lavanda, picarescamente ladeado sobre una de las arqueadas cejas de Elysia—. Ya está. Está lista, de lo demás no sé nada —afirmó Dany resignada, porque sentía que Elysia iba a provocar un desastre.
Elysia se contempló en el gran espejo de la cómoda, estudiando su imagen, pero no encontró nada que reprochar a la figura alta y esbelta, vestida de terciopelo verde oscuro que la contemplaba. El sombrerito de castor y su pluma y las botas hasta la rodilla, con cordones verdes, completaban el atuendo. Apenas se reconoció a sí misma, ahora que no estaba en harapos. Elysia no pudo evitar una sonrisa de satisfacción en sus labios cuando se volvió y vio la admiración de Dany y Lucy, en medio de los vestidos de colores desparramados en la habitación como flores de primavera en un campo.
—Estoy lista —dijo, con una risita mientras pasaba por encima de uno de los baúles para alcanzar un par de guantes. La tintineante risa de Elysia resonó en la habitación antes de que partiera, y Lucy y Dany quedaron mirándose, nerviosas ante la acción precipitada de la joven patrona... pero ninguna de las dos expresó sus temores.
Elysia bajó corriendo la gran escalera y atravesó rápidamente las amplias puertas dobles de la entrada, ante la consternación de Browne, que tranqueaba por el vestíbulo con una bandeja llena de cristales recién lavados y chispeantes. Elysia le lanzó un alegre saludo y desapareció, y la pluma color lavanda fue lo último que vio Browne, que se había detenido moviendo en un gesto negativo su cabeza blanca.
Elysia aspiró la excitante brisa salada que llegaba del océano. Pudo ver aún las tremendas olas mientras marchaba hacia el establo, y al acercarse oyó los apagados relinchos de los caballos, más allá de las anchas puertas del establo.
Elysia entró y quedó en silencio observando la agitada actividad de los palafreneros y caballerizos, notando que el establo era impecable, y con muchos compartimientos. Ya que se trataba de un establo tan grande, sin duda podría encontrar un caballo cuyo uso no molestara a lord Trevegne. Miraba alrededor, esperando dar con el caballerizo mayor, cuando vio una figura baja, nudosa, plantada firmemente en medio de un compartimiento vacío. Daba órdenes a varios muchachos que escuchaban atentamente. Elysia marchó con decisión hacia el hombre con el mentón firmemente en alto.
—Perdone, pero deseo un caballo —dijo, con voz arrogante, creyendo que mostrar autoridad era la mejor actitud que podía adoptar, aunque temblaba por dentro. El hombrecillo se volvió sorprendido al oír detrás de él una voz femenina.
Elysia retrocedió atónita, abriendo varias veces la boca sin poder articular palabra, hasta que, finalmente, de manera casi inaudible, murmuró:
—¡Jims!
El hombre de revuelto pelo gris se frotó los ojos con las manos, y miró incrédulo la figura ataviada de verde.
—Señorita Elysia...
—Oh, Jims, ¿de verdad eres tú? —preguntó Elysia, los ojos pendientes de la pequeña figura, como si temiera que fuera una visión.
—Señorita Elysia. Qué alegría volver a verla —habló con voz entrecortada, los ojos sospechosamente brillantes—. Creí que mis ojos nunca la verían de nuevo.
Elysia sonrió, trémula.
—¿Qué haces aquí, Jims?
—Trabajo aquí, señorita Elysia. Soy el caballerizo principal, y no hay mejor establo en toda Inglaterra —dijo con orgullo.
—Si tú lo diriges no me sorprende —dijo Elysia, mirando alrededor, con admiración.
—Bueno, es su Señoría quien tiene ojo para los pura sangre. Nunca he visto un ojo más acertado... con excepción quizá de su padre, señorita Elysia —añadió con reverencia, siempre leal a su primer patrón y amigo—. Pero, ¿qué hace usted aquí? Su Señoría acaba de casarse, y ha sido para todos una sorpresa, porque creíamos que iba a morir soltero. ¿Esta usted aquí de visita?
—No, Jims. Vivo ahora aquí... ¿sabes? Soy la nueva lady Trevegne.
Jims quedó petrificado ante la noücia.
—¡Se ha casado usted con su Señoría, señorita Elysia!
—su arrugada frente se frunció. Conocía la reputación de su Señoría, y estaba seguro de que este matrimonio no habría contado con la aprobación de los padres de Elysia... aunque personalmente opinaba que su Señoría era recto y jugaba limpio.
—Sí, Jims, lo soy —contestó Elysia, sorprendida de que Jims no pareciera demasiado asombrado al saberla casada con el marqués.
—Bueno, me alegro de que haya usted dejado la casa de aquella mujer —dijo, escupiendo, al pasar la mascadura de tabaco de un lado a otro de la boca—. No es falta de respeto, señorita Elysia, pero nunca la pude tragar. La trataba a usted muy bien, ¿verdad? —preguntó Jims, con expresión feroz ante la idea de que alguien pudiera maltratar a su señorita Elysia.
—Todo ha pasado ya, Jims, y nunca volveré a verla
—contestó Elysia, no deseando explicar más acerca de lo que había vivido y sufrido.
—No puedo creer que vuelvo a trabajar otra vez para usted. Debe de ser el destino lo que la ha traído aquí, señorita Elysia —lanzó una mirada hacia los muchachos que muy atareados limpiaban las caballerizas, y añadió, vacilante—:
Su Señoría no es exactamente como el padre de usted, señorita Elysia, pero le aseguro que en el fondo es un hombre bueno. Trata bien a sus caballos, nunca usa el látigo. Nadie que quiera a los caballos puede ser malo —dijo, aprobando en cierto modo el matrimonio de ella—. Es un hombre raro a veces, pero es honrado.
Elysia, en silencio, estuvo de acuerdo con él. En verdad estaba casada con un hombre raro, ya fuera obra del destino o de la mala suerte, no lo sabía. Ahora era demasiado tarde para cambiar nada, y empezaba a experimentar la verdad del hecho: era lady Elysia Trevegne, la esposa de lord Trevegne, y ya nunca volvería a ser simplemente Elysia Demarice. No podía ignorar este hecho, y tenía que vivir con él.
—¿Así que quiere cabalgar, eh, señorita Elysia? —dijo Jims muy feliz, contento de tener otra vez bajo su cuidado a su protegida favorita—. Ah, ya veo el chisporroteo de sus ojos —añadió riendo.
—¡Si supieras hasta qué punto he esperado y anhelado volver a cabalgar, Jims! Es para mí una fiebre —añadió, siguiéndolo por la hilera de compartimientos.
—¿De manera que hace tiempo que no monta? ¿No ha encontrado buenos caballos para usted? —comentó Jims, comprensivo, sabiendo que no había otra caballeriza que pudiera igualar a aquella... o la de la señorita Elysia.
Elysia rió.
—Encontrar un buen caballo fue la menor de las dificultades, Jims. De hecho no había caballos de montar. Sólo un par de viejos mostrencos para tirar de una carreta pasada de moda.
—¡No ha montado usted entonces! —graznó atónito Jims.— ¡Que Dios ayude a esa mujer... no dejarla montar! Sí, ha sido mezquina, en verdad —gruñó, murmurando maldiciones sobre la cabeza de Agatha.
Elysia sonrió. Si Jims supiera la mitad de las cosas que le había hecho Agatha...
—¿Ha dicho el marqués que eligiera usted algún caballo en especial? —añadió, observándola con cuidado.
—No, la verdad es... que no he pedido permiso a su Señoría para montar —dijo Elysia con sinceridad.
—No lo ha hecho, ¿eh? —dijo él, frotándose el mentón.— Bueno, no sé entonces si se lo puedo permitir, señorita... o lady Elysia. Es realmente muy quisquilloso cuando se trata de que monten sus caballos.
—Jims —dijo Elysia, con reproche—. Tú, mejor que nadie, sabes que puedo montar mejor que cualquier hombre. Entre tú y mi padre he tenido los mejores maestros del país —añadió, directamente.
—Ah, eso es verdad —asintió Jims, con orgullo, porque conocía muy bien la habilidad de ella, de la cual él era responsable en parte.
—Quiero montar ahora, Jims. No puedo esperar y, además, lord Trevegne está lejos de la propiedad. Cuando vuelva ya será mediodía, o más tarde. Por favor, Jims —dijo, insistente—. Incluso montaré una vieja yegua, si no puedo disponer de otra cosa —añadió Elysia desesperada... y un tanto demasiado inocentemente.
Jims irguió su escasa estatura, y pareció ofendido.
—Vamos señorita... lady Elysia —se corrigió, porque le costaba trabajo adaptarse al nuevo tratamiento— me conoce usted lo bastante como para saber que sólo la dejaré montar lo mejor.
—Sé que no te gustaría... pero si no puede disponer de otra cosa... lo prefiero antes que crear molestias, Jims —contestó Elysia, para aplacarlo.
—Veamos qué podemos encontrar para usted —dijo él, inspeccionando varios caballos de piel satinada, que a Elysia le hubiera encantado montar, pero no se detuvo. Ciertamente su marido sabía elegir buenos caballos, tuvo que reconocer, mientras pasaban junto a caballos que podían ser campeones. Sin duda Jims iba a encontrar alguno para que ella montara, pensó preocupada, cuando llegaron al último compartimiento... algo separado de los otros.
—Bueno, no sé si le gustará este, pero puede probarlo si quiere —dijo Jims, con una expresión de duda en el rostro.
Elysia miró el compartimiento, curiosa por ver el que finalmente Jims había elegido, y contuvo el aliento al ver los flancos blancos, lisos, musculosos.
—¡Ariel! —exclamó Elysia, abriendo el portal y yendo hacia el gran caballo que volvió la cabeza al reconocer su voz. Al recordarla relinchó suavemente, puso la cabeza contra el cuello de ella y resopló con fuerza.
—¡Ariel, oh, Ariel! —murmuró ella, mientras las lágrimas inundaban sus mejillas. Acarició la aterciopelada nariz y estrechó entre sus brazos el musculoso pescuezo.
—Bueno, veo que no se han olvidado el uno del otro
—exclamó finalmente Jims, con voz sofocada por la emoción.
Elysia soltó a Ariel y se volvió a mirar al hombrecillo con una expresión de gratitud en sus ojos verdes. En un impulso lo abrazó, plantando un beso en la correosa mejilla, incapaz de expresar sus sentimientos con palabras. Ariel se frotaba contra su espalda, relinchaba otra vez para llamarle la atención, y ella se volvió hacia el animal y murmuró suavemente en su oreja levantada.
—Ah, los dos se pertenecen y nadie ha podido montarlo, ni siquiera su Señoría, que sabe tratar a los caballos como rara vez he visto. Pero Ariel no quiere dejar que lo toque... desde hace ya dos años. De todos modos, el marqués no ha querido destruirlo o venderlo... dice que es un animal demasiado hermoso para mandarlo fuera del mundo, aunque al parecer sea caballo de un solo amo. Y como sabe que yo lo conozco y lo cuido, ha dejado que el animal se salga con la suya. Lo hemos dedicado a la reproducción, ya hay un par de lindos potrillos por aquí, y su Señoría está verdaderamente orgulloso de ellos.
—No lo puedo creer, Jims —logró decir Elysia, entre lágrimas— veros a los dos de nuevo, cuando creía que el pasado estaba muerto, habitado sólo por los fantasmas de la gente, y de las cosas que he amado —Elysia suspiró profundamente—. ¡Si supieras cuántas veces he pensado en ti y en Ariel! Me preguntaba qué habría sido de ambos, y si el nuevo amo de Ariel sería bueno con él. Y ahora aquí está... mi Ariel. Parece demasiado fantástico para creerlo.
—No, no es fantástico... después de todo, el marqués tiene las mejores caballerizas de Inglaterra, y no es de extrañar que quiera a Ariel... que es un caballo tan bueno
—explicó Jims—. Pero reconozco que estaba muy preocupado el día que partimos para Londres. Llegamos bastante bien, pero fue la subasta lo que me tuvo con el corazón en un hilo. No quería separarme de él, con todos aquellos jóvenes ansiosos de tratarlo a látigo, que lo examinaban, y
comprendiendo que Ariel no iba a dejar a ninguno montar sobre su lomo. Pero entonces se presentó su Señoría, y lo compró enseguida. Me había visto trabajando con Ariel antes de la subasta y le gustó mi estilo, de modo que, como quien dice sin darme cuenta, me encontré trabajando para él, y trayendo aquí a Ariel. Le dije que no tenía referencias, porque mi último patrón había muerto, pero él dijo que lo único que necesitaba saber era lo que me había visto hacer con el caballo.
—¡De modo que tú y Ariel habéis estado aquí... a salvo todo este tiempo! Me siento aliviada —Elysia dio la espalda al gran caballo y plantó un beso en la nariz de Jims—. ¿Sabe lord Trevegne que Ariel es mi caballo... que lo fue? —preguntó Elysia.
—Bueno, cuando Ariel no dejó que lo montara, preguntó a quien había pertenecido antes, pero cuando le dije que a una mujer... bueno, puso una sonrisa torcida, se burló un poco y dijo: "Entonces no me sorprende de que sea tan difícil" , aunque quedó un poco sorprendido de que una mujer pudiera manejar un potro tan grande. Recuerdo que dijo que debía de tratarse de alguna feroz amazona, o lo que fuera. Y después no hizo más preguntas.
—¿Una amazona, dijo? —preguntó Elysia, sintiéndose extrañamente impresionada. Se encogió de hombros rechazando aquel sentimiento... ¿acaso le importaba lo que él pudiera pensar de ella?—. ¿Damos una vuelta, Ariel? Apostaría que la has echado tanto de menos como yo en mi exilio. ¿De acuerdo, Jims? —Elysia esperó el asentimiento.
—Sí, señorita Elysia, vamos a ensillarlo. Se detuvieron ante un compartimiento cerrado y, al abrirlo, Jims mostró a Elysia un potrillo recién nacido, con la piel revuelta y húmeda, balanceándose sobre las vacilantes patas. Ariel resopló detrás del hombro de Elysia, y la yegua que protegía con su cuerpo a la cría relinchó suavemente en respuesta. Elysia miró el potrillo con nuevo interés.
—Tendrá que tener mano firme con Ariel, ahora que es un padre orgulloso —dijo Jims con una risita.
—Entonces este es hijo de Ariel —dijo Elysia suavemente, enamorada de inmediato del débil potrillo que apenas se tenía en pie.
Elysia sentía diferentes emociones cuando sacaron al brioso Ariel al patio de las caballerizas. Exteriormente eran iguales, pero el tiempo los había cambiado. Ariel y ella ya no estaban tan unidos como antes. Habían corrido descuidados por los campos formando un solo ser, pero ahora Ariel tenía su yegua... y ella, Elysia, pertenecía al marqués.
Jims ensilló el caballo con los peones del establo y los asistentes que estaban alrededor, embobados ante el gran potro blanco a quien nadie podía acercarse, y que acariciaba ahora con suavidad la cara de la hermosa dama de verde.
Jims ayudó a montar a Elysia y la previno:
—Con cuidado, señorita Elysia. Tienen ambos tiempo de sobra para volver a ponerse de acuerdo, no hay prisa, no quiera correr más que el viento.
Elysia saludó con la mano, y ella y Ariel salieron trotando tranquilamente del patio, pero no engañaron a Jims, quien supo que saldrían corriendo en cuanto dejaran aquel lugar.
Elysia se dirigió hacia el este, galopando por el camino que unía Westerly con la aldea de St. Fleur, y con el camino principal que iba tierra adentro. Se detuvo en un promontorio, procurando decidir hacia qué lado seguir, y miró hacia la gran casa en forma de H donde el Gran Salón formaba la barra de esa H. Westerly parecía atisbar el mar, plantada sobre su promontorio de rocas. La bandera del marqués flotaba en la brisa, proclamando que residía allí en aquel momento: y los colores negro, oro y rojo brillaban en el cielo.
Lanzando una última mirada al mar, Elysia marchó tierra adentro, galopando salvajemente por los senderos entre los prados, mientras el aire fresco acariciaba sus mejillas. Los anaranjados y amarillos del paisaje otoñal se mezclaban en una confusa mancha de color, ante los cascos que pasaban.
Saltaron un muro de piedra en un ágil movimiento;
los cascos de Ariel lo dejaron muy por debajo, y siguieron recorriendo la gran extensión de terreno, arrojando el barro tras las pesadas patas. ¡Se sentía tan libre... tan segura, al galopar sobre el lomo del gran caballo blanco, y sabiendo que su querido Jims la esperaba en el establo! Fácilmente se imaginaba volviendo a su hogar tras un trote mañanero, su hermano corriendo a su lado para alcanzarla, reprendiéndola con una sonrisa por su tonta audacia.
Elysia casi podía oír los cascos resonando furiosos tras ella, e involuntariamente miró por encima del hombro, sólo para ver que un jinete disminuía la distancia entre ellos. Por un instante pensó que su sueño se había hecho realidad, al contemplar la figura familiar, después reconoció el gran caballo
negro, y supo que no era su hermano, sino el marqués, que trataba de alcanzarla. Elysia sintió una chispa de desafío y excitación corriendo por sus venas cuando instó a Ariel a apresurar el paso, la crin flotante a medida que aumentaban la distancia. Pero lord Trevegne seguía ganando terreno, hasta que finalmente se puso a la par. Extendió el brazo y tiró de las riendas de Ariel, disminuyendo la marcha hasta que ambos se detuvieron, uno al lado del otro.
—¡Infierno y condenación! ¡Qué diablos...! —empezó lord Trevegne, pero se interrumpió de golpe al ver quién era el jinete—. ¡Elysia! —exclamó incrédulo, y sus ojos llamearon en su cara pálida—. ¿Qué diablos haces en este caballo? Nadie lo monta. Es peligroso —se estiró y trató de levantar a Elysia de la montura, tomarla entre sus brazos, pero ella le arrebató las riendas e hizo corcovear a Ariel, quedándose fuera del alcance de él y dejando que el caballo se irguiera, amenazador, con los cascos en el aire.
—Evidentemente está usted equivocado, milord, porque, como puede usted ver claramente, yo lo estoy montando —dijo Elysia, tremendamente divertida a costa de lord Trevegne.
—Sí, lo puedo ver claramente, aunque es un misterio cómo has logrado hacerlo. ¡Podrías estar en el suelo, con el cuello roto! —dijo tersamente, haciendo un esfuerzo evidente para controlarse. Su caballo negro pateó nerviosamente el suelo, al sentir la furia de su amo.
—No es un misterio, lord Trevegne, puesto que usted dijo una vez que yo era una bruja... si no recuerdo mal, de manera que estoy utilizando mis poderes —dijo Elysia, sin poder resistirse a la broma.
—No supuse que hubieras olvidado esa ocasión, Elysia —replicó él, ambos muy conscientes de la referencia. Siempre se las arregla para tener la última palabra, pensó ella, resentida.
—¿Cómo lo has sacado de las caballerizas? He dado órdenes estrictas de que nadie debe acercársele —dijo él severamente, pero intrigado por la hazaña de ella.
—Asumo toda la responsabilidad por haber elegido el caballo que me ha dado la gana —explicó ella rápidamente, en defensa de Jims, sobre quien iba a caer la culpa.
—Caramba, no tienes derecho a pasar por encima de mi autoridad. Mi palabra es ley. Ese Jims te ha dejado sacar a Ariel, sabiendo el peligro y que lo he prohibido, debe de estar loco... y haré que...
—No hay ningún peligro, y Jims lo sabe.
—¡Que no hay peligro! Por Dios, si alguien conoce este caballo, ese es Jims. Concedo que te mantienes sobre él, pero es peligroso. Jims ha sido un tonto en permitir que lo montaras. Dios, él ha entrenado a esta bestia y...
—...y yo era su dueña —reconoció Elysia tranquilamente, observando la sorpresa en los ojos de él, cuando los pesados párpados se levantaron un momento para lanzar todo el efecto de aquellos ojos dorados.
—¿Era tuyo? —preguntó incrédulo. El marqués la miraba como si le hubieran crecido cuernos, pensó Elysia divertida.
—Sí, Ariel era mío, hasta que me vi forzada a venderlo en subasta, junto con todo lo que poseía mi familia, para pagar las deudas cuando murieron mis padres.
El marqués miró fijamente a Elysia, y sus ojos se achicaron como si pensara, mientras contemplaba la cara desafiante de ella.
—¡De modo que tú eras la dueña de Ariel! Ahora comprendo por qué ha sido tan terco y difícil. Se parece a su dueño cuando rehusa ser montado —añadió suavemente.
Elysia contuvo el aliento ante la cruda comparación, sus ojos lo miraron despectivos y dijo con acidez:
—Parece que ambos somos muy escogidos en nuestros gustos.
—Qué tremenda circunstancia para lady Trevegne, ya que yo soy el amante esposo —dijo él amenazadoramente, bajándose con rapidez y levantando a Elysia de la montura con un movimiento inesperado. La sostuvo firmemente entre sus brazos, dominándola con su fuerza.
Elysia luchó inútilmente, mirando furiosa la expresión furiosa de él, temiendo haberlo provocado demasiado.
—¿De modo que no te importan mis caricias, mis besos? —murmuró con voz ronca, antes de que su boca se posara en los labios de ella, oprimiéndolos con furia, lastimándolos. La dolorosa presión se suavizó sobre los labios de ella, hubo un movimiento persuasivo... separándolos, invadiendo su dulzura. Este alterado y amable ataque fue más devastador que la brutalidad anterior. Ella estaba acurrucada contra el duro pecho de él que seguía besándola decidido, hasta que sintió que el cuerpo de ella se aflojaba y Elysia lanzaba un débil suspiro de entrega.
—¿Estás segura de que no te gustan mis besos, Elysia? —preguntó él, contra la boca suavemente temblorosa. Ella tenía los ojos cerrados, se negaba a mirar los ojos dorados de él... sabiendo que iba a encontrar burla en ellos—. Mírame, Elysia —insistió, sacudiéndola un poco.
Elysia abrió al fin los ojos y lo miró, con una mirada que reflejó el odio que sentía por él en las doradas profundidades.
—Algún día tendrás que reconocer tus verdaderos sentimientos, Elysia... te obligaré a hacerlo —dijo él con arrogancia, su orgullosa cabeza oscura muy erguida mientras miraba hipnóticamente la ruborizada cara de ella.
Se acercó hacia donde Ariel estaba pastando y volvió a colocar a Elysia en su montura, lanzando una carcajada profunda y violenta ante el evidente alivio de ella al sentirse libre de sus brazos. Elysia le lanzó una mirada asesina e hizo girar a Ariel, forzándolo al galope en dirección a la casa. El marqués la siguió, manteniéndose fácilmente a la par de Elysia.
—Ariel es ligero, Elysia, pero Sheik lo es más. No puedes adelantarle, ¿sabes? —hizo una mueca ante el mentón firme de ella, pero Elysia sintió la intención en su voz.
Logró contestar con tranquilidad:
—Sheik es un hermoso caballo, y probablemente es más rápido que Ariel. Aunque Ariel tiene fibra... ¿puede usted decir lo mismo de Sheik? —preguntó.
—Puedo forzarlo mucho, y rara vez se resistirá, o se encabritará. Se defiende, no temas. Me doy cuenta de que has aprendido a montar bien. No cabe duda de que Jims era caballerizo en tu casa desde que tú eras una niña. En verdad debo admitir que jamás he visto a nadie montar mejor sobre una silla que tú, querida —se vio obligado a reconocer al ver cabalgar a Elysia... con una nota de admiración en la voz.
—Sí, Jims fue un maestro soberbio, al igual que mi padre. Gracias, milord, por el cumplido —replicó Elysia, exaltada por el elogio, y añadió con un poco de mala gana—: También he notado que maneja usted extremadamente bien a Sheik.
El marqués lanzó una gran carcajada, verdaderamente divertido.
—Es el primer cumplido que me hace mi mujer. Realmente es una ocasión histórica... no sólo descubro que mi esposa casi monta mejor que yo, y en un caballo que nadie más puede montar, sino que también su acerba lengua puede tener un poco de dulzura cuando lo desea.
Elysia le lanzó una mirada desdeñosa bajo sus cejas contraídas, pero él siguió riendo profundamente, ignorando el mentón erguido de ella y su boca en un gesto malhumorado. Galoparon hacia la casa que se veía a lo lejos donde las empotradas ventanas reflejaban la luz del pálido sol matutino, que luchaba por dominar el cielo nublado.
Elysia respiró con sorpresa y maravillada al mirar hacia Westerly, inconsciente de ser observada por lord Trevegne, hasta que él preguntó, interesado:
—¿De verdad te gusta mi casa? A la mayor parte de la gente le parece demasiado aislada y desolada para visitarla por un tiempo... ¡mucho más para vivir!
—Es aislada, pero siempre he vivido en el campo, y en lugares menos poblados que los Home Counties. Prefiero los grandes espacios abiertos a la abarrotada y ruidosa vida de la ciudad.
—Hay ciertas ventajas, como las diversiones, que sólo pueden encontrarse en la vida en Londres.
—Sí, estoy segura de que ha aprovechado usted todas las "diversiones", milord —Elysia hizo una intencionada pausa sobre la palabra—. Pero si uno sólo puede permitirse un tipo de vida... prefiero mil veces la vida en el campo a la existencia en Londres. Los que pueden permitirse ambas cosas pueden viajar cuando se aburren, cosa realmente envidiable, porque entonces se disfruta lo mejor de ambos mundos.
—Mi mujer no envidiará ninguno de los dos —dijo lord Trevegne con arrogancia— porque poseo muchas propiedades, y una casa en Londres que utilizaremos durante el año.
—Echaré de menos Westerly —confesó Elysia, un poco de mala gana. No deseaba admitir que le agradaba algo que pertenecía a él—. Es una casa muy interesante, especialmente el Gran Salón, con sus mosaicos y ornamentos españoles.
Lord Trevegne sonrió ante el elogio.
—Casi puede decirse que el salón es nuestro cuarto de los trofeos. Mis antepasados disfrutaban de estos objetos con añadido entusiasmo... son saqueos del siglo XVL También era un poco audaz adornar el salón con cosas españolas y con su arquitectura, cuando Inglaterra estaba en guerra con España. Uno de mis antepasados dijo a la reina Isabel que disfrutaba regodeando sus ojos en los
trofeos de los vencidos... trofeos de un pirata de éxito... En verdad creo que admiraba y quería esos trofeos españoles... y que reconocía algunos como obras de arte sin igual —el marqués se interrumpió, con deleite, al ver la expresión de disgusto de Elysia cuando él describía a sus antepasados—. Me pregunto cómo habrían tratado mis antepasados a una muchacha tan briosa como tú, querida. Dudo que te hubiera gustado. Aunque he oído que mis antepasados eran encantadores en la corte, y que rivalizaban quizá con sir Walter Raleigh en cortesía caballeresca.
—Al parecer, en ese sentido ha heredado usted muy poco, y quizá demasiado de los instintos piratas —dijo Elysia con sarcasmo.
—Ya sabía que era demasiado buena... que no podía durar esa falsa dulzura tuya. Tendré que prescribirte una cucharada de mil cada mañana para dulcificar esa agria disposición de ánimo —dijo lord Trevegne, amenazando un poco— porque no estoy acostumbrado a que me hablen de manera tan irrespetuosa. Tienes que mostrar un poco más de afecto cuando estemos delante de gente, querida. Procura presentarte como una esposa amante, y yo fingiré ser tu devoto esclavo.
Elysia se salvó de contestar con furia por la llegada al patio de las caballerizas, donde lord Trevegne desmontó con rapidez y levantó a Elysia para que descendiera, antes de que ella pudiera protestar. Sus manos fueron duras y crueles en la pequeña cintura, mientras la sostuvo un momento, y ambos se miraron a los ojos, contemplando su drama. El echó hacia atrás la pluma color lavanda del sombrero de ella con un dedo descuidado, y la soltó mientras lanzaba una mirada de reprimenda a Jims, que estaba de pie en silencio, temeroso, en la puerta de los establos.
—De no haber sabido de antemano hasta qué punto mi mujer es una bruja, Jims, estarías ahora fuera de Westerly, y de Cornwail, por desobedecer mis órdenes. Elysia sabe cómo dar vuelta a un hombre con el meñique para salirse con la suya, y supongo que tiene años de práctica contigo. Pero de ahora en adelante espero que mis deseos sean lo primero. Contesta, Jims.
Jims se adelantó, con el alivio escrito en la cara.
—Ay, Señoría, no creí que a usted le molestara que ella montara a Ariel, ya que la señorita Elysia lo ha criado desde que era un potrillo. Y parece que a ambos les gusta el ejercicio—contestó, sonriendo a Elysia—. ¿Han disfrutado usted y Ariel del paseo?
—Eso puedo contestarlo yo —dijo lord Trevegne sombríamente—. La vi a ella y a ese maldito caballo corriendo locos por el páramo, apenas pude creer con mis ojos... y fue infernal alcanzarlos. En lo futuro saldrás con un caballerizo o conmigo... nunca sola. Y puedo preguntar, Jims, ¿por qué estaba ella sola? —preguntó suavemente, volviéndose hacia Jims con el entrecejo fruncido.
—No me pareció que tuviera sentido. Señoría, porque la señorita Elysia no iba a perder el caballo —contestó Jims en tono práctico.
—Razonable como siempre, Jims, pero lady Elysia es ahora mi mujer, y saldrá siempre con un caballerizo... o no saldrá —previno a ambos.
Jims soltó una risita moviendo negativamente la cabeza, mientras los veía marchar hacia la casa, formando una pareja muy notable. Era probable que los Demarice no hubieran deseado al marqués como marido de su hija, pero él empezaba a creer que su Señoría tenía exactamente lo que necesitaba Elysia: una buena mano firme que la guiara. Era probable que él fuera un poco loco y tuviera mala reputación, pero estaba por encima de los demás, pensó Jims, aunque no fuera el tipo de hombre jovial a quien le gustan las bromas. Se había sorprendido al enterarse del casamiento de su Señoría, pero, como la esposa era la señorita Elysia, podía entender por qué su Señoría había abandonado la soltería. No había nadie más preciosa que la señorita Elysia. Debía de ser un caso de amor a primera vista, porque él sabía mejor que nadie que la señorita Elysia no tenía dinero, y su Señoría era de lo más rico... de todos modos se notaba, por la forma en que la miraba, que estaba loco por ella. La señorita Elysia es una muchacha de mucha suerte, pensó, silbando alegremente mientras volvía a los establos.
Elysia se estremeció al entrar en el Gran Salón con las glorias obvias de la guerra y de la sangre, y algo de la belleza que había admirado antes se borró ante sus ojos al mirar alrededor.
Como adivinando sus pensamientos, lord Trevegne dijo:
—Esas cosas pasaron hace mucho tiempo, y no hay fantasmas dentro de estas paredes.
—Ya lo sé, pero me entristece pensar que estos objetos fueron arrebatados a otros —comentó ella, señalando una hilera de cálices de oro incrustados con joyas, exhibidos en brillante despliegue sobre una mesa de mármol que se apoyaba contra una de las paredes.
—En cualquier confrontación siempre hay un vencedor... y un vencido. Tú, especialmente deberías darte cuenta —dijo él, tomándola firmemente del codo y conduciéndola por la gran escalera.
Cuando entraron en su salón, Elysia recordó que no le había agradecido el nuevo vestuario enviado desde Londres, y se volvió bruscamente para mirarlo de frente, con una tímida sonrisa que curvaba sus labios.
—Olvidé, en la excitación de montar a Ariel, agradecerle las ropas que me hizo usted confeccionar tan rápidamente en Londres. Ha sido muy amable de su parte —añadió, vacilante.
—¿Amable? En modo alguno, querida. Simplemente no he querido que me avergüences delante de mis amigos, vestida apenas un poco mejor que si fueras una criada. De hecho, el personal de mi casa estaba mejor vestido que tú, y ya deben de haber chismorreado bastante sobre esto —explicó con voz cansada.
—¡ Oh, qué hombre tan insufrible! ¡ Creo que lo detesto más que nunca! —exclamó Elysia, y le ardieron incómodamente las mejillas—. Nunca volveré a darle las gracias por nada. Señoría —le apartó con fuerza y salió corriendo de la habitación, golpeando la puerta tras de sí, y dejando a lord Trevegne inmóvil, sin palabras.
Elysia se arrancó el sombrero de la cabeza y se arrojó sobre la cama, hundiendo la cara entre los brazos cruzados sobre la almohada. ¡Qué bestia! pensó furiosa. ¿Acaso podría entenderlo algún día? En un momento bromeaba con ella, en otro la besaba, y le cortaba la cabeza al minuto siguiente. Ciertamente la vida no era fácil, pensó con desánimo, al recordar los besos apasionados que él le haba dado en el páramo. El tenía razón, pensó con disgusto. Ella quería que él la besara... al menos a veces experimentaba aquella extraña necesidad, pero casi todo el tiempo se sentía capaz de asesinarlo despiadadamente... sin sentir después remordimientos.
Elysia se frotó fatigada la frente y se puso de pie. ¿Cómo era posible que deseara ser besada por un hombre tan cruel?, pensó exasperada. Se despreciaba a sí misma por su debilidad. Debería ponerse uno de sus viejos vestidos de lana y ver qué tenía que decir su Señoría ante esto, pensó desafiante. Elysia buscó entre las hileras de vestidos, pero no pudo encontrar los que quería entre aquellos colores de pavo real, y tampoco encontró sus viejos zapatos ni su capa. Dany debía de haberlos tirado cuando acomodó los nuevos vestidos.
Bueno, lo cierto es que tampoco tenía ganas de volver a usarlos, aunque lo hiciera para enfadarlo. Tironeaba para quitarse las botas cuando apareció Lucy con un par de doncellas, trayendo una bañera y baldes de agua caliente.
—La señora Danfield ha pensado que usted querría refrescarse después de la cabalgata, lady Elysia —dijo la muchacha tímidamente, mirando a Elysia como si se tratara de un fantasma.
—Gracias, ¿quieres ayudarme a quitarme las botas? —preguntó esta, cuando Lucy y una de las muchachas avanzaron, con aire asustado.
—¿Qué pasa? —preguntó Elysia, mientras las dos doncellas miraban con ojos desorbitados.
—Oh, nada, lady Elysia—masculló Lucy, ayudándola a desatar los cordones de las botas con dedos temblorosos.
—Dime, Lucy —insistió Elysia, al ver que la muchacha temblaba ante el contacto de su tobillo.
—¡Oh, Señoría! ¡Ha montado usted el caballo! ¡El caballo que ni siquiera milord puede montar, y él es casi el mismo diablo! —giró los ojos nerviosamente.
—Oye, Lucy, y oíd vosotras dos: no quiero que andéis con cuentos de brujerías en esta casa —dijo Elysia a las doncellas que estaban de pie, encogidas, juntas—.
Ese caballo era mío antes de que lo trajeran aquí. Yo lo crié desde que era un potrillo de patas vacilantes y piel suave. Sólo me ha conocido a mí, y no permitirá que nadie más lo monte —explicó con impaciencia, observando el alivio en las tres caras—. ¿Conocéis a Jims, no? Y confiáis en él? —ellas asintieron bajando la cabeza, con sus cofias—. Bueno, me conoce a mí desde que yo era un bebé, y puede garantizar que carezco de poderes mágicos —dijo Elysia, extendiendo las manos en ademán de súplica.
Las tres muchachas sonrieron y soltaron unas risitas mientras preparaban el baño, y Lucy la ayudó eficazmente a vestirse después.
Si realmente tuviera poderes mágicos encontraría la manera de salir de la situación en la que se encontraba, disponiendo de una vez por todas de su Señoría, pensó Elysia con deleite, mientras descendía lentamente la escalera. Llevaba un vestido de muselina blanca, bordado con flores azules y verdes, y sujeto con lazos de terciopelo verde bajo los pechos. Los extremos de la cinta caían por su espalda hasta el borde de la tela, y llevaba unos lazos similares en las mangas largas y en el cuello alto. La habían peinado en alto, al estilo griego, y los abundantes rizos rojizos caían en cascadas sobre su hombro. Era raro que los vestidos nuevos pudieran dar una sensación de
confianza y de respeto por uno mismo. Ya no tenía por qué sentirse avergonzada de su apariencia... ¡ni la de nadie!
Elysia caminó sin ruido atravesando el suelo de mosaicos del gran Salón con sus zapatos de cabritilla verde. Un lacayo abrió la puerta del salón y, al entrar, Elysia vio al marqués conversando con un robusto caballero sentado cómodamente en uno de los sillones junto al fuego. Se pusieron de pie cuando entró Elysia, y los ojos dorados de lord Trevegne recorrieron su figura con un gesto de aprobación cuando ella avanzó.
—Mi esposa, lady Trevegne —dijo el marqués, con algo que casi sonaba a orgullo en su voz. Pero ella lo conocía demasiado bien para creer en esto—. Elysia, permite que te presente a nuestro vecino más cercano, el hidalgo Blackmore.
El caballero tomó la mano de Elysia y se inclinó torpemente.
—¡Un placer, lady Trevegne, y lo felicito a usted, lord Trevegne, por la belleza de su esposa!
El marqués asintió inclinando la cabeza con arrogancia para agradecer el cumplido, mientras Elysia se preguntaba qué podía importarle la belleza de ella. Se sentó muy compuesta, con una sonrisa serena en los labios, y escuchó los locuaces comentarios del caballero Blackmore.
—Apenas pude creer a mis oídos cuando me enteré en Londres de que finalmente lo habían pescado, Trevegne. A Louisa se le romperá el corazón —afirmó en voz alta, como si todavía le resultara difícil creerlo.
—¿Y cómo se enteró usted de la noticia? —preguntó lord Trevegne con curiosidad.
—Bueno, apareció en la Gazette, pero primero me enteré en las tiendas —dijo blandamente.
—¡En las tiendas! —exclamó lord Trevegne, sorprendido, y después rió.
—Bueno, encargó usted un ajuar completo para su novia, y lo exigió con una prisa desusada, según he oído. Tenía que saberse —explicó elogioso a Elysia, que estaba furiosa ante la expresión divertida del marqués.
—¿No oyó usted nada más... aparte del hecho de que me había casado? —preguntó Trevegne tranquilamente.
El hidalgo Blackmore pareció incómodo un momento, sus ojos hundidos miraron la habitación nerviosamente.
—Bueno, no mucho en realidad. Ya sabe que siempre hay rumores acerca de su Señoría —rió de manera inmoderada, lanzando a Elysia otra mirada de alabanza.
—Todavía no puedo creerlo —dijo a Elysia—, esperaba que su Señoría se casara con mi hija, Louisa. Está loca por él. Naturalmente que entiendo perfectamente por qué se ha casado con milady; en verdad lo entiendo.
Se puso de pie rápidamente, como si de pronto hubiera recordado algo.
—Bueno, debo irme, de todos modos quería darle mis felicitaciones e invitarlo a cenar con nosotros una noche. He llegado de Londres hace unas horas, junto con varios huéspedes que descansan del largo viaje. Le ruego que venga, aunque entiendo que desee quedarse solo —dijo amable, inclinándose de manera exagerada—. Lady Trevegne, ha sido un placer... lord Trevegne...
Lo vieron escabullirse, dejando la habitación antes que el lacayo que lord Trevegne había llamado pudiera acompañarlo hasta la puerta.
—Realmente no ha tardado mucho la noticia en llegar a Londres —comentó lord Trevegne, encendiendo un cigarro—. Sin embargo esperaba al buen caballero antes. Estoy un poco desilusionado.
—¿Por qué esperaba al caballero Blackmore?
—Porque, mi querida esposa, ese caballero tenía la esperanza de casar a su hija... creo que se llama Louisa... conmigo desde hace unos años. De hecho, en caso de no haberte conocido tan... inesperadamente, hubiera pensado en esa muchacha. Tiene algunos buenos puntos a su favor, si es que la recuerdo correctamente. Es muy tranquila, nada pretenciosa, uno apenas se da cuenta si está presente. Todo lo contrario de ti, querida; el único inconveniente, claro, hubiera sido tener al caballero como pariente... es demasiado; incluso como conjetura.
—Qué lástima que yo no tenga intenciones de quedar bien con usted y de volverme manejable —dijo Elysia sonriendo dulcemente, pero la sonrisa no llegó a sus ojos verdes.
—No temas haberme desilusionado, querida, porque generalmente no hago apuestas a largo plazo, y sólo cuando son una cosa segura. Contigo, querida, nunca estoy seguro de nada —sonrió de lado—. Aunque debo decir que el caballero ha logrado ocultar bastante bien lo que debe de haber sido una desilusión que lo ha trastocado todo, teniendo en cuenta que sus ambiciones se han visto
arruinadas por tu presencia.
—Creo que a usted le agrada destruir las esperanzas de los otros.
—No, realmente no. Pero el caballero se había vuelto una molestia, procurando meterme a su hija por los ojos, sólo para lograr su ambición de tener un yerno con título, y añadir mi dinero a sus propiedades. Desgraciadamente para él, mis propiedades serán para mis herederos... no podrá tocarlas.
—No entiendo. Tiene usted dinero, buen físico y salud. Y desprecia a todo el mundo. ¿Por qué? Tal vez sea que se desprecia a usted mismo y en lo que se ha convertido —dijo Elysia audazmente, mirando fijo los llameantes ojos dorados.
El tomó los brazos de ella en un apretón fuerte, y casi fue insultante al decir:
—Vas demasiado lejos, Elysia, porque, después de todo, estás casada con esa cosa en la que dices que me he convertido... —la apartó de sí y salió a zancadas de la habitación, dejándola sola y temblorosa.
8
¡Hombre impío y malo eres!
Dulce señora, déjala con sus ruegos, su sueño y sus ensueños, sola con sus buenos ángeles, muy lejos de hombres malos como tú. ¡Fuera, fuera... lo ordeno!
Keats
Elysia paseaba inquieta de un lado a otro frente a un gran peñasco gris, dando patadas a las piedrecitas que encontraba en su camino. El débil sol no había logrado afirmarse y se ocultaba detrás de las distantes colinas, llevándose consigo su pálida luz. El viento castigaba el borde de su falda al soplar helado a su alrededor, y era como un fresco bálsamo para sus mejillas encendidas y sus inquietos nervios.
El almuerzo había sido un desastre, y lord Trevegne, furioso, la había provocado en su enfado, que ardía peligrosamente desde que ella había osado opinar sobre su carácter. Finalmente, Elysia, no pudiendo soportar más los insultos, había salido como una tromba del comedor, dejando sin tocar la comida, sin tomar en cuenta la expresión de ultraje ofendido de lord Trevegne, y las caras sorprendidas de los criados ante su brusca partida. Elysia había corrido al santuario de su dormitorio, sólo para descubrir que las paredes de la habitación la oprimían mientras estaba sentada meditando... llena de lástima de sí misma. Finalmente se había puesto el traje de montar, y rápida y sigilosamente había huido de la atmósfera tensa e incómoda de la casa... sin decir una palabra a nadie. Ella misma ensilló a Ariel —por suerte Jims no estaba en los establos— y galopó triunfal y desafiante en la tarde cargada de tormenta.
Elysia no tenía idea de cuánto tiempo había vagado entre los peñascos contemplando como pastaba Ariel, cuando oyó el ruido de cascos y se volvió, esperando ver la ensombrecida frente de su Señoría. En lugar de esto vio una pulcra yegua zaina, con una amazona vestida de azul, que venía hacia ella.
—Buenas tardes —dijo la muchacha al acercarse a Elysia, que había interrumpido su paseo, y observaba con curiosidad a la amazona. La muchacha era esbelta, con pelo castaño claro y ojos gris humo. Sus mejillas estaban enrojecidas por la cabalgata en el aire fresco.
—Soy Louisa Blackmore —dijo con una vocecita dulce— y vivo en Blackmore Hall... a unas millas de aquí. Es grosero que me presente de este modo, pero rara vez hay desconocidos en estos sitios. Por eso no he podido pasar de largo sin preguntar quién es usted y si, de hecho, está usted perdida —miró a Elysia con preocupación.
—No, no estoy perdida, simplemente salí a cabalgar antes que estallara la tormenta, lo que temo sea pronto. Yo soy Elysia Dem... Trevegne —contestó Elysia, sonriendo a la otra muchacha.
—¡Trevegne! —Louisa Blackmore pareció desconcertada un momento, después, recobrándose, exclamó—:
¿Entonces es usted lady Trevegne, la nueva esposa de lord Trevegne?
—Sí, y usted es la hija del caballero Blackmore. Lo he conocido hoy, más temprano.
—Oh, realmente es un placer conocerla, lady Trevegne —dijo Louisa extendiendo con decisión su mano enguantada—. Siento que no he dado un paso en falso y sido demasiado entrometida... siempre me reprenden por eso... pero ya que ha oído hablar de mí, y no soy para usted una total desconocida, entonces todo está bien.
Sonrió con sincera amistad a Elysia. No parece que tenga el corazón destrozado, pensó Elysia, sonriendo hacia la alegre cara de Louisa, y recordando las frases del hidalgo Blackmore acerca del estado de ánimo de su hija al enterarse de la existencia de la nueva lady Trevegne.
—Gracias —contestó Elysia cortésmente— también es un placer para mí conocerla —estaba intrigada por el evidente deleite de Louisa Blackmore al enterarse de que ella era lady Trevegne.
Un fuerte trueno resonó sobre sus cabezas, haciendo que los caballos se agitaran nerviosos.
—Creo que debo volver a montar antes que la tormenta caiga sobre nosotras y nos empape totalmente —dijo Elysia con temor, tomando las riendas de Ariel y llevándolo hacia la roca donde debía subirse para montar.
—Podemos charlar de vuelta hacia el camino principal, una vez allí tomaré en dirección opuesta —dijo Louisa, y empezaron a trotar una junto a la otra—. De verdad no puedo creer que monte usted ese caballo —continuó atónita, con una nota de miedo en la voz—. Me moriría de miedo con sólo tocarlo. Ni siquiera lord Trevegne puede montarlo, pero usted lo hace, y sin un caballerizo que la acompañe. Mi caballerizo espera en el camino, como una sombra constante... pero así me siento más segura. Y ahí está usted, galopando sola, y en ese caballo salvaje —tuvo un delicado estremecimiento ante la idea.
Elysia rió ante la primera diversión auténtica que había experimentado en anos.
—Parece que estoy dando una imagen distorsionada de mí misma. De pronto descubro que poseo extraños poderes mágicos, porque monto un caballo que se supone no puede ser montado. La verdad del asunto es que he montado este caballo hasta que me vi obligada a venderlo. Como ve, soy una simple mortal, sin extraordinarios poderes de persuasión.
—Bueno, es un alivio. Le aseguro que creía que usted era una bruja —dijo Louisa en broma— pero monta muy bien, y yo apenas puedo contener a Paloma cuando se pone inquieta; me siento avergonzada de cabalgar a su lado —felicitó a Elysia, acariciando con cariño el cuello de Paloma.
—Monta usted muy bien teniendo en cuenta que es tan pequeña. En verdad sería de su parte tonto y peligroso montar un gran caballo brioso —contestó Elysia. Y añadió, mientras contemplaba las manitas infantiles que controlaban las riendas—. Me hace usted sentir como una musculosa amazona... con la lanza y el escudo en la mano para repeler el ataque.
Louisa emitió una risita y lanzó a Elysia una mirada incrédula.
—Pero eso no es posible, ¡es usted tan hermosa! Me gustaría tener su pelo rojizo. Es un color glorioso comparado con mis feos rizos castaños —suspiró—. Papá dice que soy un ratoncito... y temo que tiene razón al creerlo, porque carezco notablemente de coraje y robustez.
—Eso podría hacer creer que es usted un herrero o un molinero —dijo Elysia riendo—. Usted es simplemente delicada y pequeña, y yo la envidio. ¿Qué le parece si nos cambiamos?
—¡Oh, por Dios, no! Sería inútil, porque yo nunca podría ser la esposa del marqués. Me provoca simplemente terror —dijo ella con ojos asustados. Se llevó, turbada, la pequeña mano a la boca—. Oh, ¿qué pensará usted por haber dicho eso acerca de su marido? Simplemente es usted tan simpática que he olvidado que es la marquesa.
—Pienso que es usted totalmente sincera y tengo motivos para sentirlo, porque el marqués puede ser bestial a veces —contestó Elysia, directamente, sin tapujos.
Louisa la miró admirada.
—Me alegro mucho de haberla conocido, porque es usted muy simpática, no se parece nada a lo que yo había imaginado. Creía que iba a ser usted snob y desdeñosa, como las señoras de Londres que visitan a veces Blackmore. Me hacen sentir tan torpe... como si todavía estuviera en la escuela... —declaró con voz indignada.
—Bueno, no tiene usted que esperar eso de mí, porque nunca he sido ese-tipo-de-dama-de-Londres. Prefiero la simplicidad del campo —afirmó Elysia, aunque desde luego no podía decirse que Westerly es un lugar simple.
—¿Significa eso que pasará usted mucho tiempo aquí? —preguntó Louisa excitada—. Espero que así sea. He estado muy sola. Papá y mamá van con frecuencia a Londres. Como todavía soy muy joven para la temporada, debo quedarme aquí para terminar mis estudios. Con frecuencia he anhelado tener una amiga... ¿quiere usted ser mi amiga, lady Trevegne?
—Por favor, tutéame, llámame Elysia. ¡Hace tanto que deseo tener una amiga con quien hablar! —Elysia miró la figurita de Louisa y añadió, con tono provocador—: A veces necesito un hombro bueno y fuerte en que apoyarme.
Louisa rió, deleitada.
—Esto es realmente maravilloso, porque creo que seremos íntimas amigas. Tú pareces tan simpática y divertida, y papá ya no podrá reprenderme por no haber conquistado la admiración de lord Trevegne. Si supieras hasta qué punto me horrorizaba la idea, o hasta la posibilidad de que lord Trevegne se hubiera fijado en mí —dijo, palideciendo visiblemente.
—¿De verdad tu padre deseaba el casamiento entre tú y lord Trevegne? —a Elysia le resultaba difícil creer que nadie pudiera desear entregar su hija a un marido semejante.
—Sí; estaba bastante decidido, y parecía muy trastornado esta mañana cuando nos dijo que el marqués se había casado. Creo que verdaderamente esperaba que su Señoría se casara conmigo... lo que es en verdad ridículo, porque yo no soy en modo alguno su tipo.
Casi habían llegado al camino, cuando empezó a caer una ligera llovizna y apresuraron el paso.
—Espero que no tengas mucho camino que recorrer, Louisa. ¿Por qué no vienes a Westerly hasta que esté listo un coche para llevarte a tu casa?
—No, no está tan lejos, de verdad. Y, si me apresuro, llegaré bien. ¿Nos veremos pronto? —preguntó Louisa, esperanzada.
—Probablemente mañana por la noche. Hemos sido invitados a cenar.
—¡Oh, eso espero! Me siento muy incómoda con los amigos londinenses de papá —dijo Louisa preocupada—, esta mañana han llegado varios carruajes desde Londres, aparentemente para una estancia indefinida. —Louisa sonrió a medias y saludó con la mano mientras volvía a su pequeña yegua en dirección opuesta, seguida de cerca por el caballerizo cuando enfiló por el camino.
Elysia saludó también con la mano y se apresuró hacia la casa, que se erguía nebulosa en medio de la lluvia, a lo lejos. Se sentía feliz. De verdad había encontrado una amiga, alguien con quien hablar y compartir las cosas. Elysia sonreía y canturreaba una cancioncilla cuando entró en el patio de las caballerizas. Estaba contenta por haberse decidido a montar. Sólo había galopado un rato aquel día antes de verse forzada a regresar, y había disfrutado ampliamente dejando que Ariel siguiera su impulso. El paseo también la había ayudado a despejar las telarañas de su mente y a aliviar algo la inquietud que experimentaba. Pero su sonrisa se desvaneció, y la cancioncilla se interrumpió bruscamente cuando vio a lord Trevegne que se preparaba a montar a Sheik, y Jims miró con alivio al oír el ruido de los cascos.
Jims ayudó a desmontar a Elysia, porque lord Trevegne no hizo gesto alguno para hacerlo. Ella se atrevió a lanzar una mirada al rostro amenazador... en verdad parecía como si quisiera estrangularla, tan agresiva era su expresión.
—No debió usted salir sin decírselo a nadie, señorita Elysia —la reprendió Jims.
—Lo siento, Jims, pero no había nadie aquí, y tenía ganas de montar —explicó Elysia nerviosamente al sentir el firme apretón de los dedos de lord Trevegne en su brazo en cuanto se le acercó.
—¿Quieres que entremos, Elysia? Seguramente querrás cambiarte —dijo él con voz muy suave y tranquila. Elysia lo miró sorprendida: no parecía enfadado, aunque ella le hubiera desobedecido... pese a los labios apretados y el estremecimiento de las aletas de la nariz.
—Sí, es precisamente lo que pensaba hacer —dijo Elysia, saludando a Jims con la mano, mientras el hombre miraba azorado la poco preocupada cara de ella. Su Señoría estaba de un humor atroz y la señorita Elysia iba a recibir una buena reprimenda... o algo más. Nunca había visto a lord Trevegne tan trastornado, con los ojos brillando oscuramente, como cuando descubrió que la señorita Elysia había salido sola a cabalgar. Pero la única señal evidente de su furia había sido la forma en que apretaba los puños. Su Señoría no estaba acostumbrado a que le pasaran por encima, y la señorita Elysia, que era una muchachita de mucho ánimo, se la estaba buscando. Se preguntó si el marqués seria capaz de dominarla. La Señorita Elysia siempre devolvía lo que recibía. Bueno... ya se las arreglarían.
Elysia intentó soltar su brazo del apretón del marqués cuando marchaban rápidos hacia las grandes puertas dobles, pero sólo sirvió para que él apretara más dolorosamente.
—Me está haciendo daño —dijo Elysia sin aliento, mientras le rechinaban los dientes. Pero él ignoró la protesta de ella, la arrastró hasta su estudio, una habitación en la que ella aún no había estado, preocupada por no molestar al león en su cueva.
Era una habitación de aspecto cálido, con drapeados color vino oscuro, alfombras orientales y grandes sillones de cuero rojo. Un gran escritorio de caoba estaba colocado directamente frente a los ventanales, que llegaban hasta el suelo. Sobre su superficie suave, muy brillante, había un halcón de oro de un agudo pico colocado sobre una pila de papeles. El fuego ardía brillante en la chimenea... chisporroteando.
Sin previo aviso, lord Trevegne tomó el otro brazo de Elysia y la sacudió hasta que ella tuvo la sensación de que iba a desprendérsele la cabeza. Elysia clavó en él los ojos llorosos cuando la ira de lord Trevegne se calmó, y sus labios temblaron incontrolados.
—Si vuelves a desobedecer mis órdenes, Elysia, te azotaré casi hasta matarte —articuló, con voz ronca.
—¡No se atrevería usted a hacerlo! —chilló Elysia, con vocecita ofensiva, y una vena latió salvaje en su garganta.
—Me atreveré a lo que sea. No me lleves demasiado lejos, porque estoy casi al fin de la cuerda. He dado órdenes precisas para que no salgas a cabalgar sola. No es un capricho ni un deseo ocioso. No conoces esta comarca, los páramos pueden ser peligrosos... junto con azares fortuitos que pudieran presentarse. Vivimos en la costa, y estamos en guerra con Francia. Contrabandistas y espías, y Dios sabe quiénes más pueden haberse refugiado en las cuevas y los estuarios que abundan en esta zona.
Elysia le clavó los ojos, consternada, sintiéndose culpable. Después de todo, si le prohibía montar era para protegerla.
—Perdón lord... hum, milord —vaciló confusa, incapaz de llamarlo por su nombre de pila.
—Me llamo Alex. A-L-E-X, y por Dios, debes tutearme. Repite. Di mi nombre ahora —le dio otro sacudón amenazador.
—A...lex... —murmuró Elysia suavemente, mirando fijamente el fuego.
—Sí, Alex. No es tan difícil, ¿verdad? —dejó caer los brazos de los hombros de Elysia y se volvió.
—De verdad lo lamento, pero siempre he cabalgado sola, y no tengo costumbre de ser seguida por un caballerizo —procuró explicar ella.
—Aquí no montarás sola. Harás lo que te he dicho, sin discutir mis órdenes.
—Si me hubieran dicho el motivo por el que no debo montar sola, habría seguido el consejo... —dijo Elysia exasperada, olvidando la sumisión previa.
—No tengo que explicarte nada, querida. Cumplirás mis órdenes como he dicho —afirmó con arrogancia el marqués, lanzándole una mirada de provocación.
—En otras palabras, soy tu esclava... tu propiedad. ¡Pues no lo seré! ¡Tengo cabeza y sentimientos, y están por encima de tus órdenes! —declaró Elysia, con calor.
Lord Trevegne la miró entornando los ojos con los puños apretados.
—Si no fuera un caballero te golpearía, querida, pero no me gustaría marcar esa bonita cara.
—Oh, no, adelante, pégame. Es lo único que haces... amenazarme con insultos. Estás deseando emplear contra mí la violencia física desde que nos conocimos —lo provocó ella.
—Querida, si tuvieras la más remota idea de lo que he deseado hacer desde que nos conocimos, no te plantarías así tan provocativamente, desafiando a que pruebe mi virilidad con mi fuerza física. No te gustarían los métodos que podría usar para someterte —dijo él burlonamente, y sus ojos recorrieron la tensa figura de ella, y el rencor se reflejó en su mirada.
Elysia retrocedió un paso, súbitamente asustada de lo que él insinuaba.
—No te estoy provocando, pero te darás cuenta de que no soy una esposa sin médula, capaz de hacer sólo lo que su marido manda, sin tomar en cuenta sus propios deseos. Y seguiré sintiendo de esta manera sin tomar en cuenta las órdenes que puedas darme.
—¿De verdad, querida? Ay, ay, ignoraba que me había casado con una libertaria. Esta es una conversación reveladora. Estoy abrumado, ¿qué pensarán mis amigos? —siguió burlón, sentándose en uno de los sillones de cuero rojo—. Me equivoqué creyendo que eras una mujercita dócil y muy tratable, que iba a darme la bienvenida como amo y marido, con los brazos abiertos.
—Te burlas de todo —dijo Elysia furiosa. Se dirigió a grandes pasos hacia la puerta, se volvió y le lanzó una mirada relampagueante con sus brillantes ojos verdes — dejemos pues que este sea el matrimonio en broma que es, sin que ninguno de los dos exija... ni espere... nada del otro.
Elysia se precipitó fuera de la habitación, sin tomar en cuenta el furor de él y la forma imperiosa en que la llamó por su nombre.
Elysia se dejó caer de espaldas y miró hacia la negrura del dosel de su cama. Durante horas había estado agitada, dándose vueltas. Era inútil, no podía dormir. Se sentó, y, abrazando sus rodillas, descansó el mentón sobre los brazos cruzados, y pensó en otra cena interminable que había padecido, sin ser consciente de lo que tragaba plato tras plato, servicio tras servicio, a medida que eran retirados y reemplazados por otros. Se había alegrado de la extensión de la larga mesa de comedor entre ella y el marqués, que le lanzaba miradas furiosas desde la otra cabecera. Dudaba que alguna vez pudieran disfrutar de una comida juntos. El pobre Antoine, el temperamental chef francés de su Señoría, debía de estar a punto de llorar ante sus inapreciados triunfos culinarios, destinados a los lacayos y doncellas.
¿Cuánto tiempo podrían continuar ambos en aquella atmósfera de guerra? Ante los cansados
ojos de Elysia, era como si lord Trevegne disfrutara de aquello. Ella, por su parte, se sentía tensa y nerviosa, preguntándose cuándo iba a llegar la próxima frase sardónica y cómo iba a responderle, y sus facultades mentales se concentraban al máximo en la defensa.
Se sentía inquieta... como al borde de un precipicio, y un paso en falso podía enviarla a sumergirse en profundidades de las que no podría salir. Aunque no conocía bien el carácter de su Señoría, Elysia sentía instintivamente que él estaba en ebullición, y parecía volverse más diabólico a medida que pasaban las horas. Parecía que ella era capaz de probar su paciencia más allá de lo acostumbrado. Bueno, el arrogante marqués había encontrado su par en ella, se dijo Elysia, sonriendo con satisfacción, disfrutando de ser la espina clavada en el costado. Tendría que jugar sus cartas con cuidado... y ya vería el marqués quién tenía los triunfos en esta partida de ingenios. Pero, desde luego, ella no tenía intenciones de hacer peligrar su situación más bien precaria provocándolo demasiado o con demasiada frecuencia. Era evidente que hoy le había hecho hervir la sangre... y había tenido un atisbo de aquellas pasiones apretadamente contenidas, de las que generalmente él tenía las riendas. Sí, tenía motivos para temer. Ahora andaría con cuidado. Apreciaba demasiado su pellejo para jugar al descuido con
el marqués.
Elysia echó hacia atrás las mantas, se deslizó fuera de la cama, y sus pies buscaron las bonitas chinelas azul turquesa que hacían juego con su bata de terciopelo. Agradeció su calor cuando la deslizó sobre el leve camisón de hilo, con la cintura alta sujeta por dos delgadas cintas de
terciopelo.
Ató el lazo ajustadamente a la cintura, encendió una vela en las brasas que ardían en la chimenea, y después salió al corredor, que estaba en silencio excepto por el apagado sonido del mar a lo lejos. Elysia caminaba lentamente, procurando no mirar los rincones oscuros y las alcobas mientras su vela lanzaba una luz delante de ella. Protegió con cuidado la llama con la mano, contra las corrientes de aire que podían apagarla al azar.
Al dejar la escalera oyó que el antiguo reloj del salón daba dos campanadas, y el ruido se convirtió en eco. Elysia lanzó una mirada furtiva hacia el estudio de lord Trevegne. No se veía luz por debajo de la ranura de la puerta; finalmente debía de haberse acostado. El había sacado del aparador una botella de oporto y abandonado el comedor inmediatamente después del último servicio, olvidando el postre. Después se había encerrado en su estudio, y seguía allí cuando ella se retiró unas horas después.
Elysia levantó el candelabro hacia la hilera de libros, y la luz le dejó ver los títulos mientras avanzaba siguiendo uno de los estantes de la biblioteca y procuraba decidirse por alguno. Seguramente cualquiera la ayudaría a dormir. Elysia había extendido la mano para tomar un grueso volumen de latín cuando sintió que no estaba sola y se dio vuelta apresuradamente.
Lord Trevegne estaba en la puerta que comunicaba el estudio con la biblioteca. Se apoyaba contra el dintel de la puerta, sin cuello ni corbata, y la luz del fuego jugueteaba sobre su figura; tenía un vaso semivacío en la mano.
—Bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí? —dijo avanzando en la habitación—. ¿Una incursión nocturna en mi biblioteca?
—Creía que habías ido a acostarte —dijo Elysia, apretando protectoramente el grueso volumen contra su pecho, asustada ante el extraño brillo en los ojos de él.
El le quitó de su mano el tembloroso candelabro, lo situó ante ella, y sus ojos la recorrieron lentamente, deteniéndose en el pelo suelto que palpitaba con el resplandor de la llama.
—La puerta estaba abierta y me pareció oír un ruido, vine a averiguar... ¿y qué he encontrado? Mi erudita esposa
—se burló—. ¿No podías dormir? Muy malo, porque en un matrimonio ficticio, sólo te quedan los libros para consolarte en las largas horas antes del alba.
—Es bastante. ¿Crees que sólo los hombres pueden ser cultos? Bueno, las mujeres también tenemos derecho a usar el cerebro...
—No tenéis necesidad de cultivar el cerebro, querida
—interrumpió él— porque lo único que debéis usar para lograr lo que deseáis es vuestro cuerpo.
Elysia contuvo el aliento y el rubor subió a sus mejillas.
—¡Eso es mentira! —dijo con ardor, adelantándose en su furia—. Los hombres quieren que seamos ignorantes, para usarnos únicamente en sus placeres. Ser esposa para obedecer y satisfacer los deseos. ¡Oh, sí, quieren que seamos ignorantes... porque, si nos educamos, si tenemos derechos
propios, no los necesitaremos!
Lord Trevegne permaneció en silencio contemplando el pálido rostro de Elysia: los ojos de ella lanzaban un fuego verdoso en su ira, y sus pechos se agitaban hondamente en el estallido. Arrojó el vaso, ya vacío, en la chimenea, donde se partió en mil astillas.
Elysia se sobresaltó ante el ruido del vidrio roto, y la violencia del gesto que reflejaba sus sentimientos. El apagó la vela que le había quitado con los dedos, la dejó caer al suelo, se precipitó sobre Elysia y la sujetó de los hombros con sus grandes manos.
—¿De manera que no necesitas a los hombres? —dijo ominosamente, y sus ojos fueron brasas en la cara asustada de ella—. Ya es hora de que te enseñe hasta qué punto nos necesitas... me necesitas, para ser preciso, porque nunca conocerás otro hombre, ahora que eres mía. He esperado demasiado para darte algunas lecciones... he soportado tus maneras viperinas, he dejado sin castigar tus insultos, he tolerado lo que nunca habría tolerado a otro... y dejarlo seguir viviendo —rió cruelmente—. ¿Quieres un matrimonio ficticio? Te mostraré, reina de las nieves, hasta qué punto puede ser real... ¡y lo será!
El marqués la atrajo a sus brazos antes de que Elysia pudiera hacer un movimiento de protesta, y sus labios se apoyaron con fuerza en los de ella. Sintió que apretaba contra el suyo el blando cuerpo de ella, que la moldeaba. Sus musculosos muslos se apretaban contra sus piernas, sus manos recorrían acariciantes la espalda y las caderas, acercándola más. Elysia procuró luchar contra aquel abrazo de hierro, pero él siguió estrechándola hasta que ella se sintió como parte de él. Su boca abierta le separó los labios con exigencia, una de sus manos se movió desde su hombro hasta el cuello, deslizándose bajo el reborde del camisón... y el sutil tejido sirvió de escasa protección para los dedos ávidos, que buscaban y acariciaban la suave y cálida piel del seno.
Se interrumpió de pronto, y tomando a Elysia en brazos salió a zancadas de la biblioteca y atravesó el gran salón en dirección a la amplia escalera. Elysia luchó frenética, consciente ahora de todo el alcance de sus intenciones. Sabía que nada iba a detenerlo esta vez.
—¡Déjame en el suelo o gritaré hasta despertar a todos! —amenazó Elysia, cuando llegaban a lo alto de la escalera.
—¡Adelante! Nadie intervendrá. Soy aquí el único amo... y tu amo, mi querida esposa. Tengo el derecho moral y legal de hacer contigo lo que me dé la gana —rió, y su risa sonó diabólica en la aterrada mente de Elysia.
Elysia le golpeó el pecho y los hombros, le dio una dura bofetada en la cara antes de que él la levantara en vilo, bloqueando sus brazos agresivos con el suyo... y manteniéndolos impotentes y ligados.
Los antepasados corsarios del marqués parecían mirarlos, aprobando, cuando él pasó con la muchacha que se debatía entre sus brazos; su expresión diabólica igualaba a la de ellos.
—¡Bestia! ¿Piensas violarme? Porque de eso se trata —dijo ella, con voz chillona por el miedo—. ¿Quieres forzar a una mujer que no lo desea y para quien tus intenciones son repulsivas?
—No, no será una violación, Elysia —dijo él torvamente, soltando la mano para abrir el picaporte de su cuarto—, porque haré que desees mis besos y mis caricias hasta que me supliques que te tome y que te haga mía; ¡y por Dios que me desearás!
Lo último que Elysia vio, antes de que él cerrara la puerta, fue el biombo chino; las caras dibujadas en laca miraban grotescamente los asustados ojos de ella. Los delgados labios rojos pintados para siempre en vacías sonrisas, los ojos oblicuos que miraban fríamente y sin expresión hacia el espacio, los vestidos de ricos colores orientales burlándose de los rostros con máscaras de muerte.
El marqués arrojó a Elysia en la cama y empezó a quitarse los pantalones y la camisa.
—No lo intentes, Elysia —dijo, cuando ella hizo un movimiento súbito de dejar la cama— porque ahora no hay escape para ti.
Elysia contempló fijamente el cuerpo desnudo de él, llena de pánico, y su terror fue tan profundo que el cuerpo empezó a temblarle, incontrolado. Se deslizó fuera de la cama y corrió hacia su dormitorio, pero lord Trevegne se movió con rapidez y la agarró por la cabellera, que flotaba tras ella. Le dio un doloroso tirón que la arrojó entre sus brazos.
—¿Tienes miedo, querida? ¿No te atreves a desafiarme... por miedo de que yo tenga razón? —preguntó presuroso, mientras le arrancaba la ropa, la tela semitransparente del camisón que ocultaba su cuerpo, y que desgarró con un violento ademán de sus largos dedos.
La levantó y la arrojó en la cama, se le echó encima, y su cuerpo largo y esbelto oprimió el de
ella en la blandura del colchón. Elysia apartó la cabeza de los labios que la buscaban, la movió de uno a otro lado en la almohada hasta que finalmente él la sujetó con sus manos y su boca se apoyó, posesiva, en los labios de ella.
Elysia sintió que una oscuridad que todo lo envolvía descendía a su conciencia, y la humedad de las lágrimas en sus mejillas. Esperaba ser herida por la potente fuerza de sus besos... pero no era así. Sentía picotones suaves y leves sobre su boca vulnerable, tierna desde antes, por los primeros besos de él. La presión se acentuó —no dolorosa— sino persuasiva. Su respiración se unió a la de él mientras él seguía besándola, explorando lentamente su boca, abierta por la lengua de él, que la buscaba.
Sentía las manos que recorrían su cuerpo, acariciando su carne de manera hipnótica... tocándola íntimamente, haciendo que traicionara a su mente mientras sentía extrañas sensaciones que la atravesaban, y él hundía el rostro en el suave cabello de ella, enroscándolo en su cuello y hombros, una cabellera que los ataba, los unía. Alex continuó el lento y decidido ataque a sus sentidos, explotándola hasta que ella gimió suavemente. Elysia se sintió más allá de sí misma... y no podía controlar sus emociones. El era como un titiritero maestro, que tiraba de las cuerdas que controlaban cada uno de los movimientos de ella, hasta que involuntariamente ella puso los brazos alrededor del vigoroso cuello, estrechándolo más, moviéndose invitante bajo él, y los movimientos surgieron naturales en su deseo de sentir el placer último y la satisfacción de hacer el amor.
El marqués lanzó una profunda carcajada, lleno de triunfo, sus labios se precipitaron ávidos sobre la boca entreabierta de ella, y cuando finalmente ella también lo besó, le dio enteramente toda la dulzura de su boca.
—¿Me deseas, Elysia? —preguntó él, con voz densa, haciendo que la cara de la joven ardiera por los besos, esperando casi sin aliento la respuesta de ella.
Elysia volvió la cabeza, esta vez buscaba los labios de él... para darle la respuesta mientras entregaba su boca al profundo beso, que se hizo más y más hondo hasta que él apartó de golpe la boca y exigió, con rudeza:
—Dime que me deseas... que me quieres... ¿O debo dejarte?
—No —logró decir al fin Elysia con voz entrecortada— te deseo... Alex.
Estas palabras parecieron enardecerlo.
—Ah, pronto serás mía... realmente mi mujer, de hecho y de nombre. He derretido ese hielo tras el cual te ocultas. ¿Crees que puedes engañarme cuando tu pelo parece arder, y tus ojos me desafían a que te haga mía? Oh, milady, pronto cosecharás las ventajas de tu belleza...
—Eres el diablo —murmuró Elysia, consciente de haber perdido la batalla.
—Ay, milady, y tengo un deseo diabólico de tí. Se movió entonces, la oprimió, separó sus muslos y entró en ella, con suavidad, con cuidado, hasta que ella sintió un dolor agudo y una enorme presión dentro. El pareció no tener ya control de sí mismo hasta que se unió al cuerpo de ella, con sólo la necesidad abrumadora de satisfacerse.
Elysia quedó quieta. El jadeo de la respiración de él, era parejo al de ella. Su brazo se movió para rodearla, ponerla otra vez bajo él. Ella resistió un instante el abrazo, pero no podía ya negarse.
—Esta vez, milady, igualarás mi deseo. Ella sintió otra vez la presión ahora familiar dentro de ella, y aquel cuerpo duro que presionaba el suyo. Pero ahora, al moverse contra ella, creó sensaciones que se extendieron por todo su cuerpo, como un fuego loco, hasta que Elysia jadeó en voz alta y todo estalló profundamente dentro de ella, llevándola a un mundo de tal deleite y exaltación que casi se desmayó al sentirlo. El parecía aguijoneado por los demonios y siguió amándola toda esa noche, hasta la mañana... convirtiéndose más en el cuerpo y el alma de ella que lo que ella misma era. Elysia se sintió desposeída de toda energía y emoción... como si Alex hubiera absorbido de su cuerpo la fuerza vital de ella. Sintió como si se muriera cuando él la dejó.
Quedó echada respirando pesadamente, con la cara llena de lágrimas. Volvió la cabeza y la movió con suavidad, tímidamente, para apoyarla en el pecho de él. Alex miró el rostro de ella y la apretó más contra su costado, echando hacia atrás, con mano cariñosa, el pelo revuelto que le cubría la cara. Elysia cerró sus pesados párpados, curiosamente confortada. Se sentía segura, con la mano apoyada en el cuello de él, cuando se durmió.
9
El mundo entero es un teatro los hombres y las mujeres nuevos actores: todos tienen sus entradas y salidas.
Shakespeare
Elysia oyó el tintineo de la porcelana y de los cubiertos y hundió la cabeza en la blanda almohada de plumas, ahogando un bostezo.
La doncella abrió los pesados cortinajes y una franja de luz penetró en la habitación en sombras.
—Son más de las once, milady —dijo Lucy, tomando la cargada bandeja del desayuno de manos de la doncella.
Elysia se sobresaltó, alarmada. ¡Más de las once! No era posible. Miró el relojito que hacía tic tac sobre la repisa y meneó la cabeza, incrédula. Debía de haber dormido como una muerta. Nunca había sido tan profundo su sueño. Se incorporó para sentarse, pero volvió a hundirse bajo las mantas al darse cuenta de su desnudez. Se ruborizó intensamente al ver su camisón colgando de una sillita dorada, el salto de cama en la alfombra, donde había sido arrojado por una mano descuidada.
Lucy interceptó su mirada avergonzada, y dejando a un lado la bandeja buscó un salto de cama blanco, con volados, y comentó con tacto que hacía frío y que ese abrigo le vendría muy bien. Agradecida, Elysia se puso la prenda y concedió una atención desusada a su desayuno, forzándose en comer varios trozos de una esponjosa tortilla, hasta que oyó partir a Lucy. Miró las puertas cerradas que separaban su cuarto del de Alex. ¿Realmente ella había estado la noche anterior en el cuarto de él? Alex... podía pronunciar ahora su nombre sin vacilar, sin tropiezos.
Elysia sintió que un cálido rubor cubría su cuerpo al recordar lo que había pasado esa noche entre ellos, en aquella hechicera hora de la medianoche, que había parecido prolongarse hasta la eternidad. Debería odiarlo... pero no podía. El le había dicho que no iba a forzarla a que se sometiera a él, y no lo había hecho. Ella se había entregado por voluntad propia a los deseos de él... casi los había igualado. Honradamente no podía echarle la culpa de lo que había pasado. El la habría dejado si ella se lo hubiese dicho... pero no lo había hecho... deseó que él se quedara. El había jurado hacer que ella lo deseara, y lo había deseado... hasta sentir dolor. No había creído que una mujer pudiera sentir de ese modo. ¿Acaso era algo malo el deseo que sentía profundamente dentro de sí? No podía ser amor... el amor era diferente. Era camaradería, cariño, amistad. De haber estado enamorados habrían reído juntos, hablado hasta saber todo el uno del otro. ¿Y qué sabía ella de su marido? En realidad nada. Era rico, tenía un hermano, era huérfano y reconocía tener una mala reputación. Podía ser cruel, sarcástico, cínico y enfurecerse con ardor. No era el tipo de hombre del cual siempre había soñado enamorarse... y casarse. Se sentía muy confundida con las nuevas y conflictuantes emociones.
Elysia tomó la delicada taza de porcelana y bebió un sorbo, haciendo una mueca al volver a dejar en la bandeja el chocolate frío. Se levantó de la cama, se quitó el peinador, y contempló su esbelto cuerpo desnudo en el gran espejo. Era siempre la misma, excepto por algunos moretones púrpura en los hombros y los pechos. Sintió unos músculos cuya existencia había ignorado mientras caminaba por el cuarto. Descubrió que su mirada se volvía constante hacia la puerta cerrada. Recordaba vagamente que la habían levantado y la habían llevado en el fresco aire de la mañana, rezongando porque la sacaban de la cama caliente para colocarla en otra que estaba casi fría. Ahora estaba agradecida de que Alex la hubiera devuelto a su propia cama.
Tocó la campanilla llamando a Lucy, y envolviéndose en el peinador se acercó a la ventana y quedó contemplando el mar... todavía con olas y agitado por la tormenta. Grandes ondas movían los barquitos pescadores de la aldea como si fueran juguetes.
¿Cómo podía enfrentarse a Alex? ¿Qué pensaría él... ahora? Rechazaba los íntimos detalles de la noche pasada. Podía ver la sonrisa burlona de él, y sentía el resplandor de triunfo en sus ojos. Ella no podría soportar que él dijera algo que degradara lo que había pasado entre ambos.
Elysia miró preocupada hacia la distancia, preguntándose si podría enfrentarse a él después de aquel encuentro definitivo. ¿Debía fingir indiferencia... un frío desdén... frialdad ante algo que había
desmenuzado su vida... que la había cambiado para siempre? Ya no era una muchacha inocente. Era una mujer... la mujer de Alex... y él era un amante exigente.
La atención de Elysia se distrajo por un movimiento en el camino, a lo lejos. Un carruaje amarillo brillante y rojo coma incontrolado, tirado por un par de briosos bayos, y maniobrado por un caballero que se afanaba en dominar la yunta que se precipitó al galope en el patio de abajo. En la lejanía vio otro carruaje, que viajaba más moderadamente, abriéndose camino con lentitud por la escarpada ruta. El primer caballero, el del vehículo reluciente, había logrado frenar a los bayos con la ayuda de los palafreneros, y miraba ahora nerviosamente a su alrededor, mientras se paseaba de un lado a otro, aparentemente indeciso.
Elysia fue rápidamente a su armario, tomó el primer vestido que vio y empezó a vestirse con rapidez, ansiosa por enterarse de lo que pasaba. Con la experta ayuda de Lucy y sus hábiles manos y sus propios e impacientes tirones, Elysia terminó de vestirse y bajó las escaleras, el pelo echado hacia atrás cayendo en rizos, sujetos con una cinta de gasa amarilla que hacía juego con el vestido de muselina, los zapatos y el chai de seda floreada puesto descuidadamente sobre sus hombros.
Había gran agitación y actividad en el gran salón de abajo. Elysia llamó a Browne, cuya calma habitual lo había abandonado y pasaba agitado, con el pelo revuelto y separado en mechones, la boca moviéndose sin ruido en medio del traqueteo.
Algo tremendo debía de haber pasado para que Browne perdiera el control, un control que probablemente había conservado durante cincuenta años. Sólo una cosa podía lograr desazonarlo: que le hubiera ocurrido algo al marqués. Alex debía de estar herido o en alguna dificultad, pensó Elysia, llena de pánico. Se precipitó hacia las grandes puertas dobles, olvidando la decisión previa de parecer indiferente, y las atravesó como un torbellino, con el chai flotando a su alrededor.
Charles Lackton se volvió ante el ruido de pasos que se acercaban, y quedó petrificado al contemplar la figura que corría. Estaba preparado para enfrentarse a lord Trevegne, pero no a esta extraordinaria figura vestida de amarillo, que parecía a punto de enfrentarse a él. Retrocedió rápidamente.
La figura se detuvo ante él, y sintió que dos manos temblorosas le tiraban de la manga. Miró incrédulo un rostro pálido, con luminosos ojos verdes.
—Qué ha pasado? ¿Se trata de Alex?... ¿Está herido? —dijo Elysia ahogada, mirando implorante al joven caballero de brillante pelo rojo y una expresión un poco alarmante en la cara.
—¿Lord Trevegne? —preguntó Charles intrigado. ¿Acaso también estaba enfermo? ¿Y quién era esta mujer?, se preguntó desconcertado. Por primera vez percibió la belleza de ella... ahora que estaba a salvo del ataque lo que sé, él está...
—Muy bien —dijo una voz grave detrás y, al volverse, Elysia vio a su marido de pie ante ellos, lanzándole una mirada interrogante, llena de sorpresa.
—Ignoraba que te importara, milady —murmuró sólo para los oídos de ella, pero sus ojos dorados parecieron tiernos al mirarlos preocupados ojos de ella—. Charles, ¿qué te trae aquí? —preguntó lord Trevegne, que no estaba muy ansioso por recibir huéspedes en la casa.
—Se trata... —empezó el otro, pero fue interrumpido por la llegada del otro coche que entraba en el patio y se detenía cerca de donde ellos estaban.
—¡Qué diablos! —dijo Alex, reconociendo su propio coche—. Espero una respuesta, Charles, si gustas —añadió con tono agresivo, sólo para quedarse mirando fijamente, con angustia, cuando se abrió la puerta del otro coche y apareció una cabeza de pelo negro rizado, con una cara consumida y lívida por la fiebre y brillantes ojos azules—. ¡Peter! —gritó Alex sorprendido, y sus ojos apreciaron de inmediato la malsana palidez de su hermano y la manga vacía. Sostuvo a la figura que se bamboleaba antes de que cayera y, gritando a Lackton para que lo ayudara, logró trasladar el cuerpo vacilante de Peter hasta el gran salón.
Elysia siguió a los tres hombres... ¡Así que aquel era Peter, el hermano de Alex! No parecía estar muy bien. Se precipitó tras ellos en el salón y permaneció en silencio mientras dos lacayos y lord Trevegne llevaban a Peter Trevegne por la larga escalera, dejando a un aturdido Charles Lackton de pie, sin hacer nada.
—¿Puedo hacer algo? —preguntó Elysia, al ver a Dany corriendo con una bandeja llena de vendas y frascos oscuros que parecían medicina.
—Ah, no, yo he cuidado a estos dos cuando han estado en líos peores, y son más duros que el cuero —dijo la mujercilla confiada, aunque había una expresión preocupada en el fondo de sus ojos pardos—. Es mejor que se ocupe usted del joven caballero aquí presente, lady Elysia, porque parece
a punto de desmayarse —añadió, lanzando una mirada a la cara gris de Charles, con gotas de sudor en el labio superior, antes de subir las escaleras en dirección al cuarto de Peter llevando los medicamentos.
—Por favor, pase usted a la sala a tomar una taza de té... ounacopa—añadió Elysia discretamente, sonriendo al trastornado joven— porque estoy segura de que necesita usted algo fuerte.
El la siguió como un perro perdido hacia el salón, donde se sentaron en un incómodo silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Charles tomó un trago del coñac que Elysia había pedido para él, mientras ella permanecía tranquila, bebiendo su taza de fragante té.
—¿Está gravemente herido? —preguntó finalmente Elysia, cuando el joven pareció haber recobrado la compostura... perdida en buena parte cuando luchaba en el coche para contener a la yunta de salvajes bayos. Y a juzgar por lo que Elysia había visto desde la ventana, había estado casi todo el tiempo sin poder lograrlo... no era de extrañar que estuviera impresionado.
—Bastante mal... un agujero así de grande, creo —contestó él, mostrando con los dedos un pequeño círculo.
—¿Un agujero? —Elysia pareció confundida, sin entender a aquel joven de aspecto altanero, con un brillante chaleco amarillo canario con rayas turquesa y una casaca color ciruela. Observó como hipnotizada las complicadas borlas que pendían de las botas altas, que se balanceaban cuando él movía distraído las piernas,
—En el hombro... casi le dio en el corazón... es una suerte que esté vivo. El médico tuvo que escarbar para extraer la bala... y el tiempo que tardó en hacerlo pareció infernalmente largo —se interrumpió bruscamente y miró turbado, pidiendo disculpas— le ruego que me perdone por usar palabras fuertes —siguió mirándola intrigado, y después estalló—: Disculpe, pero ¿quién es usted?
Elysia sonrió divertida.
—Soy lady Trevegne, y mucho me temo no saber tampoco nada de usted, de manera que no tiene por qué disculparse.
El se puso de pie rápidamente, como un escolar desconcertado.
—Perdón, lady Trevegne —dijo, como si no pudiera creer a sus ojos—. Soy Charles Lackton, amigo de la familia, y es un honor conocerla —se inclinó con elegancia sobre la mano de ella, y un rizo de brillante pelo colorado cayó sobre su frente.
—Lo había olvidado... fue una verdadera sorpresa enterarme del casamiento de su Señoría... que dejó atónito a todo Londres. Nadie podía creerlo.
—Sí, ha sido una sorpresa para todos —concedió Elysia, sin decir que ella también estaba incluida—. ¿Cómo se hirió Peter? ¿Ha sido algún accidente de caza?
—No ha sido un accidente... ha sido un duelo.
—¡Un duelo! —repitió Elysia, horrorizada.
—Sí, Peter se ha honrado a sí mismo y a lord Trevegne. Es un honor ser su amigo —dijo Charles con orgullo.
—¿Pero por qué? ¿Qué ha provocado... ese duelo? —preguntó Elysia curiosa.
—Bueno, verá usted... ah —Charles se movió, incómodo—. En realidad no es algo que se pueda decir a una dama. Pero era un asunto de honor y había que satisfacerlo. Yo he sido padrino de Peter.
—¿Y qué le ha pasado al hombre que lo provocó?
—Está muerto.
—¿Peter lo mató? —preguntó Elysia, incrédula.
—Tuvo que hacerlo... Beckingham hizo trampa... antes del fin de la cuenta—dijo Charles, con evidente disparo.
—¿Beckingham? ¿Ha dicho usted Beckingham? — preguntó Elysia débilmente—. ¿No se referirá usted a sir Jason Beckingham...
—Sí, el mismo... un verdadero advenedizo y un cobarde. ¡Bien hecho en verdad! —dijo Charles con vehemencia, con una mirada de desagrado en su cara hermosa y expresiva.
Elysia depositó con cuidado la taza de té en la bandeja, con mano que temblaba incontrolada. ¡De manera que sir Jason estaba muerto! Ella lo había odiado... pero no deseaba que muriera. En realidad había estado preocupada porque él sabía las circunstancias de su matrimonio, y sabía que una persona inescrupulosa como sir Jason era capaz de usar la información para causarles más dificultades. De todos modos, estaba segura de que Alex hubiera podido controlarlo con eficiencia... ¿o no era así? Después de todo. Charles Lackton había dicho que sir Jason había hecho trampa y
disparado primero. Alex hubiera podido resultar muerto fácilmente... o quedar herido, como su hermano. Bueno, quizá fuera mejor... que Dios la perdonara... que sir Jason ya no fuera un peligro para ellos.
—Si sir Jason disparó antes que terminaran de contar, como usted ha dicho, ¿cómo logró Peter disparar contra él? —preguntó Elysia a Charles, que seguía sentado en silencio, contemplando a Elysia con una expresión de asombro en su rostro de muchacho, y se ruborizó profundamente cuando Elysia captó su mirada.
—Bueno, sir Jason tenía una reputación poco favorable respecto a varios duelos que había ganado en circunstancias extrañas. Esperábamos algo bajo cuerda, y le dije a Peter que me observara porque, si yo percibía algo raro, le haría una señal. Así, cuando Beckingham se volvió antes de que hubieran terminado la cuenta, ¡apenas pude creerlo... aunque lo esperaba! —Charles miró avergonzado a Elysia—. Por eso... tardé un segundo en hacer la señal y Beckingham disparó, pero Peter ya había visto la señal y recibió el balazo en el hombro... y no en el corazón, como deseaba Beckingham. Peter disparó de todos modos, y su tiro mató instantáneamente a Beckingham. Pero, ¿sabe usted? fue raro. Sonreía incluso en la muerte —dijo Charles, estremeciéndose como si alguien hubiera caminado sobre su tumba.
Peter controló el estremecimiento de dolor que lo atravesaba cuando Alex y el lacayo lo colocaron con cuidado en la cama.
—¿Cómo te sientes, Peter? —preguntó Alex preocupado, mirando la camisa de su hermano, que empezaba a mostrar una mancha húmeda de sangre donde la herida había vuelto a abrirse.
Peter hizo una penosa tentativa de sonreír, una sonrisa que fue más bien una mueca.
—Todavía no estoy muerto... se necesita más que la mano de un cobarde y estos lacayos de manos como jamones para terminar conmigo.
Se interrumpió con un gemido involuntario, cuando Dany cortó la camisa y las vendas, dejando al descubierto la herida del hombro: cruda y de feo aspecto, aunque limpia.
—Vamos, Dany, ¿qué está revolviendo? —preguntó, cuando Dany tanteaba la herida—. El médico ya se ha ocupado de ella. Lo sé... porque me hizo bastante daño —se quejó.
—¡Ah, este muchacho, sin mi poción no ha sido bien atendido! ¡Los médicos de Londres no tienen una pizca de sentido! Deje que Dany se ocupe de esto, y ya veremos quien sabe lo que le conviene —dijo enfadada, aplicando un remedio maloliente y volviendo a vendar el hombro con limpias tiras de tela.
—Deberías saber que es inútil discutir con Dany, Peter —dijo Alex riendo, y después frunció la nariz al percibir el olor de la poción casera—. Recuérdame que no me acerque demasiado la próxima vez que te visite —dijo con un falso estremecimiento de asco.
—Bueno, ¿qué crees que siento cuando me ponen este remedio? J—preguntó Peter indignado, lanzando una mirada desesperada a su hermano.
—Ahora échese y le traeré un buen plato de sopa —prometió Dany, ignorando que él había pedido un coñac, mientras se afanaba en ahuecar las almohadas detrás de sus hombros y estiraba las ropas de la cama con recomendaciones maternales de que se quedara quieto, mientras ella preparaba un brebaje caliente que iba a curarlo.
Cuando Dany se fue, Alex se sentó en una silla que acercó a la cama y lanzó una mirada dura a su hermano.
—Te duele infernalmente, ¿no? —dijo comprensivamente, pero había un fondo de ira en su voz, a pesar de la preocupación y sorpresa que había sufrido al ver a su hermano en tal estado—. Si no tienes ganas de hablar, me iré, pero me interesa saber qué diablos te ha pasado. ¿A qué se debe esa herida, de bala, si no me equivoco?
—No te vayas, Alex, necesito hablar —y después balbuceó con tono angustiado—. ¡He matado a un hombre!
—¿De verdad? —dijo Alex, en tono informal. Ocultando su sorpresa, prosiguió, sin que se alterara el tono de su voz—. Estoy seguro que tuviste razón.
—¡Oh, sí, no soy un asesino! Fue un asunto de honor, Alex, pero... —una expresión torturada inundó sus ojos, que clavó fijamente en su hermano—. La cosa no me gusta. Siempre había soñado con defender nuestro honor y nuestro nombre en un duelo... pero ahora que he quitado la vida a otro hombre... simplemente la cosa me asquea —dejó caer la cabeza, agobiado, y un rubor de turbación y fiebre apareció en su cara.
Alex se adelantó, tomó el mentón de Peter con los dedos, y le levantó la cara para poder mirar
directamente a su hermano a los ojos.
—Escucha, Peter: ningún caballero siente alegría por quitar la vida a otro hombre... sin tomar en cuenta el insulto o el crimen. En realidad es necesario estar enfermo para refocilarse matando a otro ser humano. No tuviste otra alternativa. Si no hubieras sido tú... hubiera sido el otro. Alguien tiene que perder, y en una circunstancia como esta... cuando no queda otra salida... se pelea para ganar y para vivir, Peter —dijo gravemente Alex a su hermano—. Pelea siempre para ganar.
—Supongo que tienes razón, Alex, pero nunca pensé sentir remordimiento... que mis sentimientos fueran los de una mujer... que desea llorar... —reconoció, sintiéndose más tonto que nunca—. Tú siempre has parecido tan fuerte y victorioso después de tus duelos... nunca has sentido remordimiento ni lamentado nada. Por eso creí que mis sentimientos estaban equivocados... que eran los de un cobarde.
—No, Peter, tienes el corazón de un hombre honrado y compasivo... y esos son los sentimientos verdaderos —miró con curiosidad a su hermano—. ¿Realmente crees que no he sentido remordimiento cuando he derribado a otro hombre? Lo tengo, Peter, puedes creerme, lo lamento profundamente. Estoy tan acostumbrado a ocultar mis pensamientos y sentimientos que presento un rostro inmutable ante el mundo. Pero duele por dentro... me desgarra. Pero, a veces, uno se siente atrapado por las convenciones de la sociedad, y no hay otro medio de tratar una situación. Siempre habrá otros que inevitablemente te forzarán la mano, y en esos momentos es necesario defender el nombre y el honor en un duelo. Lamentable, sí... pero mucho me temo que necesario. Te aconsejo que no dejes que tu vida sea dirigida por este sentido de las cosas. Sé dueño de tu destino, no la víctima.
—Bueno, qué alivio. Creía tener un hígado flojo, un corazón débil —dijo Peter, sintiendo que le habían quitado un peso de encima—. Pero quiero hablar contigo. ¡Me has convertido en el hazmerreír de Londres, Alex! ¡He sido el ultimo en saber que te habías casado! ¡Lo supieron todos los deshollinadores y las hijas de los lacayos antes que yo! —dijo Peter, con tono apenado—. Tuve que enterarme por la Gazette. Primero se extendieron como la peste unos rumores acerca de tí y de una doncella de alcurnia en una posada, cosa que realmente puso a trabajar las lenguas, ¡y después llegó la noticia de que te habías casado! Bueno, me golpeó de frente, te lo aseguro —miró dudoso a Alex—. ¿Te has casado?
—Sí, absolutamente —contestó Alex, y una expresión de grato recuerdo cubrió sus facciones de halcón.
—Aún no lo creo. ¡Tú entre todos! Y ni siquiera me previniste, Alex. Como no fuera por esa charla acerca de dejar Londres porque estabas harto... pensé que no era verdad, nunca creí una palabra... y tampoco creí que me dejaras en la oscuridad. Ya estabas planeando casarte con la muchacha, ¿verdad? ¿La conozco?
—No la conoces, pero pronto tendrás ese gusto —prometió Alex.
—He oído decir que es una belleza. Pero no me sorprende, conociendo tus gustos.
—Sí, Elysia es muy hermosa, de manera poco corriente. Y no del tipo que está ahora de moda en Londres, de dulces y angelicales rubias de ojos azules. Estoy casado con una verdadera diablesa, con ojos verde esmeralda, un salvaje pelo rubio rojizo... y un carácter y lengua que hacen juego— pensó, con obvio deleite en la combinación.
—Apuesto que no te será difícil manejarla —dijo Peter confiado, enterado de las maneras dominantes y un poco dictatoriales de su hermano, que siempre sabía salirse con la suya. Pero había una mirada intrigada en sus ojos azules cuando lo miró.
—A veces lo dudo —dijo Alex meditativo, meneando su cabeza oscura.
—De todos modos, sigo ignorando todo respecto a esto. No sé cómo os habéis conocido, o si pensabas casarte cuando saliste de Londres... entonces todos estos rumores no pueden ser verdad... pese a lo que dijo el Comodín —comentó con firmeza Peter. Todavía quedaba alguna duda en su mente acerca de lo que había pasado exactamente, pero no quena hablar de ello con Alex, dado lo delicado del tema. De todos modos no pudo contenerse y dijo—: Pero el color es el mismo de esa otra muchacha, que Beckingham...
—¿Beckingham? ¿Qué es lo que te dijo ese cerdo? —preguntó Alex con voz helada, frunciendo los labios en un gesto de desagrado simplemente por tener que pronunciar el nombre.
—Bueno, no pensaba decírtelo porque no sabía si era verdad o mentira... de todos modos, maldita la gracia que me hace preguntarte. No vi otra solución que provocarlo a duelo. Si lo que me dijo es verdad, entonces merece haber muerto por su treta infame, y si es un mero rumor, por hacer
acusaciones calumniosas contra ti.
—¡Tuviste un duelo con Beckingham! —por una vez Alex perdió su fría compostura.
—Sí, ¿con quién si no? No tenía motivo para meterle un balazo a otro, ¿verdad? —preguntó Peter dudoso.
—¡De modo que tú... has matado a Beckingham!
—Es lo que estoy intentando decirte. Me dijo algunas cosas que me enfurecieron bastante... en privado... y me pareció que tenía que vérmelas con él. Sabes, creo que de hecho quería que lo provocara... y no podía dejar de hacerlo después de lo que me dijo. Quería matarme por algún motivo
—dijo Peter intrigado—. Nunca le tuve mala voluntad, de modo que no entiendo por qué él me la tenía.
—Me odia a mí, Peter, y probablemente esperaba matarte. Sabiendo hasta qué punto estamos unidos, comprendió que esto iba a herirme profundamente. Desgraciadamente para él, fracasó —explicó Alex, sintiendo por primera vez el odio que sir Jason debía de haber acumulado contra él.
—Bueno, casi no fracasó... hizo trampa y disparó primero. La suerte y la sospecha de que podía estar tramando algo impidieron que me metiera una bala en el corazón. Le debo la vida a Charles. Si él no me hubiera prevenido, estaría ahora en la tumba... —dijo Peter, sombríamente.
Alex miró con cariño a su hermano, comprendiendo hasta qué punto había estado cerca de perderlo.
—Bueno, has cobrado mi cuenta con Beckingham, Peter. Te lo agradezco, aunque lamento que haya sido a costa de tu hombro,
—Me alegro de haberte podido ser útil, Alex —respondió Peter con orgullo, y algo del dolor de su hombro se alivió con el elogio de su hermano—. ¿Cuándo conoceré a la nueva lady Trevegne?
—Muy pronto. Debes descansar ahora o Dany me arrancará el pellejo —dijo Alex al oír detrás de sí el rumor de las faldas de ella, Dany acababa de entrar con una bandeja en la que había un plato de caldo humeante.
—¡Pero tengo mil preguntas que hacerte, Alex! Por favor, no te vayas —suplicó Peter a Alex, que se dirigía hacia la puerta.
—Quédese tranquilo, señorito Peter, y vayase usted de aquí, lord Alex. Ya se ha quedado bastante... fuera ahora —ordenó ella, con voz estricta que le recordó a la escuela.
—No puedo discutir contra esa voz disciplinaria, Peter —dijo Alex, retirándose y dejando a Peter que luchara inútilmente contra los remedios de Dany.
Alex descendió con lentitud las escaleras, pensando en la cara pálida de Peter. Apretó los puños al pensar en la doble traición de Beckingham. Casi deseó que se levantara de la tumba para tener el placer de matarlo y hacerlo volver a ella.
Meneó la cabeza incrédulo. Ignoraba que Beckingham lo había detestado con tanta violencia. Aquel hombre debía de estar loco. Se encogió de hombros, liberándose mentalmente de la idea de Beckingham.
Alex entró en el salón, donde había oído voces. Permaneció sin que lo vieran junto a la puerta, observando en silencio a su mujer, que escuchaba ávidamente cómo el joven Lackton contaba otra vez, excitado, su versión de la aventura. Sonrió de lado al ver la expresión incrédula y horrorizada de ella ante el vivo relato de Charles. Levantó una ceja divertido cuando finalmente vio una expresión de éxtasis en la cara del joven, mientras seguía observando con admiración a Elysia, que estaba atractivamente sentada frente a él. Daba la impresión de ser absolutamente intocable... seguramente estaba sumida en sus pensamientos como un gusano de seda en su crisálida, sin dejar que nadie entrara... por cerca que estuvieran físicamente de ella.
Entró en la habitación, sorprendiendo la conversación de ambos.
—Al parecer, Peter te debe la vida y, por lo tanto, tengo contigo una deuda de gratitud. Charles —dijo Alex sinceramente, estrechando con firmeza la mano del joven.
—No fue nada en realidad —contestó Charles entre dientes, sintiéndose un poco más alto tras el desacostumbrado afecto que le mostraba lord Trevegne—. Sólo hice lo que es justo y debe hacerse por un amigo.
—Estamos orgullosos y es una suerte tenerte como amigo. Charles, y tengo la certeza de que hablo por todos nosotros. De verdad te agradecemos lo que hiciste. ¿Verdad, Elysia? —lanzó una inocente mirada de interrogación a Elysia, que le devolvió con calma, sin un atisbo de emoción en la cara.
—Así es, Alex. Pero hablemos de Peter. ¿Cómo está? Alex se sirvió un coñac y se acercó a la
chimenea, donde se apoyó con negligencia, con el brazo sobre la repisa.
—Sobrevivirá —dijo torvamente—, pero necesitará mucho descanso, y este es el mejor lugar para que se recobre. Si ese endemoniado viaje desde Londres no lo ha liquidado, dudo que nada pueda hacerlo —movió negativamente la cabeza, como pensando en el penoso viaje en coche que había hecho Peter, y el angusüado viaje de Lackton, llevando las riendas del calesín.
Elysia se puso de pie para dejar la habitación. Disculpándose, dijo:
—Mandaré excusas para esta noche con los Blackmore y...
—No, no, es mejor que vayamos, ya que nada podemos hacer aquí por Peter. Dany se ocupará de todas sus necesidades. Prácticamente me echó de la habitación y él ya debe de estar durmiendo como un bebé. Dany le ha preparado un caldo especialmente reconstituyente, que le estaba dando a la boca cuando salí, de manera que dudo que lo oigamos suspirar siquiera —miró a Charles, que empezaba a mostrar la fatiga del viaje—. Charles, te quedarás un tiempo con nosotros —dijo Alex, y aquello fue una afirmación más que una invitación.
—Gracias, Señoría, sería un placer, pero si me disculpa, tendré que cambiarme, porque temo que mi aspecto sea ofensivo, ya que estoy lleno de barro —se disculpó. Dejó rápidamente el cuarto, ansioso de lavarse, descansar y especialmente intentar imitar las intrincadas vueltas del nuevo arreglo de la corbata de lord Trevegne.
Elysia vaciló, indecisa. Era la primera vez que estaba a solas con él desde la noche anterior. Decidió retirarse dignamente, y empezó a dirigirse hacia la puerta.
—Milady —dijo él rápidamente, dejando su posición junto al hogar.
Elysia se volvió cuando él se acercaba.
—Sí, milord —contestó con suavidad, no muy segura de sí misma.
—Deseo un buen beso mañanero —dijo Alex, tomando a Elysia entre sus brazos y apoyando su firme boca en los temblorosos labios de ella. La besó profundamente y los deseos se encendieron al instante cuando ella respondió a sus caricias—. ¿Ves? No había motivo para temerme. No soy el ogro que creías, milady —sonrió mirando los ojos verdes de ella.
—No, milord, pienso que tal vez no lo eres —asintió Elysia, entregándose a los ávidos besos, hasta que un golpe en la puerta y un lacayo anunciaron que el almuerzo estaba servido, y tuvieron que separarse.
—No estoy ávido de la tierna carne del faisán, milady —dijo Alex con suavidad, mientras escoltaba a Elysia hacia la puerta, y su insinuación resultó clara en sus ojos de oro, oscurecidos por la pasión.
10
En Xanadú allí Kubla Khan imponente cúpula de placer irguió: donde Alph el sagrado río corría en cavernas para el hombre inmensurables hacia un mar sin sol.
Coleridge
El coche en el que viajaban Elysia, lord Trevegne y Charles Lackton retoma el camino bordeado de árboles en dirección a la morada del caballero Blackmore. Blackmore Hall se elevaba en toda su gloria y ostentación al final de un sendero de grava. Una combinación de todos los estilos arquitectónicos a la moda estaban representados en su construcción. Torreones góticos se levantaban sobre cúpulas de estilo chino, copiadas del Pabellón del Príncipe de Gales en Brighton y luchaban con fachadas indias y columnas griegas. El salón estaba iluminado por miles de antorchas colocadas frente a la entrada, que daban una luz como de sol al mediodía.
Elysia contuvo el aliento sin poder creer lo que veía.
—Sí, es más bien imponente —comentó Alex secamente—. En realidad es bastante inquietante... peor aún de día. La estructura original era una pequeña casa solariega que el caballero compró hace unos años y donde hizo construcciones. Como verás, prestó escasa atención al precio... y aparentemente al gusto. Pero espera, aún no has visto lo mejor, milady.
Charles Lackton estiraba la cabeza por la ventanilla. Se volvió y les miró con la boca abierta.
—No puedo creerlo. Es fantástico. He visto el pabellón del príncipe en Brighton, pero esto... ¡es como estar en la China! —exclamó excitado.
Alex miró a Elysia desesperado.
—Ahórranos la impulsividad juvenil, y reguemos que ninguna de estas... —hizo una pausa en busca de la palabra apropiada para describir Blackmore Hall— ...atrocidades vuelvan a ser perpetradas en la sacrosanta tierra inglesa.
Elysia rió, enteramente de acuerdo.
—Desde luego, milord, debería ser ilegal y merecer un castigo. ¿Lo mencionarás en la Casa de los Lores la próxima vez que asistas? —preguntó con inocencia, una chispa de travesura en sus ojos.
—Decididamente, milady, ¿cómo puedo yo, par del reino, dejar que una cosa semejante exista a las puertas mismas de mi casa? —se burló, mientras Charles los miraba un poco confundido ante aquel intercambio de impresiones.
Cuando el carruaje se detuvo, los lacayos del hidalgo se precipitaron sobre ellos como un enjambre de abejas, y los escoltaron hasta el ruidoso salón.
Dominando el centro había una burbujeante fuente, elaboradamente decorada, con delfines que echaban agua, sirenas graciosamente reclinadas en el estanque, asientos de piedra imitando conchillas gigantes y hojas de nenúfar. Toda la fuente parecía recubierta de oro, y Elysia contempló la divertida expresión de Alex mientras él estudiaba las reacciones de ella.
—Un verdadero tour de forcé, milord —dijo ella.
—Así es, milady. ¿Quieres que haga construir una para ti? —preguntó el marqués inocentemente, con un brillo maligno en los ojos.
—¿Cómo lo has adivinado, milord? La veo muy bien en tu estudio —replicó Elysia, con gesto serio.
—Me has herido profundamente, milady —murmuró él, cuando saludaban a su anfitrión.
El caballero Blackmore les dio la bienvenida con una radiante sonrisa, y les agradeció efusivamente que hubieran acudido a la fiesta. Era un anfitrión jovial, atento a todas las necesidades de sus invitados, y se sentía personalmente responsable de cada uno y de todos. Sus calzones amarillos, su casaca de raso rojo y chaleco verde brillante podían ser vistos en todas partes entre la multitud... sobrepasando incluso los elaborados atuendos de los elegantes invitados londinenses del
caballero.
No podía saberse lo que pensaba la señora Blackmore, borrosa mujercita del hidalgo, porque decía poco y se la veía menos. Era pequeña y fea, vestida de malva, con un pequeño broche de perlas como único adorno. Formaba un notable contraste con el pavo real de su marido, que trotaba con sus mejores galas, diamantes y rubíes brillando entre sus dedos regordetes.
Elysia percibió la imagen de sí misma y Alex en uno de los muchos espejos que bajaban el techo hasta el suelo. Formaban una pareja atractiva, no pudo menos que pensar, mientras sus ojos recorrían con orgullo la casaca rojo oscura de Alex, sus calzones de raso blanco y su chaleco de brocado de plata. Un gran rubí color sangre lucía oscuramente entre los pliegues de su corbata, blanca como la nieve.
Los ojos verdes de Elysia la miraron desde el espejo y parecieron rivalizar con el vestido verde mar que flotaba a su alrededor a cada paso. Los hilos de oro entretejidos parecían polvo de estrellas casualmente arrojados por la mano de un hada juguetona. Cintas de oro se ataban bajo sus pechos y pasaban hacia atrás para desaparecer entre la cola de gasa que caía desde sus hombros y se tendía por su espalda. Su mano se dirigió a las brillantes piedras verdes que rodeaban su garganta.
Las esmeraldas de los Trevegne... magníficas joyas que pendían como un anillo de fuego verde alrededor de su cuello, adornaban sus brazos como retorcidas serpientes, parpadeaban como ojos de gato en sus orejas y se desparramaban en su pelo.
Alex había traído las alhajas, en un estuche incrustado en oro, al cuarto de ella cuando se estaba vistiendo... y había colocado con cuidado el estuche en sus manos. Su expresión de sorpresa y placer cuando abrió el cierre de la tapa y quedó muda al contemplar las brillantes gemas en su lecho de terciopelo blanco había agradado a Alex. Especialmente cuando ella admiró los engarces y rechazó la idea que él sugirió de cambiarlas a un engarce de diseño más moderno, prefiriendo el diseño antiguo, que había estado en la familia durante varias generaciones.
El marqués le había lanzado una extraña mirada... sonriendo para sí como ante una broma que él solo conocía. Ella ignoraba la leyenda de los Trevegne, conocida por generaciones y generaciones de los hombres de la familia Trevegne, que predecía una unión dichosa y fértil para el lord y su esposa, siempre que nada se cambiara en las esmeraldas... siempre que mantuvieran la apariencia original, que aparecía en el retrato de la primera lady Trevegne.
Elysia vio ahora la casaca azul brillante de Charles Lackton reflejada en el espejo. Lanzó una mirada por el salón repleto, lleno de gente que charlaba, en busca de Louisa Blackmore. Pero Elysia no pudo verla entre la multitud de gente que rodeaba al marqués para felicitarlo y echar una mirada a la mujer que finalmente había atrapado al escurridizo lord Trevegne.
Soportó las inquisitivas miradas, sigilosas y conocedoras, marcadas por una pizca de envidia y malicia por parte de las mujeres, admiradoras y amistosas por parte de los hombres. Flirteaban decididamente con ella cuando Alex no los oía. Sus miradas se fijaban en su pelo brillante, en sus hombros como de magnolia y en la curva de los senos revelada por el escote del vestido. Elysia se había sentido semidesnuda por el bajo corte del corpino y la frágil semi-transparencia del material, hasta ver algunos de los vestidos que llevaban las otras señoras: La transparencia de los vestidos revelaba todas las curvas, líneas y movimientos de sus perfumados cuerpos.
Elysia miró alrededor del salón en busca de Alex. Finalmente lo vio en el otro extremo, conversando con varios caballeros y una hermosa mujer con un reluciente vestido dorado. Los diamantes pendían de su cuello y sus brazos, y una tiara de diamantes se erguía sobre su pelo oscuro. Era increíblemente atractiva, y Elysia se preguntó quién sería mientras veía a su marido reír ante algunas frases de ella, inclinando la cabeza para oír algo que ella murmuraba en su oído, mientras los dedos acariciaban íntimamente la manga de su casaca.
Elysia se volvió bruscamente y aceptó un vaso de champán helado que le ofrecía un lacayo, sintiendo que inquietantes emociones se agitaban en ella al ver a Alex con otra mujer. Tomó un sorbo de la burbujeante bebida y sonrió a los jóvenes galanes que trataban de conversar con ella, oyéndolos a medias, en tanto sus ojos se volvían constantemente hacia las dos personas que conversaban en el rincón.
Toda la habitación parecía dorada: en verdad era una mansión en la que el oro brillaba contra el oro, iluminada por las enormes arañas de cristal que casi cegaban con su brillo. Blackmore Hall no tenía nada de la antigua dulzura y encanto de Westerly, con sus viejos muros, su madera antigua y cálida, con los recuerdos de pasadas generaciones estampados allí, donde el pasado formaba parte del presente.
Elysia miró a su alrededor, hacia el papel de la pared, brillantemente impreso. Todo espacio disponible estaba ocupado por mesas con jarrones, bustos y valiosos objetos artísticos, sofás, armarios y sillas de los diseños más increíbles. Todo hablaba de novedad, y los vivos colores chocaban entre sí. Blackmore Hall era chillón con su brillo y extravagancia... como una mantenida exageradamente ataviada, que se cuelga todos los adornos para ocultar su mediocridad.
Elysia sintió una mano en el brazo, se volvió y vio a Louisa Blackmore de pie a su lado. Llevaba un recatado vestido de muselina blanca, con una sencilla hilera de perlas alrededor del cuello. Parecía frágil y angelical... como una paloma fuera de lugar en aquel zoológico de criaturas exóticas y coloridas.
—Me alegro tanto de que hayas venido —dijo Louisa, sin aliento, tomando a Elysia del brazo y apartándola del grupo de gente que la rodeaba.
—Y yo me alegro de verte. Eres la primera cara conocida que encuentro —replicó Elysia—. Pronto cometeré algún error, porque he sido presentada a tantos lores Tal y Cual, y a tantos sir Fulano y Mengano, que la cabeza me da vueltas llena de nombres y caras que no concuerdan.
—Yo nunca sé con quién estoy hablando, pero rara vez saben quién soy yo —dijo Louisa, encogiéndose de hombros, sin resentimiento.
—Ah, lady Trevegne —interrumpió el hidalgo Blackmore—. Ciertamente está usted exquisita; y debo felicitarte, Louisa —prosiguió dirigiendo una mirada severa a su hija— pero no debes monopolizar a nuestra invitada de honor. Ya te lo he repetido varias veces. Ella no se interesa por ti... vete a cumplir con tus deberes.
—Sí, papá —contestó Louisa disculpándose, y alejándose antes de que Elysia pudiera impedirlo.
—Su hija me ha entretenido muy amablemente, caballero Blackmore —dijo Elysia defendiendo a su amiga, resentida ante la actitud provocativa del hidalgo.
—Sí, sí, pero a veces es una criatura fatigante —explicó, con los ojos clavados en las esmeraldas de Elysia—. Estas son las esmeraldas de los Trevegne, ¿verdad? —dijo, mirando con envidia las joyas.
—Querido, ¿no va usted a presentarme a la nueva lady Trevegne? —preguntó tras ellos una lánguida voz femenina.
Elysia se volvió y miró de frente a la figura de pelo oscuro, vestida de color dorado, que había visto divertir a Alex hacía un rato.
—Naturalmente, no sabía que no había sido usted presentada a lady Trevegne. Lady Trevegne, permita que le presente a lady Mariana Woodley, el orgulloso de Londres —dijo amablemente, con tono dulzón.
—¿Sólo de Londres? —preguntó lady Mariana bromeando, pero su sonrisa fue un poco forzada al ver la belleza de Elysia... y las esmeraldas que creía debían haberle pertenecido por derecho.
Elysia sonrió a la hermosa lady Woodley y recibió a su vez una leve sonrisa. Después sintió que su propia sonrisa se helaba en sus labios, al leer el evidente odio y envidia en los llameantes ojos pardos... con el obvio mensaje agresivo. Elysia miró alrededor, desesperada por encontrar a Alex. Sintió que le corría un frío por la columna vertebral cuando lady Woodley movió agitada el abanico.
—Todos quedamos muy sorprendidos al enteramos que Alex había conseguido una esposa —dijo lady Mariana, diciendo la frase como si aquello fuera algo desagradable—. ¡Alex es... o era un calavera tan grande! Me pregunto si cambiará sus costumbres, ¿o acaso lo ha encadenado usted con éxito a su cama? —preguntó audazmente.
Elysia levantó el mentón al sentir una lenta ira que empezaba a arder en ella ante la crudeza de la otra mujer.
Alex es todo un hombre. Debe de haber algunas camas frías en Londres ahora que él está fuera de circulación
—añadió lady Woodley con una mirada de malicia en los ojos.
—¿Y la suya es una de esas camas vacías, lady Woodley? —preguntó Elysia con suavidad, no pudiendo ya contener su ardiente rabia.
Lady Woodley contuvo el aliento cuando Elysia se anotó aquel tanto, y levantó apenas el abanico como para atacar, cuando apareció Alex y se plantó como por casualidad entre ellas.
—Veo que os estáis conociendo —dijo con suavidad, percibiendo las mejillas encendidas de Elysia y el brillo en sus ojos verdes, y la expresión torva en la cara de Mariana—. Quiero presentarte a alguien, querida —dijo, apartando con dulzura a Elysia—. Con su permiso, lady Woodley.
—¿Uno de tus amores, milord? —preguntó Elysia, esforzándose para que su voz sonara natural.
—Posiblemente. ¿No estás celosa, verdad, milady?
—En modo alguno, milord. Aunque me han dicho que muchas pueden estarlo.
Lord Trevegne rió ruidosamente, atrayendo la atención de varias personas, que miraron con sorpresa al ver reír al altanero marqués.
—Creo recordar los versos de un poeta desconocido que expresaban exactamente mi sentimiento. Veamos... ¿cómo dice? —se interrumpió para pensar—. Ah, sí, empieza: "Debes sentarte, dice el Amor, y probar mi carne". ¿Estás de acuerdo? —la miró de manera provocativa—. Nunca rechazo una invitación a comer... especialmente si la comida está bien preparada.
—¿Estás seguro, milord, de que no has pensado eso alguna noche en uno de tus clubes, cuando el aburrimiento y la bebida han confundido tu ingenio?
—Ah, eres un genio para tomar a la ligera mis mayores méritos —dijo él con una mueca.
—Ignoraba que hubiera alguno, milord.
—No hay que temer oír de ti dulces palabras llenas de adulación, milady... pero recuerda que te pido que nunca me digas un elogio, porque me condenaré e iré directamente al infierno.
Con esta frase la dejó con el caballero, que la escoltó al comedor. Elysia se encontró sentada a la derecha de su anfitrión, y Alex frente a ella, a la izquierda. Las únicas dos personas con quienes Elysia creía poder disfrutar de la comida se perdían de vista en la larga mesa, entre los otros huéspedes. Charles y Louisa estaban en el otro extremo, con las personas menos importantes.
Elysia evitaba mirar hacia el otro lado de la mesa, donde estaba sentado Alex con lady Woodley a su lado... con una expresión de satisfacción en la hermosa cara. Como el gato que se traga un canario y se atraganta, pensó Elysia, mientras veía a lady Woodley flirtear alegremente con Alex. Los ojos de Elysia se estrecharon mientras contemplaba a la mujer de cabello oscuro, pensando. De manera que era... viuda. El caballero había sido una fuente de información... especialmente acerca de la preciosa viuda que era una de sus favoritas, y a quien consideraban sin par en Londres. Y era obvio, incluso para el observador casual, que la viuda estaba interesada en Alex... y que lo conocía muy bien.
—Por favor, permita usted que le hable. Esta carne asada, c'est magnifique, n'est pas? —el francés que estaba sentado junto a Elysia inició una conversación mitad en francés, mitad en inglés. Su acento era fuerte, y arrastraba las erres con la lengua, de manera rítmica—. Voila, lady Trevegne —dijo teatralmente, pasándole la sal.
—Merci monsieur, maisje ne sais pas votre nom —se disculpó Elysia con perfecto acento francés, por no saber cómo se llamaba aquel hombre.
Una expresión de total deleite cruzó las morenas facciones del francés.
—A/i, madame, vous étes chamante —cacareó—. Je suis Jean Claude D'Aubergere, conde de Cantero. Me da mucho placer que me hable usted en mi idioma. Hace que uno no se sienta tan solo en esa fría tierra... me da calor, como si estuviera otra vez bajo el soleado cielo de Francia. Por este gesto, madame, je suis votre servant dévoué. Usted es, naturalmente, la hermosa lady Trevegne. Nos han presentado, pero no creo que recuerde usted a un francés tan insignificante —dijo con tristeza.
—Oh, lo recuerdo a usted, conde, porque interrumpió muy oportunamente un aburrido monólogo sobre los puntos más finos del bordado a cargo de la esposa del vicario.
—Entonces ha sido un placer rescatarla de cette dame formidable —hizo una mueca muy simpática—. Es bondadoso de su parte, lady Trevegne, apiadarse de este triste francés, que anhela oír los dulces sonidos de su patria. Su voz encantadora me recuerda a algunas made-moiselles que reían y charlaban con alegría. Ay, eso ya no existe —dijo, encogiéndose de hombros de manera muy gálica—. C'est une tragedie, et maintenant je suis un mendigo.
—Es usted un emigré, conde. Debe de ser difícil para usted la vida en Inglaterra. Pero no debe usted considerarse un mendigo. ¿Fueron confiscadas sus propiedades?
—Vraiment —suspiró—, esa es desgraciadamente la verdad. Y ahora Le Petit Caporal ha arruinado todas mis esperanzas de volver a la patria.
—¡Napoleón! —una voz chillona se hizo eco del otro lado del conde.
—Monsieur le comte, ¿cree usted que atacará Londres? Los invitados que estaban cerca interrumpieron la ligera charla para escuchar la respuesta del conde a la pregunta hecha por un caballero de aspecto nervioso, con un cuello alto y puntiagudo, muy almidonado alrededor de su mentón, que estorbaba sus fútiles esfuerzos para volver la cabeza.
—No, no creo eso. Je pense que c 'est un rumeur. Este general bourgeois no es bastante fuerte para conquistar a la vigorosa Inglaterra, ¿no?
Estalló un gran aplauso a lo largo de la mesa, con un brindis por Inglaterra y el rey, y por cualquier cosa que pasaba por la mente de los invitados.
—Dudo que Napoleón lo intente seriamente. Tenemos la marina más fuerte del mundo, y deben ustedes recordar que Napoleón está luchando en muchos frentes. La tínica amenaza seria es el Canal. No se atreverá a atacar desde el Mar del Norte con la llegada del invierno, si en verdad está en su sano juicio... cosa que a veces dudo —lord Trevegne habló tranquilamente, con voz aburrida, escogiendo un pequeño faisán de la fuente que le tendía un lacayo.
—Pero aquí, a lo largo de la costa, estamos muy poco protegidos. ¡Esos franceses podrían atravesar el Canal y asesinamos en la cama sin darnos tiempo a abrir los ojos! —añadió histérica la esposa del vicario, y varias voces canturrearon aprobando.
—Tonterías —dijo con vehemencia el hidalgo Blackmore—. La Marina no lo permitirá. ¡Son unos grandes tipos! —se ruborizó y miró grandilocuente alrededor.
—Perdón, señoras, pero me hace hervir la sangre verlas a ustedes asustadas.
—La Marina está demasiado ocupada buscando contrabandistas para pescar a cualquier marinero franchute que bogue por el Támesis. Probablemente creerían que son actores del Covent Garden en una representación —dijo alguien en el extremo de la mesa, con voz aburrida, mientras fuertes protestas seguían su comentario.
Elysia miró al conde, que apretaba los labios ante la referencia insultante a los franceses, y había levantado el mentón con arrogancia.
—No debe usted darse por ofendido, conde —dijo Elysia comprensiva, poniendo la mano en el brazo de él y sintiendo sus músculos rígidos—. En realidad creo que ocultan su miedo con risas.
El miró fijamente los grandes ojos verdes de ella, de expresión dulce, tan amistosos, y llevó la mano de Elysia a sus labios, con un oscuro fulgor en sus ojos latinos.
—Gracias. Vous etes un ange el je vous adore —respiró suavemente, con pasión contenida, y sus dedos apretaron los de ella.
Elysia retiró amablemente la mano, apartó la vista para no ver la mirada enamorada, y tropezó con los irritados ojos dorados de Alex, que la observaban intensamente, mientras sus negras cejas se juntaban fruncidas.
—Si no fuera por los contrabandistas no estañamos bebiendo este excelente coñac que tiene usted en sus bodegas —comentó el marqués, sarcástico, sin dirigirse a nadie en particular— ni el té que las damas beben elegantemente en el salón.
—Estoy seguro de que tiene usted escondidas algunas botellas de esos renegados —añadió con picardía un hombre de aspecto disipado.
—Difícil. Me insulta usted, lord Tanvil, porque sólo bebo lo que dejó mi padre, y mi abuelo antes que él. ¿Imagina usted que soy capaz de beber algo más reciente? Me insulta usted —declaró el marqués, fingiéndose ofendido.
—Trevegne probablemente tendría la osadía de invitar a Napoleón con una muestra del mejor coñac de Luis XVI. ¿No recibió acaso su familia una caja como regalo de Versailles?
—Bueno, que nadie se entere porque Su Alteza Real lo quema para sí —dijo lord Trevegne entre risas, y después añadió, como si acabara de ocurrírsele—: Y el día en que Napoleón se siente a comer en Carlton House, regalaré a todos los presentes una botella de ese excelente coñac —un coro de aceptación siguió al ofrecimiento, al que se añadieron otras apuestas ridiculas.
—Bueno, creo que toda esta charla sobre invasiones y contrabandistas es una tormenta en un vaso de agua —la voz del hidalgo llenó el silencio cuando terminaron las carcajadas—. No puede haber tantos sinvergüenzas contrabandistas como dice la gente... son cuentos de viajeros. A juzgar por la forma en que habla la gente, se diría que todo el mundo es contrabandista. Caramba, yo mismo podría serlo —rió, incrédulo ante lo absurdo de la idea.
—Con su sentido de la orientación es probable que usted terminara en Marsella y no en Dover —predijo alguien, y grandes carcajadas resonaron en la mesa.
Después de esto la conversación cambió tanto como los muchos platos que se sirvieron. De no ser por las atenciones del conde y de Alex, Elysia dudaba haber podido probar algo, mientras los invitados escogían de las fuentes de carne, venado y pescado, con salsas y jaleas, en cuanto se terminó la cremosa sopa y retiraron el servicio. Después vinieron platos de aves de caza y pollos, docenas de fuentes de verduras y ensaladas, y la comida terminó con esponjosos pasteles genoveses, rellenos de café y soufflés de chocolate. Todo esto fue acompañado con distintos vinos para cada plato. Los vasos de cristal desbordaban siempre, pese a la constante atención de los
invitados en vaciarlos.
Sintiéndose ya harta, Elysia abandonó el comedor con las otras damas, dejando a los caballeros para que bebieran oporto y fumaran cigarros.
Elysia aceptó un vasito de Madeira y quedó en silencio escuchando la charla frivola de las mujeres que parloteaban y reían comentando jugosas historias acerca de sus amigas y, sin duda, el último chisme... acerca de ella. Se sentía aislada de las demás. No eran el tipo de personas que solían recibir sus padres. Parecía un grupo de gente ruidosa... no la élite social de Londres, pensó audazmente. Sabía que Alex había aceptado la invitación sólo para presentarla a aquellas damas y caballeros de Londres —convencido de que llegarían a Londres noticias acerca de ella, y esta vez noticias precisas— apagando los falsos rumores que podían haber circulado sobre ellos. Rara vez el marqués visitaba al caballero y a su grupo de aduladores.
Elysia miró alrededor buscando a Louisa y la descubrió junto a una mujer de apariencia de matrona, en el extremo del cuarto. Al sentir la mirada de Elysia, Louisa le envió una sonrisa, haciendo una mueca al volverse otra vez hacia la locuaz mujer, que usaba su impertinente voz como un estoque. Elysia se volvió para mirar una vitrina de porcelanas, fingiendo interés mientras escuchaba una conversación entre dos mujeres de Londres, provocativamente vesüdas.
—Puedes imaginarte... ¡una pelirroja! No es la moda —dijo la más joven, con rizado pelo rubio y facciones de muñeca, sonriendo satisfecha al ver el reflejo de su cara en un espejo.
—¡Ya lo sé, y qué sorpresa! —dijo la gorda amiga, añadiendo, en tono confidencial—. ¡Y todo el tiempo habíamos esperado la noticia del casamiento del marqués con lady Woodley! Caramba, John dice que ningún hombre puede resistírsele... ni siquiera lord Trevegne.
—Debe de estar que se sale de la vaina —rió alegre la rubia—. Bueno, después de todo ha hablado de esas esmeraldas y de lo bien que podían sentarle —lanzó una mirada a Elysia, aparentemente absorta en las figuras de porcelana, y murmuró de mala gana—. Debo decir que a esta le quedan bien, y hacen juego con sus colores.
—Lady Woodley debe estar tan verde de envidia como las esmeraldas —dijo la otra descaradamente, mientras reían lanzando una mirada a lady Woodley protegiéndose tras los agitados abanicos.
Elysia se apartó, tragándose una sonrisa que se convirtió en una expresión pensativa al lanzar una mirada a lady Woodley. ¡De manera que en Londres se había esperado el casamiento de Alex y lady Woodley! Ahora sabía por qué la preciosa viuda la había mirado con ojos como dagas... había esperado ser marquesa. ¿Por qué la había dejado Alex? Bueno, probablemente nunca iba a saberlo, pero tenía la incómoda sensación de que lady Woodley no era buena perdedora, que ni siquiera era capaz de admitir la derrota. La viuda de ojos oscuros era una enemiga.
—Lamento no haber podido hablar contigo, Elysia —dijo Louisa, acercándose en silencio hacia donde ella estaba.
—No es nada. Tienes que entretener a los invitados, y he estado admirando estas porcelanas. Son una buena colección.
—Sí; mamá las adora. En realidad no me molesta hablar con los invitados... pero no sé cómo disculparme cortésmente cuando quiero irme. Y, por favor —dijo Louisa, tomando la mano de Elysia y arrastrándola consigo— deja que te muestre otros objetos de mamá... podremos hablar sin que nos molesten en la biblioteca.
Salieron de la habitación sin ser vistas y Louisa llevó a Elysia a la biblioteca, donde había un gran chiffonier con jarrones orientales y fuentes atractivamente colocados. No era una gran biblioteca como la de Westeriy, de hecho ofrecía pocas cosas para leer. La mayor parte de la habitación exhibía objetos... y una de las colecciones era de cuchillos muy ornamentados y estoques. Elysia se estremeció y se dio la vuelta.
—¡Me alegro tanto de que tú y el marqués hayáis venido esta noche, aunque lamento el accidente de Peter Trevegne! De verdad deseo que se cure pronto.
—Sí, se curará. Dany, nuestra ama de llaves, es magnífica, tiene más habilidad que un médico. De otro modo dudo que Alex hubiera dejado esta noche a su hermano para venir aquí.
—Sí, bueno... —la voz de Louisa se interrumpió, indecisa, dudando si debía proseguir o no con lo que quería decir, y una expresión tímida y preocupada invadió su carita.
—¿Qué pasa? —preguntó Elysia, acudiendo en su ayuda, consciente de que algo perturbaba a Louisa.
—¿Cómo se sabe cuándo se está enamorada? —estalló Louisa, sin aliento, tomando a Elysia
totalmente de sorpresa. No era desde luego la pregunta que había esperado de Louisa.
—Bueno... en realidad no lo sé —tuvo que reconocer Elysia.
—Pero debes saberlo. Quiero decir, te has casado con lord Trevegne. ¿Cuándo te diste cuenta de que estabas enamorada de él? —preguntó Louisa, y sus ojos adquirieron una expresión soñadora—. Debe de ser maravilloso saber que nuestro amor es correspondido. He observado la forma en que te mira el marqués... vamos, estaba loco de celos durante la comida, cuando el conde francés te tomó la mano y flirteó contigo. Constantemente te observa cuando cree que no lo miras.
—¿De verdad? —preguntó Elysia sorprendida, porque creía que él había estado muy ocupado con lady Woodley, quien parecía incapaz de probar un bocado sin consultarlo antes... y que constantemente apoyaba en la manga de Alex sus dedos enjoyados.
—¿Bueno? —persistió Louisa.
—Bueno, ¿qué? —repuso Elysia, con la mente en otra cosa.
—Bueno, ¿cuándo te diste cuenta de que amabas al marqués? ¿O cómo has sabido que era el amor verdadero?
Elysia miró pensativa el rostro de Louisa, vuelto hacia ella... esperando ansiosamente una respuesta. ¿Cómo decirle que no amaba a Alex, que ignoraba qué era el amor, que Alex no la amaba? ¿Podía acaso destruir los sueños románticos de Louisa? ¿Tenía derecho a mancharlos con su propia amargura? Era evidente que Louisa estaba muy enamorada... y por primera vez. Una vez ella había tenido el mismo ideal que Louisa, pero ahora sabía que era un ensueño ingenuo e inocente de colegiala.
—Para mí, se sabe cuándo se ama cuando una ya no puede pensar en nada más que la persona de quien está enamorada. Una se siente abandonada cuando él no está cerca, embriagada y nerviosa cuando lo está. Una desea agradar a ese hombre, hacerlo feliz. Tenemos celos de las personas que puedan estar con él. Pero lo más importante es que una pone la salud de él, su felicidad, su bienestar, por encima de los propios... no hay sacrificio que una no esté dispuesta a hacer por él. Una se preocupa por él, teme por él —prosiguió Elysia con rapidez, casi incoherente ante la revelación para sí misma de sus propios sentimientos hacia Alex, ocultos hasta ahora, y que emergían contra su voluntad—. Nada debe pasarle que lo aleje de ti... o de tu mundo... porque tu existencia misma terminaría.
Elysia quedó de pie, en silencio, respirando con dificultad mientras la verdad surgía de su mente confusa y turbada. Amaba a Alex, se repitió incrédula. ¿Cómo podía haber sucedido? Lo había despreciado... odiado. Hubiera escapado de él en caso de ser posible. Ahora de buena gana cerraría la puerta de su prisión y tiraría la llave. Cuando creyó que él estaba herido había actuado como una posesa, o como una mujer muy enamorada. La verdad se había revelado entonces... pero ella había sido demasiado ciega para verla. Creyó que se trataba de deseo... no de amor. Había creído que el amor no podía existir para ella.
Palideció al pensar en Alex... ¿de qué le servían estos sentimientos? Sólo podían torturarla, el suyo era un amor no correspondido. El la deseaba, sí, pero no la amaba... al menos en la forma que hubiera deseado que la amara. Cuando hacían el amor él jamás le había dicho que la quena. Había murmurado palabras cariñosas que la habían estremecido, pero jamás había mencionado el amor. Ella era una de sus muchas mujeres, la que lo fascinaba en el momento. Pronto se cansaría de ella, como se había cansado de lady Woodley y de tantas otras hermosas mujeres. ¿Podría soportar que él prestara atención a otra mujer... que se fuera a Londres y la dejara sola en West-eriy? No, no podría tolerar eso... pero sería aún peor si él sospechaba que ella lo amaba. ¡Muy divertido... otro corazón destrozado! Elysia se preguntaba si no eran sus desdenes y el obvio desagrado que había sentido por él lo que lo había atraído... ¡El, que siempre había recibido y esperado admiración y capitulación ante sus galanteos! Si ella proseguía con la comedia de mala voluntad hacia él, probable él no se cansaría de ella... al menos por ahora, y quizá pudiera conquistar su amor. Pero, ¿cómo podía pretender esto, cuando había capitulado tan totalmente ante él, y ahora sabía que lo amaba más allá de la razón? El era muy astuto: nada escapaba a sus ojos dorados. Aunque algo de la hostilidad había desaparecido en la relación entre ambos... todavía se sentía en terreno movedizo. Era más bien como si hubieran aceptado una neutralidad armada. Bromeaban e intercambiaban sarcasmos, pero con una base amistosa en el fondo. Habían entrado en una nueva fase de su relación... que podía fácilmente hacerse trizas.
Nunca dejaría que Alex supiera que lo amaba, se prometió Elysia a sí misma; nunca a menos que él correspondiera a ese amor. No se permitiría ser vulnerable a ese tipo de dolor. Jugaría el juego
hasta el final, fuera cual fuere... de acuerdo a sus propias reglas.
—Elysia, Elysia —Louisa la observaba, preocupada—. ¿Te sientes bien? Estás muy pálida. No te sientes enferma, ¿verdad?
—No, estoy bien —contestó pesadamente Elysia. Tan bien como se puede estar teniendo el corazón destrozado, pensó desanimada.
—Sabes que lo que dices es exactamente lo que yo creo es el amor. ¡ Oh, es exactamente lo que siento! —Louisa miró por encima del hombro para cerciorarse que estaban solas, y después prosiguió, con tono confiado:
—He conocido a un hombre maravilloso, Elysia. Es alto y apuesto... y tiene los ojos azules más bellos que he visto y pelo rojizo —sus ojos brillaron como estrellas al pensar en él, y sus mejillas se ruborizaron.
—Se llama David Friday, y posee el alma más amable y buena del mundo. Lo conocí hace un par de semanas. Estaba galopando y Paloma empezó a cojear. No estábamos lejos del establo, y el caballerizo fue a buscar otro caballo, y yo estaba con la pobre Paloma, cuando surgió ese joven no sé de donde y sacó el guijarro que se había metido en el casco de Paloma. Me habló como un caballero, de manera que supongo lo es... aunque estaba vestido como un marinero. Me sentía tan cómoda con él, sin la lengua trabada, como suele sucederme con los caballeros de Londres.
—¿Un marinero, Louisa? —preguntó dudosa, temiendo mucho que su amiga fuera a sufrir—. Pero seguramente tus padres no permitirán que...
—Exactamente —Louisa interpretó el pensamiento de Elysia—. No les gustará nada. De hecho, si papá descubre que un marinero se ha atrevido a hablarme... bueno, no sé qué sena capaz de hacer en medio de su cólera. Tienen grandes esperanzas de que yo haga un buen casamiento... aunque el marqués ya no esté disponible —dijo con una risita, y se mordió el labio mientras las lágrimas iluminaban sus ojos grises—. Oh, Elysia, estoy segura que si lo conocieras te darías cuenta que es de verdad un caballero, digno de mi amor. Aunque yo dudo ser digna del amor de él.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó lady Woodley, con tono divertido, desde la puerta—. ¿Secretos de colegialas? Bueno, Louisa, es mejor que vuelva usted al salón, porque su madre estaba preocupada al no saber dónde estaban ni usted ni la "Invitada de Honor". Corra a decirle a su mamá que pronto estaremos con ella... antes de que la mande al cuarto de los niños por haber sido mal educada y haber robado a una de las invitadas. Por suerte yo la vi salir y sostuve la charla —prosiguió con malicia, y rió cruelmente cuando Louisa se alejó apresurada, lanzándole una mirada de resentimiento.
—Oh, no se vaya aún, lady Trevegne —dijo lady Woodley, avanzando hacia Elysia, los ojos clavados como en una especie de trance en las esmeraldas de los Trevegne—. Quiero aprovechar la ocasión para charlar con usted.
—¿De verdad? —replicó cortésmente Elysia, que no confiaba enteramente en la joven viuda—. No creo que tengamos mucho que decimos.
—Está usted equivocada, porque hay muchos detalles que usted desconoce. No quiero que ignore la verdad, mi querida lady Trevegne —replicó, apartando de mala gana la mirada de las piedras verdes, sólo para fijarla en unos ojos igualmente verdes—. Yo habría cambiado esos engarces antiguos por algo más moderno —dijo, casi para sí misma, antes de que sus ojos se entrecerraran y una sonrisa curvara sus labios. Después prosiguió—: ¿Sabe usted que posee un título hueco? No es un título que usted haya conquistado con su astucia y sus esfuerzos para hechizar a Alex. Es usted marquesa porque yo rechacé la oferta de matrimonio que él me hizo. Se ha casado con usted por despecho... para salvar su orgullo. Alex sabe que pronto me casaré con un duque, y después de todo lo que se habló acerca de él y de mí, bueno, ya puede usted imaginar lo que dice la gente. Alex no permitirá jamás que la gente lo convierta en el hazmerreír de Londres y, naturalmente, tuvo que tomar medidas drásticas para no parecer que tenía el corazón destrozado y para mostrar un rostro despreocupado ante el mundo. ¿Qué cosa mejor que tomar una esposa y parecer un marido enamorado? De este modo nadie puede sospechar que se sintió herido por mi rechazo. Pero aún me ama... y yo todavía lo quiero. Recuerde que Alex y yo seguiremos como en el pasado, una vez que él se haya repuesto de su orgullo ofendido, naturalmente. Pero siempre hace lo que yo deseo —miró venenosamente a Elysia—. Supongo que no ha imaginado que podía enamorarse de usted. He sido su querida durante un año. Lo conozco. Y usted... usted lo conoce desde hace más o menos quince días. ¿Puede compararse esto con el tiempo que yo lo conozco?
—Tal vez lo haya usted conocido demasiado tiempo y él... quizás esté harto de sus encantos —
replicó Elysia con calma, aunque por dentro se sentía llena de desesperación. Pero no iba a permitir que esta criatura viera hasta qué punto la había herido.
—¿Harto? ¿Harto de mí? —exclamó Mariana, incrédula. Estaba aún más furiosa porque sabía que aquello podía ser verdad. Pero no podía aceptar la frase de aquella mujer, tan hermosa y más joven—. ¿Cómo se atreve, ramerilla? ¿De verdad cree usted que podrá retener a un hombre como Alex? —miró de arriba abajo a Elysia, de manera insultante, con una risa desdeñosa—. Volverá a mí... siempre lo hace. ¡Aún me desea a mí, no a usted! Usted no tiene nada aparte de su nombre... no posee usted su amor!
Lady Woodley se volvió para abandonar la habitación, y una sonrisa curvó malignamente sus labios al pensar en la duda que había sembrado en el corazón de Elysia.
—Sí, tengo el título, llevo el nombre de Alex y seré madre de sus hijos. Dice usted que sólo poseo el título. Bueno, mi situación me hace dueña de las joyas que usted ha ambicionado tanto, y de las propiedades, y de Westerly, y me da un lugar permanente en la sociedad. Alex se ha casado conmigo, y es para siempre. Sí, tengo todo eso —habló Elysia, haciendo que la otra mujer detuviera sus pasos—. Pero se engaña usted si cree que no conservaré a Alex... porque lo haré y no sólo de nombre. Es usted, lady Woodley, quien no posee nada. No tiene usted ninguna de las cosas que reclama con tanta confianza: ni a Alex ni el título que ambiciona. Le aconsejo que no cuente los pollitos antes de que rompan la cascara. Buenas noches, lady Woodley —dijo Elysia altaneramente al pasar frente a la viuda, que se había quedado sin habla, y volvió al salón donde se oían las voces entremezcladas de hombres y mujeres.
El carruaje, al volver de Blackmore Hall, se zarandeó al hundirse en un pozo del destartalado camino, lanzando a Elysia contra el marqués. Ella se apartó como si se hubiera quemado, y se alejó aún más, acurrucándose en el extremo del asiento. Apartó la cara de la mirada curiosa de él, fingiendo estar absorta en la oscuridad más allá de la ventanilla. Su mente volvía una y otra vez a las malignas palabras de lady Woodley, y la cruel risa de esta era como un eco en su turbada mente. ¿Volvería Alex con la viuda? ¿De verdad le había pedido que se casara con él y ella lo había rechazado? Según los chismes no parecía que le hubiera propuesto matrimonio a la viuda. Pero, si lo que esta decía era verdad, el orgullo de Alex había quedado a salvo casándose con Elysia para evitar pasar por tonto. Nunca podría dejar que Alex supiera que ella se había enamorado de él —especialmente ahora— si él aún sentía amor por lady Woodley.
Había mentido al decir a la viuda que las riquezas y propiedades de Alex le importaban. Alegremente habría padecido la mayor pobreza para tener una parte de su amor.
¿Qué tenía de maravilloso una gran casa si tenía que vagar sola por los salones y los cuartos? ¿Quién estaba allí para verla vestida con finas sedas y rasos, adornada con joyas de la cabeza a los pies? No era un título vacío lo que poseía, sino un corazón vacío.
Tontamente había pensado que, con el tiempo, iba a lograr que Alex la amara... podría haber sucedido, pero ahora ella sabía que él se había casado con ella por despecho. Le había creído cuando dijo que se sentía en estado de ánimo de casarse... que casándose cumplía con sus propósitos y salvaba la reputación de ella. "Mentiras, mentiras, mentiras", gritaba una voz dentro de su corazón. Todo estaba estropeado... ahora que sabía que había otra mujer en la vida de él. No podía enamorarse de ella si estaba enamorado de lady Woodley.
Elysia suspiró desanimada, escuchando a medias la conversación entre Alex y Charles, y las voces adquirieron un tono salmodiante a medida que seguía mirando hacia la negrura de la noche. Entrecerró los ojos al creer percibir un relámpago de luz en el mar, un relámpago que desapareció en seguida —probablemente un reflejo dentro del coche de las candelas encendidas en el cristal de la ventanilla. Pudo ver que su propia cara se reflejaba pálidamente, los ojos distorsionados hasta que parecieron arder iridiscentes, como carbones blancos en su rostro. Elysia se acurrucó bajo la caliente capa forrada de piel que envolvía su cuerpo, disfrutando del contacto de la suave piel contra los hombros y las mejillas desnudas. Cerrando los ojos soñó en lo que podía haber sido.
Un dedo de roca se destacó de las demás y se movió silenciosamente desde el oculto escondrijo hacia el camino. El hombre permaneció clavado, como una estatua, contemplando el gran coche negro que desapareció en el camino y se perdió en la oscuridad, y el sonido de los cascos de los caballos fue desvaneciéndose hasta que volvió a reinar el silencio una vez más.
El hombre miró hacia el mar, los ojos alerta y buscando, hasta que distinguió el relampaguear tres veces seguidas de una luz. Después la luz desapareció. Miró a lo largo de los riscos de la costa, sabiendo que no iba a ver las luces en respuesta de la protegida linterna que hacía señas al barco en
el mar, hacia algún lugar oculto. El barco navegaría ahora hacia alguna de las numerosas rías a lo largo de la costa. De no tener una idea general sobre la zona en la que iba a aventurarse el barco, las posibilidades de localizarlo —ya que deseaba atracar sin molestias y descargar su contrabando— señan de un millón a uno. Toda la costa de Comwail estaba llena de pequeñas rías y bahías secretas que penetraban profundamente, donde un barco podía anclar sin ser visto y cumplir con sus subrepticias tareas.
David Friday cruzó el camino y desató su caballo, que había dejado detrás de las rocas, y montó rápidamente. Se dirigió por el camino en dirección opuesta a la del coche que tan rápidamente había atravesado unos momentos antes. Corrió varias millas por el camino, hasta que pudo ver la curva de la costa que se prolongaba bruscamente hacia el mar, formando un puerto natural con una ría profunda. Un arroyo del páramo desembocaba allí para vaciarse en el mar, dejando un pasaje tallado en la roca hacia los altos riscos de arriba, y un fácil acceso al camino.
David desmontó dejando su caballo al abrigo de un grupo de pinos y se dirigió cautelosamente hacia el borde de la ría, agazapándose con cuidado en el borde... sus pies calzados con botas buscaban apoyo entre las resbaladizas piedras. De pronto resbaló y se inclinó peligrosamente hacia adelante, cayendo al fondo de la ría contra un levantamiento de rocas que formaban un estrecho borde lo suficientemente ancho como para detener el descenso que habría significado su muerte.
Permaneció inmóvil, respirando pesadamente, mientras procuraba recobrar el aliento y oía muchas voces alarmadas, seguidas por pasos que buscaban. Pero ningún ruido de pánico llegó hasta él... sólo el murmurar del mar. David dio un suspiro de alivio. Todavía debían de estar en la boca de la ría, desembarcando el cargamento. El golpear de las olas había ocultado el ruido de su caída, y el vigía —apostado en el camino al atisbo de transeúntes— estaba demasiado lejos para oír nada y dar la señal de alarma.
David Friday miró a su alrededor desde su elevado punto. Podía ver perfectamente el pequeño puerto, y la silueta del barco anclado más allá de la rompiente. Un botecito de remo avanzaba hacia la costa, donde había un grupo de figuras preparadas y esperando en la playa de arena.
El reborde se erguía sobre el paso, que quedaba directamente debajo de él. Sí, era un lugar perfecto para espiar. Se acomodó mejor, esperando que terminaran de descargar e iniciaran el ascenso por el sendero desde la ría hasta el camino costero. No sentía impaciencia ante la tarea —porque deseaba apresar este nido de contrabandistas. No era tanto que persiguiera a los contrabandistas... hombres que arriesgaban el pescuezo navegando a través del Canal patrullado por la Marina de Su Majestad y la Guardia Costera; ellos eran sólo los brazos y las piernas de la operación. Quería la cabeza de aquel cuerpo... el hombre que estaba sentado a salvo en suelo británico, dominándolo todo, y sin ensuciarse nunca las blancas palmas de sus manos no callosas... como no fuera con guineas de oro.
Todo puerto principal, aldea de pescadores o villorio, tenía una banda de contrabandistas. Desde Romney Marsh, hacia el norte, cerca de York, el contrabando prosperaba. Parecía ser una actividad aceptada por la comunidad. Uno podía disfrutar un buen coñac francés en casa del vicario después de la comida, o en alguna taberna local, o fragante té importado, por la tarde, en la sala de alguna dama elegante y muy respetada.
Los impuestos eran elevados, la escasez de todo artículo importado prevalecía con la prolongación de la guerra, y la gente había empezado a disfrutar de aquellos lujos... y vacilaba en dejarlos. El no andaba detrás de esa gente y su pequeño montón de seda, coñac, té y chocolate. Los pescadores y granjeros que se unían una vez al mes para cruzar a remo el Canal y traer una muestra de mercancías del mercado negro, y que se dedicaban al contrabando en pequeña escala, eran relativamente inofensivos.
El iba tras el contrabandista que traía "cargamento humano" y traficaba con mercancías a gran escala: no un rollo de seda y varias botellas de coñac, sino un cargamento de mil barriles de coñac, centenares de libras de té de la China, y un cuarto de almacén lleno de sedas finas, terciopelos y encajes. Se conseguían grandes ganancias con la venta de estos artículos de contrabando en las tiendas de moda de Bond Street y en el club de caballeros de St. James. Pero la ganancia mayor era traer un pasajero a través del Canal, desde Francia. El precio era realmente alto para el hombre que quena entrar en Inglaterra durante la noche, su cara olvidada por los silenciosos hombres de la tripulación, para desaparecer en el campo y reaparecer después en una concurrida calle en el corazón de Londres.
David Friday buscaba desesperadamente al hombre que traicionaba a su patria trayendo espías
franceses. Napoleón tenía ojos y oídos en Londres, gracias a la avidez y avaricia de los traidores que se atrevían a llamarse ingleses. Dejaban que el enemigo entrara en Inglaterra, para conspirar, engañar, y después lo ayudaban a huir con documentos secretos e informaciones. Pero el traidor era mucho más mortífero que ese espía que actuaba bajo órdenes de su país, y que al menos era leal a este. El perro inglés que traía al enemigo no creía en nada. Sólo actuaba movido por la ganancia y el beneficio que iba a recibir de su trabajo. No sentía ni amor ni lealtad hacia su país... sólo el compromiso para obtener dinero.
Chilló una lechuza y, un momento después, se oyó la respuesta de cuatro chillidos desde lo alto del risco. El vigía había dado la señal de que todo estaba en orden, y poco después los oscuros caballos, cargados con botellas y barriles, y las toscas carretas, con sus anchas ruedas de hierro —para evitar que los vehículos pesadamente cargados se hundieran en la playa de arena— empezaron a marchar hacia la seguridad de sus guaridas: lugares de escondite en cuevas y granjas, tranquilas criptas de cementerios, sobresuelos falsos, armarios ocultos en las paredes de algunos hogares de las aldeas.
David estaba echado de bruces, el pecho apretado contra el reborde rocoso, cuando la caravana avanzó lentamente por el sendero. Oyó juramentos sofocados, cuando los pies resbalaban y los brazos se arañaban contra la ruda pared del risco, a lo largo del sendero estrecho y desnivelado.
David observó cuidadosamente a medida que los hombres y las bestias avanzaban. Sus ojos buscaban una figura solitaria con una capa que la ocultara totalmente y un sombrero. Pero los hombres estaban todos vestidos por igual con delantales y toscas casacas de lana. Conocía a la mayoría de aquellos hombres por haberlos observado previamente. La mayoría eran rudos trabajadores de la aldea. Los otros eran hombres contratados de otras partes —malignos y peligrosos, con pistolas cargadas metidas bajo los amplios cinturones. No veía caras nuevas. Su vigilia de esta noche había sido en vano. Esta marcha era sólo para llevar el cargamento; ningún hombre iba a separarse del resto para abrirse camino solo en la noche, o para volver al mar en el bote descargado.
Esperó a que los contrabandistas llegaran al camino y estuvieran ya en marcha antes de trepar por la ladera del risco hasta lo alto. Montó y galopó hacia los páramos, atravesando el camino, lejos de la caravana de contrabandistas. No era necesario que los siguiera, porque sabía dónde iban a esconder las mercancías. Los había observado muchas veces en el pasado cuando descargaban el barco y preparaban los caballos, después, lentamente y con cuidado atravesó los prados hacia diversos escondites. Pero la mayor parte de la carga estaba separada del resto... era la parte destinada a Londres y almacenada en un escondrijo hábilmente encontrado: una casa de verano de apariencia inocente. David había contemplado atónito cómo cargamento tras cargamento era descargado y llevado a la pequeña estructura en forma de pagoda... para desaparecer allí. Había buscado en vano después de la partida de los contrabandistas, pero no había encontrado huellas de que ahí se hubiera escondido un contrabando. Sabía que había un panel secreto que debía ocultar un pasaje o cueva, pero no había podido descubrirlo, pese a que había buscado con atención. Parecía inconcebible que aquella pequeña estructura pudiera ocultar un contrabando... sin embargo así era. La cueva probablemente se conectaba por un pasaje subterráneo con la casa del cabecilla —porque la casa de verano estaba alejada de los riscos, y no había puerto natural para que los barcos anclaran allí. Tampoco había encontrado ninguna cueva costera al atravesar la zona. Eso dejaba sólo un lugar: Blackmore Hall.
El caballero Blackmore era el hombre que buscaba. Un hombre tan insidioso que había obligado a los aldeanos y granjeros a hacer contrabando para él, cerrando sus tierras y el ejido común, no dejándoles sitio para los cultivos o para el ganado. Había cerrado las minas de estaño, dejando a infinidad de hombres sin trabajo. La aldea estaba bajo su control y los pobres pescadores —pocos hombres volvían con las canastas llenas— antes de morir de hambre, preferían hacer contrabando para él.
Sí, David Friday buscaba al caballero Blackmore. Sena un placer ver los muros de Blackmore Hall caer sobre la cabeza del hidalgo. Pero entonces recordaba unos nebulosos ojos grises que miraban confiados su rostro. ¿Cómo podía él destruir el mundo de Louisa Blackmore? Era tan inocente... totalmente ignorante de la nefasta villanía de su padre. David nunca había conocido antes una muchacha tan formal y preciosa. Era todavía una muchachita, porque no podía tener más de dieciséis o diecisiete años.
No iba a permitir que este asunto la manchara. Tenía que protegerla de alguna manera. Pero,
¿podía hacerlo? Era su trabajo —su deber— atrapar y detener al padre como a un traidor. Y ella sólo iba a sentir vergüenza y humillación cuando esto pasara... ¿y qué iba a experimentar entonces hacia el hombre que había provocado la caída de su padre? ¿Odio? ¿Asco? Estaba metido en una maraña, pensó con desesperación, al percibir la pequeña cabana del páramo directamente enfrente.
David miró por encima del hombro para asegurarse que no lo seguían, aunque había tomado un camino en zigzag. No quería arriesgarse a ser descubierto. Desmontó, y llamó una o dos veces a la puerta de la cabana antes de entrar.
Era una choza pequeña, de una sola habitación, iluminada por una parpadeante linterna que lanzaba una luz difusa sobre los toscos muebles y el hombre solitario, sentado en una mesa de madera, en el centro del cuarto.
—Buenas noches, capitán —dijo con presteza David.
—No es una noche muy buena, teniente —contestó el hombre de mala gana, acomodándose el gabán sobre sus anchos hombros. Sólo sus revueltas cejas color gris acero y sus ojos hundidos eran visibles detrás del alto cuello—. Venga, teniente, siéntese y descanse. Parece usted un poco agitado. ¿Ha tenido alguna dificultad? —preguntó bruscamente.
—No, capitán, sólo perdí pie al borde del risco —explicó David con una ruda sonrisa asomando en sus ojos.
El otro hombre pareció sorprendido y después sonrió.
—No me gustaría perderlo, muchacho... ¿todavía tiene piernas de marinero? Yo me siento como caminando en ángulo.
—No creo nunca poder caminar normalmente. Todavía siento la cubierta bajo los pies.
El comandante rió, una carcajada vigorosa que convirtió sus ojos en dos tajos, con millares de pequeñas arrugas bordeando los extremos y uniéndose para formar al fin una gran arruga. Estaba muy tostado por el sol, una cara envejecida por el mar y la intemperie. Miró al joven sentado frente a él con ojos penetrantes, ojos acostumbrados a mirar a lo lejos en busca de tierra, o la bandera de otro barco.
—Supongo, ya que ha vuelto usted tan temprano, que su amigo no se presentó.
—Así es, capitán. Fue sólo un cargamento de coñac y otras mercancías. No vi señal de ningún extranjero —contestó David, apesadumbrado.
—Alguno aparecerá con el tiempo... o nuestro amigo decidirá atravesar él mismo el Canal. Sea como sea estaremos preparados. Y es absolutamente vital, más que nunca, que los atrapemos. He recibido noticias de Londres de que cierta información secreta de primera se ha filtrado, y que faltan unos documentos. Es de suprema importancia recobrar esa información y terminar con este círculo de espías —dijo con voz mortal.
—¿Cómo pueden haberse apoderado de esa información?
—Hemos tenido la suerte de descubrir al traidor en el Ministerio... un subsecretario de escasa importancia, pero lo bastante bien situado como para estar en contacto con informaciones importantes. Será juzgado. Su utilidad ha terminado... para todos. Pero hemos mantenido la cosa en secreto para no alarmar a la prensa. No queremos que huyan y se lleven la información... algo que Napoleón vendería el alma al diablo para obtener, si es que ya no la ha vendido.
—¿Sabe usted quién tiene esa información? —preguntó David, y un músculo palpitó junto a sus ojos—. ¿Acaso Blackmore?
—No, hasta ahora el buen caballero sólo ha trasladado espías franceses (rayéndolos y sacándolos de Inglaterra, junto con sus contrabandos. No se ha ensuciado las manos con el espionaje propiamente dicho —dijo el superior de David con asco—. Aunque podría haberlo hecho. Dar buen dinero inglés por el contrabando equivale a ponerlo en los bolsillos de Napoleón.
—¿Quién es el espía?
—Hemos tenido la suerte de obtener una confesión total del subsecretario. Es curioso el escaso valor de esos espías cuando se encuentran frente a un enemigo real. Trabajan mejor en la oscuridad, cuando pueden deslizarse como un perro que gimotea —habló con desdén, y el disgusto curvó sus labios—. Nos ha dicho que pasó la información a un francés que se hace pasar por emigrado, y que es en este momento huésped de nuestro país. En realidad es uno de los principales agentes de Napoleón. Se llama D'Aubergere y afirma ser un conde o algo por el estilo para tener acceso a la sociedad. Es ahora huésped del buen caballero —añadió, lanzando una mirada significativa a David—. ¿Comprende usted lo que eso significa?
—Sí. Nuestro francés sin duda espera a su amigo del otro lado del Canal, para darle la
información y recibir nuevas órdenes. O tal vez él mismo llevará personalmente la información a Napoleón, para recibir el premio a su audacia. —David golpeó furioso con el puño la dura mesa—. Bueno, ¿qué esperamos? Vamos enseguida a detenerlo.
—Desgraciadamente no podemos hacerlo. Créame que sería para mí un gran placer. Pero dudo que lleve encima las pruebas... deben de estar bien escondidas. Y no tenemos nada... excepto la confesión de un traidor asustado, de que D'Aubergere realmente las tenga. Aunque lo detuviéramos, los documentos deben de estar en Blackmore Hall. Estos franceses son muy ladinos... los debe de tener bien escondidos. ¿Y puede usted suponer que el caballero no va a utilizar esto? Se enviará otro espía para que los entregue... a un precio muy alto, imagino, si es que entiendo correctamente el carácter del hidalgo. Y estoy seguro de que sabe el valor de lo que tiene en la mano.
El comandante contempló pensativo la luz vacilante mientras David esperaba abrumado, sintiéndose incapaz de actuar.
—No; debemos actuar con cautela. Aún ignoran que los sabuesos han olfateado al zorro —añadió el hombre de más edad, con un resplandor en los ojos—. Se sienten seguros en su manto de engaño. En lo que a ellos se refiere, no tienen nada que temer, y no se atreverán a despertar sospechas actuando con precipitación y arriesgándose. Jugarán sobre seguro... no se expondrán a ser descubiertos. El conde esperará un contacto, o viajará a Francia llevando él mismo la información. Sospecho que ocurrirá esto último. El ego ha precipitado la caída de muchos hombres... y este francés no es la excepción. Sin embargo, con algo tan importante como ese paquete... bueno, temo que envíen un barco de guerra francés para recogerlo. No se arriesgarán a que lo atrape la Guardia Costera con algo de vital importancia. Por lo tanto debemos esperar, como espera D'Aubergere. Y bajo ninguna circunstancia debe permitirse que D'Aubergere pase los documentos. Le daremos bastante cuerda como para que los saque del escondite, y después se ahorcará él mismo cuando lo pesquemos con las manos en la masa, junto con Blackmore y sus contrabandistas. Aunque estoy seguro de que el buen caballero negará todo conocimiento de las actividades clandestinas de D'Aubergere... asegurará que ha sido engañado, suciamente traicionado, pero todavía lo atraparemos —prometió ominosamente— porque le será difícil explicar por qué un refugio de contrabandistas está oculto en una casa de verano. Gracias a usted estamos enterados de las operaciones de contrabando. Es una suerte que encontrara usted el hilo cuando aún estaba en Francia. Ahora, más que nunca, es una suerte que sepamos lo de Blackmore. Creo que lograremos romper ese círculo.
—Los aldeanos participan en esto contra su voluntad, sabe usted —dijo David—. Ni siquiera reciben una paga justa por sus trabajos. Ese canalla de Blackmore los ha forzado a trabajar para él. De otro modo se morirían de hambre. Es abominable que un hombre como Blackmore pueda ser tan poderoso. Y sin embargo hay un asqueroso marqués rico que vive sólo a unas millas de aquí, hacia el oeste, y no hace nada para ayudar a la aldea, como es su responsabilidad. ¡De hecho no me sorprendería que también estuviera metido en el asunto!
—Le aseguro que hablaré en favor de los aldeanos, pierda usted cuidado —prometió el comandante—. Conozco al marqués de St. Fleur, y aunque está un poco loco, sé que es honorable... sin duda no tiene la menor idea de todo esto.
—Oh, señor, debo prevenirle que hay algunos sucios clientes que trabajan con Blackmore, y no me gustaría meterme con ellos, a menos de estar bien armado. Son de Londres o de sus alrededores...: no son locales, y jamás he visto personajes más mezquinos —aconsejó David— la cosa puede ponerse fea si hay pelea.
—Tengo mis hombres. Liquidaremos rápidamente a esa chusma. Pero es mejor que me vaya, el barco debe de estar esperándome —dijo, poniéndose de pie y mirando alrededor de la modesta cabana—. Lamento que deba quedarse usted aquí. ¿No podría pernoctar en la aldea, en algún lugar decente?
—No, me temo que no. Ya sabe usted hasta qué punto los campesinos desconfían de los extraños. Nací y me crié en una aldea del norte, y como mis padres no eran de aquella comarca, siempre se me consideró extranjero. Sería tan llamativo como un muchacho caballerizo en el Almack, si me quedara en St. Reur —afirmó—. He tenido menos que esto, capitán, y es una contingencia que soporto con alegría, con tal de descubrir este nido de ratas.
—Bien, muchacho, tengo completa fe en usted. Hágame señas si ocurre algo inesperado. Vigile con atención, porque no necesito recalcarle la importancia de este asunto.
Se abotonó la casaca hasta la garganta y salió de la choza, saludando con la mano al joven, que debía quedarse entre las inhóspitas paredes.
11
Ay, el complot se espesa mucho sobre nosotros.
George Villiers
La pequeña aldea de St. Fleur era como un nido en la boca de la bahía, los techos de pizarra de los cottages asomaban bajo los muros de peñascos rojos que los rodeaban, y las casitas y tiendas se apretaban unas contra otras para defenderse de los duros vientos y el oleaje que golpeaba contra la ciudad sin protección.
Elysia montaba en Ariel por el sendero de piedra en lo alto del acantilado, observando un barquito que salía hacia el mar. Los hombres tenían esperanza de lograr una buena pesca, que ayudara a alimentar a sus familias en los largos y duros meses de invierno. Huellas de humo de innumerables chimeneas se elevaban hacia el cielo, manchando el azul. Un cielo libre al fin por primera vez de nubes de tormenta y lluvia, con algo quebradizo que permanecía y prometía una helada. Elysia aspiró profundamente el aire chispeante, olfateando el aroma penetrante de los pinos y el perfume sutil de los fuegos que ardían en los hogares de la aldea.
—En verdad a esta parte de la comarca la llaman muy acertadamente Lands's End... pareciera que aquí termina la tierra —dijo Charles Lackton meditativo, mientras miraba alrededor—. ¡Es tan desolado! ¿Cómo puede nadie desear vivir aquí? —sacudió la cabeza, incrédulo.
—Probablemente nadie se haya establecido aquí en los últimos quinientos años, a excepción del hidalgo. Probablemente estos campesinos puedan remontar sus orígenes a los primeros pobladores de aquí, llamados celtas... o por lo menos hasta la época de los normandos —explicó sabiamente Elysia a Charles, que abrió mucho los ojos.
—Pero, ¿cómo sabe usted todo eso?
—Soy un intelectual —dijo ella con tono de autoelogio, un chispeo en los ojos, al ver la expresión de su admirador —¿acaso no lo sabía?— Elysia sintió como si estuviera confesando un crimen atroz, pero no era capaz de fingir ser estúpida.
—¡Pero no es posible que lo sea! ¡Vamos, es usted demasiado bonita para ser inteligente! —exclamó Charles atónito.
—Ah, ¿se supone que todo lo que debo tener es una bonita cara y un cerebro vacío, que no distingue la tiza del queso?
—Bueno, yo tampoco soy muy avispado. Sólo sé lo que necesito saber. No me serviría de nada saber más... no sabría dónde ponerlo... y ya me parece que sé demasiado tal como están las cosas. Supongo que sé lo suficiente como para pasar de un día a otro —meditó Charles.
—¿No le interesa saber algo de historia y literatura? ¿Nunca abre usted un libro? —preguntó Elysia, incrédula. Charles miró un momento, pensativo.
—No, no creo. El último libro que abrí fue en Eton, y ciertamente allí también abrí muy pocos. No me hacen ningún bien. No soy hombre de citar versos y otras tonterías a las damas, como algunos que conozco —proclamó—. ¿Y de qué sirve saber algo sobre gente que ha muerto hace siglos? No podrán decirme qué mano debo jugar... o qué chaleco debo llevar con mi casaca color pulga. Nunca he oído que nadie haya ganado en Newhall con una frase de César, o de alguno de esos filósofos griegos.
—Bueno, Charles, supongo que tiene usted razón... probablemente no le haría a usted ningún bien —asintió Elysia, resignada, aunque se sentía levemente resentida. Charles tenía acceso a todos los colegios de altos estudios, pero los despreciaba... en tanto que ella e innumerables mujeres se deleitarían con la oportunidad de ingresar en aquellos sagrados —y prohibidos— santuarios de la sabiduría.
Sonrió a Charles. Elysia no podía evitar simpatizar con él, con su infantil cara abierta y su fácil sonrisa. Con él no sentía que debía estar constantemente en guardia. Le recordaba levemente a lan.
Pero lan era mayor, aunque había en él algo infantil, como en Charles. Querido lan. Si por lo menos él estuviera aquí, pensó Elysia tristemente, mirando hacia la gran extensión de mar que se tendía hacia el horizonte, uniéndose hasta formar uno con el cielo.
Charles siguió en silencio. Es tan deliciosa, pensó, al sentir una oleada de celos primitivos contra lord Trevegne. Era la mujer más hermosa que había visto. Cuando estaba con ella se sentía amordazado, aunque ella fuera menor que él. Su ardiente mirada se detuvo en la curva de la boca de ella, en las largas pestañas oscuras que velaban sus ojos verdes. ¡Caramba, hasta había sentido deseos de escribir un poema a su belleza! ¡El, que se había mofado de tantos idealistas y chiflados! Siguió contemplándola, aturdido, mientras componía un poema en su mente... los versos parecían brotar mágicos del amplio vacío. ¡Sí, sí! Era fantástico, pensó con orgullo. Byron quedaría atrozmente celoso de esto. En realidad no era tan difícil. Verdaderamente no entendía por qué se hacía tanto alboroto por nada... cualquier tonto podía pensar algo llamativo. ¡Ahora, si por lo menos lo recordara cuando volviera a su cuarto, para poder escribirlo! También tenía que conseguir papel, una pluma y tinta, y entonces...
—Charles... Charles... —dijo Elysia con suavidad, agitando los dedos ante la mirada un poco fija de sus ojos—. ¿Pasa algo?
—Oh, perdón —murmuró Charles, bastante agitado.
—¿Quiere que sigamos cabalgando? —preguntó Elysia, ocultando una sonrisa y haciendo girar a Ariel para dirigirse hacia el camino, mirando por encima del hombro para ver a Charles, que azuzaba su caballo para alcanzarla. Lanzó una carcajada de puro deleite. Era maravilloso estar viva y sin preocupaciones. Por el momento sólo iba a pensar en los claros cielos azules y en la diversión de tener un hombre joven enamoradizo de ella. No quería pensar en lo desesperado de su matrimonio... o en lo que podría hacer en este sentido.
Elysia hizo saltar a Ariel sobre un muro de piedra bajo y se dirigió hacia un bosquecillo, sintiendo el ruido del caballo de Charles siguiéndola.
Ella se perdió de vista al entrar entre los árboles, y las sombras juguetearon en el estrecho sendero, mientras avanzaba, agachándose y esquivando, girando para evitar las ramas bajas.
De pronto Elysia oyó el retumbar de un disparo... el sonido sacudió la quietud del bosque, y después sintió un dolor desgarrador en el costado y contuvo el aliento al ver la sangre que manchaba el terciopelo verde de su traje. Una rama que se extendía sobre el sendero la golpeó y la derribó del lomo de Ariel, cortándole el aliento al caer contra el mullido suelo del bosque... las hojas muertas amortiguaron su caída.
Elysia permaneció inmóvil mientras la oscuridad daba vueltas a su alrededor, y luchó penosamente para recobrar el aliento. La tierra parecía vibrar ensordecedora y la hacía pedazos.
Charles desmontó en segundos y corrió hacia la figura potrada, que yacía mareada en el suelo. Su cara había perdido todo color cuando se arrodilló junto a Elysia y vio la sangre roja que manaba de su costado.
—¡Dios mío! ¡Le han disparado! —murmuró, sin atreverse a tocarla. Parece muerta, pensó miserablemente, preguntándose qué podía hacer cuando los párpados de ella se agitaron un poco, se entreabrieron y Elysia lo miró con ojos confusos.
—Charles... —dijo Elysia, sin aliento.
—Sí, aquí estoy —tomó la floja mano de ella... fría como el hielo, y la frotó cariñosamente en sus grandes palmas cálidas. Ella no podía morir. No debe hacerlo, pensó desesperado, sintiendo un nudo de náuseas revolverse en su estómago.
Elysia miró los asustados ojos azules de Charles, donde toda expresión divertida había desaparecido. Ahora respiraba mejor. Tenía que mandar a Charles en busca de Alex... él sabría lo que había que hacer. Alex, sí, Alex lo sabría.
—Oiga, Charles, debe ir en busca de Alex —afirmó tranquila, llena de confianza ante su decisión.
—¡Pero no puedo dejarla aquí sola! —exclamó Charles horrorizado.
—Es necesario. No hay otra solución, y no puedo volver a montar. Charles.
El volvió a mirarla, con la indecisión pintada en el rostro. Se incorporó, tras haber tomado de mala gana una decisión.
—Está bien, iré, pero esto no me gusta nada. Dejarla aquí sin que la atiendan está en contra de todo lo que me parece razonable... ¿y qué pensara lord Trevegne al ver que la he dejado sola y herida? No es propio de caballeros —movió negativamente la cabeza, desconcertado—. Correré
como el viento, lady Elysia. No tardaré, se lo prometo —volvió a mirarla, con ojos angustiados—. ¿Puedo hacer algo para que esté más cómoda antes de irme?
—No, estoy bien —logró murmurar Elysia, mientras la sacudía un estremecimiento. El suelo estaba frío y húmedo por las lluvias, y los bosques eran frescos al amparo de los árboles.
Charles se quitó rápidamente la casaca y la colocó sobre los temblorosos hombros de Elysia antes de dirigirse corriendo hacia su caballo, montarlo y desaparecer al galope entre los árboles evitando apenas golpearse contra las ramas bajas.
Elysia mostró una sonrisa como una mueca y esperó que su salvador no tuviera también que ser salvado. Cerró los ojos. El sol, asomando entre las ramas de arriba, encontró un camino y derramó su luz cegadora sobre su cara y sus ojos. Se movió para probar las piernas y se mordió el labio al sentir un agudo pinchazo en el tobillo. Debía de haberse enganchado en el estribo cuando cayó del lomo de Ariel. ¿Ariel? ¿Dónde estaba?
Elysia volvió la cabeza, preocupada, y se apaciguó al ver al animal de pie, nervioso, a unos metros de distancia, relinchando suavemente, mientras miraba a su ama, echada en el suelo.
—Tranquilo, muchacho, todo está bien, amigo —canturreó Elysia con una voz suave que apaciguó y tranquilizó a la gran bestia. Agachó la cabeza y, satisfecho, empezó a mordisquear la hierba.
Elysia no tenía sensación del paso del tiempo mientras sentía que el cálido sol golpeaba su cara, hasta que desapareció el brillo bajo los párpados... como si una sombra se hubiera interpuesto ante el sol. Lentamente Elysia abrió los ojos, y los clavó en una cara inclinada sobre ella... una cara conocida, en cuya cabeza el sol creaba un halo.
Era raro no sentirse distinta. Siempre había creído que, al morir, iba a hundirse en la oscuridad, que todo dolor desaparecería. Uno simplemente iba a flotar... pero seguía sintiendo dolor, y el duro e incómodo suelo bajo su espalda. Pero, ¿cómo podía estar viva y ver lo que estaba viendo? Elysia gimió incrédula, y murmuró, casi incoherente:
—No me siento morir, y sin embargo debo de estarlo, puesto que vuelvo a verte otra vez —sus palabras fueron interrumpidas por un sollozo que surgió de lo más profundo—. ¡Oh, lan, mi querido lan! ¡En la muerte volvemos a encontramos!
—Mi preciosa —murmuró una voz consoladora— no estás muerta. Y yo no estoy muerto. Tócame, tantea. Tengo calor... y vivo —tomó una de las frías manos temblorosas de ella y llevó los dedos a su cuello tostado, donde ella pudo sentir el loco palpitar del pulso.
Los ojos de Elysia se llenaron de lágrimas, que desbordaron y corrieron por sus pálidas mejillas.
—¿lan? —preguntó dudosa, temiendo que él desapareciera si alzaba un poco más la voz.
—Sí, aquí estoy, Elysia, mi adorada hermana. ¿Pero qué haces tú aquí?... Y, lo que es más importante, ¿estás gravemente herida? —recorrió con los ojos la figura de ella, examinándola, y el azul de sus ojos se oscureció hasta la negrura al ver la mancha de sangre en el costado de ella. Sus labios se apretaron y Elysia gimió suavemente, cuando los delicados dedos de él tantearon con habilidad la herida.
—No creo que la bala siga alojada... debe haber atravesado solamente tu costado. Por suerte no ha dañado órganos internos, pero has perdido sangre. Te caíste de Ariel, ¿verdad? Eso no fue bueno. Procuraré detener la hemorragia... te dolerá, pero tengo que llevarte a un médico, Elysia. No puedo dejarte aquí —hablaba con voz de mando. Distraída, Elysia, percibió la nueva nota de autoridad en la voz de su hermano, e hizo una mueca cuando él apretó su pañuelo contra la herida. Se ha convertido en un hombre en los últimos años, pensó ella con orgullo, en medio de una niebla de dolor, al ver los anchos hombros de él y su cara más de hombre, donde se habían marcado arrugas de experiencia.
—Ian, ya ha ido alguien a buscar ayuda —dijo, cuando él terminaba el vendaje.
—¡Se ha ido! ¿Y te dejó aquí? ¿Sola y herida? —exclamó con una ira que igualaba la primera reacción de Charles.
—No había otra solución. Charles no podía llevarme de vuelta a casa solo. Alguien mandará un coche a buscarme.
—Está bien, Elysia, pero debes contarme qué ha pasado. ¿Y qué haces aquí en Comwail? ¿Están aquí papá y mamá? —preguntó, y una expresión de alegría iluminó momentáneamente sus ojos al pensar en ver a sus padres.
Elysia suspiró profundamente y, mirándolo a los ojos, se preparó para la nueva tarea que le provocaba un dolor mucho más intenso que el de la herida.
—Ian...
—Sí... —dijo él, y frunció el entrecejo, intuitivamente prevenido por el tono de ella.
—Ian, papá y mamá han muerto —Elysia tomó entre sus pequeñas manos la gran mano de él y la sostuvo con firmeza, mientras proseguía entrecortada—: Murieron en un accidente. El nuevo faetón de papá volcó... no, Ian, por favor —dijo apresurada al ver el espasmo de dolor y horror que sacudía las facciones de él—. Murieron instantáneamente. No sufrieron... se fueron juntos, Ian. Es como lo hubieran deseado. Además, Ian —añadió Elysia— nunca supieron que se te había dado por desaparecido y declarado muerto. Creían que seguías luchando gallardamente en el mar. Esto, al menos, debemos agradecerlo.
Las manos de Elysia estaban doloridas por la presión de la gran mano de Ian, que las oprimía. La cabeza rojiza de él estaba inclinada, y ella sintió la humedad de sus lágrimas caer sobre las manos unidas.
—¿Cuándo? —logró preguntar él al fin con voz ronca.
—Hace más de dos años —contestó Elysia, observando los esfuerzos de él por reponerse.
—Es mejor que te eches y te quedes quieta —dijo él, cuando ella procuró incorporarse sobre los codos. Una expresión meditabunda cerró su cara al apartarse de ella. Elysia no podía permitir que el dolor lo desgarrara, como le había pasado a ella.
—No, me hace bien hablar... aparta mi mente de esto. Ian miró a Elysia curiosamente.
—¿Qué estás haciendo aquí? No recuerdo que tuviéramos ningún conocido en Cornwall. ¿Estás visitando a alguien?
Elysia se preguntó como podría explicar su residencia en Westerly y todo lo que había pasado en los últimos dos anos.
—Te las has arreglado muy bien —prosiguió él, sin percibir el silencio de ella, y después preguntó agudamente—: ¿Una acompañante? ¿Quién te acompaña en Rose Arbor? Tenemos una penosa falta de parientes, si la memoria no me falla. Tienes una acompañante, ¿verdad. Elysia? —preguntó con desconfianza, enterado de la tendencia de ella a la independencia y la rebeldía.
—Rose Arbor tuvo que venderse, Ian —dio ella bruscamente, detestando tener que volver a herirlo—. Todo se ha perdido. Todo lo que hemos conocido ya no existe... no tenemos nada.
—¡Perdido! —exclamó lan, incrédulo—. ¿Cómo?
¿Qué ha pasado?
—Estábamos en deuda. Todo tuvo que venderse para pagar a los acreedores.
—¿Y tú, Elysia? ¿Qué ha sido de tí? ¿Supongo que no habrás tenido que buscar trabajo? —preguntó con orgullo ultrajado y arrogancia, al pensar que su hermana había quedado sin un centavo y despojada. Después pareció advertir por primera vez la elegancia de ella, y las ropas a la moda que llevaba. Una expresión de incredulidad apareció en sus ojos y dijo sombrío—: ¿Algún hombre... se ha convertido en tu protector?
Elysia le clavó los ojos, sin comprender por un momento y después, cuando entendió lo que insinuaba, se ruborizó en una roja oleada de vergüenza, y dijo, llena de reproche:
—Ian, ¿como es posible que creas que puedo caer tan bajo? —y lo miró como un animal herido a quien han dado un golpe cruel.
Ian se inclinó hacia adelante y besó la mejilla de su hermana, mientras explicaba tristemente:
—He visto muchas cosas que atormentan y desgarran el corazón desde que me fui de casa para que algo me impresione o para quedar sorprendido por lo que pasa. La humanidad ha convertido este mundo en un infierno vivo. Guerra, muerte, destrucción. Nunca creí poder ver jamás tanta crueldad como he visto —dijo, y el dolor del recuerdo ensombreció sus ojos.
—Ian, esto te parecerá una locura, pero: ¿cómo es que no estás muerto? Recibimos una carta del Ministerio diciendo que te habían matado. Llegó el día después de la muerte de papá y mamá.
—¡Oh, pobrecita! ¡Lo que debes de haber pasado sin nadie para consolarte! Pero lo cierto es que de verdad creyeron que yo estaba muerto. Habíamos iniciado una batalla con dos grandes navios de Napoleón. Mi barco era inferior en categoría, en cañones, en tripulación. No teníamos ninguna posibilidad, pero hicimos un valeroso esfuerzo, hasta que nos hirió la descarga de unos grandes cañones como espero no volver a ver. Nos hundimos como un plomo... con toda la popa en llamas. Algunos de la tripulación fueron recogidos por los franceses... destinados a las cárceles; otros, heridos, no tenían posibilidad de salvarse... y se ahogaron. Yo tuve suerte porque me aferré a un trozo del casco, que me ocultó y pude alejarme. Estaba decidido a no terminar en una prisión francesa... de las que rara vez se sale vivo. Estuve a flote varios días... he perdido la cuenta en aquel
mar interminable. Casi no pude creerlo cuando vi un punto en la distancia. Creí que era un espejismo, o peor aún, que me había vuelto loco, hasta que percibí que era una isla. Era algún lugar en el Mediterráneo, y tardé dos años en atravesar Europa y regresar a Inglaterra. Estuve enfermo varios meses... y eso me demoró. Y después el "Boney's Pinest" ayudó a tenerme oculto. Viajaba sólo de noche, para no tropezar con sus tropas. Mi francés me sirvió de mucho... nunca le he estado tan agradecido al constante machacar de verbos del viejo Jacques, cuando era nuestro tutor —añadió riendo.
—Cuando llegué a Londres tenía un conocimiento bastante bueno de los movimientos de las tropas napoleónicas y de sus posiciones en el Continente. El ministro quedó muy sorprendido... y contento... de tener una charla conmigo. Sólo hacía tres meses que había regresado y, debido a algunas de las informaciones vitales a las que había tenido acceso, el departamento me necesitaba para que las completara. Pensé que era mejor terminar el asunto antes de dirigirme hacia el norte para veros a ti, a papá y a mamá. Comprendí que un mensaje diciendo que estaba vivo después de tanto tiempo podía perturbar mucho si yo no estaba presente para probarlo. Por lo tanto decidí esperar hasta poder ir personalmente. No necesitaba preocuparme, porque las alegres noticias habrían sido mandadas a desconocidos —dijo con amargura.
—Oh, Ian —dijo Elysia con suavidad, los ojos llenos de compasión.
—¿Dónde diablos están? —preguntó Ian con voz ronca, mirando por encima del hombro hacia el paisaje vacío—. ¿Dónde ha ido ese hombre, cómo se llama?
—Charles.
—¿Y dónde ha ido ese Charles? —dijo lan con un juramento que logró contener a medias en un gruñido—. Ya debería haber vuelto de la aldea hace rato.
—No ha ido a la aldea... —Elysia aspiró profundamente—. Ha ido a Westerly.
—¿Westerly? ¿Para qué demonios ha ido allí? Está varias millas fuera del camino. ¿Estás parando allí?
—En cierto modo, sí.
—¿De qué modo? ¿Eres institutriz o algo semejante?... No, no es posible. El marqués no tiene hijos... de hecho ni siquiera está casado. No deberías alojarte allí, Elysia. Es un hombre de mala reputación. No te confiaré a él, querida. Tendremos que encontrar otro sitio para que te alojes —dijo, mirándola intrigado—. ¿Cómo es posible que estés ahí? Supongo que no estarás allí sola...
—Ian, temo que tendrás que confiarme a él. ¿Sabes? Estoy casada con el marqués —dijo Elysia con gravedad. Ian pareció incrédulo, y por un momento quedó sin habla.
—¿Casada? —repitió, como si no pudiera creerlo—. Por Dios, Elysia, ¿cómo ha podido ocurrir esto? Me siento en medio de un torbellino. ¡Hay tantas cosas acerca de las que estoy a oscuras! Yo no...
Ian ladeó la cabeza, escuchando con atención; después, tomando la mano de Elysia, dijo:
—Oye, Elysia, llegan jinetes y oigo un carruaje a lo lejos... pronto llegarán a recogerte. Dios sabe que no quiero dejarte, pero debo hacerlo... no hables, tengo prisa. Esto es de la mayor importancia. No debes hablar de mí con nadie. Estoy aquí en una misión, y sena desastroso que me descubrieran, de manera que debes olvidar que has hablado conmigo. Pero quiero saber de tu salud de todos modos. ¿Hay alguna manera de que pueda mandarte un mensaje o verte?
—Jims dirige las caballerizas. Es el caballerizo principal —recordó Elysia súbitamente.
—¿Jims? ¿Jims está aquí? —dijo Ian lleno de excitación—. Esto es maravilloso. Me pondré en contacto con él. Pero ahora debo irme... el tiempo apremia. Si supieras hasta qué punto me duele dejarte —dijo, mirando el pálido rostro de ella—. Tengo ganas de quedarme —dijo, vacilando en levantarse.
—No, debes partir, yo me sentiré bien si viene Alex. Por favor, Ian, debes creerme —suplicó Elysia.
—Bueno, lo haré, querida, pero me siento como un cerdo. Y te prometo descubrir a la persona que te ha herido. Probablemente sea algún ratero o un vagabundo de estos lugares —la besó en la mejilla y luego el sol dio de lleno en los ojos de ella cuando él se apartó, cegándola momentáneamente. Cuando Elysia miró alrededor él se había ido... y fue como si nunca hubiera estado presente.
Elysia oyó el furioso redoble de los cascos de un caballo que galopaba a todo lo que daba, y después sintió que la levantaban unos brazos vigorosos y cálidos y que la sostenían segura... aunque con una curiosa suavidad. Sintió el caliente aliento en su mejilla y abrió los ojos y contempló la cara
preocupada de Alex, los ojos dorados entornados en medio de la preocupación.
—Milady, parece que te has metido en otra aventura
—dijo él con voz burlona pese a la salvaje expresión de sus ojos.
—Nuevamente he provocado inconvenientes, milord
—logró decir con viveza Elysia, antes de desmayarse.
Elysia pasó los días siguientes en cama, bajo los cuidados maternales de Dany. Era una tirana en el cuarto de los enfermos, y estaba encantada ahora que tenía dos pacientes a quienes atender. Peter estaba aún convaleciente, aunque mejoraba rápidamente, con el poder de recuperación de los jóvenes y fuertes. Ya estaba creando alborotos, en medio de su aburrimiento e impaciencia, con cualquiera que entrara en su cuarto, especialmente entre las doncellas jóvenes.
Elysia recibió ramos de flores y cestas de fruta, con mensajes de Blackmore Hall y de los invitados con los que había cenado. Todos se preocupaban solícitos por su salud, con excepción de lady Woodley.
Elysia empezaba a cansarse de estar encerrada, y se sentía cada vez más inquieta a medida que las largas horas transcurrían con lentitud. Sólo tenía una herida superficial, que se curaba rápidamente, y el tobillo le dolía ahora menos, aunque había quedado casi rígida y magullada por los moretones y la tensión muscular. También estaba preocupada por Ian. ¡Descubrir que él estaba sano y bien era un milagro! Ya no estaba sola... tenía otra vez a su hermano. Pero ahora, no poder verlo ni hablar con él era una agonía. Elysia había recibido unas palabras de Jims, por medio del muchacho de las caballerizas, vía el lacayo de abajo, vía la doncella de arriba, y finalmente vía Lucy... diciendo que había visto a Ian y que todo estaba bien.
Alex dividía su tiempo entre los cuartos de los dos enfermos, a los cuales prestaba igual atención. Acercaba una silla a la cama de ella, le leía y charlaba, haciéndola reír alegremente y olvidar su aburrimiento, y de este modo Alex representaba el papel de un marido cariñoso y devoto. Podía ser encantador cuando quería, y era un actor muy capaz, pensaba ella secamente. ¡ Si por lo menos pudiera saber cuáles eran de verdad sus sentimientos! Había parecido preocupado cuando la encontró herida y dolorida en los páramos, tenía que reconocerlo. En el viaje de regreso a Westerly la había tenido en sus brazos, sin dejar que nadie la tocara, hasta que Dany la había atendido. Estaba furioso y deseaba encontrar al tonto que accidentalmente la había herido... pero no se encontraron huellas de nadie. Elysia había sentido un momentáneo estremecimiento de miedo, pensando que podían descubrir a Ian y creer que él era el vagabundo en cuestión.
Elysia tironeó distraída el borde de encaje de su vestido, e incapaz de soportar más hizo una mueca hacia las burlonas caras silenciosas del biombo de laca que la acompañaba.
—No pueden contestar su mueca, pero yo sí puedo —dijo una voz divertida desde la puerta.
Sorprendida, Elysia miró al joven que estaba ante ella, riendo; en su cara se veían aún las huellas de su reciente enfermedad, y le hizo una mueca grotesca.
—Asustará usted a esas caras pintadas en el biombo si continúa —rió Elysia.
—Sospecho que está usted tan aburrida como yo al tener que estar acostada —dijo él, dejándose caer agradecido en un mullido sillón ante el caliente fuego.
—¿Ya puede usted estar levantado y andando?
—Si me quedo un minuto más en esa condenada cama me quedaré pegado a ella —afirmó él con pasión—. Soy su cuñado, ¿sabe? Peter Trevegne.
—Lo supuse. No acostumbro a invitar a desconocidos a mi salón —aunque no lo hubiese reconocido enseguida como al joven que habían bajado aquel día del carruaje, habría sabido quién era... porque se parecía mucho a Alex, con aquella mata de pelo negro como alas de cuervo y facciones de halcón. Aunque los ojos eran de un suave azul... y amistosos.
—¡Espero que no! Y espero no seguir siendo para usted un desconocido —dijo él, y sus ojos parpadearon, flirteadores.
—No creo que deje de serlo... es usted demasiado recto para dejar que eso pase —replicó Elysia, con picardía.
—¡Dios me valga! Alex dijo que no era usted un ratoncito asustado —rió él, con placer.
—¡En verdad no lo soy! Pero debo disculparme por ser un total fracaso como dueña de casa. Aunque este es su hogar, tengo que atenderlo y satisfacer sus necesidades... no al contrario.
—¡Por favor, no lo haga! Ya he visto bastante como para que me dure dos vidas, con Dany echándome en la garganta ese condenado brebaje de brujas, y las doncellas murmurando y riéndose de mí como un nido de gorriones... y todo el tiempo teniendo que guardarme mi curiosidad —dijo
Peter, con tono apenado.
—¿Acerca de mí? Como usted puede ver no hay nada de curioso en mí.
—El hecho de que sea usted mi cuñada es bastante para provocar asombro. Si alguien me hubiera dicho hace un mes que Alex iba a estar ahora casado, hubiera sospechado que esa persona tenía pájaros en el cerebro. Si no conociera tan bien a mi hermano, sospecharía que usted ha dado el golpe del siglo... pero me inclino a creer, ahora que la he visto, que no ha tenido usted jamás posibilidad de escapar de Alex... él se apodera de lo que desea. Le daría el consejo, en caso de suponer que pudiera servirle para algo, que no cruce espadas con Alex —previno Peter— y al verla a usted comprendo que no será así. Y yo sé... he estado al borde del límite cada vez que he tenido una confrontación con Alex.
—Su aviso llega demasiado tarde, ya me he quemado los dedos... pero no me dejaré tiranizar —dijo ella enfáticamente a Peter con una expresión dura en sus ojos verdes.
—Alex tiene razón: posee usted carácter. Ciertamente va a estar ocupado —rió, divertido ante la idea de que Alex encontrara dificultades.
Pero Elysia no rió: Alex no iba a querer perder tiempo con ella. Tenía ahora a la preciosa viuda para mantenerse ocupado. Lo había visto desde su ventana cabalgando con lady Woodley, la mujer que había afirmado, llena de confianza, que él volvería con ella.
—Es raro que no la haya visto nunca en Londres —dijo Peter, cuando se oyeron otras voces en el vestíbulo y se abrió la puerta del salón para dejar paso a Charles y a Jean Claude D'Aubergere. El conde traía un gran ramo de rosas amarillas que ofreció a Elysia, inclinándose profundamente sobre su mano, que rozó levemente con los labios.
—¡ Verla a usted tan enferma! Mataría al demonio que se ha atrevido a hacerle esto, mon petit ange —exclamó con voz palpitante, sus ojos oscuros mirando acariciantes los blancos hombros que surgían tentadores del encaje alrededor del cuello de la bata de seda verde.
—Es usted muy amable en venir a visitarme, conde, y gracias por las preciosas rosas —Elysia acercó las fragantes flores y aspiró su perfumada belleza.
—¿Cómo estás, Peter? —preguntó finalmente Charles apartando de mala gana los ojos de la figura reclinada de Elysia.
—Podría estar muerto y no lo habrías notado —se quejó Peter con resignación, observando la expresión de enamoramiento de Charles.
Charles se ruborizó y le lanzó una mirada significativa.
—Estás fastidiado porque el conde no te ha traído flores ati.
El conde pareció estupefacto y lanzó una mirada apologética a Peter.
—Me siento muy turbado... ignoraba que esta fuera la costumbre... pido perdón.
Peter frunció el entrecejo enojado cuando Charles lanzó una carcajada y, reprimiendo una sonrisa, Elysia explicó al apenado conde que simplemente estaban bromeando.
El mentón del conde se elevó aún más y miró desde lo alto de su fina nariz aristocrática a los dos jóvenes ingleses sentados en elegantes asientos de brocado, las largas piernas estiradas con descuido, y sus labios se apretaron.
—En mi país no es cortés burlarse de un invitado —recordó, con voz dura y ofendida.
Peter tuvo la gracia de mostrarse levemente avergonzado.
—Discúlpeme, conde, pero no fue dicho para ofenderlo —lanzó una mirada apaciguadora a Charles, que se movía incómodo—. El no siempre piensa antes de hablar.
—Eso me parece algo que tú y Charles tenéis en común, Peter —dijo Alex, que entraba en el salón, todavía con ropa de montar. Miró alrededor, hacia todas las cartas que se volvían, y después sonrió de lado.
—He dejado a mi mujer desatendida y descansando por un momento y ¿qué encuentro al volver? Mi mujer rodeada por todos sus admiradores... ¡y ciertamente has conseguido bastantes!
—No tantos como tú, milord, supongo —replicó Elysia. En verdad él parecía un poco desconcertado al verla rodeada de visitas. Ella casi imaginó que él estaba celoso... pero eso era absurdo. ¿Acaso no acababa de llegar de cabalgar con la demasiado atractiva viuda? Si él podía disfrutar de la compañía de otros, entonces ella también lo haría... pese al obvio desagrado que provocaba.
Elysia le lanzó una mirada entre las pestañas bajas. ¡Estaba tan apuesto con los pantalones de montar y las botas altas, mientras escuchaba cortésmente al conde! El conde podía ser un moreno buen mozo... su perfil recordaba a un dios griego, sus ojos ardían cuando la miraban, sus labios eran
sensuales, pero prefería el físico frío y bello de Alex. El exudaba poder y fuerza con cada movimiento de su gran cuerpo musculoso. El conde parecía desvanecerse en la insignificancia a su lado; hasta parecía afeminado, con sus blandas manos blancas y sus gestos teatrales.
—Bueno, he perdido. Hoy debía ser el encuentro... y yo hubiera ganado con mi pájaro, ¿eh. Charles? —declaró Peter inesperadamente.
—Es el gallo mayor y más mezquino que he visto. Hubiera apostado a él toda mi renta.
—Nunca he perdido tanto tiempo con una cosa —dijo Peter con disgusto —y todo para nada... preparamos esta pelea contra el de Peterson... había que poner de una vez por todas fin a sus infernales compadradas.
—Ignoraba que la gente entrenara a gallos para las peleas —comentó Elysia—. Creía que se encontraba uno y se lo lanzaba libre en el cuadrilátero.
—Peter le lanzó una mirada ofendida y resopló con fuerza.
—Es una suerte que usted no apueste, o se quedaría pronto con los bolsillos vacíos. Es una ciencia... un arte... eso de educar y entrenar a un buen gallo —prosiguió como si hablara con un niño—. Suele estar en su mejor momento a eso de los dos años, cuando se inicia un programa severo de entrenamiento para ponerlo en condiciones. Entrené a mi gallo durante seis semanas, haciéndolo pelear con varios pájaros para que practicara.
—¿Y no lo lastimaron?
—No, sus espuelas están cubiertas, claro está —contestó Peter exasperado—. ¿No sabe usted nada, Elysia? Sólo llevan espolones en la verdadera pelea.
—¿Qué son espolones? —Elysia rió, y pareció confusa—. Temo que esto sea totalmente incomprensible para mí.
—Un espolón, querida —explicó Alex, divertido— empieza por ser una espuela. Está hecho de plata y tiene unas dos pulgadas de largo, y se curva de la misma manera que el estilete de un cirujano... y de manera igualmente mortal.
—¡Es perfectamente atroz! —protestó Elysia—. Es cruel e inhumano. Y a ustedes, claro, les gusta este... deporte, aunque no se me ocurre nombrarlo con una palabra más apropiada.
—La verdad es que a mí me parece más bien desagradable. No es en modo alguno algo que me divierta —comentó Alex, con voz cansada.
—Bueno, a mí no me gusta en lo más mínimo, y me parece despreciable... aunque no amo especialmente a los gallos.
—No presentaría un pajaro que no fuera capaz de defenderse —dijo Peter, inmutable en la defensa de su depone—. Me he tomado mucho trabajo y esfuerzo para entrenarlo. Me he ocupado yo de todas sus necesidades... incluso me he levantado temprano para ayudar a prepararle la comida. ¡Y también lo he hecho sudar en una cesta de paja antes de alimentarlo! Después, al atardecer, hay que sacarlo de la cesta, lamerle los ojos y la cabeza con la lengua —continuó, entusiasmándose con el tema, hasta que fue interrumpido por las exclamaciones sofocadas de desagrado de los otros.
—¡Dios me valga! ¡Espero que no hayas lamido a ese maldito pajaro! —exclamó Alex, atónito.
—Claro que no —exclamó Peter indignado—. ¿Por qué me tomas... por una corneja con plumas de pavo real? No soy como Tom Noddy, tengo uno de los muchachos de las caballerizas para que lo haga, lógicamente.
—Ah,je ne suis pas dupe certe fois —dijo el conde burlón—. Vous plaisantez.
—No, mucho me temo, conde, que esta vez Peter habla en serio. No bromea, y nunca me sorprende a los extremos a que puede llegar cuando se mete en algo —dijo Alex con resignación.
—Mon Dieu —murmuró el conde, sacudiendo con sorpresa su cabeza rizada y castaña—. ¡Ay, ustedes, los ingleses! Pero debo dejarla —se disculpó, lanzando una mirada nostálgica a Elysia—. Espero disfrutar del placer de su compañía pronto, cuando esté usted completamente recuperada —le besó la mano, pero sus oscuros ojos estaban fijos en la boca de ella—. Je suis enchanté.
—Gracias por las preciosas rosas, monsieur le comte —agradeció Elysia graciosamente, soltando la mano del apretón de la del conde, cuando notó que los ojos de Alex se estrechaban mientras esperaba para acompañar al francés a
la puerta.
—Un tipo raro —comentó Peter cuando la puerta se cerró tras el conde y Alex—. No entiendo todo ese parloteo en francés. El tipo tampoco tiene sentido del humor. —Peter se puso de pie de mala gana y se dirigió a la puerta—. Es mejor también que me vaya, me estoy enmoheciendo —miró
a Charles—. ¿Vienes?
—Un momento—contestó Charles vacilante, mirando
nervioso alrededor.
Peter se detuvo ante la puerta.
—¿Sabe, Elysia? Es usted una persona estupenda. No creía poderme entender con nadie que se casara con Alex. La sangre se me agitaba ante la idea de quién podría ser. No conocía a una mujer a quien hubiera querido llamar cuñada, Dios me valga. Pero usted es de pura raza —murmuró con timidez, porque no tenía costumbre de mostrar sus sentimientos, y salió rápidamente del cuarto.
Charles tosió, se aclaró la garganta, y nerviosamente pasó su peso de uno a otro pie. Extrajo un pedacito de papel de la casaca y lo dejó caer en el regazo de Elysia. Su color era subido cuando dijo, vacilando:
—No me gusta mucho inclinar la rodilla ante los poetas y gente similar... no soy un erudito... nadie puede acusarme de eso, pero... —se detuvo, no sabiendo cómo seguir—. Tenía que escribir eso para usted. No me pregunte de dónde provienen las palabras, porque no lo sé. Es algo que nunca me ha sucedido antes —parecía desconcertado ante la experiencia.
Elysia desdobló el papel y leyó los versos rápidamente garabateados:
Verdes, verdes ojos, como la hierba verdes, pelo rojo dorado con brillo de sol, suave, suave piel, cremosa como azucares, nuestros corazones cantarines latirán a un tiempo.
Miró al joven que estaba ante ella incómodo, esperando con ansiedad su reacción.
—Charles... esto es lo más bondadoso y comprensivo que alguien haya hecho por mí, lo guardaré siempre. Gracias, querido Charles —Elysia se puso de pie en un impulso y besó la colorada mejilla en el momento en que se abrió la puerta del salón para dejar pasar a Alex, que se detuvo bruscamente ante el abrazo aparente de Elysia y Charles.
Charles se inclinó y rápidamente se retiró de la habitación ante el entrecejo fruncido del marqués. Su corazón cantaba en el momento de cerrar la puerta, y marchó dichosamente por el salón, con una amplia sonrisa en la cara —ignorando las miradas de las rientes doncellas que atisbaban.
—Bueno, bueno, no sabía que regalaras con tanta facilidad tus besos... ¿o es sólo a mí a quien no quieres otorgarlos? —preguntó Alex sarcástico—. Creo recordar que una vez dijiste que eras muy escogida en tus gustos. Ignoraba que te gustaran los jóvenes novatos y superficiales que acaban de salir del colegio.
Acortó la distancia entre ellos con un rápido movimiento hasta plantarse ante Elysia.
—Tenía la impresión que te gustaban los besos de un hombre, y sus caricias.
Alex tendió el brazo y la estrechó con fuerza contra él.
—Creía que respondías cuando este hombre ponía sangre en tus venas, cuando tu respiración era entrecortada y agitada. ¿Acaso no sentiste calor cuando él cubrió tu cuerpo niveo con sus besos? —murmuró torvamente, besuqueando el cuello y las orejas de ella, sus labios acariciando lentamente la garganta. Los brazos de Alex se apretaron alrededor de Elysia, la atrajo más hacia sí, hiriendo su costado aún no curado.
Elysia se estremeció cuando los labios de él separaron los suyos y él la besó profunda y apasionadamente, su boca sujetando posesiva la de ella como si no pudiera soportar dejarla. Después, bruscamente, la levantó y la llevó a su cuarto, donde la colocó suavemente sobre la cama en la que ella sólo había estado antes una vez. Elysia cerró los ojos y esperó. Quería esto... aunque sólo fuera deseo y no amor, de parte de él. Tomaría lo que pudiera... ¡al diablo con el orgullo!
Elysia sintió que las duras manos de él recorrían su cuerpo, le quitaban la bata y el peinador impacientes, hasta que ambos quedaron echados juntos, desnudos, enredados el uno en el otro. Alex daba suaves besos en la boca que se entregaba, murmurando palabras de amante en sus oídos:
—¿De verdad necesitas los besos de otro? —preguntó, y sus labios se endurecieron al volver a besarla, mientras sus dedos se hundían en el pelo de ella, forzando con vigor sus labios sobre los de ella a medida que la besaba. Ella luchó en busca de aliento.
—Fue sólo gratitud —habló Elysia sin aliento—. Ha escrito un precioso poema para mí. Fue muy delicado y sólo me mostré agradecida.
—¡Charles ha escrito un poema! En verdad debes de ser una hechicera... que tiende sus encantos como una tela de araña sobre los mortales no desconfiados. Bueno, te daré algo más que palabras escritas en un papel a cambio de tus hechizos.
Elysia se entregó completamente a su ardiente manera de hacer el amor. Devolviendo beso por beso, acariciándolo hasta que él gimió de placer y deseo, tomándola rápida, urgentemente, hasta que
ambos quedaron echados, anhelantes. Siempre unidos, los cuerpos entrelazados con la oreja de ella contra el pecho de él, pudo oír el rápido latido de su corazón.
—Dicen que soy un diablo salido del infierno... pero tú, milady, estás destinada al paraíso. Los antiguos griegos buscaban el Eliseo, pero yo lo he encontrado, y lo tengo entre mis brazos —murmuró Alex con voz densa, mientras sus labios aún la besaban, ávidos—. Llévame allí de nuevo, Elysia —murmuró.
Elysia sonrió tristemente. El cielo y el infierno... ambos compartían un poco de ambas cosas.
12
La crueldad tiene corazón humano y los celos rostro humano, el terror la humana forma divina, y el secreto el ropaje humano.
Blake
—¡Lady Trevegne, despierte, por favor, lady Trevegne!
Elysia murmuró protestando, y se acurrucó más bajo las mantas, subiéndolas hasta los hombros. Pero la enloquecedora e insistente voz persistió, como un zumbido en su oído.
—Por favor, señora, tiene que venir —la voz suplicó llorosa, hasta que finalmente Elysia sintió que la sacudían de su sueño. Se volvió de espaldas y miró hacia la sombría penumbra encima de su cama.
—¿Qué pasa? —preguntó adormilada.
—Soy yo, señora —dijo una débil vocecita junto a la cama.
Elysia extendió la mano para retirar las cortinas de la cama y vio ante sí una figurita vagamente discernible a la luz del fuego.
—¿Quién es?
—Soy la doncella de arriba, Annie... yo... ayudo a veces a Lucy.
—¿Annie?—Elysia bostezó, soñolienta—. Sí, bueno... —bostezó otra vez y suspiró—. ¿Qué deseas a estas horas? Debe de ser más de medianoche.
—Son más de las dos, señora —contestó con rapidez Annie.
—¡Más de las dos! —Elysia se sentó, sacudiéndose el sueño que aún tenía—. Pero, ¿qué sucede?
—Tengo una nota para usted. Me han dicho que le diga que es cuestión de vida o muerte —murmuró la muchacha, tendiendo el papel con un crujido.
Elysia lo tomó con cuidado, y miró desconfiada a la joven criada.
—¿De quién es?
—Ooooh... no debo decirlo. Hay que tener en cuenta que es secreto y además... he dado mi palabra de honor y la cumplo.
Elysia echó hacia atrás las abultadas mantas, se deslizó de mala gana fuera del calor de la cama, y metió los pies en las chinelas cuando sus plantas tocaron el suelo. Se acercó al fuego, abrió la nota, y sus ojos recorrieron rápidamente el contenido, mientras la luz del hogar proyectaba sombras en su rostro.
—Saca mi capa del armario, Annie. La oscura con capucha de piel... pronto. Tenemos que darnos prisa. Annie... ¿qué pasa? ¿Me oyes?
Elysia se envolvió en la tupida capa y se echó la capucha sobre el pelo.
—¿Hay detrás alguna escalera que nos deje cerca de los establos, Annie? —preguntó Elysia a la muchacha.
—Oh, sí. Están las escaleras del costado... las de servicio.
—Llévame rápidamente... y en silencio. Nadie debe saber adonde vamos —previno a la doncella mientras se precipitaba fuera del cuarto; el borde de su capa, como una oleada de viento, pasó sobre la mesa y arrojó flotando la hoja de papel en el medio del cuarto.
Elysia siguió a la doncella, que se escurría por corredores oscurecidos que parecían interminables, hasta que finalmente se detuvo ante una puerta sencilla y estrecha; la vacilante llama de la vela que llevaba en la mano era la única
guía.
—Por aquí, señora. Pero tenga cuidado, porque es muy
empinada. Los establos quedan directamente enfrente.
—Gracias, Annie. Y ahora recuerda: llamaré dos veces —explicó— para que me hagas entrar. No sé cuánto tiempo
tardaré.
—Oh, señora —exclamó Annie con voz asustada—.
No me gusta mucho eso de quedarme aquí en la oscuridad.
—Nada te puede pasar aquí en la casa, Annie.
—Bueno, uno nunca sabe lo que pasa de noche... puede venir algún franchute... que quiera degollarnos —hizo una pausa temerosa—. Después de hacemos algo peor con el cuerpo, si usted me entiende —siguió de pie meneando la cabeza mientras contraía los hombros y cruzaba los delgados brazos a su alrededor, como protegiéndose.
—Si te quedas inmóvil como un ratón... sin agitarte... estarás a salvo. Siéntate y espérame —dijo Elysia con autoridad, ansiosa por partir, mientras conducía firmemente a la tímida muchacha a una silla cerca de la puerta. La chica se sentó allí, en el borde, temblando tanto como la vacilante llama de la vela.
Elysia llegó sin contratiempos a las caballerizas y entró por una puerta lateral que no se percibía desde las ventanas de la casa. Notó el fuerte olor de los caballos y del heno mientras avanzaba en silencio ante los compartimientos, y el ocasional relincho de un caballo que la saludaba acompañaba el paso de su capa, cuando se abría camino hacia una débil luz en un rincón de los establos.
—¡Ian!
—Chist —previno Jims, llevándose un dedo a los labios—. No conviene que todo el establo se despierte ahora, ¿no le parece, señorita Elysia?
—Ian, ¿qué te ha pasado? —preguntó Elysia, arrodillándose junto a su hermano sobre la paja y tomando con cuidado la golpeada cara de él entre sus manos.
—Supongo que no me creerás si te digo que choqué de bruces contra un árbol —dijo él débilmente, bromeando.
—No, y más bien me parece... por el aspecto que tienes y el olor, que se trata de alguna pelea en una taberna —afirmó Elysia indignada, frunciendo la nariz con desagrado. Mojó un poco de algodón en agua y lo aplicó con cuidado contra el ojo hinchado de su hermano, sosteniéndolo con firmeza pese a que él hizo una mueca ante el contacto.
—No sé por qué Jims ha tenido que llamarte por esto. No estás con un atuendo como para estar fuera de la cama. Ya me ocuparé de ti, Jims —dijo él enfadado, con los dientes apretados.
—Vamos, vamos, niño Ian —dijo Jims para aplacarlo, en modo alguno intimidado ante la promesa de castigo de Ian—. ¿Cómo quiere que supiera que realmente no estaba malherido? Al verlo cubierto de sangre y demás... parecía usted medio muerto. La señorita Elysia nunca me hubiera perdonado si no la llamo si usted se hubiese muerto por algo —meneó la cabeza preocupado, contrayendo los labios pensativo—. Me parece que estos lugares no son muy seguros para los Demarice.
—Jims ha hecho bien en llamarme, pero no hablemos de lo que pudo haber sido. Lo importante es saber qué te ha pasado, Ian. Dudo mucho que un árbol te haya dado un golpe en un ojo —dijo ella secamente, limpiando parte de la sangre y la mugre que cubrían la cara de su hermano.
—Tuvo usted una buena escapada, niño Ian —comentó Jims.
—De eso me doy cuenta —gruñó él.
—Al menos ya empiezas a tener otra vez aspecto humano —dijo Elysia, que estaba en cuclillas, tendiendo los trapos sucios a Jims—. ¿Te duele algo en otra parte?
—Mi orgullo ha sufrido un golpe mortal, junto con unos buenos puñetazos en el estómago —dijo él, mientras ella tanteaba con suavidad el cuerpo de él.
—Apostaría a que hizo usted algún daño antes que lo derribaran —dijo Jims con una risita, deleitándose ante la idea de algunas narices rotas y dientes que faltaban.
—No tanto como me hubiera gustado... pero te aseguro que recordarán el contacto de mis puños —añadió el torvamente— y tendrán que curarse algunos moretones antes de que termine la noche.
—Usted siempre ha sabido dar un puñetazo cuando convenía —añadió Jims con orgullo, mientras enjuagaba los trapos sucios en el balde de agua.
—Bueno, lo cierto es que han trabajado con prontitud esta noche —admitió Ian con tristeza— ¡me llenaron de polvo la casaca bastante bien por cierto!
—¿Era más de uno? —preguntó Elysia ultrajada ante la idea de que una banda de salteadores hubiera atacado a su hermano.
—Eran un par de tipos fornidos, de puños duros, a los que no invité para un té a la tarde, mi dulce hermana.
—Oh, Ian, habla en serio. Casi te han roto los sesos, tienes la cara hecha una pulpa, y te quedas ahí tan tranquilo, largando bromas que no me parecen nada divertidas —dijo Elysia furiosa, al borde
de las lágrimas.
—Lo siento, querida... sólo quería aliviar la tensión. A veces una broma, sea cual sea su mérito, ayuda.
—No, soy yo quien te pide perdón por reprenderte —dijo Elysia, contrita— ¡pero si supieras hasta qué punto he estado preocupada! No puedo presentarte a mi marido o amigos. Andas por la comarca durante la noche con individuos poco recomendables, capaces de matarte... ¡disfrazado. Dios sabe de qué! Sé que estás metido en algo... ¿puedo acaso ayudarte?
—Hay tanto en juego en este disfraz que no puedo arriesgar nada —dijo él lanzando a Elysia y a Jims una mirada dura—. El futuro de Inglaterra puede estar en el tapete.
—Oh —murmuró Elysia, angustiada.
—Eso es mucho más importante que cualquiera de nosotros en este momento —explicó él— y además no estoy aquí con mi verdadera identidad. La gente me conoce como David Friday.
—¡David Friday! —exclamó Elysia—. ¡Pero no es posible que seas... la persona de quien me habló Louisa Blackmore!
—Louisa Blackmore... ¿ha hablado de mí? —preguntó Ian vacilante.
—Sí, lo ha hecho —contestó Elysia, mirando su cara enrojecida con ojos comprensivos—. La verdad es que está bastante enamorada de ti.
—¿Lo... está? ¿Louisa me quiere un poco? —preguntó él, con un brillo en sus ojos azules.
—Más que un poco. Me parece que la has impresionado bastante, según creo —Elysia lo miró, atónita—. ¿Por qué llevas un hombre falso?
—Cuando no se sabe quién es el enemigo... o qué información posee... entonces hay que tomar todas las precauciones para salvaguardarse a uno mismo y a nuestra misión. Mi nombre ha sido mencionado en el Ministerio, y, como se dice, las paredes oyen. Tal vez exageramos, pero ninguna precaución es demasiado grande, si asegura el éxito.
—Comprendo... y parece muy peligroso —dijo Elysia pensativa, mientras contemplaba el rostro lleno de golpes.
—Sí, estos hombres tratan rudamente a los entrometidos. No me gustaría que te acercaras a una milla de ellos, Elysia... por eso no me gusta que estés metida en esto, aunque sea remotamente.
—¿Cómo han descubierto tu identidad?
—Todavía no saben quién soy realmente, o ya me habrían pescado... para causarme algo más que unos pocos moretones.
Elysia se estremeció ante la horrible idea de lo que podría haber pasado; se apoderó de una de las grandes manos de él y la estrechó con fuerza, como si no quisiera soltarlo jamás. Ian sonrió, comprendiendo que ella debía de estar asustada, y le estrujó la mano para tranquilizarla.
—Creen que soy un marinero sin importancia... deshonorablemente expulsado de la Marina Real, y demasiado aficionado a la botella para que se pueda confiar en mí —lan olfateó con desdén sus ropas, que apestaban a whisky barato—. Tomé la precaución de beber ampliamente esa bebida horrible antes de acercarme demasiado... para el caso de que pudiera verme... cosa que, como ves, ha ocurrido —terminó con disgusto ante sí mismo.
—¿Acercarte a qué? —preguntó Elysia ansiosa.
—Acercarme a un mal círculo de contrabando.
—¿Aquí? Creía que la mayoría de esas historias eran habladurías... ¿y qué pueden importarte unos barriles de coñac y varios metros de terciopelo, siendo como eres un oficial de la Marina?
—Estos hombres no contrabandean sólo esos cargamentos... contrabandean espías franceses, que roban y compran informaciones secretas... cosa que cuesta mucho a nuestro país y a nuestra gente.
—¡Traición! —murmuró Elysia—. Pero seguramente ningún inglés se atrevería a traicionar a su país. ¿Estás seguro de lo que dices?
—Sí —contestó Ian sombríamente—. Hay hombres que descenderán hasta lo más bajo por sus propios intereses. Son capaces de vender su alma por algunos soberanos de oro.
¿Quién pude ser tan traidor como para vender a su país?, pensó Elysia, y un pliegue marcó su frente.
—El caballero Blackmore —dijo lan, respondiendo al pensamiento de ella.
—¿El caballero? ¡Oh, no! Eso es imposible. Vamos... él es... un pavo real hinchado —exclamó Elysia, incrédula.
—Un pavo real ciertamente, pero bajo el brillante plumaje hay un hombre ávido, hambriento de
poder... acurrucado como una serpiente lista para atacar si alguien interfiere con sus planes. Representa el papel del anfitrión rico y generoso, pero hace morir de hambre a sus arrendatarios; presenta una cara benigna y afable a sus invitados, pero tiraniza en la comarca, con las más crueles amenazas.
Elysia quedó anonadada, la incredulidad retratada en su rostro. ¿El hidalgo Blackmore? ¿Un traidor, un contrabandista? Pero actuaba como un bufón, un fanfarrón evidente, empapado de orgullo, servil y sumiso ante sus amigos influyentes, y ella jamás hubiera supuesto que pudiera ser peligroso. Elysia recordaba sin embargo cómo había maltratado a Louisa, y a veces el caballero le recordaba a un conejo —saltando por todas partes, torciendo la nariz ante la cosa más pequeña, consciente de cada movimiento en el cuarto, casi como a la expectativa de algún peligro, como si estuviera alerta.
Había sido engañada, cegada por el brillo de su vestimenta, y no había visto al hombre real pero debajo del resplandor, un resplandor que estaba manchado.
—Tenemos que prender a esa banda de contrabandistas traidores antes que tengan éxito con sus planes —prosiguió Ian con voz dura. Elysia lo observaba mientras él hablaba. Había cambiado más de lo que ella se había dado cuenta, porque era un hombre con un propósito: un hombre decidido, que podía ser un enemigo despiadado.
—No quiero meterte en esto, Elysia, pero tú podrías proporcionarme información. Podrías ser mis ojos y oídos. Tienes acceso a Blackmore Hall, cosa que no me ocurre a mí. Debes estar atenta a todos los recién llegados... cualquiera que no hayas visto antes. Y también quiero que vigiles al caballero, y a aquellos con quienes él mantenga conversaciones privadas, aunque dudo que lo haga tan obviamente. Pero nunca podemos dejar de lado lo obvio, que es a veces la mejor manera de ocultar algo. La persona que me interesa especialmente, en lo que se refiere a sus movimientos, es el conde d'Aubergere.
—¿Qué tiene él que ver en esto? —preguntó Elysia sorprendida.
—El es el espía.
—¡Oh,no!
—¿Lo conoces? —preguntó Ian agudamente, y el interés ardió en sus ojos, aunque el izquierdo empezaba a cerrarse por la hinchazón.
—Sí, lo conozco —contestó Elysia con tristeza—. Y no puedo creer que esté complicado. Sé que es francés, pero odia a Napoleón. Sus propiedades han sido confiscadas, y si ahora está sin un centavo se debe a Napoleón. ¿Cómo es posible que sea un agente?
—Lo es —replicó Ian con firmeza—. Tiene en este momento papeles secretos del gobierno que ha robado del Ministerio. Procurará pasarlos a Francia. Tenemos pruebas de que sirve a Napoleón. Y miente cuando dice que sus propiedades han sido confiscadas, si es que alguna vez las poseyó... probablemente ni siquiera sea conde. Y si realmente es lo que dice ser, cosa que dudo seriamente, entonces es como muchos de sus compatriotas, que tratan de recuperar sus propiedades sometiéndose a Napoleón.
Elysia suspiró pesadamente. ¿Nadie era lo que parecía ser? ¿Estaban todos jugando al engaño... haciendo un juego continuo de charadas? Incluso ella ocultaba a los otros sus verdaderos sentimientos. ¡Cuan fácil había sido que sus labios dejaran escapar mentiras!
—El conde ha escondido cuidadosamente los documentos... si oyes o ves algo debes decírselo a Jims, y él me lo comunicará. Hay barcos vigilando las travesías a Francia, pero no podemos dejar que nos vean y huyan. Tenemos motivos para creer que esperan un navio de guerra francés para que los transporte... la información es de gran importancia. Ocurrirá en los próximos días. El sábado será la primera noche sin luna, y no se arriesgarán al cruce en las pocas noches que faltan, cuando todo sea claro y brillante bajo la luna llena, Ian se incorporó, y ayudando a Elysia a ponerse de pie le dio un cariñoso estrujón.
—Tendrás que limitarte a escuchar y observar... nada de averiguar. No quiero que corras ningún peligro. Jims me informará sobre tu salud...
—Pero ya estoy prácticamente curada, Ian —interrumpió Elysia.
—Aún estás débil, no quiero correr riesgos con tu seguridad, y sé que la sangre se te calienta a veces, Elysia, por eso te pido que tengas cuidado —previno lan—, esto no es un juego. Esa gente es peligrosa, y no vacilarán en quitarte del camino si los molestas. Por eso Jims debe saber todo lo que hagas, y tú le informarás... ¿me entiendes, Elysia?
—Sí, Ian —prometió Elysia de mala gana— tendré cuidado.
Ian pareció satisfecho con la respuesta de ella, pero insistió:
—Ahora entenderás, más que nunca, por qué mi identidad debe ser un secreto. Nadie debe conocer mi existencia, ni mi misión, porque no sabemos con certeza quiénes son nuestros amigos. Y ahora vete, antes de que te mueras de frío. Me siento como una persona horrible al informarte, por poco que sea, de este asunto... sólo Dios sabe cuánto me gustaría que estuvieras de regreso en el norte, fuera de esta situación —añadió Ian, preocupado.
—No te preocupes por mí, Ian, estaré bien, y ya tienes demasiadas cosas de qué preocuparte para añadir a estas mi seguridad —dijo Elysia con confianza—. Además, no se atreverán a hacer daño a una marquesa. Estaré totalmente a salvo. Pero, ¿qué pasará con Louisa?
—añadió suavemente—. Simpatizo mucho con ella, y estoy segura que no está metida en esto.
—Claro que no lo está... ¡vamos, es tan inocente como un bebé! —lan parecía abrumado—. Ella también me preocupa pero, ¿qué puedo hacer? —Sacudió la cabeza, derrotado—. Resultará herida pase lo que pase, porque sólo hay una salida para esto, y su nombre quedará manchado.
—Ian lanzó una mirada a Elysia, que estaba de pie ante él, muy quieta—. Cuídala, ¿quieres? Necesitará alguien a quien dirigirse, alguien que la proteja y... —se interrumpió, incapaz de proseguir, despreciando el papel que iba a tener que representar— ...no deseará mi presencia...
—Me ocuparé de ella, lan, pero creo que piensas mal de Louisa. Ella lo entenderá cuando sepa toda la verdad... y no te odiará.
—Vete ahora, querida —murmuró Ian, resignado al camino que debía seguir, e incapaz de creer en las palabras de consuelo de Elysia.
Ella le dio un rápido beso, y colocándose la capucha salió en silencio de las caballerizas, con Jims, que insistió en acompañarla hasta que estuviera de vuelta y segura en la casa.
—Jims —suplicó ella cuando estaban ante la puerta del costado de la casa— cuida de él. El necesita tu ayuda más que yo.
—Vamos, señorita Elysia, me pide usted que vigile al niño lan, y él me pide que la vigile a usted, y ambos saben que ninguno de los dos va a hacer lo que yo les diga. Ustedes siempre harán lo que se les ocurra, ambos son tercos, y nada podrá hacerse para detenerlos —se quejó Jims.
—Pobre Jims, siempre hemos sido un clavo para ti, ¿verdad? —preguntó Elysia contrita.
—Bueno, eso no lo niego totalmente —dijo Jims haciendo una mueca, porque no deseaba que las cosas fueran de otro modo—. Usted sabe que no me agrada la gente sin espíritu, domada, como... tantos, que también están llenos de malignidad y que conozco.
—Por duro que sea, Jims, no pierdas de vista a Ian, ¿quieres? —murmuró ella, antes de desaparecer por la estrecha puerta.
Elysia se estremeció y se quitó la capa, echándola sobre la cama, y se quedó de pie ante el fuego, en busca de calor, y la luz proyectó la silueta de su esbelto cuerpo bajo el delgado camisón de hilo, mientras se frotaba las manos.
Annie la había hecho pasar al oírla golpear, con una alegría que apenas pudo ocultar al ver a Elysia... la cara pálida y los ojos redondos como lunetas tras la espera solitaria en la oscuridad del corredor. Annie se marchó alegremente hacia su propia cama, tras aferrarse al brazo de Elysia como un torniquete, cuando regresaron en silencio.
Elysia se contrajo y apretó los brazos intentando contener su temblor, más por los nervios que por el frío, sospechaba, mientras contemplaba fijamente y pensativa las llamas. De verdad no comprendía cómo podía ser de alguna utilidad a Ian. Ni siquiera sabía por dónde empezar... ni lo que debía escuchar o vigilar. Ahora que sabía la verdad, cualquier acción, por inocente que fuera, iba a parecerle sospechosa. ¿Y qué iba a ser de Louisa? ¿Cómo recibiría la revelación de Ian? No le gustaba pensar que Ian tenía razón al suponer que ella iba a despreciarlo y apartarse de su amistad. Si al menos...
Elysia se volvió, sobresaltada en sus pensamientos por el crujido de una silla. Alex estaba tranquilamente sentado en un rincón del cuarto de ella, y Elysia no lo había visto unos minutos antes, cuando entró. ¿Cuánto tiempo había estado él allí?
—¿Dónde has estado? —preguntó él finalmente, con voz tranquila y mortal, que era una amenaza.
Ella no pudo hablar. La voz se le heló en la garganta y no pudo apartar la mirada de los ojos dorados que parecían arder dentro de su mente y leer sus pensamientos.
—Vamos, ¿no tienes nada que contarme? Creo tener cierto derecho a saber... después de todo soy tu marido. ¿O ya lo has olvidado? Tal vez no creas que tengo derecho a saber dónde se escabulle mi mujer, en medio de la noche... una llamada tan importante que ha desafiado un viento
helado, y casi se ha ido arrastrando a cumplir con una cita clandestina.
Se puso de pie y lentamente avanzó hacia ella, como una pantera que está a punto de lanzarse sobre su presa. Elysia sintió la violencia apenas contenida de su cuerpo cuando él se detuvo ante ella, cerrando cualquier camino de escape que ella hubiera planeado, mientras la miraba con desprecio.
—¿Valía la pena el esfuerzo? —se burló, y sus labios se curvaron con disgusto, mientras sus ojos recorrían insultantes la figura de ella, el color de sus mejillas, debido al calor del fuego, y el brillo de sus ojos, debido a la sorpresa, con síntomas de pasión—. ¿Acaso tu amante te ha estrechado entre sus brazos y calentado tu cuerpo estremecido con el calor del suyo?
Se apartó violentamente de ella, como si no pudiera soportar mirarla, y empezó a pasear de un lado a otro junto al ardiente fuego, que parecía alimentar su furia. Alex hizo una pausa y miró a Elysia.
—¿Y bien? ¿No tienes excusas plausibles, ni mentiras almibaradas para tratar de engañarme? —demandó—. ¿O vas a quedarte ahí y reconocer descaradamente que has ido a encontrarte con un amante? Habla.
—No tengo mentiras ni excusas. No tengo nada que decir. Puedes creer lo que quieras... aunque te prevengo que las apariencias pueden engañar... y lo que parece ser la verdad no siempre lo es —dijo Elysia tranquilamente, incapaz de defenderse con la verdad para no quebrar la solemne promesa hecha a lan. Alex tendría que aprender a confiar en ella... o creerla infiel.
—¿Me estás amenazando? —preguntó él incrédulo—. Bueno, ha dicho usted la verdad, señora, porque no es lo que la gente cree... una doncella joven e inocente... ¡dulce y gentil, y tan honorable! —rió cruelmente—. Eva en persona debe de haberte amamantado. La mentira y la intriga son en ü algo natural. Eres como todas las mujeres... anhelas la excitación de los besos robados...y de los maridos robados. Te has burlado de todos los sentimientos decentes. Tu falsedad y ocultamiento casi ha cerrado mis ojos ante tus verdaderos colores —se apartó de ella, con una expresión de odio contra sí mismo en el rostro ante su propia duplicidad y después, bruscamente, le tendió una delgada hoja de papel—. No creo conocer a este Ian... quizás alguno de tus amantes allá en el norte... ¿o en realidad ibas a Londres a encontrarte con él, y toda esa historia acerca de una tía cruel y maligna y de que ibas en busca de trabajo eran otras mentiras. ¡Hasta es probable que participaras en el plan de Sir Jason, creyéndome un pichón fácil de atrapar! Debo felicitarla, señora, porque ha representado usted el papel de la doncella inocente como si hubiera nacido para él.
—Deberías saber mejor que nadie que eres el primero y único hombre con el cual he tenido intimidad —dijo finalmente Elysia, defendiéndose.
Las manos de Alex se cerraron con fuerza, y un músculo palpitó a un lado de la mejilla, como si ya no pudiera contener la ardiente rabia que había en su interior. Se apartó de Elysia que estaba allí de pie, acusándolo con sus ojos, como de un crimen. Las venas de su cuello sobresalían tensas mientras miraba alrededor del cuarto, hasta topar con la muñequita de porcelana que estaba tentadora sentada, con su sonrisa pintada, recordándole las tretas femeninas y la traición que nunca debía haber olvidado. Quiso deshacerla, convertirla en nada. Extendió la mano y, pese al grito desesperado de ella, tomó la figurita que personificaba todo lo que había llegado a detestar. La arrojó desde la mesa al suelo, donde quedó rota... con la cara hecha trizas.
Elysía pasó ante él y se dejó caer de rodillas, sin tener en cuenta los puntiagudos trozos de porcelana; se inclinó sobre su muñeca y recogió un pedazo de la cabeza... tenía un bucle rubio y pedazos de la cara colgaban de ella. Se dejó hundir más en el suelo, y su cuerpo escudó a la muñeca rota de manera protectora, mientras unos sollozos angustiados surgían de lo profundo de su ser, sacudiendo su cuerpo de manera incontrolada.
Alex quedó como deslumbrado, atónito ante su propia falta de control, hasta que el llanto de Elysia lo despertó de su inmovilidad. Quedó mirando como atontado a la mujer arrodillada que se sacudía con cada sollozo desgarrador. Inclinándose puso las manos sobre los hombros de ella para levantarla, pero ella se apartó de su contacto como si la quemara, y se acurrucó alejándose de él, como un perro castigado.
Alex lanzó por lo bajo un juramento antes de rodearla con sus brazos y levantarla del suelo; la sostuvo con firmeza, aunque ella luchaba por escapar.
—Tranquila, Elysia. Por Dios, no te he pegado. No tienes motivo para alejarte de mí.
Elysia cedió entonces, y se abandonó floja a los brazos que seguían sosteniéndola con fuerza. El la puso con suavidad sobre la colcha de raso, echando hacia atrás su pelo con dedos curiosamente rígidos.
—Elysia, mírame —ordenó, pero los ojos de ella seguían mirando sin ver... no veían nada fuera de los propios y torturados pensamientos. Su cara estaba mortalmente pálida, los ojos rojos e hinchados por el llanto, cuando se inclinó y soltó un trozo de la muñeca rota, el pedazo que mantenía atrapado en un apretón mortal.
—Te odio —murmuró finalmente Elysia con voz sin emoción, mientras él le curaba los arañazos de las manos con un pañuelo, mojado en una garrafa de agua que había junto a la mesita de noche.
Alex se incorporó y dijo fríamente.
—Es un sentimiento recíproco, señora —y con esto dejó la habitación. Elysia sintió la puerta que se cerraba entre ambos cuartos... una puerta que separaba algo más que los dormitorios contiguos. Se incorporó, reclinada a medias, apoyada en los codos, y miró los trozos en el suelo. Yacían ahí, rotos por una mano imperiosa, todos sus sueños y esperanzas, todas las ilusiones... las creencias duramente destrozadas en un segundo por una ira al rojo vivo.
¿Qué podía importarle? Si era sincera consigo misma debía reconocer que ya sentía la erosión y corrupción de sus ideales —simplemente no había querido reconocerlo ante sí misma— probablemente porque era lo único a lo que podía aferrarse. Pero incluso las falsas creencias mueren con dificultad. Lo único que deseaba era ser mimada y amada, querida y protegida, tener una familia a su alrededor. Si perdía la fe en estos sueños, entonces, ¿qué le quedaba en realidad? Prefería morir antes que ver sus sueños hechos trizas.
¿Qué había hecho que fuera tan malo como para recibir este cruel golpe? Elysia lanzó una sofocada risita de desesperación. Haberse enamorado de este demonio... merecía cualquier cosa que el destino quisiera depararle.
13
Latet anguis in herba.
¡Una serpiente amenaza entre la hierba!
Virgilio
Elysia pasó los dedos sobre el libro encuadernado en cuero fino que sostenía sobre las rodillas, y los intrincados diseños le resultaron toscos al tacto. Alex había vuelto a salir... a alguna parte cabalgando con lady Woodley. No era un secreto: Alex quería que ella supiera exactamente dónde iba y con quién, y casi se deleitaba al hacerlo. Aparentemente no estaba afectado por los helados silencios de ella y los evidentes anzuelos que le tendía.
Se preguntaba cuántas veces se veía él con la viuda. ¿Acaso tenían citas secretas en algún lugar conocido sólo por ellos? El había vuelto a ella, tal como lady Woodley había anunciado. Elysia no podía soportar pensar en la sonrisa triunfal que debía tener la viuda al contemplar seductoramente los Jurados ojos de Alex. Bueno, que se quedara con él... Elysia lo despreciaba y detestaba por lo que había hecho. No, esto era mentira. No podía engañarse a sí misma. Todavía estaba atrapada por él. Contra todo lo que razonablemente pensaba, estaba aún enamorada de Alex... más que nunca, al extremo de arder de deseo. La hería atrozmente ser mirada con desprecio y odio por el hombre que amaba... que la trataba con más desprecio que a la criada más insignificante del lavadero.
Pero, ¿realmente podía echarle la culpa? Las pruebas no habían estado a su favor... de hecho eran condenatorias. De todos modos: ¿qué podía haber hecho? Había dado su palabra de honor, y no podía quebrarla. Era un promesa que podía ser de largo alcance y tener trágicos efectos sobre to-dos si ella la quebraba... especialmente para Ian.
No, su problema tendría que resolverse solo y quizás... algún día... Alex conocería la verdad acerca de aquella noche. Pero, hasta ese momento, la cosa no estaba en sus manos. De todos modos, la agonía y suspenso de esperar a lo largo de los interminables días siguientes era casi insoportable. No parecía que pudiera ocurrir nada que aclarara el malentendido que existía entre ellos, y Elysia sólo podía contemplar desesperada que el abismo entre ella y Alex se ensanchaba.
¡Si al menos ocurriera algo! Pero toda su alerta vigilancia y lo que escuchaba le proporcionaba escasa información que Jims transmitía a Ian. El hidalgo no buscaba encuentros privados con el conde, por lo menos no cuando ella estaba presente. Mantenían una relación cordial y normal entre sí cuando estaban entre amigos.
A Elysia le resultaba difícil creer que el caballero fuera un contrabandista —y un traidor— cuando lo veía entretener a sus invitados con historias divertidas, sonriendo benignamente, como un santo benévolo. Y el conde... ¡cuan fácilmente había aceptado ella sus halagos y sus tristes historias de nostalgia! El la seguía buscando, la rodeaba con sus atenciones más ardientemente que nunca, mientras los obvios coqueteos de Alex con lady Woodley mantenían los chismes de los invitados, y parecía que él hacía oídos sordos y ojos ciegos a los flirteos del francés.
Todos estaban viviendo al borde del precipicio, pensó una noche Elysia, mientras las carcajadas resonaban en el Salón de los Banquetes, en una de las muchas historias con que el caballero entretenía a sus invitados. Su risa apagaba las otras voces. Ante la mirada un poco cínica de Elysia, aquello era como los últimos días de Pompeya... gente que inconscientemente esperaba su última destrucción. Y sólo ella conocía que la condenación se acercaba.
¿Y cuál iba a ser el resultado final, el último acto de esta charada antes de que cayera el telón? El caballero y el conde juzgados por traición, Louisa y la señora Blackmore en desgracia... ¿qué podrían hacer? ¿Dónde iban a ir que los comentarios no hubieran llegado?
La señora Blackmore. ¿Cómo podría sobrevivir al golpe? Era evidente para todos que se apoyaba totalmente en el caballero... que dependía de todos sus gestos y palabras. Permanecía sentada en un rincón del opulento salón, como un tímido ratoncito en medio de un cuarto lleno de lustrosos gatos, espiando con cautela a cada uno, con el chai apretado sobre los delgados hombros. Hiciera lo que hiciera, Elysia no lograba que mantuviera una conversación, o que siguiera las bromas más triviales; pero nadie lograba hacerlo tampoco. De modo que, al cabo de un rato, todos la
ignoraban y su misma existencia era olvidada.
Parecía profetice que se preparaba una tempestad, pensó Elysia al contemplar las amenazadoras nubes negras que se juntaban en el oeste. Había habido cielo claro y mar calmo un par de días... una calma inquietante que pendía en el aire como un hacha sobre una cabeza.
—Se prepara una tormenta tremenda —comentó Peter lacónicamente, siguiendo a Elysia. El lejano redoble del trueno resonó como previniendo, mientras ellos esperaban en silencio, mirando las pesadas nubes cargadas de lluvia que se agrandaban malignas con sus bordes de encaje oscuro—. Por eso prefiero Londres durante los meses de invierno —dijo Peter cuando unos relámpagos chispearon ominosos a la distancia—. Pero todavía falta tiempo para que estalle. Naturalmente —añadió viendo la expresión grave de Elysia— esa tormenta no tiene ni la sombra de una posibilidad de derrotar a la que se está preparando aquí. Se podría cortar el aire con un cuchillo hasta tal punto es espeso. ¿Qué diablos le ha hecho usted a Alex para enfurecerlo de este modo? Nunca lo he visto tan rudo y desdeñoso.
—Tuvimos un malentendido... una diferencia de opinión —contestó Elysia evasiva, poniendo poca preocupación en la voz.
—¡Una diferencia! No me gustaría estar presente cuando ustedes dos tengan una verdadera disputa, si este es el ejemplo de una "diferencia de opinión" —afirmó Peter, incrédulo—. Cuando usted entra en una habitación en la que está él, es como agitar un trapo rojo ante un toro furioso. Alex tiene una expresión más sombría que el trueno. Tengo miedo de parpadear cuando está conmigo... por miedo a que me corte la cabeza. Y usted... usted se ha mostrado tan alejada del mundo y tan rara como una monja en un convento. Naturalmente, no son asuntos míos —prosiguió, pese a la expresión severa del rostro de Elysia— y no pienso remover el avispero preguntando a Alex... pero ¿qué ha pasado para que los dos estén a punto de degollarse mutuamente?
—Un malentendido —repitió Elysia, casi como hablando consigo misma—. Un malentendido que no tengo libertad de explicar... y, hasta que no lo haga, no hay esperanza de reconciliación —explicó con voz seca.
Peter le echó el brazo sobre los hombros y sonrió comprensivo. Este era en verdad un nuevo papel para él: el de sabio y entendido consejero. De pronto se sintió más viejo que Elysia, aunque sólo le llevaba dos años, pensó con desmayo, mientras decía, alentador:
—Alex es un diablo muy orgulloso... demasiado en verdad, tanto como Lucifer... y está habituado a salirse con la suya... a tener siempre la última palabra... y desde luego no está acostumbrado a que se le enfrente una mujer —rió—. Usted le ha devuelto palabra por palabra. El es tan voluntarioso y decidido en sus cosas que va contra sus entrañas tener que aceptar la independencia de usted. ¡ Caramba, no puedo creer a mis ojos ante algunas de las cosas que usted ha hecho!
—También estoy acostumbrada a salirme con la mía... y no acepto buenamente, ni cedo con blandura ante su arrogante e impositiva autoridad.
—¡Bueno, ha logrado usted más de lo que yo jamás he podido! Y desde luego he tenido varios encuentros con mi gran hermano, y probablemente ese sea el problema. Está tan acostumbrado a desempeñar conmigo el papel de hermano mayor, de ser para mí a la vez padre y madre, que de forma natural asume el mando de todo, y de todos. Hay en él algo de dictador, y por eso estoy atónito ante lo que usted ha conseguido de él. ¡Caramba, vaya si me ha tirado de las orejas!
—Eso se debe a que a él ya no parece importarle lo que yo haga... si es que alguna vez le ha importado. Probablemente ha sido su ego el que se sintió golpeteado ante mi terquedad, no la preocupación por mi seguridad o bienestar —Elysia luchó para decir esto serenamente, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla.
—¡Que no le importa! —exclamó Peter incrédulo—. Eso es absurdo. Está loco por usted. Tiene una naturaleza salvaje, y de alguna manera usted ha logrado... como ninguna otra mujer jamás... provocar en ella una chispa. Y créame que se ha encendido hasta convertirse en algo grande. El fuego está ahí, Elysia, ardiendo bajo ese frío exterior. El no ha adquirido la reputación de ser... —hizo una delicada pausa y el rubor se extendió sobre sus pómulos prominentes—... un demonio de amante por ser un pescado frío.
—Si arde es por lady Woodley, no por mí.
—¡Todos los infiernos! —juró Peter.
—¿Cómo dice? —Elysia pareció sorprendida.
—He dicho "todos los infiernos" y es exactamente lo que he querido decir —replicó Peter sin arrepentirse— y usted no está ofendida... la conozco bastante bien como para darme cuenta de que
no se desmayará ante un lenguaje que no sea de caballeros... dentro de lo razonable, claro está —añadió con humildad.
—¿Y por qué no cree usted que Alex no anda tras la viuda? Ha pasado junto a ella bastante tiempo en los últimos días.
—Una treta. Para ponerla a usted celosa. Lo ha hecho para picarla, eso es todo. Alex no soporta a los Blackmore, ni ese palacio que llaman casa solariega. Va allí para evitar quedarse a solas con usted... está demasiado enloquecido, creo, para confiar en sí mismo si se queda a su lado. Y está usando a Mariana. Si la hubiera querido de mujer se habría casado con ella en Londres... donde tuvo muchas oportunidades de hacerlo. Y se alegró también de terminar con ella... no le gusta que las mujeres se vuelvan demasiado posesivas, ¿sabe usted?
—Tal vez ha cambiado de idea... y se ha dado cuenta que cometió un error al casarse conmigo —dijo Elysia, sabiendo por qué él sentía hacia ella lo que sentía... y sabiendo también que aquello era mentira.
—No, imposible. Alex no comete esos errores. Sabe lo que quiere —dijo Peter con firmeza—. De todos modos, ¿quién puede pensar que ha cometido una equivocación cuando la tiene a usted? Hay que tener un cerebro muy obtuso para suponer eso. Y los buenos matrimonios entre los Trevegne son tormentosos, es la sangre árabe que llevamos o por lo menos lo que dicen —añadió él diabólicamente, sabiendo que iba a llamarle la atención.
—¿La sangre árabe? ¿Está usted bromeando, Peter? ¿Un inglés con sangre árabe en las venas? —preguntó Elysia escéptica—. ¿Y reconocida? Yo imaginaría que eso era un secreto de familia... algo sobre lo que se murmura... el esqueleto en el armario. De todos modos la mayoría de las familias tienen uno o dos escondidos. Lógicamente comprendo que es deseable poder saber quiénes son nuestros antepasados desde hace centenares de años, pero no es ventajoso remontarse hasta los árabes... por civilizada que haya sido la antigua raza... ya que en Londres son considerados paganos por la mejor sociedad. De hecho, todo extranjero está outré hoy en día.
—Ah, pero olvida usted que a la sociedad le gusta el misterio y lo romántico. Nosotros ya tenemos, o por lo menos Alex tiene, mala reputación, y se ha hablado de nosotros. ¿No comprende usted hasta qué punto puede ser sabrosa la historia si se rumorea que hubo una antepasada que era una princesa árabe? Eso deleitaría y estimularía la fantasía de la gente.
—¿Y es un mero rumor? —inquirió Elysia, atrapada en la intrigante historia de Peter.
—No, tal como son las cosas es la pura verdad; y eso, mi querida cuñada, realmente impresionaría a la gente bien, si lo supieran con certeza... les gusta sólo porque se añade a la leyenda de los Trevegne. Quedarían asustados y sin habla... lo que no estaría del todo mal... si conocieran toda la historia de nuestra más bien aventurera familia.
—Bueno, yaque ha logrado usted despertar mi interés, es justo que me cuente la historia. Después de todo se me puede decir, ya que también soy una Trevegne, ¿verdad?
—Hum. Supongo que sí, pero debe usted jurar por su honor no decir una palabra sobre nuestra sangre impura —murmuró él.
—Lo prometo —dijo Elysia con solemnidad, y un chispazo de buen humor reemplazó las lágrimas que había tenido en sus ojos.
Peter sonrió aprobando, la condujo hasta un sillón, donde la hizo sentarse cómodamente, mientras él ocupaba la alfombrilla junto al fuego, tendía las largas piernas ante el calor, y le hacía una mueca encantadora.
—Tenemos un pasado bastante sabroso, ¿sabe?
—Sí, he oído hablar del filibustero.
—Oh, ese fue todo un personaje —dijo Peter con orgullo—. No me molestaría volver a esos días de aventura... llenos de duelos a espada y arriesgados rescates de hermosas damas— dijo soñando en voz alta, mientras se imaginaba con una daga y un sombrero tricornio—. Ese antepasado nuestro fue un gran aventurero. Debió de dar varias veces la vuelta al mundo en sus viajes... estableciendo el modelo para las generaciones venideras.
—¿Incluida el pirata que decoró el Gran Salón con sus botines? —bromeó Elysia.
—Dio un bonito ejemplo, ¿eh?
—¿Un bonito ejemplo para qué, me pregunto?
—Bueno, puede decirse que abrió nuevos horizontes, alentó nuestro deseo de conocer otros pueblos viajando lejos y a tierras distantes— prosiguió Peter dramáticamente, disfrutando de su papel de narrador—. Así hasta el primer Alexander, llamado como mi hermano, claro está—dijo con una
mueca.
—Naturalmente no esperaba menos —concedió Elysia.
—Estaba en una exploración cuando se vio envuelto en una batalla con un navio árabe de esclavos, que vivía de los beneficios de la venta de aquellos pobres diablos... y que llevaba un pasajero muy especial por el cual se podía discutir... y un cargamento también muy valioso... la hija de un jeque de uno de los reinos increíblemente ricos del desierto. He oído que viven como reyes en esas tiendas... al extremo que avergonzarían al principe de Gales, rodeados de oro, joyas, ricas telas. Los traficantes de esclavos habían secuestrado a la hija de uno de los reyes del desierto, iban a pedir el rescate y después venderla al mejor postor sin duda. Me temo que su destino ya había sido sellado, hasta que se presentó mi pendenciero antepasado, la reclamó, y quedó tan prendado del pelo oscuro y los ojos dorados color desierto de ella, que la trajo a su patria como su prometida. De este modo se explican los ojos dorados que asoman de vez en cuando en alguna generación... —terminó Peter satisfecho, sintiéndose como un narrador de la corte en el antiguo Bagdad.
—Es toda una historia Peter, pero dudo que la realidad haya sido tan romántica como usted la presenta. Su antepasado era un pirata que se apoderaba de lo que quería, sin tomar en cuenta los sentimientos de la muchacha... que probablemente estaba loca de miedo. ¡Primero fue secuestrada por traficantes de esclavos, y después por un pirata inglés de una tierra que probablemente jamás había oído nombrar, y condenada a no ver nunca más a su familia!
—Es posible... se suponía que él era bastante sinvergüenza... pero de todos modos la dama en cuestión tuvo ocho hijos varones y tres o cuatro hijas, y vivió hasta muy vieja aquí, en Westerly, rodeada de numerosos nietos y su marido convertido en su devoto esclavo, ya que sus días de vagabundeo habían terminado.
—Los bribones deben de abundar en la familia —comentó Elysia ácidamente, entre dientes.
—¿Está usted descubriendo en este momento hasta qué punto puede ser bribón mi hermano? —preguntó Peter, que había oído las palabras murmuradas.
—Lo supe desde que nos conocimos —afirmó Elysia, exasperada.
—¡Oh! En ese caso es raro que no lo haya evitado usted como a la peste —comentó él, preguntándose si lo que el Comodín había dicho había sido realmente la verdad. Debe de haber sido una escena loca, pensó divertido —estas dos personas tan orgullosas y de sangre caliente queriendo degollarse mutuamente.
No sabía qué estaba tramando Alex, pero sino no tenía cuidado iba a perder a Elysia, y esto sería verdaderamente lamentable. ¡Que el diablo se lo llevara! ¿Porqué demonios fingía ser el ardiente enamorado de Mariana? Parecía muy contento de haberse librado de ella en Londres... aunque fueran meras habladurías pero, de algún modo, él lo creía. Alex simplemente intentaba poner celosa a Elysia... y eso significaba que de verdad estaba enamorado de ella. De otro modo no se preocuparía... no era su estilo hacerlo. Pero algo faltaba aquí; y si Alex no tenía cuidado la cosa iba a estallarle en la cara. El no confiaba en aquella gatita de Mariana.
¡Que se lo lleve el diablo! pensó, mientras el ceno de Elysia se fruncía palpitante entre las arqueadas cejas, al contemplar el fuego. Sin duda se preguntaba qué estaba haciendo Alex con Mariana.
Elysia se irguió bruscamente y recogió el libro que había estado tratando de leer.
—¡Saldré a montar, no soporta esto más tiempo! —dijo desafiante, y salió corriendo de la habitación en medio de la agitación de sus vaporosas faldas rosadas, que flotaron tras ella.
Peter empezó a protestar, después se encogió de hombros cuando la puerta se cerró de golpe sin darle tiempo a decir una palabra. Lentamente se puso de pie y se dirigió a la ventana, maldiciendo en silencio a su hermano. Miró hacia afuera observando pensativo la blanca niebla vaporosa que empezaba a girar alrededor de las rocas, ocultando el mar en una cortina que todo lo envolvía. Niebla... ¡Dios, que día tan feo! Esperaba que Elysia lo viera y tuviera el buen sentido de volver. Pero ella se encontraba en un estado de ánimo inquieto, en el que nada le importaba, y era capaz de hacer cualquier cosa... era mejor asegurarse de que no se lanzara de cabeza... como solía hacerlo. ¡Era tan terca en su manera de ser... montada siempre en Ariel, aquel fantástico caballo de ella, y salía a cabalgar todas las tardes, sin tener en cuenta el clima! No era raro que ella y Alex se sacaran chispas al encontrarse. Peter movió negativamente la cabeza mientras se servía una buena canüdad de coñac antes de desafiar el frío y la ira de Elysia.
Elysia colocó el grueso volumen entre los otros libros del estante, tomando mentalmente nota de su lugar. Tenía que releerlo. Su mente había estado tan preocupada con otros pensamientos que no
recordaba la mitad de lo que había leído esa mañana.
—Querida, al fin estamos solos. ¿Tendremos que estar siempre rodeados por ojos y oídos no deseados? —se quejó con voz petulante.
Elysia quedó petrificada cuando se cerró la puerta de la biblioteca y oyó el crujido de unas faldas en la habitación.
—Oh, Alex, ¿por qué aquí? ¡Ya sabes cuánto detesto los libros! Y aquí tienes una cantidad desusada.
—Querías estar sola, ¿verdad, Mariana? —contestó Alex con voz grave.
—Claro y este es el motivo.
Se produjo un silencio en la habitación. Elysia no se atrevió a moverse. Desde su posición en el altillo de la estantería tenía una vista panorámica de la habitación pero quedó rígida, contra el rincón de la galena, la cabeza contra el frío cristal de la ventana. Oyó un largo y profundo suspiro, y después siguió una risa baja, seductora. Elysia apretó sus nudillos contra la boca, mordiéndolos para controlar el grito de agonía que sentía crecer en ella.
—Te he echado de menos, mi amor —murmuró Mariana suavemente, en un murmullo que llegó hasta Elysia en medio del silencio—. Te haré pagar caro haber dejado Londres... y casarte con esa criatura.
—Estoy más que dispuesto a pagar el precio que exijas
—contestó Alex perezosamente, y su voz produjo una oleada de dolor y anhelo en Elysia al escuchar.
—Hum, tendré que pensar en algo diabólicamente hábil, porque será la única manera de calmar mis sentimientos heridos. Has sido muy brutal, y la verdad es que no debería tener nada que ver contigo, Alex.
—Si eso es lo que deseas —dijo Alex fríamente, con voz aburrida—. Es asunto tuyo.
—Sabes que no puedo estar separada de ti... bésame
—ordenó_20ella con voz ronca.
El silencio que siguió fue bastante respuesta para Elysia, demostrándole que su marido se sometía al deseo de la lady Mariana.
—¿Qué vamos a hacer con ella? —Mariana finalmente rompió el silencio, con la voz llena de un odio que no ocultaba.
—Nada.
—¿Nada? Pero... ¿qué será de nosotros? —preguntó Mariana, y la ira agudizó su voz, que se elevó penetrante en la quietud de la habitación, como una lanza.
—Seguiremos como antes... no es necesario alterar nada... estaremos en Londres y ella —hizo una pausa como si pensara en Elysia lo irritara— se quedará aquí. Muy simple, ma cherie.
—¿Quieres decir que ella no te acompañará a Londres la semana que viene? —preguntó Mariana esperanzada, recobrando su buen humor.
—Exactamente.
—Bueno, supongo que así tendrá que ser, aunque puede decidir seguirte. Y puede provocar molestias... dificultades en este caso —añadió, porque nunca quedaba satisfecha hasta provocar dudas, asegurándose de que su contrincante quedara fuera de combate.
—No vendrá. Daré órdenes de que debe quedarse en St. Fleur. Si sabe que no es bienvenida, dudo que quiera incluirse. De todos modos creo que podrá "divertirse" aquí, no tenemos por qué preocuparnos por ella —dijo él fríamente, y su tono impactó a Elysia como un golpe bajo.
—Recuerdo haberte dicho que no hay que hacer nada como venganza... porque hayamos tenido un desacuerdo insignificante. Si hubieras hecho lo que te dije ya estaríamos casados... y yo llevaría esas esmeraldas... no esa ramera pelirroja. Todavía las deseo, Alex. Quítaselas. Conozco un experto joyero que les pondrá otro engarce... algo más moderno —suspiró Mariana—. ¿No puedes librarte de ella?
—No pienso llegar al asesinato, querida —la risa de Alex cortó como un cuchillo el apagado dolor que palpitaba en las sienes de Elysia—. ¿Y cómo van tus plantes de casarte con el duque? Sin duda no has olvidado ese deseo de toda tu vida —y resonó cruel al añadir—: ¿O no tendiste bastante largo el anzuelo, y tu noble pez se escabulló del gancho?
—¡Oh, qué horrible... eres tan cruel, Alex! —reprochó Mariana—. Espero que la noticia de mi compromiso aparezca en los diarios dentro de dos semanas. Lin está muy ansioso, es la verdad, por casarse conmigo. Siempre me llama su duquesa.
—Bien por él... demuestra que es un hombre. Me pregunto si tiene algo de sangre roja después de todo —comentó Alex secamente, aparentemente impertérrito ante la tentativa de ella de ponerlo celoso—. ¿Salimos? Creo que va a estallar la tormenta... además, parece que viene niebla.
—Esta es la tormenta más inhóspita del mundo... oh, ¿por qué has tenido que nacer en Cornwall? ¿Por qué no tienes un hermoso castillo en Somerset o Sussex? —se quejó Mariana, y su voz se debilitó a medida que iban hacia la puerta.
—Como Linville... supongo, pero naturalmente tú no necesitas... —el resto de las palabras se perdió tras la puerta cerrada.
Elysia permaneció indecisa, sin poder pensar o actuar coherentemente. El volvía a Londres... solo. Ella debía quedarse aquí en Cornwall... y él volvería a la vida que había llevado antes, a la mujer que antes había amado... y que aún amaba.
Supo ahora, sin lugar a dudas, que lo había perdido. Ya no podía engañarse a sí misma. Peter había estado equivocado, muy equivocado. Este no era un juego de celos, para picarla. Iba a dejarla, rió Elysia, sofocando un sollozo. ¡Cómo se hubiera deleitado una vez ante la idea, cuando creía odiarlo! Ahora... ahora sólo sentía tristeza... como si algo hubiera muerto dentro de ella. Ella era como un pimpollo que había empezado a abrirse y a florecer a medias por los primeros cálidos rayos del sol y por alguna gota benéfica de la lluvia, y que ahora iba a secarse y morir de abandono.
Con los ojos cegados por las lágrimas, Elysia se alejó de la casa. Ya se había puesto su traje de montar y se dirigió enseguida a los establos. Nadie se atrevió a detenerla cuando ordenó que ensillaran a Ariel, con una cara helada, sin expresión. Jims no estaba a la vista por ninguna parte, y pese a las preocupadas miradas que el muchacho caballerizo lanzaba al cielo, Elysia salió al galope de los establos, desdeñando las nubes.
Galopó por el camino desafiando al cielo a que se abriera sobre ella. No se sentía con ánimo de afrontar ninguna interferencia... aunque fuera divina. El muchacho quedó atrás hasta convertirse en un punto en la lejanía mientras Ariel galopaba por el camino. Elysia seguía aumentando la distancia, hasta que vio otro caballo que se acercaba a la carrera a través de los páramos, desde Blackmore Hall, con intenciones de interceptarla. Cuando el jinete se acercó, Elysia reconoció la librea de uno de los caballerizos del hidalgo. El llegó al trote y frenó, deteniéndose ante ella.
—¿Es usted lady Trevegne? —preguntó, extrayendo una nota sellada del bolsillo.
—Sí.
—Le mandan esto de la casa solariega —dijo tendiendo la nota, y sin esperar respuesta se volvió y se marchó por el camino por donde había venido, pese a que Elysia le gritó que esperara. Elysia rompió el sello. Probablemente era de Louisa, y leyó las escasas palabras nítidamente impresas en el papel; sus manos empezaron a temblar mientras las palabras danzaban grotescas ante sus atónitos ojos.
Elysia estaba pálida cuando miró... hacia donde el caballerizo de Westerly era una mancha borrosa... no podía esperarlo.
Alex había sido herido. Decían que debía ir inmediatamente. El pasado estaba olvidado cuando Elysia apresuró a Ariel, más rápido de lo que jamás había corrido, por la extensión de páramos hasta la casa solariega... dejando el sendero, las ramas peligrosas y olvidando los baches en medio de su pánico. También estaba olvidada la última conversación entre Mariana y Alex, la que ella nunca debió haber oído.
Lo único que interesaba a Elysia era llegar a tiempo junto a Alex... toda la amargura y la rabia habían desaparecido cuando pensaba en él, herido, dolorido. Que él no quisiera su solicitud no la arredraba, y pensaba instalarse junto a él... sin tener nada en cuenta. Tras llegar al sendero bordeado de árboles que llevaba hacia Blackmore Hall Elysia hizo girar a Ariel, dirigiéndose hacia la casa de verano... una pagoda construida en un bosquecillo de pinos a cierta distancia de la casa. La usaban para comidas y paseos campestres en los cálidos meses de primavera, pero ahora estaba abandonada, y su aspecto era frío bajo el cielo que se oscurecía en lo alto.
¿Qué estaba haciendo allí Alex? No quería reconocer ante sí misma que Alex y Mariana no habían podido resistir la tentación de detenerse allí un rato... para estar solos y no ser molestados antes de unirse a los otros. Su amor era tan grande que debían aprovechar al máximo cada momento robado.
Elysia rechazó todos estos pensamientos perturbadores al desmontar y correr hacia la pagoda, donde empujó la puerta roja con sus cabezas de dragones tallados en muecas amenazadoras, y entró en la habitación octogonal. Miró a su alrededor hacia los asientos de terciopelo rojo,
acolchados, y los grandes almohadones de raso con sus borlas balanceándose indistintamente... todos estaban vacíos: ¡Alex no estaba allí!
Deben de haberlo sacado, pensó locamente, y se volvió para irse en el momento que otra figura entraba silenciosa por la puerta abierta.
—¡Señora Blackmore! —exclamó Elysia con alivio, corriendo hacia ella en el instante en que la señora Blackmore cerraba la puerta—. ¡Gracias a Dios, me siento tan aliviada al verla! ¿Dónde está Alex? La nota decía que él estaba aquí y que viniera lo más pronto posible. ¿Está... malherido?
—Está bien dentro de lo que puede esperarse —replicó tranquila la señora Blackmore—. Lo hemos sacado de aquí.
—Sí, ya sé, ¿pero dónde está? ¿En la casa? —preguntó Elysia, queriendo pasar ante la señora Blackmore, pero esta tendió la mano y la agarró de la muñeca. Su apretón era desusadamente fuerte en una mujer tan pequeña, percibió Elysia mientras daba un tirón de impaciencia—. Por favor, señora Blackmore, déjeme pasar.
—No. No hemos llevado a lord Trevegne a la casa
—soltó la muñeca de Elysia y se dirigió a un panel de seda en la pared. Tanteando en una pequeña rosa tallada, la hizo girar. El panel se abrió revelando una gruesa y pesada puerta de hierro. Elysia contempló azorada mientras la señora Blackmore extraía una gran llave de su bolso y la introducía suavemente en la enmohecida cerradura, que se abrió silenciosa. La señora Blackmore abrió la puerta, mostrando una empinada escalera cuyos peldaños se perdían en la oscuridad.
—¡No pueden haberlo llevado ahí! —dijo Elysia sin aliento, adelantándose hacia la amenazante abertura—. ¿Cómo es posible que lo hayan bajado por esas escaleras? —miró confusa a la señora Blackmore—. No entiendo esto. Si él está herido, entonces... —la voz de Elysia se interrumpió mientras miraba hacia la oscuridad.
—Querida, ¿de verdad piensa usted bajar ahí? —preguntó la señora Blackmore mirando vacilante hacia la oscuridad con un estremecimiento de su cuerpecito. Meneó la rizada cabeza castaña, tristemente—. No es una visión muy agradable previno a Elysia, acariciándole comprensivamente la mano.
—Tengo que verlo... ¿entiende? —exclamó Elysia al borde de las lágrimas, pasando ante la mujercita, que parecía nerviosa, incapaz de decidirse.
Elysia quedó de pie en el dintel de la puerta, mirando hacia las sombras negras como la tinta de allá abajo.
—¿No hay aquí una luz, señora Black...? —empezó a preguntar, cuando sintió un mortífero golpe en la nuca y cayó mientras un grito se desprendía de su garganta.
14
Las demoras tienen fines peligrosos.
Shakespeare
Louisa vagaba por el sendero de grava, deteniéndose un momento ante unas flores silvestres para acariciar sus pétalos, luego se apresuró al ver con temor las nubes de tormenta, y después se detuvo para mirar sin ser vista hacia los páramos, sumergida en un ensueño diurno, y las amenazadoras nubes quedaron olvidadas.
David Friday la estaba evitando... no había intentado volver a verla. Antes siempre solía estar por aquí. Doquiera que ella se diera vuelta, allí estaba él, y ella tampoco estaba ciega ante las miradas de admiración que él le había prodigado. Pero ahora nunca lo veía... como no fuera a lo lejos, cuando percibía apenas su espalda al retirarse y ella llegaba al lugar en que lo había visto; él ya no estaba. No entendía aquello. David se había convertido del tranquilo, atento marinero joven de antes, de quien ella se había enamorado, en un desconocido preocupado y distante, que actuaba como si ella lo aburriera. ¿Qué había ocurrido para provocar este cambio de actitud? Ella no había cambiado... era siempre la misma. ¡Estaba tan confundida! Creía finalmente haber encontrado a alguien que la amaba... y a quien ella amaba... pero ahora todo parecía desmoronarse.
Louisa suspiró, angustiada. Aunque David le hubiera pedido que se casara con él, la cosa no habría servido de nada. Imaginaba la reacción de sus padres ante un marinero sin trabajo y sin un centavo que pidiera la mano de su hija... una hija para la cual deseaban un matrimonio ventajoso.
Esta era otra de las cosas que la intrigaban. Sus padres seguían actuando como si ella fuera a casarse con el marqués... aunque él acababa de casarse... y con alguien tan bella y bondadosa como Elysia. ¿Cómo podía, nadie que no estuviera loco, imaginar que el marqués podía desear a otra persona... especialmente a alguien tan insignificante como ella?
Pero en verdad la situación era rara en Blackmore... su padre, malhumorado e irritado, bebiendo más de la cuenta, y su madre, nerviosa y agitada, negándose a salir de su cuarto horas enteras.
A veces sentía que eran unos desconocidos para ella. Lo cierto es que nunca los había sentido cerca, nunca le habían demostrado cariño... ella era sólo el medio para lograr lo que buscaban. Era sólo necesaria e importante como un peón de ajedrez, para arreglar un matrimonio propicio.
Louisa suspiró, porque temía que sus padres quedaran desilusionados en este sentido. Pero no sería nada nuevo. Ella ya los había frustrado. Era una persona corriente... una muchacha simple y feúcha, que no deseaba destacarse en la sociedad londinense. Se daba por satisfecha con seguir en Cornwail. Todo lo que anhelaba era enamorarse de un hombre respetable y educar una familia, pero sus padres siempre habían mirado más alto para ella en sus grandes planes. A veces la asustaban con su determinación... su incontrolada búsqueda de riqueza y posición. Sabía que nunca iba a entenderlos, ni ellos a ella. Eran mundos aparte en sus creencias y deseos. Si solamente...
La atención de Louisa se distrajo al ver un jinete que se acercaba en la lejanía hacia la casa de verano. Hizo una mueca de desagrado. Nunca le había gustado aquella pagoda de estilo chino... parecía incongruente y ridicula, erigida grotescamente en la comarca inglesa.
Cuando el jinete estuvo más cerca, Louisa vio que era lady Trevegne, y que tenía mucha prisa. Louisa corrió también, ansiosa por saber qué pasaba en la pagoda. Elysia había desaparecido por el costado del edificio, hacia la entrada, en el momento en que llegó Louisa, casi sin aliento por el esfuerzo. Se detuvo un instante, apoyada contra las rejas de hierro forjado y pintado de rojo que adornaban y protegían las ventanas abiertas, y procuraba recobrar el aliento cuando oyó voces dentro. Louisa apretó la cara contra los entrelazados diseños, curiosa, mientras espiaba en la habitación sombría.
Dos hombres habían desaparecido por una puerta en la pared de paneles —una puerta que sólo podía conducir al exterior— pero lo cierto es que bajaban una escalera que llevaba a un sótano.
—¡Vamos a libramos de milady... arrojar su cuerpo al mar!
Las ominosas palabras dichas por uno de los hombres se deslizaron por la reja como una nube de gas venenoso. La puerta se cerró tras ellos y el panel volvió a deslizarse, dejando un atroz silencio en la habitación vacía.
¿Se habrían referido a lady Trevegne? ¿Dónde estaba Elysia? Louisa la había visto entrar en la pagoda hacía unos quince minutos. Lanzó casi un grito y corrió por donde había venido, deteniéndose para buscar el caballo de Elysia. Estaba allí, atado a una rama.
Elysia no se había ido. Debía estar en aquel lugar siniestro hacia donde llevaban las escaleras... fuera lo que fuera.
¡ Oh, Dios mío! ¿Qué podía hacer? Tenía que conseguir ayuda, pero no tenía caballo, y tardaría siglos en llegar a las caballerizas... y además: ¿acaso no había dicho su padre en el almuerzo que era probable que no volviera hasta la noche? Oh, ¿qué podía hacer?
Ariel relinchó nervioso, mientras miraba a la personita que decidida avanzaba hacia él.
Sólo le quedaba un medio: de alguna manera tenía que montar en aquel monstruoso caballo.
—Ariel, quieto, debes dejar que te monte —suplicó Louisa con suavidad, tendiendo una tímida mano hacia las riendas—. Tu ama está en peligro. Tienes que ayudarme. —Ariel retrocedió nervioso, mostrando sus grandes dientes.
—¡Maldición! —Louisa juró por primera vez en su vida y una cascada de lágrimas cayó por sus mejillas, mientras lloraba de frustración y disgusto ante su fracaso. ¿Por qué era tan débil? ¿Tan incapaz de salvar a la única amiga que había conocido? Sus delgados hombros temblaban cuando sintió que algo la empujaba, y Louisa se volvió rápida, mientras Ariel frotaba con el hocico su cuello.
Louisa miró sin creer, con miedo de moverse mientras el caballo resoplaba, no de manera amenazadora... más bien con curiosidad.
—Oh, Ariel, de verdad entiendes —murmuró Louisa intentando una vez más apoderarse de las riendas, y esta vez el gran caballo no hizo esfuerzos para impedirlo. Temblando de alivio y miedo, Louisa lo condujo hasta un tronco caído y montó, sin atreverse a respirar. Lo instó para que echara a andar, y antes de recobrar el aliento había partido como un pájaro que vuela. Louisa tragó convulsivamente mientras se mantenía con peligro de su vida, su sombrero de paja con un ramo de cerezas balanceándose precariamente sobre sus bucles castaños. Louisa no se dio cuenta de que su vestido azul le subía por encima de las rodillas, revelando sus piernas con sus medias y unos zapatitos rojos mientras se preguntaba si el plan era bueno después de todo.
Louisa nunca había cabalgado tan rápidamente en su vida, el paisaje era una niebla indistinta ante sus ojos. El problema principal en este momento era: ¿cómo detenerlo? Ariel coma en línea recta hacia Westerly y su establo cuando Louisa vio a tres jinetes que venían rápidamente hacia ella.
—¡Socorro, por favor! —gritó Louisa, pero su grito fue caprichosamente devuelto por el viento. No creía poder sostenerse un minuto más.
El jinete de uno de los tres caballos obligó a Ariel a virar, y después, estirándose mientras corría a la par con paso más rápido, se inclinó hacia Louisa y arrancó las riendas de sus dedos. Afirmando su autoridad y su fuerza logró que los dos caballos disminuyeran la marcha hasta que se detuvieron.
Louisa echó hacia atrás el bonete que había caído sobre sus ojos, con una mano que temblaba, y vio por primera vez el rostro de su salvador.
—¡Lord Trevegne! —exclamó agradecida, y nunca se había sentido más dichosa que ahora al ver aquellas facciones morenas y arrogantes—. ¡Oh, gracias a Dios que está usted aquí!
—¿Que diablos hace usted en este caballo, Louisa? —preguntó Alex, apaciguando a Ariel con mano suave, mientras el gran caballo tironeaba impaciente del freno.
—¿Dónde está Elysia?—preguntó Peter, que galopaba junto a ellos, con Jims muy cerca, y después vio, incrédulo a la pequeña Louisa Blackmore, sentada en el lomo de Ariel.
—¡ Van a matarla, y yo no supe qué hacer! Tenía tanto miedo... —sollozó Louisa incoherente.
—¡Matarla! —exclamó el marqués, y pareció petrificado—. ¿Qué diablos está usted diciendo? —primero había sido llamado por Peter y Jims, que buscaban a Elysia que había salido a cabalgar en aquella niebla que se espesaba... sin la compañía de un caballerizo. Y Peter parloteaba como un tonto, pensó, al percibir una oleada de coñac en su aliento. Jims gruñía acerca de dificultades y traiciones, y ahora aparecía Louisa Blackmore montada en Ariel, un caballo que incluso él no podía montar, y que lloraba histérica diciendo que iban a asesinar a Elysia. Debía de estar perdiendo el juicio.
Agarró a Louisa por los temblorosos hombros para calmarla.
—Conteste: ¿qué es eso de matarla? —pero Louisa seguía temblando. Alex perdió la paciencia
y la abofeteó en la mejilla, con un gesto súbito, que la pescó descuidada.
—Caramba, Alex, ¿qué diablos...? —empezó a decir Peter.
—Este no es momento para histerias ni un ataque. Dios, lo que está diciendo puede ser verdad... —Alex contempló la expresión de horror de Peter, que igualaba la propia—. Vamos —dijo a Louisa un poco más calmada— dígame exactamente lo que pasa.
—Se trata de Elysia —dijo ella entre contenidos sollozos, mirándolos con los ojos llenos de lágrimas—. La vi entrar a la pagoda... —se interrumpió al ver que Jims contenía un grito, tragando el tabaco que había estado mascando mientras su cara se ponía roja al atragantarse.
Alex le lanzó una mirada penetrante que captó la súbita expresión de miedo en sus ojos, ante las palabras de Louisa.
—...¿y qué pasó entonces? —instó a la muchacha.
—Parecía muy agitada por algo, porque corría; la seguí, pero yo estaba a cierta distancia, y tardé unos diez minutos o más en llegar y... —hizo una pausa, y al recordar las amenazadoras lágrimas desbordaron sus ojos.
—Vamos... Louisa, dígame a mí qué pasa —insistió Alex con suavidad, pero insistente, decidido a conseguir la respuesta que buscaba.
—Y entonces —siguió Louisa, calmada por la tranquilidad del marqués— oí a unos hombres de aspecto horrible que decían que iban a matarla —palideció al ver los ojos de lord Trevegne que se entornaban y sus labios que se apretaban en lo que parecía un gruñido.
—Está en una verdadera dificultad. Señoría —dijo Jims, con voz temblorosa.
—Vamos enseguida—dijo Peter apresurado, haciendo un gesto para avanzar.
Alex clavó los ojos en Jims, comprendiendo que el hombre sabía algo, pero no podía perder tiempo en averiguar de qué se trataba.
—Desmonte y espérenos aquí, Louisa, es peligroso para usted seguir montada y manejando a Ariel. Es un milagro que haya podido subir en él —añadió Alex, mientras se adelantaba para colocarla en el suelo.
—Pero ya no están ahí. Se han ido por el pasadizo secreto.
Alex pareció desesperado.
—¿El pasadizo secreto? ¿Dónde está? ¡Pronto, no hay que perder tiempo!
—Detrás de uno de los paneles de la pared de la pagoda,
—Entonces tendrá que acompañarnos para mostramos ese panel —la levantó rápidamente colocándola delante de él y la rodeó estrechamente con sus brazos, mientras galopaban regresando hacia la pagoda.
—Espero que no sea demasiado tarde —exclamó Louisa nerviosa, mientras el suelo desaparecía tras sus ojos asutados—. Yo... yo no sé tampoco cómo se abre.
—Lo lograremos... y reguemos a Dios llegar a tiempo... por más motivos de los que usted puede entender —oyó Louisa decir fervientemente al marqués, mientras miraba su cara contraída... una cara que parecía haber envejecido en unos minutos, con una expresión de atroz presentimiento.
—Teniente Hargrave, a la orden —el joven teniente saludó gallardo cuadrándose ante su superior.
—Teniente —lan devolvió el saludo—, me alegro de verlo a usted y sus hombres —observó cómo llevaban el bote a la playa, guardando dentro los remos y arrastrando el bote por los guijarros en un movimiento coordinado y bien entrenado.
—Felicitaciones del almirante, señor. Avistamos el barco de guerra francés a mediodía, anclado fuera de la punta. Esperando para deslizarse entre la niebla, señor —informó el teniente, con creciente excitación ante la idea de una refriega.
—¿Ya han enfilado hacia la costa, teniente?
—El Valor hará una señal cuando lo hagan, señor..., y nosotros esperamos —explicó con anticipación.
—Tenga cuidado de ocultar bien el bote —previno lan mientras observaba cada movimiento con ojos críticos—. Sí, ciertamente esperaremos, pero ahora hay que actuar —dijo lan, todo acción mientras tomaba disposiciones—. Ponga sus hombres a cubierto... queremos que el pez caiga bien en la red... no queremos que ninguno vuelva al mar, ni... —hizo una pausa lanzando una mirada pensativa hacia la estrecha cañada— ... que se meta como un conejo en la madriguera al oler el peligro. Y, teniente —añadió lan—, a menos que los aldeanos disparen contra usted, no les dispare... no queremos hacerles daño.
La playa parecía desierta mientras el cargado bote cabalgaba en las olas hacia la costa, las rocas y las conchillas deshechas rascando ruidosamente el casco cuando tiraban de él hacia adentro... el suave chapoteo de las olas jugando en los tobillos de los hombres que forcejeaban.
lan y sus hombres, ocultos detrás de las rocas, se irguieron al oír el grito de una lechuza, y sin aliento vieron emerger mercancías de la boca de la cañada, donde había esperado la señal de que todo estaba en orden y el arribo del bote.
—Dé la orden a sus hombres —murmuró lan al joven teniente que estaba agazapado a su lado—. Nos moveremos cuando yo dé la señal.
El teniente Hargrave hizo correr la voz entre los marinos que esperaban ansiosos, estacionados en posiciones claves a lo largo de la playa, mientras las mercancías pasaban laboriosamente junto a ellos, dirigiéndose el bote donde los dos grupos convergían en uno.
lan esperó... y después silbó agudamente, y las agudas notas de inmediato pusieron en acción a los hombres que aguardaban.
Formaron un círculo alrededor de los contrabandistas, que se fue reduciendo más y más, hasta llegar ante los atónitos marineros franceses y los aldeanos. Estalló el caos cuando los marineros trataron de volver a empujar el bote hacia la marea, pero todavía pesaba mucho con la carga del contrabando no descargado, y respondía lentamente a sus empellones. Los aldeanos intentaron huir para salvarse, abandonando los decididos esfuerzos de sus compatriotas, y corrieron por la playa, con los pantalones mojados golpeando las pesadas botas mientras escapaban con un escuadrón de marino pisándoles los talones.
Sonaron unos disparos bajo la cubierta de popa del bote abandonado, cuando los marineros franceses vieron la inutilidad de la tentativa de escape.
lan tocó la blanda arena en un simple salto, la pistola cargada y lista, pero los franceses quedaron atrapados cuando el círculo se cerró y los rodeó. Desnudos ante el fuego y cercados a la derecha y a la izquierda, se rindieron, dejando varios compañeros caídos y heridos gimiendo en la arena.
lan pasó el mando al teniente, cuyos ojos brillaron en la cara sucia. Su uniforme, una vez inmaculado, estaba desgarrado y manchado. lan examinó a los prisioneros. Le importaban poco aquellos marineros franceses, o los taciturnos y asustados aldeanos que eran llevados bajo guardia hacia el bote, como un rebaño.
Todavía no había tropezado con su espía... ni con el despacho. Había vigilado cuidadosamente cuando el rebaño de muías y hombres se acercaba al bote, buscando al caballero y al conde... pero no habían aparecido. Estaban sólo los acostumbrados campesinos que descargaban los bultos y los transportaban hacia los peñascos en busca de los numerosos escondites que había allí.
Pero estaba intrigado: el conde y el caballero debían de estar escondidos. Este viaje se había hecho específicamente para el conde. En general, los franceses no se aventuraban a enfrentarse a los cañones ingleses, pero no querían correr riesgos de perder al conde o a su información. De todos modos, como ambas partes estaban muy ávidas de dinero, se habían demorado al traer un cargamento extra para el hidalgo, tal vez una recompensa por servicios prestados. Seguramente él debía de estar aquí, listo para recibir aquel botín, y el conde preparado para embarcarse en cualquier momento.
lan lanzó unos juramentos, y miró a su alrededor, perplejo, de manera concentrada, cuando percibió un movimiento furtivo del lado del acantilado.
—Adelante, síganme —ordenó a un grupo de hombres pesadamente armados, que permanecían inmóviles ahora que había terminado la refriega. lan corrió hacia el risco, sus ojos buscando la figura que desaparecía rápidamente en lo alto del acantilado.
—¡Busquen un sendero oculto!
Buscaron locamente entre las rocas y las mantas tras el sendero por el que se escabullía la presa, desapareciendo entre la niebla que envolvía todo con un velo blanco. No podía perderlos... después de haberlos tenido tan cerca, pensó lan con rabia.
—¡Aquí lo encontré, señor! —exclamó una voz triunfal entre la niebla.
El sendero estaba hábilmente oculto entre los peñascos y penetraba bajo un reborde del risco, torciéndose en una porción hueca de roca, para emerger al otro lado del acantilado... oculto desde lo alto y desde abajo a los ojos de posibles curiosos.
lan y sus hombres se movieron lentamente por el estrecho sendero, entre la niebla que ocultaba el abismo que caía a pico en el borde y el suelo desigual. Pero, aunque la niebla les hizo disminuir la
marcha, también demoró la de las figuras del frente, a las que veían ocasionalmente en medio de la creciente neblina que giraba alrededor, estorbando cada paso. lan disparó al aire para prevenir a los fugitivos cuando volvió a verlos. Una de las figuras se detuvo, con momentánea indecisión, después se volvió y prosiguió la marcha.
—El próximo tiro no será al aire —dijo lan a sus hombres, que tenían preparadas las pistolas.
La niebla se levantaba en remolinos, engañándolos y provocándolos con falsas visiones.
—Deténganse o disparamos —gritó lan, hacia las figuras que huían, visibles una vez más... pero ellos siguieron sin prestar atención.
—Fuego —ordenó lan cuando la niebla se movió entre las figuras, envolviéndolas en su blancura mientras las balas atravesaban ciegamente la niebla—. Maldición —murmuró lan, cuando nuevamente avanzaron tras un enemigo que se les escabullía. El sendero estaba bloqueado al frente por un peñasco, cuya negra forma se erguía en el medio, cerrando el paso.
Ian se inclinó junto al peñasco y contuvo el aliento, sorprendido... era el caballero. Su casaca negra lo cubría como una tienda. lan lo volvió con cuidado: el caballero estaba muerto... de un tiro en la cabeza.
—Adelante, tenemos mucho que hacer antes de que termine el día —dijo lan sombríamente mientras pasaba por encima del cadáver del hidalgo Blackmore, cuyos ojos sin vida miraban hacia el cielo.
15
Hay algo detrás del trono, que es más grande que el mismo rey.
William Pitt, conde de Chatham
Elysia sentía oleadas de dolor golpeando contra sus sentidos, a medida que recobraba la conciencia con nauseabunda rapidez. Casi anhelaba la tranquila negrura de la inconsciencia. Gimió levemente mientras trataba de sentarse, pero no lo logró, y un dolor agudo la hirió penetrante bajo los ojos, y volvió a caer acurrucada en el frío suelo de piedra de la cueva.
Abrió los ojos y miró desorientada lo que la rodeaba, y las paredes giraban y giraban a su alrededor, y las antorchas colocadas en las ranuras de los muros se agitaban confusas ante sus ojos. A lo lejos oía el ululante murmullo del mar, que llegaba hasta la boca de la cueva.
Elysia logró sentarse, apoyándose en una barrica... y sintió aquella presencia dura y firme tras ella a medida que la visión se aclaraba y recobraba el equilibrio, y el suelo de la caverna quedaba quieto y se afirmaba. Lentamente se llevó a la nuca la mano temblorosa... sintió la sangre pegajosa y coagulada entre su pelo, e hizo una mueca al tocar el delicado chichón de la cabeza. Le dolía de manera intolerable, y cerrando los ojos respiró profundamente, mientras su estómago empezaba a sentir náuseas. Se sentía lastimada y tenía el cuerpo rígido. Miró su traje de montar, roto y manchado, salpicado con la sangre de los cortes y moretones que cubrían todo su cuerpo. Casi rió histérica al pensar en el trabajo y las cuidadosas puntadas que había dado Dany para arreglarlo después del otro accidente. Sería necesario algo más para salvarlo esta vez.
Elysia contuvo un estremecimiento al ver los empinados y estrechos escalones recortados contra un lado de la cueva, que subían mareantes hacia la gran puerta de hierro incrustada en la pared de la pagoda.
¿Qué había pasado? Había caído por aquellos traidores peldaños... y seguía respirando. Recordaba el atroz golpe en la cabeza, el espacio vacío ante ella al caer, pero después la había tragado la negrura y por suerte no había sido consciente de su descenso a la cueva.
¿Qué había sido de la señora Blackmore? Recordaba que había estado con la esposa del caballero antes de caer. Elysia miró alrededor: la señora Blackmore no estaba con ella, herida y desamparada... Seguramente no podía haber matado a la esposa del caballero, fuera quien fuere el que la había golpeado en la cabeza. No podía estar muerta... el hidalgo no iba a matar a su propia mujer. Pero, ¿por qué la habían engañado para traerla a esta cueva subterránea, que estaba llena de mercancías de contrabando? Se preguntó si lan estaría enterado de esto. Pero ¿par qué la querían s ella?
Elysia luchó por ponerse de pie, apoyándose pesadamente contra la pared de la cueva, mientras sus rodillas vacilaban y una sensación de marea la debilitaba. Tenía que salir de allí... debían de haber creído que habían sucumbido ante las heridas, y pronto vendrían a retirar su cuerpo... probablemente para arrojar al mar.
No tenía idea de cuánto tiempo había estado inconsciente, pero se sentía helada por haber estado tirada en el húmedo suelo de piedra. Elysia avanzó lenta y dolorosamente hacia los escalones, y se detuvo al ver abrirse de golpe la puerta mientras una luz surgía de una llameante antorcha que sostenía alguien que bajaba.
—¿Todavía viva? —preguntó una voz incrédula—. Me sorprende. En verdad es usted dura para morir... tiene más vidas que un gato. —Señaló la señora Blackmore con voz displicente mientras descendía con cuidado las traicioneras escaleras, donde en cualquier momento uno podía resbalarse por la humedad.
Elysia quedó estupefacta mirando fijamente a la mujer. Aquella dulce y tímida mujercita... la apuntaba ahora directamente al corazón con una pistola, con expresión de odio en sus ojos pálidos. Parecía emanar de ella una maldad que Elysia nunca había notado antes.
Los labios de la señora Blackmore se curvaron blasfemos mientras empuñaba la boca de la
pistola en un gesto amenazador hacia Elysia.
—Se... señora Blackmore, ¿qué significa este ultraje?
—demandó Elysia, adelantándose con valor, contra el miedo que la sacudía por dentro.
—Perdón, Señoría, por no haber explicado las cosas más claramente. ¿Me disculpa. Señoría? La gran marquesa...
—rió desagradablemente, lanzando una mirada hacia el aspecto desaliñado de Elysia—. No parece usted tan importante. Señoría... ¿eh, muchachos? —preguntó con malignidad a los dos hombres que la seguían, y a los que Elysia no había visto, al quedar mirando como hipnotizada a la señora Blackmore.
Ahora veía por primera vez a los dos hombres que estaban de pie y en silencio detrás de la señora Blackmore. Eran grandes y de apariencia poderosa, con hombros amplios y largos brazos musculosos, amenazadores, y permanecían de pie, como dos toros, observando la aflicción de Elysia sin un parpadeo de emoción en sus rostros crueles. Elysia recordó a los hombres que habían golpeado a lan. "Actuaban en serio" había dicho él, y ella había visto de primera mano el castigo que eran capaces de infligir... en caso de que fueran los mismos.
—Todavía no parece que esté lo bastante bien —dijo el más bajo, que era también el más sucio, haciendo una muecas desagradables mientras daba a su compañero un codazo lleno de significado.
—¿Sorprendida? —preguntó divertida la señora Blackmore.
—De verdad lo estoy, señora. Se ha perjudicado usted a sí misma al no desplegar su talento en el teatro. Para usted parece fácil representar un papel —contestó Elysia con ligereza, procurando recobrarse de la sorpresa por el cambio en la señora Blackmore.
—Acepto eso como un elogio —dijo la otra riendo—. Porque habría sido buena. Después de todo, estuve en las tablas durante quince años antes de casarme con el caballero... lo cual fue una gran suerte para mí. Yo era bastante bonita entonces... aún lo soy... pero naturalmente no utilizo mi buen aspecto para este papel. No es un papel que me haya divertido mucho, pero ha cumplido su propósito.
—¿Y cuál es ese propósito?
—Lograr que ustedes idiotamente me subestimen. ¿Quién va a sospechar que la tímida señora Blackmore dirige una de las mayores operaciones de contrabando de Inglaterra? Nadie ha pensado en mí... mientras reían y hablaban, comían y bebían, divirtiéndose en mi casa, sin lanzarjamás una mirada en mi dirección... los muy imbéciles. No hacían preguntas siempre que tuvieran el estómago lleno de comida y de bebida, y había muchos juegos para mantenerlos divertidos... tienen tan escaso cerebro como un rebaño de ovejas.
—¿Entonces es usted el cerebro del grupo de contrabandista? ¿Y qué pasa con el caballero? ¿Es también un mero actor? —preguntó Elysia.
—Oh, no, él es sincero. Tiene una pequeña propiedad en el norte, pero no sirve para el gran contrabando... y necesitamos mucho dinero. No, esa propiedad no entra en mis planes, y el caballero sí, desee lo que desee. El sabe que soy yo quien tiene el cerebro, quien lo mantiene con coñac y cigarros, rodeado de aduladores —provocó.
—¿Y cuáles son sus planes?
—Bueno, supongo que tiene usted derecho a saberlo —por un momento pareció deliberadamente meditar, creando un suspenso—. Ya que usted desempeña un papel tan importante en ellos.
—¿De verdad? —exclamó Elysia, atónita.
—Oh, sí. Usted es el centro del plan... en realidad un obstáculo, pero que haremos desaparecer pronto. Por desgracia, mi primera tentativa ha fallado. Supongo que usted no creyó de verdad que su accidente fuera provocado por la bala perdida de un cazador furtivo —pareció satisfecha al recordar. La urgencia de vanagloriarse de sus logros era demasiado fuerte para poder negarlos, y la tara de crueldad que generalmente controlaba no pudo resistir atormentar a su víctima.
—¿Hizo usted que me dispararan deliberadamente? ¿Alquiló usted a alguien que me matara? —preguntó Elysia incrédula, sintiendo que un nudo de terror le retorcía el
estómago.
—Sí, fue soberbiamente planeado... pero ese imbécil apenas la hirió en lugar de matarla. Ahora tendré que librarme de usted con menor finura... pero no se puede remediar. Tengo prisa... tengo invitados y un nuevo cargamento más importante. Nunca he recibido antes un pago tan grande por una carga. Por eso debo ocuparme personalmente de él. El caballero ya está allí, pero no confío en
él: puede embrollarlo todo. ¿Se da usted cuenta de las molestias que me ha provocado? —preguntó la señora Blackmore como si conversara—. En realidad debería usted pedirme disculpas... porque he tenido que ocuparme de librarme de usted junto con todas mis otras transacciones comerciales... a las que en verdad debo dedicar toda mi atención. ¡Cuando pienso en el precioso tiempo que he perdido ocupándome de usted!
Elysia la miraba incrédula. Aquella mujer estaba loca, plantada allí de pie, planeando tranquilamente su muerte, y esperando que admirara su éxito. ¿Acaso no tenía conciencia? Aparentemente la señora Blackmore no sentía remordimientos, sólo una ligera irritación por sentirse molestada.
—Ha sido muy descortés de mi parte, señora, le pido a usted perdón —replicó Elysia con acidez, procurando ganar tiempo. Apretó los puños para luchar contra el miedo que la invadía. No debía mostrar pánico delante de aquellas criaturas... simplemente les daña más placer—. Pero hay algo por lo que siento curiosidad... y le agradecería que usted me lo aclarara. ¿Por qué desea usted mi muerte? Nunca le he hecho daño a usted.
—¿Que nunca me ha hecho daño? —repitió la señora Blackmore, con sarcasmo—. ¡Me ha engañado usted más allá de lo imaginado!
—Eso es absurdo. Nunca le he arrebatado nada que le perteneciera.
—Usted es lady Trevegne, marquesa de St. Fleur, ¿verdad? —preguntó la otra, provocadora, adelantándose mientras enarbolaba salvajemente la pistola cargada.
Elysia asintió con la cabeza.
—Sí —dijo débilmente mientras retrocedía ante el decidido avance de la señora Blackmore.
—¡Me ha robado usted el título! Elysia la miró, incrédula. ¿De qué estaba hablando aquella mujer? Debía de estar totalmente loca.
—Louisa debería ser ahora la marquesa, no usted. Y yo tendría todas las propiedades, el dinero y la posición... un lugar en la sociedad... y no sería la insignificante esposa de un hidalgo campesino. Pero usted me las pagará. ¡Usted, con sus aires de gran dama! Dejando de lado su sangre azul aristocrática... sus venas manarán sangre roja cuando usted muera... y, como los otros, me suplicará usted a mí, Clara Blackmore, la pequeña actriz ante quien todas las grandes damas han levantado la nariz, mientras los maridos me mantenían aparte... que tenga piedad y le salve ese precioso, largo cuello blanco.
—Nunca —exclamó Elysia imperiosamente, levantando más el mentón—. Cómo según parece puedo hacer muy poco para impedir que usted me asesine, al menos mantendré mi dignidad, y no discutiré con gente de su calaña —añadió tranquilamente, mirando con desprecio a la señora Blackmore.
La mano de la señora Blackmore tembló levemente ante de encogerse de hombros, fingiendo indiferencia.
—Valerosas palabras, lady Trevegne, muy valientes en verdad. Pero me pregunto cuánto durará esa dignidad, a medida que la muerte se acerque más y más, hasta que pueda usted respirarla.
—La dignidad es algo que usted no conocerá jamás... y que no entenderá. Está más allá de usted —dijo Elysia audazmente, sus ojos brillantes como llamas verdes— y no crea usted que va a tener éxito, porque no lo tendrá, señora Blackmore. ¿Quiere que le prediga algo?
—Basta. No me interesa su juego... no soy tonta. ¡Predicciones... vamos! —rió burlona la señora Blackmore.
—Debería tomarlas en cuenta. Varias veces me han acusado de ser bruja —rió Elysia, dejando por el momento atónita a la otra mujer—. Oh, veo que usted cree... aunque sea un poco. Bueno, deje que le diga el futuro. Será usted destruida, descubierta, desenmascarada como la traidora que es... y muy pronto, mi querida señora Blackmore, muy pronto. Todo ese dinero y poder que anhela no podrá disfrutarlos, porque mi muerte también será vengada —prometió Elysia con voz suave, que resonó como una maldición sobre la cabeza de la otra.
Los dos hombrones detrás de la señora Blackmore se movieron inquietos, mientras contemplaban fascinados el juego de los colores en el cabello de Elysia, dentro del cual parecían danzar las llamas de las antorchas.
—¡Matadla! —chilló la señora Blackmore, mientras retrocedía nerviosamente alejándose de Elysia y de la extraña luz verde que brillaba en los ojos alargados de esta mientras miraba fijamente a la señora Blackmore. No había miedo visible a la muerte en aquel hermoso rostro, sólo una sonrisa, curvada en los labios, al ver el miedo y la duda en conflicto en la cara contraída de la mujer.
—¡Morirá usted! —silbó venenosa mientras se abría paso por el pasadizo hasta la entrada de la cueva—. Terminad pronto con ella... tenemos otros trabajos que realizar esta tarde. Adiós, lady Trevegne —añadió— riendo mientras desaparecía.
Elysia permaneció en silencio, mirando de frente a los dos hombres que parecían examinarla. ¿Acaso se preguntaban si ella iba a resistir? Bueno, pronto descubrirían que no era el suyo un corazón débil. Si tenía que morir, moriría luchando.
—Pero ellos tenían otros planes para ella. No iba a morir de inmediato, y no iban a dejarle una pizca de dignidad. Elysia sintió que su corazón se detenía y que luego volvía a latir, estremecido, a medida que entendía lo que ellos estaban planeando. Los vio pasarse la lengua sobre los gruesos la-bios y podridos dientes.
No vas a crear dificultades al viejo Jack, ¿eh? —dijo uno de ellos, al percibir que ella había cerrado los puños—. Haremos contigo lo que nos dé la gana. Y no podrás impedirlo, preciosa... y me parece que es mejor que nos divirtamos contigo antes de liquidarte.
—Sí, ya me parecía que ibas a pensar eso, amigo Jack —añadió el otro, haciendo un movimiento hacia adelante como un cazador para lanzarse sobre la presa.
—No tan pronto, gallito, primero será mía —previno Jack a su compañero más pequeño.
—¿Y quién ordena eso?
—Yo... y con eso debería bastarte, si sabes lo que te conviene —amenazó Jack con un gruñido.
Elysia retrocedió un paso. Era demasiado esperar que se mataran entre sí en una lucha para saber quién la violaría primero. Si hubiera alguna manera de huir... pero eran demasiado grandes y fuertes. No tenía posibilidad alguna. No podía sobornarlos... ¿Qué cosa que les ofreciera podía ser lo bastante importante como para que se arriesgaran a ser ahorcados? Dejarla en libertad representaba ponerse ellos en peligro de ser detenidos como contrabandistas... Peor aún, como traidores, y posiblemente asesinos. Por grande que fuera la suma que ella prometiera, no iban a arriesgarse.
El de nombre Jack dio un salto brusco y atrapó a Elysia por la cintura, atrayéndola entre sus brazos. La cara de ella se apretó contra el hombro de él, contra la camisa que apestaba a sudor y mugre. Elysia luchó mientras el olor pútrido penetraba en su nariz. El tironeó del vestido de ella, roto ya, descubriendo sus hombros.
Elysia sintió que iba a desmayarse, mil martillos golpeaban en su cabeza y los brazos del hombre apretaban su costado herido. Rogó para perder la conciencia y que esto llegara rápidamente y la librara de aquella agonía, mucho peor que la muerte.
—Oh, no, no te escaparás, preciosa, vamos, pelea —dijo él con voz tensa, mientras su asqueroso aliento hería la nariz de ella, antes de apoyar su boca en los labios de Elysia. Ella intentó luchar, pero los brazos de él eran como un torniquete que la obligaba a la inmovilidad y la levantaba del suelo, donde las pequeñas botas cortas de ella producían escaso daño en las piernas de él, provistas de gruesas botas.
Las grandes manos tiraron de ella cuando la arrojó brutalmente al suelo, echándosele encima, oprimiéndola dolorosamente con su pesado cuerpo. Las lágrimas brotaron de los párpados cerrados de ella, mientras sentía que las manos del hombre recorrían su pierna.
La nebulosidad del cerebro de Elysia se despejó de pronto al oír el ruido brusco de una pistola que disparaba dos veces, y el rugido del disparo formó eco de pared a pared alrededor de la cueva, hasta apagarse en el rumor del mar. El hombre que estaba encima de ella lanzó un grito de sorpresa y giró apartándose, mientras una castigada mirada atónita se pintaba en sus pesadas facciones.
Elysia clavó la mirada en los ojos como carbones negros del hombre que estaba de pie ante el cuerpo sin vida de su atacante, la pistola que sostenía con negligencia en la mano todavía humeante.
—\Mon Dieu! —repitió él, con voz incrédula—. ¿Que hace usted aquí? Mataría mil veces a ese canalla por lo que ha hecho— y escupió sobre la forma inmóvil que yacía junto a sus botas altas y lustrosas.
El conde se arrodilló y ayudó a Elysia a ponerse de pie mientras se quitaba la casaca y la colocaba sobre el cuerpo estremecido de ella, y sus brazos la sujetaban al verla tambalearse sobre las temblorosas piernas.
—Vamos, beba esto —ofreció extrayendo de la casaca una botella de plata y llevándola a los pálidos labios de Elysia.
Ella tosió al aspirar el fuerte aroma del coñac, pero bebió ávidamente. Elysia sintió que el calor quemaba su cuerpo, y la llama cálida se expandía, como fuego. El mareo pasó y sus piernas dejaron de ser una jalea temblorosa. Aspirando profundamente miró al conde, que la contemplaba con
profunda preocupación en sus ojos negros.
—No sé cómo darle las gracias, monsieur le comte. Le debo la vida —dijo Elysia con humildad, con voz débil y temblorosa.
—Haberle podido ser útil c'est un honneur... mais, no creo que la hubiera matado. Como mujer digna, sin embargo, usted lo habría deseado.
—Está usted equivocado... tenían orden de matarme.
—¿Orden? C'est impossible. Pourquoi? ¿Como puede nadie desear que muera alguien tan precioso como usted? Preguntó el conde incrédulo, siempre dudando. Miró alrededor hacia las paredes de piedra de la cueva y la cantidad de mercancías apiladas bajo el techo en forma de cúpula—. ¿Qué hace usted aquí?
—Me engañaron para que viniera aquí... fue la señora Blackmore. Está loca... loca de ansia de poder, y no se detendrá ante nada para obtener lo que busca —Elysia observó la expresión incrédula de la cara del conde. Era probable que él trabajara con los Blackmore, pero era totalmente inocente de los planes asesinos de la señora Blackmore con respecto a ella, pensó. Lo había demostrado al matar a los asesinos contratados por la señora Blackmore.
—¿Por qué iba a querer matarla la señora Blackmore, lady Elysia?
—Me interpongo en su camino. Tiene proyectos con respecto al marqués. Había esperado un casamiento entre Louisa y Alex, pero desgraciadamente él me eligió a mí.
—Ah,je comprendí. Es una mujer de cuidado. Si fuera de otro modo... bueno —se encogió de hombros— yo no tendría tratos con ella. Siempre es mejor conocer al enemigo... así uno está preparado... porque si uno piensa que hay que temer de alguien, ¿cómo va a protegerse contra un golpe inesperado? Esa mujer es mala, y muy peligrosa —parecía perturbado— incluso yo no sabía hasta qué punto era peligrosa.
—Entonces sabe usted mucho acerca de la señora Blackmore, monsieur le comte —los pensamientos de Elysia empezaban a orientarse otra vez, pese al dolor de cabeza, y comprendió que el conde ignoraba que había sido detectado, y que ella conocía la verdad de su misión en Inglaterra.
—Oui, así es —sonrió vacilante, lanzando una mirada sobre el hombro, como esperando—, y supongo que usted se pregunta qué estoy yo haciendo aquí. Es verdad... ahora que ha visto usted la verdadera personalidad de esa mujer... es una contrabandista. Estoy vinculado a ella sólo por razones de transporte. Ocasionalmente tengo que ir a Francia —explicó sinceramente el conde—. Puede usted creer que no soy bonapartista. No. Soy monárquico. Lucho con los grupos que se oponen a ese tirano, pero también tengo que velar por mis propiedades. ¿Me cree? —demandó, como si la confianza de ella representara algo para él—. De hecho tengo la sanción del primer ministro de ustedes para hacer este trabajo —mintió, procurando que ella le creyera.
Si Elysia ya no hubiera sabido la verdad acerca del conde, habría creído toda las palabras mentirosas que él decía con tanta elocuencia. Después de todo era un espía experto, y su trabajo era engañar a la gente que confiaba en él.
—Por favor, créame —suplicó—. Usted me cree... no diga usted lo que ha visto... por lo menos en lo que se refiere a mí—parecía tan sincero, tan ansioso por ser creído, pensó Elysia intrigada, hasta que percibió los nerviosos dedos de él que acariciaban el gatillo de la pistola colocada en la banda de sus pantalones. El no deseaba matarla... a menos que ella no le creyera y lo denunciara a las autoridades. Por eso insistía en que ella creyera. Pero le daba una oportunidad... y esto era más de lo que había hecho la señora Blackmore. Está bien, conde, recibirá usted mi fe más completa, pensó Elysia, y representemos esta comedia.
—Sí, le creo, monsieur le comte —contestó finalmente Elysia, y percibió el alivio en la cara de él, al mismo tiempo que perdía tensión.
—¿No quiere usted poruña vez llamarme Jean? —levantó la mano de ella y besó con suavidad los arañazos, antes de volver a mirar nervioso hacia atrás, hacia la boca de la cueva;
después sacó el reloj y controló la hora con expresión preocupada en el rostro—. Tengo que irme en cualquier momento —dijo mirándola indeciso.
¿Qué podía hacer ella? pensó Elysia, confundida. El le había salvado la vida pero era un traidor. Estaba planeando salir de Inglaterra con documentos secretos... y ella podía detenerlo... ¿o no podía? Pese a la interrupción a tiempo que le había salvado la vida, sabía que él era tan leal a Fran-cia como ella a Inglaterra. Si intentaba detenerlo la mataría sin vacilar.
—Es lástima que nuestros senderos se hayan cruzado... y ahí terminará la historia. Supongo que así son las cosas en el mundo. Nada sucede como uno lo desea. Si usted fuera francesa... ¡ay, pero
no puede serlo! Vamos, la acompañaré fuera de aquí, porque tengo que reunirme con un bote que viene a recogerme —miró los sufrientes ojos de Elysia, y añadió—: Es mejor que se vaya enseguida... ya me ocuparé a su tiempo de la muerte de la esposa del caballero —tomó a Elysia por el codo y empezó a guiarla hasta las escaleras.
—Conde..., tengo que detenerlo —empezó Elysia, y hubiera intentado apoderarse de la pistola de él, pero, antes de que pudiera hacerlo, se oyeron ruidos en la boca de la cueva. El conde se detuvo, y se volvió esperanzado hacia el lugar de donde provenía el ruido. Su expresión se transformó en ira y atención al contemplar a la intrusa.
La señora Blackmore se había quedado sorprendida e inmóvil al dar un paso. La vista del conde y Elysia, con los dos cuerpos de los asesinos contratados provocó en ella una expresión de furia concentrada en su cara pálida, mientras la piel se le ponía dolorosamente tensa en los pómulos.
—¡Usted! —exclamó, mirando a Elysia con ojos enloquecidos—. ¡Usted debería estar muerta! Merece morir por lo que me ha hecho con sus condenadas maldiciones —dijo sin aliento, y un hilo de saliva le resbaló por la comisura del labio.
La señora Blackmore sonrió grotescamente y se precipitó sobre Elysia, mostrando los dientes como un perro rabioso, pero el conde se puso delante de Elysia, protegiéndola con su cuerpo.
—¡Basta! —previno, cuando las manos de la señora Blackmore se tendieron como garras, las uñas con aspecto tan agresivo como los colmillos de un animal dañino.
—Está usted loca. ¡Compromete toda mi misión! ¡En el futuro recomendaré no tener más tratos con usted!
—¡Franchute estúpido! No saldrá usted vivo de aquí —rió ella diabólica—. Los soldados me siguen. ¡Ha sido usted traicionado! —chilló, mientras extraía de su capa una pistola y, antes de que el conde pudiera hacer un movimiento, disparó. Hubo una expresión de sorpresa e incredulidad en la cara de él al caer hacia adelante, la sangre manando de su pecho.
Elysia miró hipnotizada los brillantes ojos de la señora Blackmore, petrificada ante el asesinato a sangre fría del conde.
—¡Ahora morirá usted de una vez por todas! —prometió la señora Blackmore, mientras apuntaba con la pistola directamente hacia la cabeza de Elysia.
Elysia aspiró profundamente. Parecía que en verdad iba a morir esta vez. No habría intervención de último momento para salvarla... a menos que ella misma lo intentara... pero había perdido toda la energía. Sólo podía permanecer de pie.
Se puso tensa para dar un salto. Si pudiera arrojar al suelo el revólver que la señora Blackmore enarbolaba... Estaba desesperada, dispuesto a intentarlo todo para salvarse, esperando que las fuerzas no la abandonaran, cuando oyó ruido de pasos apresurados y voces. Parecía que las rodeaban, porque desde todos los puntos la gente convergió de pronto hacia ellas. La señora Blackmore miró a su alrededor como loca, y los sonidos formaron eco en la cueva, sin dirección, magnificados más y más, hasta que todo fue una confusa suma de ruido.
Elysia vio a Ian precipitarse a zancadas por la abertura, con una expresión de triunfo en la cara al ver la cueva y sus tesoros almacenados. Pero la expresión de triunfo se desvaneció bruscamente al ver la silueta desgarrada y manchada de sangre de Elysia.
—¡Dios mío, Elysia! —murmuró sin aliento, perdiendo momentáneamente el control.
Elysia gritó para avisarle, pero ya la señora Blackmore se había dado la vuelta y disparaba contra Ian. Elysia lanzó un grito al ver la mueca de dolor de lan, que retrocedió tambaleante hasta caer contra la pared de la cueva.
Otros hombres habían entrado ahora, y se detuvieron, no sabiendo qué debían hacer al contemplar sorprendidos a las dos mujeres de pie y mudas ante ellos... con una pistola humeante y mortífera en la mano.
La abertura de la puerta secreta ante ellos rompió el hechizo, y los ojos de los marinos se dirigieron hacia dos caballeros bien vestidos que entraban presurosos, seguidos por un hombrecillo de pelo gris y revuelto, que enarbolaba peligrosamente una cachiporra.
La señora Blackmore chilló como un animal acorralado, insultó a todos con lenguaje obsceno, mientras se abría paso entre los atónitos marinos hacia la entrada de la cueva. Elysia se recobró y corrió ansiosa hacia lan, que había caído de rodillas. Cuando Elysia se arrodilló ante él, no advirtió el ruido de pasos apresurados en los escalones: su única preocupación era Ian.
La señora Blackmore se había detenido a la entrada, y su odio era tan insensato que nuevamente apuntó con la pistola... esta vez hacia la vulnerable espalda de Elysia, antes que los
sorprendidos marinos pudieran anticiparse. Pero Alex fue más rápido. Se apoderó de la pistola que el conde muerto aún tenía en la mano y disparó en un rápido movimiento, sin detenerse a hacer puntería.
La señora Blackmore chilló cuando el tiro le dio en el brazo, haciendo que soltara la pistola. Se agarró el hombro y se volvió llena de pánico, para escapar, pero sus pasos no coordinaban y se tambaleó en el sendero. Tropezó al apresurarse, perdió el equilibrio y cayó sobre el borde, agitando los brazos en el aire desesperadamente.
Dentro de la cueva su aullido sediento de sangre resonó siniestro en el silencio, mientras caía por el empinado declive hacia las agudas rocas de abajo.
Alex tiró con desagrado la pistola y se acercó a Elysia, que seguía arrodillada ante el hombro herido. Contempló como si no lo creyera la apariencia sangrienta y golpeada de ella. Se inclinó para levantarla, y sólo entonces llegó a él la voz de ella haciéndolo palidecer ante las palabras:
—¡Ian, oh, Ian! ¿Estás bien?...Por favor... no mueras. ¡No puedes morir... ahora que he vuelto a encontrarte!
Elysia tocaba la cara de Ian con manos tan cariñosas y amantes, completamente ignorante de lo que la rodeaba... y no vio que los brazos que se habían extendido hacia ella caían, mientras Alex se daba la vuelta, sin ser notado.
16
Ah, la belle chose de savoir quelque chose.
Ah, es cosa bella saber alguna cosa.
Moliere
—¡Oh, lady Elysia —reprendió Dany con cariño— de verdad no entiendo qué le ha pasado!
Ayudaba a Elysia a vestirse tras haberla bañado y ver sus heridas, entre exclamaciones de furor que no podía contener al ver la extensión de esas heridas. Con suavidad, secó con la toalla el largo cabello de Elysia, de cuyas mechas brillantes había limpiado cuidadosamente el polvo y la sangre.
Dany dejó a Elysia cómodamente sentada ante el fuego, cuyo resplandor lanzaba calor a todo el cuarto. Elysia bebía agradecida la taza de té caliente y fragante que Dany le había preparado, mientras sostenía con sus dedos la frágil taza. El líquido calentó sus dedos que palpaban la porcelana, fina como papel. Sería tan fácil deshacerla, pensó... del mismo modo que era tan fácil morir. Había visto la muerte llegar rápida e inesperadamente, llevando consigo algo muy especial y precioso, que nunca más podría recuperarse. Cuan rápidamente se extinguía una vida... tan simplemente como la llama de una vela. Ella misma había estado muy cerca... pero había escapado.
¿Y qué hubiera dejado atrás, en caso de morir? Todos los días de furia y resentimiento serían su legado. Un gusto amargo en el recuerdo de aquellos que vivían con ella. La vida era demasiado breve para que no aprovecháramos la felicidad que podía presentarse.
Iba a aferrarse ávidamente a ella, si es que aún estaba a su alcance. Aceptaría cualquier cosa que le propusiera Alex... aunque sólo lo viera ocasionalmente, cuando creyera conveniente venir desde Londres para visitarla. Después de todo ella seguía siendo su mujer... y él desearía un heredero. Era uno de los motivos por los que se había casado con ella... para tener hijos a quien dejar su patrimonio. Y ella tendría hijos de él para quererlos y amarlos, una pequeña parte de él que le pertenecería para siempre. En ese sentido era aún necesaria... aunque él no la amara.
Alex se había manifestado preocupado y solícito por su salud, al volver de Blackmore, pero ella había sentido un muro entre ellos... indiferencia y frialdad. Era como si estuviera diciéndole que podía sentirse preocupado por alguien que había sufrido daño y necesitaba cuidados... pero que no debía considerar aquello como algo más... porque eso era todo.
Se oyó un golpe vacilante en la puerta antes de que la abrieran y Louisa entrara en el cuarto. Estaba pálida y oscuros círculos de pesar acentuaban sus ojos grises, haciéndolos parecer enormes en su carita. Sus manos apretaban nerviosas un pañuelo arrugado retorciéndolo constantemente.
—Louisa —Elysia habló con dulzura, y había en sus ojos compasión por la muchacha—. Me alegro de que hayas venido.
—No estaba segura de ser bienvenida después de... —hizo una pausa, y un espasmo de dolor cruzó su cara al decir—: ...lo que te hicieron.
—No fue culpa tuya —Elysia estaba indignada—. No creas que te culpo de algo, o que tengo mala voluntad hacia ti. ¡Oh, Louisa, eres mi amiga más querida! —Elysia tendió los brazos a la azorada muchacha, estrechando su cuerpo estremecido, murmurando palabras de consuelo que no podían menguar el profundo dolor que Louisa debía de sentir. Pero parecieron apaciguarla, porque los sollozos se calmaron gradualmente, hasta que se apoyó tranquila contra Elysia, entre suspiros profundos y apenados.
—¿Recuerdas cuando nos conocimos y te dije que íbamos a necesitar la una de la otra para llorar? —preguntó Elysia, mientras Louisa se secaba las lágrimas con un pañuelito de encaje, ridiculamente inadecuado.
—Sí, lo recuerdo —contestó con voz apagada— pero nunca soné que iba a ser en estas circunstancias. Todavía me resulta difícil creerlo —miró la mejilla de Elysia, confundida—. ¡Que mamá se atreviera a querer matarte... que fuera... como... esos que están muertos! —murmuró luchando por entender todos los hechos—. Nunca lo supe. Era una mentira que ellos vivían —suspiró con nostalgia—, nunca me sentí cerca de ellos. Papá y mamá no eran personas a las que se pudiera
mostrar cariños... de hecho muchas veces he pensado que no he sido una hija deseada. Siempre molestaba cuando era niña. Estaba más con las niñeras que con mis padres. Fue sólo cuando estuve en edad de casarme cuando adquirí valor o importancia para ellos.
—Louisa, por favor no sigas —suplicó Elysia, que odiaba ver la expresión herida en aquel pálido rostro.
—Oh, no, por favor, prefiero afrontar la verdad... es mejor así. No lamento la muerte de ellos... es más bien el dolor de una traición.
Tal vez fuera mejor dejar hablar a Louisa. Una fuerza interna crecía dentro de ella, madurándola cuando se enfrentaba a los hechos, aceptando lo que había pasado y el por qué. Finalmente iba a ser más fuerte, pensó Elysia, al percibir la luz en los suaves ojos grises. Pero no se endurecería, porque había en ella una gentileza que nunca la dejaría.
—Deseaban demasiado, Elysia —dijo Louisa tristemente—. Su codicia corrompió cualquier decencia que tuvieran. Pero, fueran lo que fueran, eran mis padres, y los recordaré como... indiferentes... —Louisa se puso de pie de mala gana—. Ahora hay cosas que atender de las que debo ocuparme, y ni siquiera sé por dónde empezar —movió la cabeza desesperanzada.
—No puedes ocuparte sola de todo esto. Por favor, deja que nuestros abogados se encarguen de ello. No sé quiénes son, pero estoy segura de que Alex se pondrá en contacto con ellos para que te ayuden. Después de todo, es lo que mejor hacen, y si tienen dificultades, mi hermano lan estará encantado de poder ayudarte.
—¿Ian? No sabía que tuvieras un hermano —Louisa pareció intrigada—, creí que eras hija única. Estoy deseando conocerlo.
—Pero si ya lo conoces —dijo Elysia, con aire inocente.
—¿Lo conozco? No —dijo con expresión pensativa. Creo que estás equivocada, porque seguramente me acordaría de él.
—Es probable que lo conozcas bajo otro nombre... David Friday. Creo que es el nombre que usa por estas comarcas...
Louisa la miró como si estuviera loca.
—¡David Friday es tu hermano! ¡No entiendo! Si no es un marinero... ¿quién es?
—Es una historia larga e increíble, de la que ni siquiera conozco todos los detalles, excepto que él es lan Demarice, mi hermano mayor, oficial de la Marina Real... y un caballero muy respetable. ¿Pero no es mejor que sea él quien conteste todas tus preguntas?
—¡Oh, Dios... tu hermano! Oh, no podría... además, si lo que dices es verdad... entonces sólo estaba cumpliendo con su deber —prosiguió agitada—. Siempre sospeché que era más de lo que decía ser. Actuaba como un caballero, siempre. Todo estaba confundido allá abajo, pero creo haberlo visto allí. Estoy aturdida. ¿Dices que es un oficial? —Elysia asintió, y la canta de Louisa se contrajo al decir:
—De modo que todo era una comedia... incluso su interés por mí... era parte del trabajo... que ha terminado ahora.
—Nunca terminará nada entre nosotros, Louisa. Louisa tuvo un sobresalto y se volvió para ver a lan que entraba en el cuarto. Sus botas estaban llenas de barro, y había un desgarrón en la costura del hombro de su chaqueta, donde la bala había penetrado. Llevaba el brazo en cabestrillo, y parecía cansado, aunque exaltado. Su misión había sido un éxito, y todo lo que se había propuesto lograr estaba realizado.
—Ian, ¿cómo está tu brazo? ¿Te permiten que estés levantado y caminando? —dijo Elysia preocupada, cuando él se acercó y le besó con cariño en la mejilla.
—Deja de portarte conmigo como una madre enternecida... ya tengo bastante con los cacareos de esa mujer de arriba. Una tal señora Duney... o Diney, no sé muy bien, aunque ella sí sabe aplicar un vendaje. La podríamos utilizar en el Mediterráneo, pero todos los hombres desertarían para huir de esa mezcla horrible que aplica como medicina —hizo una mueca, porque aún tenía el sabor en la boca—. Todo por un pequeño arañazo.
—Ese es el elixir especial de Dany, que garantiza ponerte otra vez en pie —Elysia rió, deleitada al comprobar que lan no sufría efectos posteriores por la herida.
—Casi me muero —se dirigió donde estaba Louisa, de pie inmóvil, examinando intensamente una pieza más bien vulgar que había sobre la repisa de la chimenea, y habló hacia la suave curva del cuello que se le ofrecía ante él, pese a la obstinada rigidez que demostraba ella.
—No creo que hayamos sido presentados como es debido. Soy Ian Demarice —se inclinó
formalmente sobre la mano floja de ella, y una sonrisa asomó en sus ojos.
—Señor Demarice —contestó Louisa formalmente— temo no conocer su rango.
—Soy teniente —Ian miró con fijeza los ojos grises de ella, mientras en los suyos había una nerviosidad semioculta—. Perdón Louisa, no querría haberte hecho sufrir por nada en el mundo, pero nuestros deseos no siempre son lo primero. Créeme si te digo que yo habría terminado las cosas de esta manera.
—Gracias. Ya sé que sólo cumplías con tu deber, y tenías que hacerlo. Confío en que no haya habido otra manera feliz de salir de esto. Alguien tenía que resultar herido.
—Lamento que hayas sido tú, Louisa —dijo lan con suavidad.
—Bueno, sí... ahora todo ha terminado.
—Si, así es —asintió lan gravemente, lanzando una mirada cariñosa a Elysia.
—Bueno, hermanita, ciertamente me diste un buen susto... verte en esa cueva me quitó años de vida. Pero siempre te has metido en travesuras —la reprendió gentilmente—. ¿Cómo te sientes? No puedo honestamente decir que estás rozagante.
—Me siento mejor de lo que parezco —afirmó Elysia, viendo de paso su imagen reflejada en el espejo—. Nunca volveré a sentirme orgullosa de mi aspecto físico —vaciló incómoda, después preguntó, como sin darle importancia—. ¿Y dónde están los otros?
—Si por los otros entiendes tu marido y tu cuñado, te diré que están abajo, en el salón, con las autoridades. Hay muchas cosas que atender y que aclarar. No quisiera que se castigara duramente a los aldeanos ni a los pescadores: fueron obligados contra su voluntad a unirse a esa banda.
—Yo tampoco querría que eso pasara, y si en cierto modo puedo pagar lo que mis padres hicieron a esa gente,... estaña sinceramente agradecida. Es lo menos que puedo hacer —Louisa miró con timidez a lan, apretando los puños—. No presumo que pueda contar con tu amistad ahora que ha terminado este asunto. Sé que sólo estabas cumpliendo órdenes y... de verdad lo entiendo. Ahora, con permiso... —hizo un gesto para irse, pero lan la tomó del brazo, deteniéndola.
—Estás equivocada, Louisa, porque soy yo quien no puede aspirar a contar con tu amistad, ahora que sabes el papel que he desempeñado en esta tragedia. Si tu corazón puede perdonarme, no pido más.
—Pero yo nunca podré odiarte, Ian —exclamó Louisa, sobrecogida ante esa idea—. Nada tengo que perdonarte: cumplías con tu deber, y yo no hubiera esperado menos de ti.
Ian sonrió hacia los nebulosos ojos grises de ella, con el corazón en la mirada mientras tomaba su agitada mano con la suya, y la aferraba posesivamente para volverse luego a mirar a Elysia.
—Tendré que informar a mi comandante, Elysia, pero volveré dentro de la semana, de manera que mi ausencia será breve —sus ojos azules acariciaron la carita de Louisa y anadió, con gravedad—: Pero Louisa y yo tenemos un pequeño asunto que arreglar antes, de manera que te pedimos disculpas; procuraremos llegar a un acuerdo.
—Permiso concedido —replicó Elysia sonriendo— y debes creerle, Louisa, porque yo garantizo su honestidad y... sinceridad. Es muy terco cuando quiere salirse con la suya.
Louisa devolvió tímidamente la sonrisa de él con un favorecedor rubor en sus mejillas y salió de la habitación, con el brazo de lan apoyado en sus hombros.
—Lamento decir que estoy muy desconectada de lo que ha estado ocurriendo en St. Fleur. Dejé que el hidalgo me descargara de mis responsabilidades, y él lo aprovechó amplia y criminalmente. Pero puedo prometerles, señores, que en el futuro tomaré un interés más personal por esta zona y por la gente que aquí vive —prometió el marqués al almirante y enviado especial desde Londres, que estaba sentado ante él en el salón, con una nota de altanería en la voz.
—Naturalmente, la cosa deberá arreglarse ante el tribunal, pero estoy seguro de que los aldeanos no serán tratados duramente, o que no sufrirán indebidamente, ahora que todas las circunstancias se han aclarado. Y, con su patronazgo, estoy seguro de que ya no tendremos dificultades en estos lugares —concedió el enviado especial, aunque todavía se sentía un poco humillado de que hubiera sido una mujer quien los había arrastrado a aquella cacería, y que hubiera sido el instrumento de que él estuviera forzado a vivir a bordo de su barco en aquellas semanas. Se sentía insultado al haber sido engañado durante tanto tiempo por una mujer, aunque sus sentimientos se habían apaciguado con el descubrimiento del despacho secreto, y el fin del espía que durante tanto tiempo y tan fácilmente había confundido a su departamento.
—Gracias por la confianza, señores. ¿Un vaso de coñac antes de partir? —preguntó cortésmente el marqués, mientras hábilmente se excusaba. Hizo un gesto a Peter para que sirviera, y
en ese momento vio a lan y a Louisa que atravesaban el vestíbulo y se dirigían a la biblioteca. Los siguió y los alcanzó antes de que entraran en la habitación y dijo con arrogancia:
—Perdón: deseo hablar unas palabras con usted. lan se volvió, sorprendido ante la nota de mando en la fría voz, y miró de frente las facciones de halcón del marqués. Quedó momentáneamente desconcertado ante la intromisión, pero: ¿cómo negarse a hablar con su anfitrión y cufiado en su misma casa?
—Naturalmente, Señoría, estoy a sus órdenes —apretó la mano de Louisa—. Volveré pronto, no desaparezcas —la previno y, viendo un libro en una mesita, lo recogió y sonrió al leer el título antes de ponerlo en manos de Louisa—. Esto te mantendrá entretenida, amor.
Louisa se ruborizó mientras miraba el pequeño volumen de los "Sonetos de Amor" de Shakespeare,
Ian siguió tras la espalda tiesa del marqués hacia su estudio y lo miró atónito cuando el marqués cerró la puerta con rabia mal contenida, y le lanzó una llameante mirada de enemistad. ¿Por qué tenía que mirarlo furioso lord Trevegne?, pensó lan desorientado, incómodo por el momento, sintiendo que sus nervios se ponían de punta bajo aquella mirada dorada. ¡Nunca había sentido esta emoción de la fatalidad que se acercaba al enfrentarse a una docena de cañones! Ian tosió, rompiendo el silencio.
—¿Desea usted unas palabras conmigo?
—Más que unas palabras, señor —replicó con sarcasmo lord Trevegne—, tras la encantadora escena que tuve la desdicha de presenciar.
—Le ruego que me disculpe... pero: ¿qué quiere usted decir? —preguntó lan, a quien no le gustaba el tono de voz de su Señoría.
—Me refiero a esa asqueante muestra de cariño de su parte, cuando Elysia estaba golpeada, encima de su propia cabeza. Tendría que ahorcarlo hasta casi matarlo —amenazó ominoso.
lan palideció. ¡Dios mío! ¿Por qué estaba furioso este hombre?
—Bueno, Elysia se curara... está un poco magullada, es verdad, pero es una muchacha animosa y la he visto en peores circunstancias —sonrió lan, con lo que suponía era una sonrisa reconfortante. Era evidente que su Señoría estaba preocupado por el estado en que se encontraba Elysia—. Reconozco que lo pasó muy mal, y me chocó bastante verla en esa cueva. Pero podrá tranquilizarlo a usted, lord Trevegne, su ama de llaves, la señora... hum... ah, sí, la señora Dany. Ella ha dicho que se recobrará perfectamente con un poco de descanso.
—Ah, ¿de verdad? —preguntó Alex tranquilo—. ¿Y debo suponer que usted ha subido a ver a mi mujer?
—Naturalmente —lanzó una curiosa mirada al marqués—, es mi derecho. ¿Qué clase de persona cree usted que soy?
—¡Ya le diré quién creo que es usted, maldito bastardo! —rugió Alex, perdiendo el control en un rapto de furor ultrajado. Y golpeó al sorprendido joven haciéndolo retroceder hasta la pared, donde lo agarró, sin tomar en cuenta el hombro vendado del otro—. ¡Podriá matarlo! ¡Nadie se ha atrevido jamás a lo que se ha atrevido usted! Lo que es mío, lo conservo. Recuerde:
Elysia es mía, y siempre lo será. ¡Ningún cachorro mamón, con ideas acerca de su situación, me la arrebatará! Puede usted irse, y no vuelva a poner los pies en esta zona de la costa mientras viva —Alex hizo una pausa, y su gesto era rabioso— o su vida se acortara considerablemente.
Sacudiendo a lan como un perro a un hueso, lo soltó de golpe, echándolo a un lado, y lan tropezó hasta caer en un gran sillón de cuero. Controlándose, lan se puso de pie y la sangre inundó su cara, mientras sus puños se contraían en un apretado nudo de hueso y músculo.
—Reconozco que quedé sorprendido cuando supe que Elysia se había casado con usted —habló con desdén— y quedé, lo confieso, desesperado, porque tengo conocimiento de su reputación, Señoría. Y —hizo una pausa irguiendo los hombros con toda la dignidad de la que era capaz— sólo ha confirmado usted mis peores temores acerca de este matrimonio. Sé que, como caballero, no me queda más recurso que alejar a Elysia de su influencia. Naturalmente, el divorcio será mal visto, y sólo llegaremos a esto como último recurso... pero yo me encargaré de que no tenga usted nada que ver o decir respecto al bienestar de ella.
—¡Vamos, atrevido! ¡Se atreve usted a enfrentárseme —rugió Alex con una furia como nunca había sentido antes en su vida. Estaba más allá de toda razón—. ¿Desea usted ese divorcio... como última solución, en verdad, vulgar mentiroso? —gruñó. Los ojos de lan ardieron ante este insulto final. Ya no toleraba más a ese marqués loco. Levantó el guante para responder a aquel ultraje a su
persona, pero su Señoría prosiguió, no contento con los insultos. Era como si deliberadamente quisiera provocarlo.
—Nunca me divorciaré de ella. Es mía... una Trevegne... y lo seguirá siendo hasta morir. ¡Nunca se casará usted con ella, perro lloroso!
lan se detuvo, y su mano sostuvo el guante en el aire. ¿Casarse? ¿Qué era esto? Miró atónito a lord Trevegne.
—¿Casarme? —repitió en voz alta. Sin duda no había oído bien, pensó enloquecido.
—Sí, casarse —pronunció Alex entre sus apretados dientes—, ¿o esperaba usted sólo una breve aventura? Eso sería más de su estilo.
—¡Casarme!... ¿por qué en nombre de Dios voy a querer casarme con mi hermana? —La mano de lan cayó a un lado y siguió mirando con fijeza al marqués, que también lo miraba ahora, como si no hubiera oído correctamente.
—¿Elysia es su hermana? —dijo incrédulo, con voz que era apenas algo más que un murmullo.
—Naturalmente —contestó Ian sorprendido. Después, una expresión inquisitiva iluminó sus facciones, y lanzó una carcajada—. ¿Quiere decir que usted no lo sabía?
—¡No, por Dios, claro que no! ¡Parece que sé muy poco acerca de mi mujer, de mi casa o de lo que sea en este maldito asunto! ¡Dueño de mi castillo, en verdad! —los ojos de Alex llameaban—. ¡Pareciera que no soy dueño de nada!
El optimismo de lan desapareció ante la ardiente rabia en la cara del marqués. Este no era un hombre con el cual se pudiera jugar... especialmente en su actual estado de ánimo.
—¡Pero naturalmente! —exclamó lan súbitamente, al recordar la promesa que había exigido a Elysia—. Elysia no podía decirle nada... me había prometido total secreto. Debe usted entender que mi seguridad estaba enjuego y que, si se hubiera sabido mi verdadera identidad, todo se habría pedido. No ha sido culpa de ella, porque yo estaba decidido a salirme con la mía... y entonces ella juró... y eso es algo que Elysia nunca traicionará. ¡Yo soy lan Demarice, milord, el hermano de Elysia!
lan esperó de pie mientras lord Trevegne asimilaba este nuevo aspecto de los hechos. lan contemplaba las duras facciones, como de granito, que no cedían; un hombre orgulloso y arrogante no acostumbrado a equivocarse, pensó Ian.
Alex tendió la mano.
—Le ruego que acepte usted mis más profundas disculpas, y que le ofrezca humildemente mi amistad, después de todo lo que he dicho... insultándolo de manera imperdonable... cuando debería sentirme honrado, teniente Demarice —dijo Alex sencillamente, pero con sinceridad.
Ian estrechó agradecido la mano del hombre. Nunca soportaba que hubiera mala voluntad entre él y los demás, y menos pensaba pelear con su cufiado. Sospechaba hasta qué punto debía costarle a aquel hombre tan arrogante, humillarse. También conocía la reputación más bien indecente de lord Trevegne, y en verdad había quedado impresionado al encontrar a su hermana casada con aquel hombre, un hombre llamado demonio, libertino, diablo, entre las cosas mejores que había oído. Pero reservaba su juicio para más adelante... después de todo el marqués nada sabía de los hechos. Por el momento aceptaba, sin cuestionar, la amistad de este hombre. No querría tenerlo como enemigo. Y no había mejor manera de vigilar a Elysia que ser miembro de la familia, y bienvenido en casa del marido de ella.
—Todo está olvidado, lord Trevegne —dijo lan, con tono amistoso— después de todo usted ha actuado bajo el sentimiento de un error.
Alex mostró por primera vez su sonrisa de media boca.
—Debí haber adivinado que era usted el hermano de Elysia: se le parece mucho en el carácter.
—Bueno —lan pareció dudoso, sin saber si debía o no tomar aquello como un cumplido— ambos hemos sido acusados de terquedad y decisión, supongo.
—Puedo testimoniar ambas cosas. Pero hace ya rato que Louisa lo espera. Debe de estar impaciente, si no me equivoco —miró divertido mientras la cara de lan se ruborizaba hasta volverse casi roja—. Ambos, naturalmente, deben considerarse mis invitados... mi casa es de ustedes —era más una orden que un ruego, percibió lan sardónicamente, mientras aceptaba de buena gana en su nombre y en el de Louisa.
—Gracias, lord Trevegne, yo...
—Alex —dijo el otro con una sonrisa genuina, que cambió sus facciones austeras, calentándolas como el sol que brilla sobre la nieve recién caída—. No debe haber formalidad entre cufiados.
—Alex... entonces —lan sonrió satisfecho— tengo que volver a mi barco, pero descansaré
tranquilo si sé que Louisa está bien atendida mientras yo no estoy.
—Es aquí bienvenida todo el tiempo que desee quedarse. Y ahora, no la hagas esperar más —aconsejó, al ver la ansiosa mirada de lan hacia la puerta.
Alex se sirvió un gran vaso de coñac, del que tragó buena parte antes de volver a llenarlo. Miró fijamente la puerta cerrada, dejando vagar la mente... que no controlaba.
Se sentó en uno de los grandes sillones de cuero rojo, con un delgado cigarro indolente entre sus delgados dedos, mientras sostenía la copa de coñac en la otra mano. Se echó hacia atrás, entrecerrando los ojos al pensar, y sus pesados párpados casi cubrieron el resplandor de oro de sus ojos, mientras una extraña sonrisa curvaba sus labios.
17
¡Ved que deleite surge en las escenas silvanas! ¡Los dioses que bajaron encontraron aquí el Elíseo!
Alexander Pope
Los Blackmore fueron enterrados cristianamente, y el párroco hizo todo lo posible para pronunciar un responso que fuera aceptable para todos. No podía hablar de ellos y elogiarlos... proclamar sus virtudes hubiera sido en verdad blasfemar, y habría provocado contra él las amargas criticas de los aldeanos; y sin embargo: ¿cómo plantarse ante Dios y condenarlos, señalándolos como los pecadores que fueron... más allá del perdón divino, como sin duda opinaba la población local?
Finalmente el vicario pronunció un conmovedor sermón acerca del pecado de la codicia y el vicio, y la caída última —muy bien ilustrada por los muertos de aquel día— de quienes seguían ese poco cristiano sendero. Pidió el perdón de Dios para aquellas pobres almas que se habían mantenido alejadas de lo recto, y pidió a la congregación que recordara la lección que recibía de aquellos a quienes sus debilidades habían apartado del camino.
Elysia, lord Trevegne y Peter acompañaron a Louisa al funeral, aunque Elysia estaba convencida de que podía haber sido ella por quien pronunciaban un sermón aquella mañana.
lan había vuelto a Londres hacía dos días, y se creía que regresaría dentro de la semana. Elysia esperaba que, a su vuelta, trajera consigo un anillo; también sospechaba que tal vez él renunciara a su comisión cuando terminara la guerra contra Napoleón... si es que alguna vez terminaba. Había mucho trabajo que hacer en Blackmore Hall. La propiedad podía dar buenos beneficios si se la dirigía honradamente;
sería beneficioso para los labradores volver a la tierra, y se podrían abrir otra vez las minas. Sí: muchas cosas ocuparían el tiempo de lan cuando regresara.
Los invitados del finado caballero habían vuelto rápidamente a Londres sin quedarse para el entierro, y las disculpas que dieron acerca de negocios urgentes fueron claramente entendidas. Lady Woodley también había partido... información proporcionada por Louisa que le había interesado enormemente, porque Alex seguía aquí, y aparentemente no planeaba aún irse.
El entierro de los Blackmore tuvo lugar aquella mañana, bajo un claro cielo azul con nubecitas leves y blancas que cruzaban indolentes, proyectando su sombra sobre el campo. Ahora había llegado la oscuridad, y una luna amarilla se elevaba alta en el cielo negro, luchando para dominar los millones de estrellas palpitantes. Parecían brillantes joyas fuera del alcance, pero lo bastante cerca como para desearles, pensó Elysia, soñadora. Se apartó de la ventana desde donde había contemplado la noche, al oír a dos lacayos que entraban en la habitación y colocaban una mesita ante la chimenea. Miró mientras ellos depositaban las chispeantes copas y porcelanas. Un pequeño florero estriado fue colocado en el centro de la mesa, cubierta de encaje; sus líneas curvadas aprisionaban las llamas de la chimenea, y una única rosa roja empezaba a abrir sus pétalos ante el calor de las llamas.
El corazón de Elysia empezó a latir incómodo al ver que preparaban el servicio para dos personas y colocaban un cubo de champán helado junto a la mesa. Siguió mirando angustiada cuando encendieron las largas y esbeltas velas.
Seguramente Alex no pensaría cenar con ella a solas... en este escenario tan romántico. Elysia se dejó caer en un sillón, porque sus piernas se negaban a sostenerla, y se inclinó hacia adelante, al sentir que las fuerzas la abandonaban. ¿Cómo era posible seguir luchando contra él? No tenía fuerza para hacerlo... ni ánimo. Se había estado engañando a sí misma. Ahora que debía enfrentarse a él, era cobarde. Ser dueña de la casa de él y madre de sus hijos: era sólo un sueño para ocupar sus noches solitarias.
Ante la fría luz reveladora del día, sabía que no podría hacerlo... amándolo como lo amaba. No
podía soportar estar sentada ante él a la luz de las velas, sabiendo que él pensaba en otra mujer... sin poder tocarlo, mostrar su amor. ¡No! ¡No podría soportar aquel infierno!
—Buenas noches, milady —Alex entró en el salón con su sonrisa ladeada, esa sonrisa que desgarraba el corazón de ella. Sacudió una mota imaginaria de polvo de su manga de terciopelo negro, y los puños de encaje de su camisa blanca se agitaron provocadores, contrastando vivamente con su tono moreno. Lo único que ahora necesitaba era un parche negro sobre el ojo para parecer un perfecto pirata. Sus blancos dientes brillaron en su cara tostada, mientras decía con aparente indiferencia:
—Pensé que preferirías cenar arriba esta noche. Ha sido un día más bien agotador —la examinó lentamente—. Puedes descansar, querida. Estás un poco pálida.
—Dudo, milord, que los moretones purpúreos estén de moda en este momento —replicó sarcástica Elysia, sin poder contenerse.
—Ah —suspiró él— me alegra ver que la caída no te ha privado de tu maravilloso ingenio. Lo echaría mucho de menos. Empezaba a preguntarme si en verdad lo habrías colocado mal, milady —dijo intrigante, con una expresión de halcón en la cara.
—En realidad no, milord, todavía poseo todos mis adorados atributos. Sólo que están inactivos por el momento. Estoy segura de que entenderás y me disculparás, ya que tengo otras cosas más importantes en la mente en este momento, que no me permiten entretener a su Señoría con mi ingenio.
—Bravo, estás recobrando con rapidez la forma, querida —rió él, como si de verdad se divirtiera mucho. Sus ojos recorrieron la figura de ella, vestida con un peinador de terciopelo verde con un escote revelador.
Entendiendo mal la mirada, Elysia explicó, a la defensiva:
—Acabo de bañarme y no esperaba recibirte antes de terminar de vestirme.
—Por mí no es necesario que te vistas más, milady. Después de todo soy tu marido... y te he visto con menos ropa —dijo él con impertinencia, viendo que ella se ruborizaba ante las palabras—. ¿Cenamos? Estoy verdaderamente hambriento esta noche.
Elysia lo miró desconfiada cuando él la condujo solícito hasta su asiento, y despidió a los lacayos que ya habían colocado unas fuentes cubiertas de plata sobre la mesa.
—Permíteme que te sirva, milady —dijo Alex amable, eligiendo de una fuente un rodaballo cubierto con salsa cremosa, que presentó para que ella lo inspeccionara.
—¿Puedo tentarte con este jugoso trozo? —lo colocó hábilmente en el plato de ella, añadiendo una loncha de jamón cocido en vino de Madeira, seguido de lechuga rellena, ostras, jaleas con sabor de licor, patatas en salsa holandesa y langosta. Había otras innumerables fuentes aún tapadas.
Elysia contempló su plato lleno sin apetito. ¿Como podía probar bocado estando él sentado a dos pasos de ella?
Antes siempre habían tenido la gran extensión de la mesa de banquetes separándolos. Aquella cercanía era demasiado para que se sintiera cómoda.
Alex no pareció en lo más mínimo afectado mientras Elysia lo veía abrir las ostras, y se llevaba a la boca ávidamente el blando y suculento manjar. Levantó los ojos antes de probar la palpitante jalea y le lanzó una mirada interrogante:
—¿No tienes hambre? Realmente Antoine se ha sobrepasado esta noche —se pasó la punta de la lengua por el labio superior, jugueteando graciosamente en la comisura—. ¿Estás segura de que no tienes nada de apetito? Vamos, prueba esta langosta —le tendió un bocado en el tenedor, tentándola con el aroma que pasó ante su nariz—. Vamos, sé buena, prueba un bocado.
Elysia no pudo resistir aquella broma amable y se sometió, probando un poco de langosta, y después se sorprendió a sí misma al comer con gusto la comida de su plato, bajo la mirada aprobadora de su marido.
Alex mantenía los vasos llenos con el vino tinto oscurecido por el tiempo. El vino la calentó por dentro mientras el calor del hogar calentaba por fuera su piel, dándole un resplandor rosado.
Elysia se sentía relajada y con la cabeza ligera cuando se reclinó en el sofá, y el cuarto adquirió un reflejo rosa mientras el fuego chisporroteaba perezoso en la chimenea. Alex tendió a Elysia un desbordante vaso de champán espumoso, pese a que ella protestaba diciendo que ya había bebido bastante, pero él insistió, y ella cedió como antes, lo aceptó y las burbujas picotearon sus labios al beber.
—Ahora hablaremos —dijo Alex bruscamente, quebrantando el amistoso silencio con voz dura.
Elysia se puso rígida de inmediato, y procuró concentrar sus pensamientos, en algo que se pareciera al orden. ¡ Si por lo menos Alex no la hubiera hecho beber tanto! Apenas podía pensar con coherencia.
—Es inútil, querida. Elysia lo miró, mareada.
—Intencionadamente he querido que estuvieras relajada y un poco borracha —dijo él brusco, y sus ojos no se apartaban del rostro enrojecido de ella.
Las manos de Elysia temblaban cuando depositó con cuidado la dorada copa semivacía de champán sobre la mesa que estaba al lado del sofá.
—¿Por qué? —preguntó con voz tupida.
—Porque, mi querida esposa, en estado levemente ebrio, esa aguda mente tuya no trabaja tan rápido como de costumbre. No podrás parar tan fácilmente mis preguntas, ni confundir las cosas poniéndome a la defensiva, cosa que eres muy capaz de hacer.
Había algo torvo en su determinación, cuando se sentó más cómodamente, como preparándose para una larga velada.
Ella hubiera querido levantarse y dejarlo, pero dudaba poder llegar a la puerta... o poder siquiera ponerse de pie.
—Te debo disculpas —empezó Alex de pronto—. Debí haber comprendido que tú, entre todo el mundo, no eres capaz de meterte en una intriga o una aventura. Sin embargo, no creo ser del todo culpable por el error cometido, ya que no podías revelarme nada. Pero eso ha pasado y está terminado. Sólo puedo decir que lamento haber dudado de tí... —hizo una pausa y prosiguió con dificultad— y lamento profundamente lo que hice con tu muñeca. Dany me ha dicho cuánto representaba para ti. Eso es algo que no puedo devolverte. Pero puedo cambiar lo que ha pasado entre nosotros... podemos empezar de nuevo. Puedo construir algo decente, por una vez en mi vida, y quiero construirlo contigo, Elysia... tú a mi lado, como mi esposa... y mi amante.
El mareo abandonaba rápidamente el turbado cerebro de Elysia. Miró a Alex incrédula, antes de exclamar con voz ronca, herida y ultrajada:
—¿Acaso vamos a representar otra de tus atormentadoras comedias? Porque, si es así, no eres un caballero. Es verdad que una vez me dijiste que no lo eras, pero no lo tomé en cuenta, como debí hacerlo. ¿Tu juego no tiene reglas, verdad, Alex? No te importa hasta qué punto puedes herir y degradar a alguien—. Elysia sintió que las ardientes lágrimas mojaban su cara mientras lograba ponerse de pie.
La cara de Alex había palidecido, y sus labios se apretaron en una línea sombría al escuchar el rechazo que hacía Elysia de sus disculpas y la declaración de incredulidad.
—Estás aquí, muy atento, tras hacerme beber y comer, haciendo descaradamente falsas declaraciones de devoción conyugal, mientras tu querida te aguarda ansiosa en Londres. ¿Cuántas noches de esta nueva vida compartiremos, antes de que me dejes para correr junto a ella? "Ella no vendrá donde sabe que no es bienvenida", afirmaste, ¿o has olvidado lo que dijiste a tu amante en la biblioteca? —preguntó Elysia furiosa, y la humillación volvió a ella al recordar dolorosamente aquellos momentos interminables.
—¡Oh, Dios! —Alex lanzó una violenta carcajada que retumbó en los oídos de Elysia—. ¡Que esas palabras vuelvan para perseguirme! Una bonita representación de todo modos, ¿no estás de acuerdo, querida? —dijo él, como si se odiara a sí mismo, el labio en gesto de desprecio por su propia actitud.
—¿Qué quieres decir con eso de representación? —Elysia lo observaba, nerviosa.
—Lamento desilusionarte, pero no soy un canalla tan completo como tú lo crees. Tal vez sea un maldito idiota, de acuerdo, pero no soy tan despreciable. He hecho en la vida muchas cosas de las que no me enorgullezco, pero nunca he mentido a nadie. Siempre he sabido que te refugias en un lugar donde nadie puede molestarte... o atormentarte.
Elysia lo miró atónita. ¿Conocía él el refugio de ella? ¿Pero cómo era posible?
—Sé muchas cosas que pasan aquí... no tantas quizá, pero tengo ojos y oídos, y he visto algo, como verte ir a la biblioteca con un libro... y desaparecer. Es una habitación aparentemente vacía hasta que se oye el crujir de una página que da vuelta.
Hizo una mueca.
—No te culpo si no me crees, pero yo sabía que tú estabas ese día en la galena de arriba. Hablé de la manera que lo hice con Mariana porque sabía que me oías. Quería herirte, como tú quisiste herirme... o al menos era lo que pensaba. Maldito temperamento mío, pero estaba loco de celos...
creyendo que lan era tu amante, creyendo que eras como tantas mujeres que he conocido, que no merecen confianza ni amor. En el primer momento creí que eras distinta.
—¿Sa...bías que yo estaba allí... y que iba a oír que hacías la corte a lady Woodley? —preguntó Elysia débilmente, entendiendo apenas lo que él decía.
—Sí, lo hice. Fue la acción de un hombre cruel y egoísta, que golpeaba ciego con su ira... sin pensar a quién podía herir.
—¿De manera que no piensas reunirte con lady Woodley en Londres? ¿De verdad no la amas? —preguntó Elysia vacilante, casi con miedo de expresar sus pensamientos por terror a que todo fuera una alucinación, una cruel treta que le hacía su mente... oír lo que le parecía imposible oír de labios de Alex.
—No, no la amo —su sonrisa era dulce y amarga—. ¿Cómo podría amar a nadie tras haberte amado a ti, haberte tenido en mis brazos y haber sentido en mi boca tus dulces besos? —lanzó roncamente—. Creí que me odiabas, que estabas enamorado de otro. Casi volví a herirte provocando a tu hermano lan... y nunca he visto un hombre más sorprendido, cuando le pregunté cuáles eran sus intenciones respecto a ti. Creí haberte perdido... y nuevamente me porté como un loco —una luz entró en sus ojos haciéndolos brillar como ardientes llamas—. Me preguntaba por qué diablos estabas en esa cueva con la señora Blackmore —dijo suavemente, mirándola pensativo—. Parece que Peter es tu confidente... pero debes saber, antes de seguir confiando en él, que Peter no puede guardar un secreto. Es para él físicamente imposible: estalla si no puede hablar con alguien.
Alex se acercó más a Elysia y sus brazos se extendieron suplicantes, mientras proseguía con tono tranquilo:
—Corriste un peligro irrazonable porque creíste que yo te necesitaba... aunque acababas de oír esa condenada escena de la biblioteca. Me he preguntado por qué. ¿Por qué ibas a hacer eso, a menos que me ames?... Porque, pese a todo lo ocurrido, me amas. Y esto me ha dado de nuevo la esperanza... de no haberte perdido.
Elysia sintió que las lágrimas desbordaban sus ojos al oír estas palabras. No podía ser verdad. Meneó la cabeza como mareada, dejando que las palabras de él la penetraran;
pero aún pensaba muy lentamente, sus reacciones estaban confundidas por el vino. Alex, alerta ante cada expresión y movimiento, los interpretó mal, y con un gemido se dejó caer en el sillón de raso, la oscura cabeza entre las manos mientras contemplaba ceñudo la alfombra.
—Te amo, Elysia. ¿Significa esto algo para ti? He sido un tonto y un canalla: estoy medio loco desde que te conocí. Me creía muy inteligente... creía aprovecharte para mis fines. Eras muy vulnerable y podía explotarte. No mentiré diciendo que te amaba al principio: ni siquiera sabía el sentido de la palabra. Pero te deseaba... como cualquier hombre de sangre caliente puede desear a una mujer bella. Cuando te vi por primera vez no lo entendí, pero las cosas empezaron a cambiar en mi mente... sólo más tarde comprendí la naturaleza del cambio. Y, entretanto, brutalmente, usé de la situación en que estábamos, disculpándome a mí mismo al pensar que lo que yo te ofrecía era mucho mejor que lo hubieras tenido que pasar en Londres... y que ibas a estarme agradecida.
—Pero todo empezó a descontrolarse, porque tú no eras como las otras mujeres con las que yo había tenido aventuras... me odiabas. Esto era algo nuevo de por sí, pero, lo que es más, empecé a pensar en ti, a soñar contigo... hasta que te convertiste en una obsesión. Me dije que era sólo deseo físico lo que sentía, pero después de haberte hecho mía te deseaba más que nunca... y no sólo por tu cuerpo. Estaba celoso de cualquiera de tus pensamientos que no fuera mío. Cuando te vi caída bajos los árboles en el montecillo, morí mil muertes, al creerte muerta. Fue entonces cuando supe que te amaba más allá de mis más salvajes imaginaciones.
Se puso de pie y se acercó al fuego, donde quedó contemplando las llamas.
—Soy un hombre que ha vivido enteramente, que ha tomado lo que ha deseado... y mis deseos siempre se han cumplido. Ahora te quiero a ti. Podría imponerte mi voluntad... obligarte a vivir conmigo. Estás en mi hogar, donde soy dueño absoluto. Llevas mi nombre... y probablemente llevas un hijo mío en tu seno. Son lazos difíciles de quebrar. Pero no te obligaré a venir a mí, a que te quedes conmigo... si deseas vivir en otra parte. Me gustaría tenerte encerrada... prisionera aquí, y que sólo yo estuviera en tu mente y en tu corazón. Soy un hombre arrogante y cruel, un marido egoísta y celoso... que no está dispuesto a compartirte con nadie, ahora que he encontrado a la mujer que amo... algo que yo creía imposible para mí. Pero al descubrir que te amo, también he perdido, porque no puedo herirte para satisfacer mis deseos —se plantó cómodamente ante el hogar, como si sólo buscara su calor; la única señal de agitación eran sus manos... donde los nudillos se destacaban
en la piel tostada.
Elysia sonrió, pensativa. Tenía razón: era un hombre arrogante... no realmente cruel sino acostumbrado a salirse con la suya, orgulloso e imperioso. Pero ella lo amaba. Sonrió más ampliamente, y la sonrisa iluminó sus ojos verdes... y él la amaba a ella.
Un tronco cayó en la chimenea, y volaron las chispas cuando quedó allí para ser consumido por el fuego. Elysia se movió, su inmovilidad rota por el ruido. Los vínculos que la ataban, en lo que pensaba era un hechizo mágico, se rompieron al avanzar hacia el hombre amado.
Alex sintió que unos dulces brazos rodeaban su cintura cuando Elysia se apretó contra su ancha espalda, estrechándolo contra sí, como si temiera que él fuera a desaparecer antes de poder decirle cuánto lo amaba. El sintió que el calor surgía en su cuerpo... un calor que no se debía a la cercanía del fuego. Ella apoyó la mejilla contra su hombro, pero él siguió quieto, dejando que ella hiciera el primer movimiento.
—Alex —su voz resonó como un ronroneo satisfecho en su oído, mientras se frotaba contra él como un gato—. La verdad es que me gusta estar aquí, milord. Lo cierto es que me imagino muy bien como dueña de la propiedad... y que podría arreglármelas para mantener agudizado el ingenio si no tuviera un marido tan arrogante, tan testarudo, tan insufrible... y tan amoroso —añadió con suavidad.
Elysia sintió que los hombros de Alex se estremecían, y oyó la profunda risa que sacudió su pecho. Se apoderó de los brazos de ella y se soltó. Dándose vuelta la recibió entre sus brazos y la estrechó con fuerza contra su corazón.
—Ah, milady... ¿ha existido alguna vez alguien como tú? —rió con deleite—. ¿Has oído hablar de la suerte de los Trevegne? Dicen que tengo un pacto con el diablo... bueno, y no haré que este rumor termine. En cuanto vean a mi bruja de ojos verdes tejiendo sus hechizos alrededor de todos nosotros... Pero —añadió previniendo— sólo yo la dominaré, y recibiré sus besos. Sin duda nuestros hijos tendrán cola y cuernos, pero nos pertenecemos el uno al otro como ningún hombre y mujer se han pertenecido jamás.
Alex estrechó el abrazo, moldeándola contra su propio cuerpo.
—Déjame oírlo de nuevo, milady, dime que me amas
—gruñó, mordiéndole con cariño la oreja—, es algo que nunca me cansaré de oír.
—¿No prefieres que te muestre hasta qué punto te amo?
—preguntó Elysia, mirándolo con sus inocentes ojos verdes—. O, si lo prefieres, te diré cuanto te amo, milord. Alex sonrió de costado, y una luz brilló en sus ojos.
—¿Quieres jugar con mis sentimientos, milady? En tal caso tendrás que aceptar las consecuencias, porque tengo una sed viril devoradora, que no se apagará fácilmente.
Interrumpió con los labios la respuesta que Elysia murmuraba, besando ávidamente el dulce rostro de ella, hasta que su boca se cerró sobre sus labios entreabiertos. Elysia le echó los brazos al cuello, apretó con fuerza su boca contra la de él, abriendo su dulzura ante la demanda, mientras las manos de él recorrían su cuerpo.
El apartó su boca de la de ella, contempló los ojos de pesados párpados de Elysia, oscurecidos por la pasión que sus propios labios habían despertado, en un deseo que igualaba al de él.
—¿Bueno, milady? ¿Es acaso demasiado elevado el precio? —preguntó suavemente, con un brillo diabólico en los ojos.
—El precio nunca será muy elevado... vale la pena, milord —contestó Elysia con dulzura y había una expresión atrayente en sus ojos.
Fin
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